TOSCANA ’10 – DÍA 5: Pisa pone el broche final

 

Sábado 11/12/2010

Tras un completo desayuno en nuestro hotel nos dirigimos apresuradamente hacia la parada de autobús cercana, pues este pasaba en 5 minutos y no volvía por la zona hasta una hora más tarde. De este modo, sobre las 10 de la mañana nos plantamos en la estación de trenes de Siena, dispuestos a comprar un billete para el primer tren que partiese hacia Pisa. Una vez en taquillas, abonamos los 7,10 Euros del billete para el tren de las 10:41 a Pisa Centrale, siempre obligados a hacer un incómodo transbordo en la estación de Empoli, pues no hay posibilidad de hacer trayecto directo.

Una hora de trayecto fue lo que tardamos en llegar a Empoli, dónde bajamos del tren para subirnos en otro que nos iba a dejar en destino final, media hora más tarde.

Una vez en la estación de Pisa, nos orientamos en el mapa y caminamos unos 10-15 minutos atravesando el toscano río Arno hasta los alrededores del Campo dei Miracoli, el verdadero y reluciente atractivo de la ciudad. Todo esto arrastrando las trolleys y armando un escándalo con las dichosas ruedecitas por el adoquinado de las calles de Pisa que llegó a hacernos ruborizar.

Nuestra intención para Pisa – al ir cargados con las maletas – era la de ver lo básico e imprescindible de la ciudad, el Campo dei Miracoli, y poco más pues nuestro vuelo de vuelta salía esa misma tarde. Cuando estuvimos por los alrededores después de pasear un poco por esas calles tan italianas y descubrir algún que otro bello rincón, nos pusimos a buscar un sitio donde comer. Visto que nuestro presupuesto estaba ya casi agotado y que el precio de las trattorías no era precisamente bajo, optamos por un menú turístico en un típico restaurante para turistas a escasos metros de la torre inclinada. Gran error, pues como era de esperar el restaurante cumplió con todos los tópicos negativos en estos casos: comimos mal y nos intentaron encasquetar más dinero del que tocaba pagar…

Con el mal humor que te producen este tipo de situaciones nos dispusimos a pasear por la gran explanada amurallada donde se reúnen los tres monumentos que conforman Piazza o Campo dei Miracoli: el Duomo, el Baptisterio y la Torre de Pisa. La verdad es que a parte de la curiosidad por la inclinación de 4 grados de la torre (debido a unos cimientos defectuosos), que es lo que primero llama la atención, la belleza del conjunto de los tres blancos monumentos sobre el césped de la plaza es de las que se graban en la retina. Pisa tendrá poco más, pero la verdad es que tan solo por ver Campo dei Miracoli, ya  vale la pena visitarla.

Sinceramente, al ir ya pasados de presupuesto ni nos planteamos acceder al interior de dichos monumentos (espero no haberme perdido ninguna maravilla), así que nos conformamos con contemplarlos desde el exterior. El baptisterio es imponente, el más grande de Italia, y la verdad es que el Duomo, con esa fachada impoluta e imponente de blanco mármol, no desentona para nada en el conjunto. Y de la torre que decir, todo un símbolo no solo de Pisa sinó también de Italia, que si no fuese por su curiosa inclinación pasaría por ser tan solo el bonito campanario de la catedral pisana. Es el mejor ejemplo de como un defecto (en su construcción) ha podido convertirse en una gran virtud, ya que la torre es el icono que atrae turistas y dinero a la ciudad.

Entre una multitud de turistas haciéndose la típica foto aguantando la torre, paseamos entre los monumentos y simplemente dejamos pasar la tarde tirados en el césped de uno de esos lugares donde el tiempo parece que pase más lento por la belleza del entorno.

Cuando el sol ya comenzaba a caer en el horizonte y se acercaba la hora de nuestro vuelo, empezamos a desandar el camino que habíamos hecho por la mañana desde la estación. Antes de llegar a ésta, Pisa nos regaló una última sorpresa para que nos fuéramos para casa con la sensación más grata posible sobre la ciudad: Santa María della Spina, una pequeña iglesia de estilo gótico situada junto al río Arno. No hay que perdérsela.

Ya en la estación de trenes, compramos el billete (1,10 Euros) hacia el aeropuerto Galileo Galilei, muy próximo al mismo centro de la ciudad, con lo que el trayecto no llegó a los 10 minutos de duración.

Un trayecto tan breve como la sensación que nos dio el paso del tiempo durante la escapada. No nos habíamos dado cuenta y ya estábamos de nuevo metidos en el avión de regreso a casa.

Un  nuevo viaje había concluído, un viaje que por ciertos motivos me ha costado recordar y escribir,  pero que nos permitió descubrir una región plagada de encantos y atractivos. Cinco días no son nada para la Toscana, una tierra para pasar y vivir lentamente la vida entera…

Nos vemos en próximos viajes,

Ciao!

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