TAILANDIA 2011 – DÍA 6: El Parque Nacional Erawan

Sábado 18/06/2011

Parecía que el conductor de ciclo-rickshaw que me había acercado desde la estación al hotel el día anterior, estuviera esperando a que me despertara para pegarme otro sablazo. Intenté negociar, sí, pero parecía ser el único medio de transporte en los alrededores para poder llegar a una estación de autobuses de Kanchanaburi de la que desconocía el paradero. Así que tragué con los 50 Bahts que me pidió y a golpe de pedal me acercó a la estación, que no estaba ni a 10 minutos. Una vez allí, busque el destartalado y hortera bus público que me iba a llevar, en una hora y media de trayecto, al Parque Nacional. Aboné los 50 Bahts del trayecto y monté en espera de que nos pusiéramos en marcha.

Sentado en el bus junto a algún que otro turista más presencié lo que fue una de las cosas que más me impactaron del viaje: el rigor con el que los tailandeses respetan su himno cuando éste suena. Empezaron a sonar los acordes por diversos megáfonos y pude ver desde la ventanilla como todo el mundo que iba por la calle detenía su actividad, frenaba en seco, y adquiría una pose firme y respetuosa hacia su himno, su rey y su nación. Fue un momento realmente impactante.

Finalizada la liturgia patriótica, el bus se puso en marcha y comenzamos un bonito trayecto circundado por campos de tapioca hasta el Parque Nacional de Erawan.

El parque de Erawan -con nombre de una deidad mitológica hindú – es un  espacio natural conformado alrededor de una cascada que se divide en 7 pisos o niveles, cada uno ellos con su respectivo manantial donde poder bañarse o dejarse mordisquear los pies por los pececillos que lo habitan. Es una caminata corta desde el primer al último nivel, de un kilómetro y medio, así que tampoco hace falta estar muy en forma para hacer el recorrido. Los monos también son protagonistas en este parque, así que no se irá solo en ningún  momento… 😉

Empecé mi recorrido casi en solitario y tras abonar los 200 Baht de la entrada. Era aún temprano y pude estar por momento a solas con la rebosante naturaleza del parque. Al comienzo, sólo un pequeño riachuelo acompañaba el sendero por el que avanzaba, un riachuelo que acabó convirtiéndose en el primer nivel; es decir, en la primera cascada y el primer manantial donde bañarse.

Así que no me lo pensé dos veces y me quité la ropa para zambullirme junto a otros tailandeses que por allí había. Tanto ellos como ellas, bañándose completamente vestidos. Nadé lo que me dejaron los insistentes pececillos. Hace gracia y cosquillas cuando son pequeños, pero cuando es algo más grande el que te mordisquea el pie, las cosquillas pasan a ser pellizcos que te hacen sacar el pie lo más rápido posible del agua. Allí, sentado en una roca tras el baño, observé como los monos saltaban de árbol a árbol por el entramado de ramas que apenas dejaban pasar la luz del sol.

    

No recuerdo si fue en el segundo o el tercer nivel que es cuando en una especie de control medioambiental, los responsables del parque te hacen dejar todo tipo de envase para poder seguir ascendiendo a los siguientes niveles o cascadas.

Continué mi ascensión por la colina por dónde desciende la cascada deteniéndome en cada nivel a admirar lo bella que puede llegar a ser la naturaleza. El agua cristalina de los manantiales y la jungla verde que todo lo envolvía… fue toda una delicia para los sentidos.

Para mediodía, y con tiempo a bañarme hasta tres veces, ya había completado el recorrido y visitado los siete niveles de la cascada. Me encontraba de nuevo en la entrada del parque y aproveché para comer un pad thai ya por ahí, pues mi autobús de regreso salía a las 14 horas.

Me monté en la destartalada cafetera y emprendimos camino de regreso. A primera hora de la tarde, ya estaba de nuevo en Kanchanaburi.

El lugar donde me dejó el autobús  (realmente me bajé durante la parada en un semáforo de una zona que me convino), fue delante del Cementerio de Guerra de Kanchanaburi, situado en una zona muy céntrica y visible de la población. Este cementerio fue construido por la población local para honrar y homenajear a todas las tropas aliadas caídas durante la construcción de las vías del “ferrocarril de la muerte” durante la Segunda Guerra Mundial. En su mayoría soldados holandeses, pero también indios, americanos, y de diferentes nacionalidades. Esta visita, como cualquiera que sea conmemorativa de los caídos en la guerra de guerras, estremece a la vez que deja una sensación extraña en el cuerpo. Siempre he pensado que todos los combatientes aliados en la Segunda Guerra Mundial -en su gran mayoría muy jóvenes –  tuvieron un  valor impagable que mucho me temo no sería igualable en los tiempos que corren.

Pasee serenamente entre las lápidas, leyendo las sobrecogedoras últimas frases que los familiares y seres queridos de los soldados caídos quisieron inscribir en el pedazo de mármol bajo el que descansan estos héroes anónimos que lucharon por la libertad.

Acabada la visita, me dirigí al puesto donde había alquilado la bici el día anterior para hacer lo mismo y así tener transporte hasta el anochecer. Lo curioso del tema fue que la mujer que atendía no estaba en ese momento, y la que me alquiló la bici, contrato de por medio, fue una graciosísima niña de unos 7 años con la que me entendí a base de gestos. Estas situaciones kafkianas tan sólo se dan en Tailandia y pocos países más… 🙂

Había leído en la guía que en las afueras de Kanchanaburi, a unos 4 kilómetros, había un templo budista (Wat Thaom Khao Pun) que tenía nueve cuevas que albergaban imágenes de buda en su interior. A priori me pareció una visita bastante curiosa, así que me acerqué pedaleando hacia allí. El precioso paisaje de los alrededores de Kanchanaburi me acompañó en todo momento hasta que por fin di con el templo, después de una subida que casi acaba con mis fuerzas.

Pagué los 20 Bahts de la entrada y me adentré en las cuevas; la verdad, no son nada del otro mundo y no sé hasta qué punto merece la pena llegar hasta el templo más que por el paisaje del camino. Unas esculturas de buda bastante simples rellenaban el espacio de la cueva como si estuvieran amueblándola, y poco más. Así que entre eso y un encuentro fortuito con murciélagos, salí cagando leches de allí sin mirar atrás.

    

Me tomé con bastante calma el regreso, pues tenía tiempo de sobras y poca cosa me quedaba por hacer en Kanchanaburi, más que reservar para el día siguiente una excursión para montar en elefante.

Llegado a la ciudad me dirigí a una agencia de viajes de las muchas que hay y contraté la excursión para el día siguiente que incluiría un trekking en elefante (que de trekking tuvo poco), descenso por el río en balsa de bambú, entrada al museo del ferrocarril de la muerte y visita de una cascada. Todo por 850 Baht.

Pero eso ya queda para el próximo relato.

Cené en “mi” restaurante, el Mangosteen, y me fui a descansar después de un día que había cundido lo suyo. Mis días por Kanchanaburi se estaban acabando, pero el viaje aún estaba en su esplendoroso ecuador. Las paradisíacas islas del sur del país estaban a la vuelta de la esquina.


Comentarios

  1. Pingback: TAILANDIA 2011 – DÍA 7: Alrededores de Kanchanaburi – TONI POR EL MUNDO

  2. José Carlos DS

    Menuda pintaza tiene ese Parque Nacional de Erawan, pero anda que los tailandeses bañarse vestidos ya les vale… cosas culturales que le vamos a hacer, como el tema del himno, eso cuanto menos debe ser chocante XDDDD

    Buena entrada, me han entrado unas ganas de darme un baño en esas charcas que no veas 😀

    Saludos!!!

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      Toni

      Hola Jose Carlos!

      Bueno ahora mismo con la rasca que pega, al menos en Barcelona, me echa un poco para atrás el tema de el baño. Aunque a más de 30 grados que estaba en el parque, la verdad es que me sentó de lujo… 😉

      Saludos!!!!!

    1. Autor de la
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      Toni

      Hola Alberto!

      Jeje, sí, unos bocados que ya dejaban de tener gracia…;)

      Yo también tengo ganas de escribir y revivir las islas…lo pasé genial en ese paraíso!

      Saludos.

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  3. Octavio

    Muy buen post, que recuerdos me has traido!!!, lo recorrímos en 2007 y la verdad que este P. N. nos encantó, reslmente bonito con esas cascadas, en las que cayeton mas de un baño, pues pillamos bastante calor.
    Recuerdo que ese día tambien circulamos en en el Tren de la Muerte, y llegamos a caminar por sus vías, y lo clásico, fuimos al famoso Puente. En general todo nos gustó mucho.
    Saludos.

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      Toni

      Hola Octavio!

      Me alegra verte por aquí.

      Esos bañitos para huir del calor en esas aguas cristalinas…qué recuerdos, eh?

      También hice el tramo del tren de la muerte, pero eso queda para el próximo capítulo. 😉

      Un saludo!!

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