Bath y Salisbury

IMG_0955Viernes 07/02/2014

Nuestro vuelo nos dejó sobre las 22pm en el pequeño aeropuerto de Bristol, en plena noche  y con una lluvia que caía incesante y que nos daba la bienvenida de una manera muy de las islas.

La odisea para llegar a la oficina de alquiler de coches y empezar a conducir por la izquierda con ese temporal de lluvia y viento fue de todo, menos tranquila.

Finalmente en unos 20 minutos nos plantamos en la puerta del hostel, el YHA Bristol, un albergue muy juvenil, bastante económico, y que ocupa un antiguo edificio junto al río Avon, que cruza la ciudad.  Hicimos el check in y dejamos nuestro equipaje en la pequeña habitación abuhardillada en la que nos alojaríamos aquella noche.

Era casi medianoche y aún no habíamos cenado, con lo que tocó buscarnos la vida para comer algo en algún lado. La solución nos la dió un garito de kebabs que abría justo al lado de la puerta de una disco, así que para allí que nos fuimos.

Tras la grasienta cena, nos fuimos para el hostel tras charlar cinco minutos con los dos recepcionistas del mismo, ambos de Barcelona.

Sábado 08/02/2014

Parecía que el día se había despertado despejado, pese a la amenaza de unos negros nubarrones en el horizonte.

Nos despertamos con ganas de un buen English Breakfast, así que fue lo que pedimos en el comedor dónde servían los desayunos. Reconozco que son mi debilidad, pese a que tampoco los desayunaría cada día.

Nuestro contacto con Bristol se limitó al paseo que nos llevó hasta el aparcamiento donde teníamos el coche, caminando por la zona portuaria de la ciudad.

Nuestro primer objetivo de la escapada era Bath, así que conducimos 45 minutos hasta que nos topamos con las señalizaciones de “Park and Ride” que había llegando a la población. Estos “Park and Ride” son unos lugares para dejar el coche en las afueras de las ciudades y desplazarse al centro en transporte público por un precio muy económico. Lo hemos visto en otras ciudades como Estrasburgo, y la verdad es que resulta bastante práctico. Además, ayuda a reducir contaminaciones y atascos.

Dejamos el coche aparcado en el P+R de Newbridge y tomamos el autobús lanzadera a Bath por 2,5 Libras.

No tardamos más de 15 minutos en alcanzar el centro de la población. Descendimos del autobús y rápidamente nos orientamos en el mapa.

Bath es una ciudad que fue fundada por los romanos como complejo termal en el año 43 d.c., con el nombre de Aquae Sulis,  debido a las aguas termales que emanaban de estas tierras. Posteriormente, y en la actualidad, se ha convertido en un destino vacacional de la gente acomodada del Reino Unido. Fue declarada en su conjunto Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1987.

Si hay una visita que uno no debe perderse en Bath, esas son las Termas Romanas. Ya no sólo porque inspiraran el nombre a la ciudad, sinó porque son una muestra en excelente estado de conservación de lo que fueron unas termas de la época romana. La entrada de 15 Libras, aunque cara, bien vale la pena.

Tras la visita a las termas, no acercamos – se encuentra justo al lado – a la elegante Abadía de Bath, de estilo gótico.

Caminando en dirección al río Avon, que atraviesa la ciudad, nos topamos con otro de los highlights de la misma, el Puente de Pulteney, que tiene como principal característica ser uno de los 5 puentes habitados del mundo.

La verdad es que Bath nos estaba dando una sensación de ciudad elegante y señorial, con sus edificios y casas de estilo georgiano, como pudimos comprobar en el Royal Crescent o el Circus, unas muestras inigualables de arquitectura georgiana.

Pero todo lo elegante que tiene la ciudad, lo tiene también de insulsa y pelín aburrida. Tras las visitas de rigor, nos encontramos en que poco más había que hacer por esas calles tan perfectas y ordenadas, así que tras comer algo decidimos coger de nuevo el autobús para que nos devolviera al aparcamiento dónde teníamos el coche.

Pusimos rumbo a Salisbury, y tras una hora y cuarto de pura campiña inglesa como telón de fondo atravesando carreteras secundarias en bastante mal estado, alcanzamos la pequeña población, que se encontraba en sus afueras medio inundada por los desbordamientos de ríos que estaban afectando la zona.

Salisbury se debe a su catedral. Si no fuera por ella y su cercanía a Stonehenge, poca gente pasaría por aquí. Pero es que la catedral, con la aguja más alta de todo el Reino Unido, es sobresaliente. Vale que cuando entramos estaba cantando un coro de niños que hizo de la visita algo más especial, pero es que la Catedral de Salisbury te hace transportar a la Edad Media, a épocas de caballeros, armaduras, y princesas. Una visita muy recomendable.

Nos recorrimos el centro del pueblo – sin mucho encanto – en un pis pas, así que decidimos hacer lo inevitable en aquella situación: tomarnos una buena pinta de cerveza en un pub inglés. Entramos en un Red Lion del centro y nos pusimos a degustar una buena Guiness mientras echaban por la tele un partido de rugby que los parroquianos seguían embelesados. Un ambiente muy british.

Tras cenar algo en el Mc Donalds del centro, pusimo rumbo a nuestro hotel, The Swan of Stoford, un hotel de carretera bastante agradable.

Tras acomodarnos en nuestra enmoquetada habitación, nos fuimos a dormir pensando en unas enormes piedras colocadas en extraña posición que nos aguardaban a pocos kilómetros de distancia. Stonehenge ya no se iba a hacer esperar más.

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