BERLÍN 2013 – DÍA 1: Toda una clase de Historia moderna

Viernes 22/02/2013

Nuestro vuelo de Easyjet nos dejó en el aeropuerto de Schoenefeld sobre las diez de la noche. Tras algo de jaleo para aclararnos sobre el tren que debíamos tomar para llegar al centro de Berlín, finalmente seguimos a otro grupo de españoles que por lo que parecía tenía las ideas más claras que nosostros. Nos montamos en un tren regional que en menos de una hora nos estaba dejando en Alezanderplatz. De ahí a nuestro hotel tomamos un taxi (5 Euros), que nos dejó en la puerta a medianoche. Sin mucho más preámbulo que el de deshacer nuestras maletas, nos fuimos a dormir.

Sábado 23/02/2013

Tras correr la cortina de la ventana de la habitación al día siguiente, nos dimos cuenta de que Berlín estaba cubierta por un manto de nieve. Debía hacer mucho frío ahí fuera, pero eso no iba a menguar nuestras ganas de conocer la capital alemana.

Salimos a desayunar a una cafetería cercana, unos “pretzel” y un buen café con leche para empezar la mañana con energía.

Nuestro hotel estaba situado en la zona de Hackescher Market así que la primera parada, por cercanía y porque nos pillaba de paso, fueron los Hackesche Höfe, una serie de patios cubiertos de estilo modernista, que fueron declarados monumento histórico y que están llenos de bares, galerías y demás comercios, entre ellos alguna tienda oficial de Ampelmann, el famoso muñequito de los semáforos que se ha convertido en el producto de merchandising más vendido de la ciudad.

Muy cerquita de allí, nos encontramos con Hackescher Markt, una pequeña plaza donde a diario se pone un mercado de comestibles y donde se encuentra la estación de ladrillo de mismo nombre que usamos en varias ocasiones para llegar al hotel.

Atravesamos la plaza y dimos con el río Spree, que cruza la capital alemana. Siguiendo su curso dimos con la Catedral de Berlín, Berliner Dom, con la que nos conformamos con su bello aspecto exterior, pues el precio que querían cobrarnos por la entrada nos pareció abusivo.

Agarramos entonces Unter den Linden, probablemente la más famosa avenida de la ciudad, y caminamos por ella hasta desembocar en Pariser Platz donde se aloja la Puerta de Brandeburgo. La verdad es que Berlín no nos pilló con su mejor cara, pues estaba casi toda levantada en obras. De ahí que no tenga ni una triste foto de la que debe ser una bonita avenida. Antes de llegar a Brandeburger Tor,  hicimos una breve parada en el Neue Wache, monumento conmemorativo a las víctimas de todas las guerras. Tras su imponente fachada neoclásica, se haya una sobrecogedora escultura que representa a una madre con su hijo fallecido en brazos.

Finalmente llegamos a la Puerta de Brandeburgo, sin duda el icono más reconocible de la ciudad. La verdad es que me dejó un poco como la temperatura ambiente: frío. La clave fue que la esperaba de mayor envergadura, más imponente. Decepciones personales a parte, sigue siendo un increíble e inmóvil testigo de algunos de los acontecimientos más importantes de nuestra historia reciente. Bajo su mirada, cayó el muro de Berlín y se coció la locura nazi. Ahora, simplemente observa a decenas de turistas haciéndose fotos con un par de militares de pega en representación de la época de la Berlín dividida por el muro. Quién la ha visto y quién la ve.

Tras la Puerta de Brandeburgo y dirección Berlín Oeste, se extiende la zona verde más grande de la ciudad, el Tiegarten. Caminamos por él hasta el monumento a los soldados soviéticos caídos en la guerra y regresamos. La verdad es que todo nevado, pierde un poco de encanto.

Muy cerca del Tiegarten y la Puerta de Bradenburgo se encuentra el Monumento al Holocausto. 2711 bloques de hormigón de diferentes alturas se extienden en una explanada en memoria de las víctimas judías de la barbarie nazi. Bajo ellas, una pequeña exposición sobre el tema, de entrada gratuïta. Habrá a quien le guste más y menos, pero la sensación de desasosiego te la llevas seguro tras visitarlo.

Esa misma tarde nos enteraríamos que muy cerquita de dicho monumento de hallaba el búnker donde Hitler pasó sus últimos días, y del que no quedó ni rastro al ser destruido por los rusos.

Tras pasear entre los bloques de hormigón, nos dimos cuenta que esa misma tarde teníamos programada la visita al Reichstag (se tiene que reservar con antelación por Internet) y que nos habíamos dejado las reservas en el hotel, así que nos tocó una buena caminata para ir a buscarlas.

Comimos de vuelta en un turco de Hackescher Markt, y nos encaminamos cogiendo el metro hasta el Parlamento alemán.

Nos hicimos algunas fotos en la explanada nevada que hay en frente antes de pasar todos los controles de seguridad que hay dispuestos para poder acceder. Enseñamos nuestra reserva y enseguida nos pusieron con un grupo de hispanohablantes que iban a ser nuestros compañeros en la visita guiada.

En la visita nos enseñaron y explicaron el funcionamiento del Parlamento alemán, así como algunas huellas de su reciente historia, como las pintadas que aún se conservan de los soldados rusos cuando tomaron el Reichstag tras la batalla de Berlín. Finalmente, accedimos a la maravillosa cúpula de Norman Foster, que fue el encargado de remodelar todo el parlamento, una obra maestra de la arquitectura moderna.

La verdad es que la visita merece mucho la pena, sobretodo para los apasionados de la historia de la Segunda Guerra Mundial, como es mi caso. El Bundestag (antiguamente Reichstag), es para mi gusto una de las visitas más interesantes que puede ofrecer la capital alemana.

Tras la visita al Parlamento nos dirigimos caminando hasta la cercana Postdamer Platz, plaza que es a su vez una clara muestra de la vanguardia y modernidad de la capital alemana.

Con su espectacular Sony Center (ya de vuelta, aún no tengo clara su función) como principal atractivo, esta plaza alberga los más altos rascacielos de la ciudad así como algún que otro centro comercial. Y sin olvidarnos del pedazo de muro de Berlín que hay expuesto en la misma plaza, un trozo de Historia entre tanta vanguardia.

Ya de noche y habiendo cenado en un italiano de un centro comercial muy cercano a Postdamer Platz, decidimos regresar al hotel pero haciendo parada obligada en la Puerta de Brandeburgo para verla iluminada. Tenía que resarcirme de una primera mala impresión y la verdad es que bajo la luz tenue de los focos gana bastante, más cuando pudimos contemplarla casi en solitario y sin las aglomeraciones de la mañana. Con el frío que hacía ya a esas horas, Berlín parecía una ciudad desierta.

Utilizamos el U-Bahn para regresar a nuestro hotel y sentir el cálido alivio de cruzar el umbral de la puerta. Nuestra pequeña habitación nos iba a servir de refugio contra el incesante frío de la capital alemana, que ya nos había pasado factura durante el día calándose hasta los huesos y dejándonos hechos polvo. Hechos polvo pero contentos, pues Berlín nos había dado en nuestro primer día de visita una magistral clase de Historia moderna que tomamos con mucho gusto.

 

 

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