IN DUBLIN’S FAIR CITY…

 

Apurando mis últimos días de vacaciones del año y  aprovechando una buena oferta de Ryanair, decidí acercarme a mediados de Noviembre a la isla esmeralda, en concreto a su acogedora capital, Dublín. Allí pude descubrir una ciudad con mucha vida y, sobretodo, con un ambiente juvenil embriagador. Dublín ofrece más que Guiness y verdes parques, así  que animo a todo el mundo a visitarla. Y si lo hacéis, aseguraros de pasar por Temple Bar y tomaros una buena pinta de Guiness a mi salud, no os arrepentiréis!

Irlanda en el mapa

FICHA DEL VIAJE

DESTINO: Dublín

DURACIÓN / FECHAS: 5 días de viaje, del 13/11/07 al 17/11/07

VIAJEROS: Mónica y Toni.

ITINERARIO/RUTA:

  • DÍA 1: Llegada a Dublín.
  • DÍA 2: Parque Saint Stephen’s Green, Trinity College, Grafton Street, Castillo de Dublín y Catedral de Saint Patricks.
  • DÍA 3: Escultura de Molly Malone, Río Liffey, Ha’ Penny’s Bridge, O’Connell Street, “The Spire”, Phoenix Park y Temple Bar.
  • DÍA 4: Excursión al Castillo de Malahide y recorrido por la costa dublinesa.
  • DÍA 5: Vuelta a casa.

ALOJAMIENTO:

  • Camden Deluxe Hotel: Acogedor y económico hotel situado en Camden Street a no mucha distancia del centro (Dublín es una ciudad muy pequeña). Ubicado en las antiguas instalaciones de un teatro, las habitaciones son simples y cómodas. Como en muchos hoteles británicos, dispone de cafetera en la habitación para empezar el día con buen pie. Tuve algún problema para pagar con tarjeta y finalmente me vi obligado a ir a un cajero y pagar en efectivo. Pese a eso y el poco interés del recepcionista, recomendable debido al bajo precio que nos costó.

 

  • PRESUPUESTO APROXIMADO: 400 EUROS

DIARIO DE VIAJE

DÍA 1: LLEGADA A LA CAPITAL DE LA ISLA ESMERALDA.

Un avión de Ryanair nos dejó, puntual como siempre, en un Dublín Airport donde ya caía el día a pesar de ser poco más de las 3 de la tarde. Habíamos llegado al mágico país de los tréboles, los duendes, la Guiness y el verde, color nacional. Para dirigirnos al centro de la ciudad, a una media hora del aeropuerto, cogimos los denominados Airlink, que son unos autocares que por unos 6 euros te dejan en cualquier punto de la ciudad. El autocar nos dejó en una de las esquinas de St Stephen’s Green, a unos 10 minutos escasos de nuestro hotel, en Camden Street, al sur del río Liffey. No hacía excesivo frío y tampoco llovía, que para ser Dublín era toda una noticia. Nos acercamos caminando al hotel y hicimos el check in sin problemes antes de desempaquetar todos nuestros bártulos en la habitación. La habitación era acogedora y sobretodo muy calentita, quizá en exceso para la temperatura exterior. Dublín no es una ciudad especialmente fría como pudieran ser otras ciudades a su misma latitud, hecho al que ayuda sin duda la incesante lluvia que cae día sí, día también, sobre la ciudad. Como ya se nos había hecho de noche (a eso de las 16.30), decidimos callejear un poco por los aledaños del hotel para reconocer un poco la zona, sin ninguna intención de visitar nada que llevásemos preparado.

  

 El ambiente, muy diferente a lo que estamos habituados, nos empezó a gustar. No serían más de las 7 de la tarde cuando decidimos meternos en un puesto de kebabs a cenar, más que nada por no contravenir las costumbres locales…Finalizada nuestra temprana cena, buscamos un PUB donde poder saborear mi primera Guiness, típica cerveza negra dublinesa y una de las actividades imprescindibles en la visita a la ciudad. Encontramos un PUB tranquilo y muy moderno en el que tomamos las cervezas tranquilamente. La verdad es que me quedo con las rubias de toda la vida, pero su extraño sabor había que probarlo. Salimos del PUB en una noche ya totalmente cerrada y decidimos encaminarnos a la habitación y descansar para así al día siguiente disfrutar de Dublín con toda la intensidad que merece.

DÍA 2: ATRACTIVOS EN EL SUR DEL RÍO LIFFEY.

De buena mañana hicimos el desayuno en la misma habitación ya que disponíamos de alguna que otra pasta y cafetera en nuestro cuarto. Al asomarnos por la ventana vimos que estaba lloviendo, lo cual no nos sorprendió en absoluto. El punto de interés mas cercano a nuestro hotel (a escasos 5 minutos) es el parque de Saint Stephen’s Green, al cual nos dirigimos. El parque forma un cuadrado verde perfecto en medio de la ciudad por donde se puede pasear o sentarse a ver pasar el día. A nosotros nos dejó muy buen sabor de boca, siendo una de los lugares que recordamos con más cariño de la visita en parte porque el parque tenía un aire otoñal que embelesaba. No es un parque cualquiera, es un parque bonito con esculturas, estanques y fuentes que no deja indiferente, junto con el Phoenix Park, el más conocido de Dublín. Una vez cruzado el parque y aún en la parte sur del Liffey, visitamos el famosísimo Trinity College, colegio y universidad por donde han estudiado personajes de la talla de Oscar Wilde.

   

Después de admirar la arquitectura georgiana del complejo, decidimos pagar la entrada (8 euros) para ver el Libro de Kells y la fabulosa biblioteca antigua (digna de Harry Potter) que alberga la universidad. La visita a la biblioteca vale la pena ya que es realmente auténtica, pero el Libro de Kells me dejó bastante frío, aunque es uno de los manuscritos mejor conservados más antiguo que existe. A continuación nós dirigimos a Grafton Street, calle repleta de tiendas y PUBs que es una de las más animadas de la ciudad y ideal para hacer algo de shopping si se tiene la cartera llena. Al inicio de la calle, que desemboca en St Stephen’s Green, está uno de los símobolos más reconocibles de la ciudad: la escultura dedicada a Molly Malone, una antigua pescatera (o prostituta?) de grandes pechos que un buen día apareció muerta y que aparte de ser claro símbolo de Dublín,  inspira una de las canciones típicas que da nombre a la entrada de este viaje: “In Dublin’s fair city… where girls are so pretty, I first set my eyes on sweet Molly Mallone…” reza la canción. Después de unas fotos con la atractiva escultura de bronce y una vuelta por un centro comercial en la propia Grafton Street, paramos a comer en un “comida rápida” de la misma calle. Mientras acababámos con nuestras hamburguesas decidimos que nuestra sigiente visita sería la del Dublin Castle, la que fue sede del gobierno británico en Irlanda hasta 1922. Gracias al reducido tamaño de la ciudad pudimos acercarnos a pie, eso sí, bajo la incesante lluvia que no nos había dado respiro en todo el día. El Dublin Castle lo vimos por fuera ya que su apariencia no nos incitó a una visita interior, y si no voy muy equivocado, no creo que nos perdiéramos gran cosa. La verdad es que su aspecto exterior, tampoco es para dejar maravillado.

  

 Más bonita fue la Saint Patrick’s Cathedral (situada a poca distancia del castillo) pese a que estaba en obras y la fachada principal estaba cubierta de andamios y lonas. Eso sí, pudimos apreciar el “coqueto” cementerio que todas estas iglesias llevan incorporado y que a mi personalmente me fascinan con sus cruces célticas como lápidas. A esas horas de la tarde ya estábamos calados hasta los huesos así que decidimos acercarnos al hotel a cambiarnos de ropa y descansar un rato. Serían poco más de las siete cuando, ya secos, salimos de nuevo a la calle para buscar algún sitio donde cenar tranquilamente. Era ya de noche y por fin había parado de llover. Nos dirigimos hacia Grafton Street que ya estaba engalanada con adornos navideños y la verdad es que ofrecía una encantadora estampa a aquellas horas de la tarde-noche. Después de buscar algún lugar típico y mirar alguna que otra tienda, acabamos cenando pizza en un italiano (siempre omnipresentes) que estaba por los alrededores de Grafton. Dejaríamos la cena típica para más adelante. También la zona de Temple Bar y la parte norte del río Liffey, en este caso, para el día siguiente. Nos recogimos temprano hacia el hotel en lo que había sido nuestro primer y mojado día en la parte sur de Dublín.

DÍA 3: MÁS DUBLÍN.

Tercer día en Dublin city y nos despertamos temprano en nuestra calida habitación para poder así aprovechar las pocas horas de Sol que teníamos por delante. Esta vez al asomarnos por la ventana nos llevamos la primera alegria del día…no llueve! A ver lo que dura…Tocaba empezar por la zona norte del río Liffey: O’connell St., “The Spire”, Phoenix Park…para acabar el día tomando unas Guiness por Temple Bar. Una vez desayunados en el propio hotel, emprendimos camino hacio el río Liffey, nuestra primera parada. El Liffey divide la ciudad en dos partes y desemboca en lo que es la zona portuaria de la ciudad. La imagen del propio río, junto al puente Ha’Penny’s Bridge, es una de los atractivos de la ciudad.

  

Cruzamos el río por el mencionado puente peatonal, que recibe su nombre de la época en que se cobraba medio penique (Ha’Penny) para que los viandantes pudiesen atravesarlo. Una vez en la zona norte de la ciudad, caminamos unos 5 minutos en paralelo al río para así plantarnos en el nacimiento de O’Connell St., arteria principal de la ciudad. La calle (o avenida) tiene el nombre de un antiguo líder nacionalista, Daniel O’Connell, que está esculpido en su inicio. No hace falta levantar mucho la vista para ver un poco más adelante como se alza “The Spire”, una espectacular aguja de acero que se alza hasta 120 metros sobre la capital irlandesa y que se ha convertido, pese a la controversia de su aspecto, en uno de los iconos de la ciudad. Pasamos lo que quedaba de mañana callejeando por la zona y comprando algún que otro souvenir. Se nos hizo la hora de comer comprando en Penney’s, unos grandes almacenes con precios más que populares. Comimos en la misma O’Connell Street y una vez acabado cogimos el autobús número 10, que nos llevaría al Phoenix Park, el parque urbano más grande de Europa situado en las afueras de la ciudad. El parque es immenso y recorrer sus 712 hectareas al completo toda una utopía. Nos hacía gracia ver allí algun ciervo, que se pueden ver, pero lo único que alcanzamos a ver fueron ardillas y más ardillas.

  

 Estuvimos dando un agradable paseo por una pequeña parte, admirando todo el verde que se exponía ante nosotros mezclado con los tonos más dorados de los arboles de hoja caduca. Unas fotos ante el monumento Wellington (un gran obelisco en medio del parque) y nos fuimos de un parque en el que tiene ubicada su residencioa el mismísimo presidente de la nación. Aunque el parque nos gustó, particularmente me quedo con Saint Stephen’s Green, mucho más acogedor y en pleno centro. Cogimos de nuevo el No 10 que nos dejó, ya anocheciendo, en O’Connell Street de nuevo. Se acercaba de nuevo la hora de cenar y cruzamos el río Liffey de nuevo para probar suerte en la zona de Temple Bar. Allí encontramos, justo enfrente del mítico bar, una especie de italo-mejicano que se llamaba Mexico to Rome que nos dejó muy buen sabor de boca. Recomendable. Aunque para recomendable, Temple Bar, totalmente imprescindible vivir su ambiente si se visita  Dublín.

  

Nosotros entramos una vez cenados a hacer la clásica Guiness de medio litro. El ambiente o “craig” que había allí nos encantó y si a eso le sumamos un par de birras…salimos de lo más contentos del PUB. Era viernes y se podía ver bastante ambiente por las calles del barrio marchoso por excelencia. Mientras caminábamos hacia el hotel por Temple Bar, íbamos disfrutando a la vez del mayor patrimonio turístico que tiene Dublín: sus gentes y su fabuloso ambiente nocturno, sobretodo si es viernes y te encuentras en Temple Bar…Con una sonrisa en la boca y algún que otro mareo post-cerveza, agarré mi cama para no soltarla hasta el día siguiente.

DÍA 4: UNA EXCURSIÓN PARA DESPEDIRNOS.

 Para nuestro último día hábil en Dublín (al día siguiente deberíamos ir al aeropuerto de buena mañana) tenía pensado hacer  alguna excursión por las afueras y disfrutar así de las extensiones verdes de la isla esmeralda. Descartados los acantilados Moher por estar demasiado alejados, nuestra primera opción era visitar el valle de Glendalough con su monasterio en ruinas. Nos dirigimos de buena mañana a una oficina de alquiler de coches local donde nos digeron que no les quedaba ninguno y que probásemos con una compañía de autocares cerca de allí que hacían la excursión. Tampoco tuvimos suerte con los autocares así que cruzamos todo Dublín para llegar a la estación de buses, donde nos dieron un NO por tercera vez.

  

 

 Tendría que haberlo planificado mejor. Con la tontería se nos había hechado media mañana encima así que Glendalough (excursión de un día entero) quedó descartada. Quedaban otras opciones, que aunque menos atractivas, también tenían su punto. Fuimos a la oficina de turismo de O’Connell Street y finalmente nos decantamos por una excursión que nos llevaría al Castillo de Malahide ( en las afueras) y en su regreso nos haría una ruta por la costa dublinesa y sus pueblos pesqueros. Pagamos los 22 Euros por cabeza y nos quedamos esperando por los alredededores de O’Connell hasta las 14:00, hora en que saldría nuestro autocar. Comimos y a la hora pactada llegó el autocar, que nos recogió de la propia O’Connell Street. No soy muy partidario de realizar este tipo de excursiones en los que vas guiado y achuchado por un tiempo determinado sin poder ir a mi aire, pero en nuestro caso fue la única opción. Dejo el enlace de la empresa por si alguien es más devoto de este tipo de excursiones: http://www.dublinsightseeing.ie/. Al menos el guía que llevábamos en el bus era de lo más divertido y nos hizo corto el trayecto con un exquisito humor británico. Llegando al castillo el verde se hizo omnipresente y atravesamos una zona residencial donde se veían grandes mansiones pertenecientes a los lugareños más acaudalados. Llegamos por fin al castillo que sin ser nada del otro mundo, nos permitió hacer unas buenas fotografías junto con el verdor del paisaje. El castillo (como casi todos) mejor por fuera que por dentro.

   

Cuando ya estábamos todos de nuevo dentro del autocar, el conductor arranco para hacernos una mini-ruta por la costa de Dublín, atravesando bonitos pueblos pesqueros como Howth que me gustaría poder haber visto con más detenimiento. De ahí mis fobias a viajar en grupos guiados. Antes de llegar a destino, nuestro simpático guía (y todo el que se sabía la canción) se arrancó a cantar la canción dedicada a Molly Mallone que he enlazado anteriormente. En un ambiente de lo más agradable llegamos de nuevo a una O’Connell ya iluminada, pues se nos habían hecho casi las seis de la tarde. Teníamos aún pendiente una cena típica irlandesa  así que después de pasear un rato, nos pusimos a buscar un buen lugar para cenar algo irlandés tranquilamente. Finalmente nos metimos en un PUB de lo más típico, donde a parte de pintas de Guiness también servían comida. Comer en Irlanda no es nada barato así que yo me decanté por un solo plato de “lamb stew” o estofado de carne de oveja. No nos engañemos, dejaba mucho que desear, y es que en pocos sitios se come como en España. Nuestro último día de visita se esfumaba lentamente y ya llegaba la hora de irse al hotel a descansar. Antes, no me quise ir de Irlanda sin probar el Irish Coffee, así que nos detuvimos en un animado PUB de Grafton Street para saborear nuestros últimos momentos en Dublín.

DÍA 5: VUELTA A CASA.

 Nuestro vuelo salía a primera hora de la tarde, así que decidimos levantarnos sin despertador y desplazarnos tranquilamente hacia el aeropuerto para comer allí mismo. Antes de dejar el hotel, problemas (del hotel) con la tarjeta de crédito que me hizo desplazarme hasta un cajero para sacar efectivo con su consiguiente comisión. Solventado el problemilla cogimos el bus público que nos fue alejando poco a poco, parada tras parada, de lo que había sido un más que agradable paréntesis en nuestra vida cotidiana.

CONCLUSIONES

Dublín es una ciudad con un encanto especial. Puede que sea su carácter abierto o sus ganas de vivir la vida, pero  a nosotros no nos dejó indiferentes. Si me preguntan por Dublín, no destacaré sus bonitos parques (que podría), su arquitectura victoriana (que podría) o sus bonitas iglesias (que también podría). Destacaré ante todo su ambiente, algo más immaterial pero que te deja con ese buen sabor de boca que te incita a querer visitarla de nuevo. Yo estoy seguró de que volveré, pero esta vez a ver la isla entera que tiene toda la pinta de ser preciosa.

  • ↑ LO MEJOR: Temple Bar, St Stephen’s Green, Trinity College y el ambiente en general.
  • ↓ LO PEOR: La lluvia, la comida y el Dublin Castle, que nos dejó bastante fríos.

Nos vemos en próximos viajes,

Bye Bye!

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