
Martes 21/06/2012
Recuerdo aquel desayuno frente a la espectacular playa de Railay West como uno de los mejores. Con el fresquito propio de la mañana recién estrenada y un variado manjar, disfruté como nunca de ponerme las botas y las pilas en un lugar realmente único. Esa mañana, con la tristeza propia de abandonar un lugar de tal belleza, iba a dejar atrás la península de Railay. Aunque mi siguiente destino no la desmerecía en absoluto. Próxima parada: Las islas Phi Phi.

Para llegar a ellas, me dirigí hacia la playa de Railay East, desde donde sale el ferry que por unos 400 Bahts te deja en la pradisíaca Phi Phi Don. Cuando llegué a la ubicación desde donde se coje el barco, ya me encontré con montones de mochileros, en su mayoría jóvenes, que aguardaban la partida del transporte.

Primero nos montaron por turnos en unos long tail boat para, ya en mar adentro, abordar el ferry. Durante el trayecto a Phi Phi Don se pueden apreciar todos los islotes – de muy diversas formas – que salpican el mar de Andamán.
Tras unas dos horas cruzando el mar, llegamos a Ton Sai, el puerto de entrada a Phi Phi Don. La expresión “islas Phi Phi” hace referencia a dos islas, Phi Phi Don y Phi Phi Leh. La primera es donde se aloja todo el turismo, y la segunda (dónde se encuentra la famosísima Maya Bay de la peli “La playa”) es una reserva natural a la que se puede acceder con alguna excursión contratada desde Phi Phi Don.
Al desembarcar del ferry, todos los viajeros fuimos abordados por multitud de “agentes turísticos” que nos ofrecieron el poco alojamiento que al parecer quedaba en la isla. Pese a que siempre se encontrará algún sitio donde dormir, se recomienda llevarlo reservado de antemano para encontrar algo que se ajuste al gusto y al presupuesto de cada uno. No fue mi caso, así que tuve que reservar in situ un bungalow para mí solo en el hotel “Tropical Garden”, unos diez minutos alejado de las playas.

La población de Phi Phi Don habita en una lengua de tierra que divide la isla en dos, misma lengua de tierra que fue desgraciadamente arrasada por el fatídico tsunami de 2004.
Tras el check in, bajé hasta el bullicio para buscar algún lugar donde comer y reservar una excursión para esa misma tarde.
Consistía en visitar Monkey Beach, acercarnos hasta la Blue Lagoon, hacer un poco de snorkel y finalmente trasladarnos a Phi Phi Leh para visitar Maya Bay.

A la hora pactada nos llevaron a todos (iba con un grupo de chicos de Londres) hacia un embarcadero para meternos en un long tail boat que sería nuestro transporte hacia las diferentes paradas de la ruta.
La primera, Monkey Beach, se la saltó nuestro conductor de la embarcación a la torera: “¡No monkeys today in the beach!”. Y se quedó tan ancho dirigiendo la barcaza hacia el siguiente punto: Blue Lagoon.
La Blue Lagoon es una especie de pequeña bahía entre peñascos con un agua azul turquesa impresionante. Allí estuvimos nadando y disfrutando del fenomenal paisaje hasta que nos dieron nuestros equipos para hacer snorkel. La variedad y colorido de peces que por allí se movían era increíble y, al ser mi primera vez haciendo snorkel en un lugar propicio para ello, la experiencia me dejó con ganas de más. Más aún cuando a los 20 minutos ya nos estaban metiendo prisa para subir de nuevo a la embarcación y proseguir nuestro camino.


Nuestra última parada iba a ser Phi Phi Leh, la segunda de las islas Phi Phi convertida en reserva natural y que alberga una de las playas más famosas y bonitas del mundo, pese a la masificación turística que arrastra: Maya Bay. La manera de acceder a ella fue toda una odisea que nos pilló a todos por sorpresa: Lejos de entrar por la bahía y desembarcar en la fina arena blanca, nos hicieron tirarnos al mar por la parte trasera de la isla para nadar hasta su costa y trepar por una escalera de cuerda hasta el sendero que nos llevaría hasta la famosa playa. Vamos, una manera no apta para todos los públicos. De ahí que presenciara alguna escena de pánico de gente que tenía pocas nociones de nado o que ya era demasiado mayor como para estar trepando por cuerdecitas. Pese a ello, para mi fue bastante divertido la curiosa manera de alcanzar Maya Bay.
Efectivamente, la playa es preciosa. Rodeada de frondosos peñascos, tiene una agua de un azul incomparable y una arena fina y blanca como pocas. Si se consigue hacer el ejercicio mental de borrar del campo de visión a las decenas de turistas que andan por los alrededores, uno puede creer hayarse en el perfecto paraíso. Lástima que solo nos dejaran poco menos de una hora para disfrutar de él. Había que regresar a nuestra embarcación si no nos queríamos quedar allí tirados.


De vuelta a la barcaza, el “capitán” ya nos tenía preparados unos cocktails que dejaron fino a más de uno entre mis compañeros londinenses. Y es que el alcohol y la fiesta van irremediablemente ligados a las islas Phi Phi.
Tras un trayecto de retorno demasiado emocionante debido a lo picado del mar, llegamos de nuevo a Phi Phi Don. La tarde ya estaba cayendo y eso quería decir que tocaba ir al hotel, ducharse, y bajar de nuevo a la zona de bullicio para buscar algún sitio donde cenar. El ambiente nocturno de Phi Phi Don es vibrante, con fiestas playeras y muchos locales donde tomar algo y pasarlo bien. Aunque yo lo iba a dejar para la noche siguiente; hoy tocaba irse prontito al hotel para poder aprovechar algo el día siguiente, pese a que se presentaba bastante relajado.

Miercoles 22/06/2013
Lo primero que hice aquella mañana tras despertarme y desayunar fue subir a lo alto de la isla para disfrutar de su mirador, que nos da una visión panorámica excelente de la composición de la isla. Para llegar a él tan sólo hay que seguir los carteles que marcan el camino hacia el viewpoint e ir adentrándose por los senderos flanqueados por cocoteros que van subiendo por la isla. Requiere algo de esfuerzo que se ve compensado por las excelentes vistas, las mejores de la isla. Allí estuve un buen rato disfrutando del lugar donde me hallaba.


A parte de subir al mirador, no tenía nada más pensado para ese día. Me lo iba a tomar de relax total: comer bien, algo de compras en los mercadillos y paraditas, disfrutar de las playas… Así que eso mismo hice y por ello poco tengo que contaros.


Al atardecer volví a subir al mirador para contemplar una increíble puesta de Sol con las islas Phi Phi como protagonistas… ¡No os lo podéis perder!


Ya por la noche, logré contactar con Lamxe, el amigo laosiano al que había conocido dos días antes en Railay. Quedé con él después de cenar y estuvimos viendo un combate de Muay Thai entre cervezas, para posteriormente irnos a una fiesta en la playa que se alargó hasta altas horas de la madrugada… Os podréis imaginar que perdí por completo la mañana del día siguiente, jornada en que abandonaría las Phi Phi para volver a Krabi.

Jueves 23/06/2013
Con un dolor de cabeza espantoso me levanté en mí última día en las Phi Phi. Los “buckets” (cubatas servidos en cubos de plástico como los que usan los niños para hacer castillos en la playa) de la noche anterior habían pasado factura. Lo único que me pedía el cuerpo era tumbarme en una de las preciosas playas de la isla y dejar pasar el día hasta que por la tarde zarpara mi ferry de regreso a Krabi, que había contratado la tarde anterior. Lo que no tenía previsto era quedarme dormido tostándome al Sol, situación que me provocó una quemada en la espalda que me hizo ver las estrellas en lo poco que quedaba de viaje.
Esa misma tarde, tras recoger las cosas del hotel, me dirigí hacia el puerto de las isla para tomar un ferry que en poco más de una hora y tras un mareo considerable, me dejó en el embarcadero de Krabi. En el mismo puerto reservé un hotel en el centro de la ciudad, los encargados del cual se ocuparon de venirme a buscar. El hotel no fue gran cosa, pero al menos era barato.
Tras dejar mis cosas en la habitación y pegarme una buena ducha, salí ya de noche a ver que tenía por ofrecerme Krabi. Y lo que me ofreció fue un bullicioso mercado nocturno para los locales en el que me sentí bastante observado, pues la mayoría del turismo pasa de largo de esta ciudad para encaminarse a las islas. El mercado fue un buen lugar para curiosear y probar algo de gastronomía local antes de ponerle punto y final a mi penúltimo día en Tailandia.

Al día siguiente simplemente pasearía un poco por Krabi, descubriendo algunos de sus templos y dándome cuenta de que, al final, es una ciudad bastante anodina.


Esa misma tarde cogería un vuelo rumbo a Bangkok para conectar con otro que me devolvería a Barcelona. Mis días por Tailandia habían llegado a su fin.
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