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Nov 04 2011

TAILANDIA 2011 – DÍA 3: La otra cara de Bangkok

 

MIÉRCOLES 15/06/2011

Bangkok es una ciudad de contrastes extremos. Difícilmente alguien que la haya visitado podrá negar esta afirmación. De los cables y postes de tensión destartalados, pasamos a calles impolutas flanquedas por tiendas de las mejores marcas. Del ruidoso y traqueteante tuk tuk, al moderno skytrain, que casi sobrevuela la ciudad. De viviendas que parece vayan a caerse con un golpe de viento, a futuristas rascacielos… En mi tercer día por la capital tailandesa iba a descubrir la cara moderna, limpia, tecnológica y vanguardista de la ciudad. Me iba a desplazar hasta el distrito de Silom para disfrutar de la Bangkok del siglo XXI, quizá con menos encanto que la de los templos y las paradas a cada esquina, pero igualmente interesante. La otra cara de Bangkok estaba a punto de descubrirse ante mí.

Para ello me puse en camino hacia el embarcadero del Chao Phraya Express más cercano a mi hotel. Por el camino, me dispuse a descubrir algo más de la Bangkok tradicional antes de embarcarme hacia la sombra de los rascacielos: el mercadillo de amuletos. Dispuesto en las aceras de Th Marahat y Th Phra Chan, muy cerca del río,  en este curioso mercadillo se pueden encontrar amuletos, talismanes y abalorios de todo tipo.

Las figuras con la imagen de buda son el producto estrella, pero se pueden encontrar desde monedas, hasta cualquier tipo de amuleto, por extraño que sea. No me crucé con muchos turistas durante mi recorrido, pero sí con bastantes monjes, que deben ser los clientes principales de estas paradas, junto con los coleccionistas. La verdad es que es una visita curiosa, y además me pillaba de camino hacia el muelle desde el que quería coger el barco que me llevara a Silom.

Monté en el Chao Phraya Express tras abonar los 14 Bahts de rigor y cubrí el recorrido que me separaba del embarcadero de Taskin, ya en la zona moderna de la ciudad. Navegar por el río Chao Phraya, con esos rascacielos que se hacían más grandes al acortarse la distancia, es uno de los mejores recuerdos que tengo de la ciudad.

Descendí en el embarcadero de Taskin, que ya está conectado con el moderno Skytrain para acceder al centro. Los 25 Bahts que cuesta el billete bien valen la pena para este moderno transporte público que sobrevuela sobre raíles la ciudad y ofrece una magníficas vistas de la misma. Toda una experiencia, sobretodo para los que estamos acostumbrados a ir bajo tierra en los abarrotados metros de Madrid o Barcelona.

Me bajé en la parada de Silom, con una objetivo claro en mente: visitar el parque Lumphini, el “Central Park” de Bangkok. Lo de Central Park, más que por el tamaño es por los rascacielos que circundan esta agradable zona verde de la ciudad. Senderos arbolados, estanques y verde, mucho verde, es lo que tiene para ofrecernos este parque, muy adecuado para huir de los bocinazos, los tuk tuk y el frenesí de la ciudad en general. El Sol caía a plomo durante mi paseo, hasta el punto de que empecé a quemarme tanto el cuello como la cara. Abrumado por el tremendo calor, aceleré mi visita a este parque – que lleva el nombre de la población de nacimiento de Buda – para refugiarme en la red subterránea de metro. Nunca había bendecido tanto un aire acondicionado.

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Para poder usar la moderna red de metro de la ciudad, primero tuve que adquirir un “token”, especie de moneda de plástico que hace las veces de billete. Es un medio de transporte bastante económico, así que por 20 Bahts pude desplazarme hasta la parada de Hua Lampong, hacia donde me encaminé para poder descubrir el templo del Buda Dorado.

El  Wat Traimit es uno de los templos más visitados de la ciudad, y gran culpa de ello la tiene la impresionante figura de Buda que alberga, de oro macizo y 3 metros de altura. Para poder presenciarla, hay que ascender por las empinadas escalinatas del templo, cuya cumbre dorada sobresale por encima de los tejados de China Town, lugar donde está ubicado. El precio de la entrada son 50 Bahts.

Se acercaba la hora de comer, así que decidí acercarme en skytrain hasta el centro comercial Paragon, junto a la cercana plaza de Siam. Éste es un centro comercial hiper-moderno, con todo el lujo y marcas representadas en sus escaparates. La verdad es que la idea de visitar centros comerciales no me atrae demasiado, así que me limité a comer en uno de sus establecimientos y marcharme por donde había venido. La visita al centro comercial me sirvió para constatar que hay gente que vive muy bien en Bangkok; otra, la mayoría, no tanto. Otro contraste más de esta gran ciudad.

Por la tarde estuve paseando un poco por la zona de Siam y la avenida Silom, a la sombra de los altos y modernos edificios de cristal. Ésta es una zona de la ciudad bastante moderna, y donde se aloja gran parte del turismo de masas, pero yo en particular no le encontré ningún encanto.

Llevaba ya casi dos días completos en Tailandia y aún no me había dado ningún masaje. Esa misma tarde le puse solución. Cansado y acalorado, decidí meterme en el establecimiento de masajes que mejor espina me dió; no quería sorpresas desagradables en forma de “happy endings”. De esta manera, opté por un local que ofertaba masajes tailandeses de 1 hora por 200 Bahts. Seguramente no fue el mejor masaje tailandés posible (era bastante económico), pero yo salí de allí como nuevo. Incluso me eché unas buenas risas con las dependientas, que me pidieron que me hiciera una serie de fotos con ellas.

En la misma avenida Silom cogí un taxi (100 Bahts) para que me devolviera al hotel. El monzón apareció durante el trayecto, con una virulencia que en España sólo supera alguna tormenta de verano. Me tuve que armar de paciencia, pues más de una hora me llevó llegar hasta los alrededores de Khao San debido al descomunal atasco de tráfico que se formó. En Bangkok, el taxi no es siempre la mejor opción o, al menos, la más rápida.

Tras cenar el arroz más picante de mi vida, me conecté un rato en el ciber y tiré para el hotel cuando era aún una hora bastante temprana.

Mis días en Bangkok habían llegado a su fin. A la mañana siguiente partiría en tren hacia Ayutthaya para descubrir lo que fue la antigua capital del reino de Siam. Volvería a Bangkok, sí, pero sólo a pasar la noche para partir al día siguiente. Comenzaba la ruta por el país de la eterna sonrisa.

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Oct 30 2011

TAILANDIA 2011 – DÍA 2: Los imprescindibles templos de la capital tailandesa

Martes 14/06/2011

Sin duda aquel martes, segunda jornada de viaje, iba a ser uno de los días fuertes. Tenía planificado visitar el grueso de templos que tiene Bangkok: los más importantes, los imprescindibles que no hay que perderse. Y es que, sin duda alguna, esta ciudad no sería lo mismo sin sus templos y su budismo rebosante por cada esquina.

Para este plan, a priori ambicioso (y más con el calor que hacía), no había más remedio que levantarse temprano. Como ya he dicho en más de una ocasión en este blog, toda la pereza que me da levantarme temprano durante el año, se transforma en energía y ganas de comerme el día cuando estoy de viaje. Así que no eran ni las 8 de la mañana y ya estaba asomando la cabeza por encima de las sábanas.

La idea incial era aprovechar las primeras horas de la mañana, las más frescas, para visitar las joyas de la corona: El Gran Palacio y el Wat Phra Kaeo. Para ello, tras un english breakfast en un establecimiento cercano al hotel, me puse a caminar rumbo al complejo palaciego, a unos 20 minutos a pie de donde me encontraba. Me encantan las mañanas de los segundos días de viaje. Llamarme raro, pero para mí es de los mejores momentos de cada experiencia viajera: las expectativas intactas, todo el viaje por delante, el cuerpo descansado, y la fase de aclimatación al nuevo entorno normalmente superada.

Llegado a los alrededores de mi primer objetivo, hice de pardillo como el novato que sale por primera vez de su país. Cuando estaba dirigiéndome a la entrada del recinto, bastante despejada debido a la temprana hora, se me acerca un hombre para nada sospechoso (por un momento llegué  a pensar que el encuentro fue fortuito) para amablemente informarme que el Gran Palacio no abría hasta las 12h. Iluso de mí, y también engañado por no ver nadie por la entrada, caí en su trampa, que no era otra que llamar a un amigo suyo conductor de tuk tuk para que me llevase a dar una vuelta por la ciudad hasta la hora de apertura. Aunque os parezca mentira y una situación bastante obvia, aún no se muy bien el motivo, pero caí de pleno y acabé en ese tuk uk alejándome de un Gran Palacio que, después me enteré, ya estaba abierto. La negociación con el “tuk tukero” había sido dura, y finalmente se pactó un precio de 40 Bahts por llevarme a 3 o 4 sitios antes de devolverme a la entrada del Gran Palacio.

El primero de estos sitios fue el Wat Intharavihan, templo budista que se caracteriza por su enorme figura de buda de pie, de unos 32 metros de altura. Situado en el distrito de Nakhon, este templo poco más tiene que ofrecernos a parte de su gran figura dorada. Si bien no es nada fuera de lo normal, al ser de los primeros templos que visité, me dejó bastante buen  sabor de boca. Fue de entrada gratuïta.

Tras la fugaz visita, me monté de nuevo en el tuk tuk para que éste me llevara a la parada obligada de la excursión (venía incluída en la oferta del precio): llegar a una agencia local de turismo (TAT), hacer el paripé para que me vean llegando en tuk tuk, entrar y fingir que muestro interés en alguna información, y volver a salir para montar de nuevo en el tuk tuk. ¿Y todo esto para qué, os preguntaréis? Pues para que le llenen el depósito gratis al conductor y pueda así salir de nuevo a intentar estafar a nuevos turistas.

Una vez con el depósito lleno, yo ya no interesaba para nada al “tuk tukero”, pues el precio que había negociado conmigo era bastante bajo para todos los sitios a los que tenía que llevarme. Me lo demostró claramente cuando al volver a mi transporte descendiendo de la Golden Mountain, la siguiente parada a la que le había dicho que me llevase, mi amigo había desaparecido por completo, ni rastro de él. A mi me había salido la carrera gratis, así que no me preocupé en exceso.

La Golden Mountain es el nombre turístico por el que se conoce a este templo budista (Wat Saket) situado en lo alto de una especie de colina artificial en medio de Bangkok. Se accede a él ascendiendo por una escalera que rodea la colina donde se alza y que acaba su camino en las puertas del pequeño templo, bastante discreto. De hecho, su mayor atractivo son las vistas de Bangkok de las que uno puede disfrutar desde allí arriba. La inmensa urbe se extiende ante los ojos del visitante salpicada en muchos lugares por manchas verdes de vegeteación. Y es que no hay que olvidar que Bangkok es una gran metrópoli que le ha ido comiendo terreno a la selva.

De nuevo en las calles aledañas a Wat Saket, me dispuse a encontrar un nuevo tuk tuk que me acercase al Gran Palacio para, ahora sí, realizar la visita. La misión fue bastante fácil pues en Bangkok hay tuk tuks hasta debajo de las piedras.

Llegado a la puerta del lugar más visitado de todo Bangkok, aboné el precio de la entrada (350 Bahts), y me hice con unos pantalones largos (fianza de 200 Bahts)para poder acceder al recinto. Esto es debido a que iba con pantalones pirata y el complejo tiene restringida su entrada a todo aquel que no lleve las piernas completamente cubiertas, así como los hombros. Un detalle muy a tener en cuenta si se planifica la visita y no se quiere andar con ropa prestada… Me puse los pantalones que me dieron, y me fui para adentro.

Ya desde el patio exterior, la vista del complejo es impresionante, con las estupas doradas y los tejados de los templos sobresaliendo por encima del muro. Todo ello nos hace presagiar la maravilla que se va a contemplar a continuación.

El Wat Phra Kaew, o templo del buda esmeralda, es uno de los mayores lugares de peregrinaje budista del mundo, y se encuentra dentro del recinto del Palacio Real. Impulsado por el rey Rama I, este templo debe su fama en gran parte al pequeño buda esmeralda que alberga (gran icono del budismo tailandés), pero también por ser un conjunto arquitéctónico y artístico de gran belleza. Sirvan unas fotos para darse cuenta de ello.

Tras perderme un rato por los rincones del lugar y contemplar con respeto la imagen de buda – se nota la devoción del pueblo tailandés por este icono -, pasé al siguiente tramo de la visita: el Gran Palacio Real. Este complejo palaciego fue morada de los reyes tailandeses desde el s. XVIII, en que Rama I ordenó su construcción, hasta que ya a mediados del s. XX el actual rey Bhumibol decidió trasladarse junto a su familia al Palacio de Chitralada. El exterior del palacio es espectacular, muy vistoso con su opulencia, colores, y las puntiagudas formas de sus tejados.

Di por finalizada la visita y me encaminé hacia un  embarcadero próximo para cruzar el río hacia el distrito de Thonburi, con un ferry (3 Bahts) que me dejaría a los pies del Wat Arun, mi siguiente objetivo. Lo primero que destaca de este templo es que es estéticamente diferente a los visitados anteriormente: su estilo jemer le da un toque distintivo. Aboné los (50 Bahts) de la entrada y recorrí el lugar casi en solitario, ascendiendo al gran prang (torre) central por las empinadísimas escaleras. Su decoración es espectacular, y sus vistas una vez arriba todavía más. Pude contemplar desde allí arriba como el terroso río Chao Phraya divide la ciudad en dos. Una ciudad tan salpicada de templos como de altos rascacielos.

Al salir del Wat Arun, el calor era insoportable. Para hidratarme un poco, opté por comprarme un refrescante coco para tomármelo junto al río, disfrutando del trasiego de barcos y barcazas que circulaban por éste. Una vez superado el golpe de calor, crucé de nuevo el Chao Phraya con el transbordador para encaminarme al último de los tres templos que forman el triángulo imprescindible de Bangkok: El Wat Pho.

El Wat Pho (50 Bahts), o templo del buda reclinado, se encuentra aledaño al Gran Palacio, con lo que no tuve que caminar mucho para alcanzarlo. Su principal atractivo es la gran figura de buda en posición reclinada que alberga, de 46 metros de largo por 15 de alto. Ocupa casi toda la sala en la que se expone, y es realmente impresionante. El resto del templo vale mucho la pena, con lo que conviene explorar sus rincones y no quedarse solo con su atractivo principal. Este Wat se considera el lugar donde nació el masaje tradicional tailandés.

Desde el Wat Pho cogí un taxi – tras negociar con varios tuk tuk infructuosamente – para que me acercara a mi hotel. La mañana había cundido bastante y era hora hora de comer algo y descansar un poco. De esta manera, tras comer en un fast food de Khao San, decidí homenajearme con un bañito en una de las piscinas de la azotea del hotel. Tras el baño, una reconfortante siesta que me dejó nuevo para lo que quedaba de día.

Con el Sol ya más bajo y sin tanta calor, puse rumbo de nuevo hacia el  Chao Phraya que, además de río, hace las veces de arteria comunicativa de la ciudad. Me monté en el Chao Phraya Express (14 Bahts), una embarcación que circula por el marrón río cual autobús urbano, con sus paradas y todo. Serían sobre las 5 de la tarde, con lo que la barcaza en la que monté iba a rebosar. Toda una experiencia la de utilizar este medio de transporte, que me ayudó a llegar hasta mi siguiente objetivo: el barrio chino de Bangkok.

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Para ello tuve que conseguir desembarcar de la colpasada embarcación en la parada 5 y adentrarme un poco en la ciudad. Si Bangkok es ya de por sí  una ciudad caótica y estresante, su barrio chino va un paso más allá. Centenares de carteles en alfabeto chino por todos lados, paradas de todo tipo que desbordaban las aceras sin dejar apenas espacio para caminar por ellas y mucha gente por todos lados. Un bullicio que de primeras puede colapsar un poco, pero que a mi personalmente me encanta pues me parece que es una de las esencias de Asia. Y todo lo que sea esencialmente asiático, me tiene ganado. Caminé sin orden ni concierto por calles y callejones, sucumbiendo a la mezcolanza de olores y gentes y abriéndome paso entre las decenas de paradas de todo tipo de comidas. Eso fue básicamente a lo que dediqué la tarde, pasear y curiosear por aquellas calles rebosantes de todo, pero sobretodo, de vida.

Tras la visita a uno de sus templos chinos, abandoné el barrio montado en un tuk tuk que me devolvió a lo alrededores de Khao San cuando la noche ya se estaba dejando entrever sobre Bangkok.

Sin duda el día había cundido y pude disfrutar de todo lo que me había propuesto ver, así que lo único que me faltaba para acabar de rematarlo era una buena cena para seguir degustando la gastronomía local. Me decanté por uno de los restaurantes cercanos a mi hotel, en soi Rombrutti, donde decidí probar el famoso Pad Thai, plato estrella tailandés entre los turistas. Se trata de un salteado de fideos con brotes de soja y acompañado por pollo, ternera o gambas. Toda una delicia que, regada por una buena cerveza local, hizo que me pusiera las botas por unos 2-3 euros al cambio.

Tras la cena, y pese a que la noche de Bangkok es tentadora, opté por irme a descansar al hotel. Es sin duda de lo que peor llevo de viajar sólo: el no poder salir un poco de fiesta en el lugar que visito y probar de esa manera sus “usos y costumbres nocturnas”. En aquel momento aún no sabía que mi próxima noche de juerga desmedida sería en Tailandia…pero aún quedaban muchos días para eso.

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Sep 17 2011

TAILANDIA 2011 – DÍA 1: Comienza la aventura en Bangkok

 

Domingo 12/06/2011 y Lunes 13/06/2011

Apenas unas horas antes estaba acabando de celebrar con todos mis amigos la boda de uno de ellos. Eran las 13h del mediodía de un domingo soleado cuando, aún medio dormido y pelín resacoso, me despedí de mis padres para perderme por la puerta de la Terminal 1 del aeropuerto del Prat. Estaba comenzando mi particular aventura y, para que negarlo, algo de nervios había en mi estómago: me iba en solitario a pasar 13 días en Tailandia.

Por delante, algo más de 12 horas de vuelo sólo interrumpidas por una cómoda escala en el aeropuerto de Doha, Qatar.

Serían sobre las 12h del mediodía del día siguiente cuando el moderno avión de Qatar Airways tomaba tierra en el aeropuerto Suvarnabhumi de la capital Tailandesa. Acompañado por Melanie, una española residente en Suiza que había conocido durante el vuelo, obtuvimos el visado de entrada al país (gratuito) tras entregar al funcionario de turno el típico documento de entrada que te dan en el vuelo. Ya con el sello en nuestros pasaportes, recogimos nuestros equipajes y nos despedimos, pues ella ponía rumbo a Koh Phangan para disfrutar de su Full Moon Party 2011, conocida fiesta playera de esta isla tailandesa.

De nuevo solo, me dirigí hacia la zona de taxis del aeropuerto dispuesto a tomar uno que me llevase directamente al hotel. Estaba bastante cansado y la verdad es que ni entré a valorar la posibilidad de desplazarme de otra manera más económica, aunque seguramente más incómoda. Para los taxis del aeropuerto no hace falta romperse la cabeza negociando el precio, pues es fijo, el que te dice la chica que te reparte el ticket para coger uno: 450 Bahts.

 Después de un trayecto de unos 40 minutos, donde pude apreciar desde la ventana del taxi mis primeras imágenes tailandesas, llegamos a Soi Rombrutti, la animada callejuela donde se encontraba mi hotel. Digo animada porque tenía mucha vida, con restaurantes, paradas de souvenirs, puestos de masajes… pero realmente era todo un remanso de paz si la comparamos con la frenética y mochilera Khao San Road, a escasos 50 metros.

Realicé el check in en el hotel y dejé mis cosas en la sencilla habitación con aire acondicionado en la que pasaría mis cuatro noches en Bangkok. Justo cuando estaba deshaciendo mi equipaje, comenzó una fuerte lluvia monzónica que me llevó a tomar la decisión de echar una cabezadita y descansar un poco antes de comenzar a descubrir la ciudad. El jet lag me había pasado factura.

Desperté sobre las cuatro de la tarde y salí a la calle, donde recibí una bofetada de  ese calor húmedo tan típico del sudeste asiático. Tuve claro que iba a estar sudando durante todo el día mientras estuviera en Tailandia.

Me planteé la tarde de mi primer día como una tarde de aclimatación, muy necesaria para combatir el choque cultural. Simplemente iba a pasear por los alrededores de Khao San Road sin tan siquiera consultar la guía ni tener alguna visita en mente. Pasear, abrir los ojos, observar, sentir, oler, disfrutar… ¡ya estaba en Tailandia!

Las calles húmedas por la reciente lluvia me traían olores de todo tipo, a veces agradables y a veces menos, sobre todo a mi paso por Khao San Road, reducto turista-mochilero de Bangkok. Una calle con vida las 24 horas del día donde se puede encontrar y hacer de todo. Comida callejera, sastres, PUBS, restaurantes, locales de tatuajes, supermercados…y hasta un negocio ambulante donde podían hacerte una falsificación “cutre” de cualquier tipo de documento. Tan “cutre” que el negocio debe ser hasta legal. Este es el encanto del lugar, bullicio, interculturalidad, frenesí, ocio… pero poco rastro de la cultura Thai tras las hordas de backpackers.

Con mi reloj biológico algo desorientado, comí algo por Khao San  y, tras ello,  me propuse encontrar un buen mapa que me sirviera durante mi estancia en la ciudad. Conseguí uno en una especie de agencia de viajes de los alrededores y, con él en la mano, encontré y entré en mi primer templo tailandés, el Wat Bowonniwet Vihara. Dicho templo, budista como no, no aparecía en ninguna guía ni venía recomendado por ningún lado, simplemente vi su estupa dorada sobresaliendo y fui hacia allí. El interior estaba cerrado, así que me conformé con pasear por su exterior, todo un remanso de paz en medio de la frenética capital.

Tras curiosear un poco por el templo y, un poco vencido por el calor y la humedad (a los que te acabas acostumbrando), me senté en una terracita de la misma Soi Rombrutti donde se encontraba mi hotel para catar una Singha, junto a Chang, las dos marcas de cerveza tailandesa más conocidas. Allí sentado vi pasar a legiones de turistas de todo tipo: jovencísimos grupos de amigos en busca de fiesta, parejas de enamorados, gente mayor, almas solitarias… todos probablemente en busca de cosas distintas… pero todos en Tailandia.

Acabada la cerveza, me propuse  caminar un poco más antes de que anocheciera. Mapa en mano me encaminé hacia la zona del río Chao Praya pues quería ver, si era posible, una puesta de Sol sobre el mismo. De esta manera llegué hasta el parque Santichaiprakarn, al borde del río. Allí estuve un buen rato sentado con la duda de si mirar hacia el río, donde bajo un bonito atardecer se quedaba uno embelesado con todo el tráfico de embarcaciones que circula por él, o si mirar hacia el mismo parque, donde un grupo de tailandeses hacían deporte de la forma más divertida (al menos para mí resultó serlo): bailando al son de  un radiocasete que petaba con los últimos éxitos occidentales. Muy asiática esta tradición de hacer deporte de forma conjunta en los parques, ya lo había visto en China con el tai-chi y otras actividades.

Ya de noche, decidí volver a Khao San Road. Si ya de por sí con la luz del día tiene ambiente, es caer la noche y eso se ilumina como Las Vegas. La calle adquiere su máximo apogeo en las horas nocturnas y eso había que vivirlo, así que por allí estuve deambulando un poco, quitándome de encima a los pesadísimos sastres hindúes, que antes de preguntarte siquiera, ya te tienen el traje hecho a medida.

Decidí adentrarme por la, más tranquila, Soi Rombrutti para buscar un lugar donde cenar. Elegí un restaurante llamado Blue Lagoon, donde pude cenar por unos 130 Bahts un guiso de curry con carne, patata, y arroz. Mi primer contacto con la gastronomía thai, y la verdad es que no decepcionó.

Ya cenado, puse rumbo hacia un ciber al que había echado el ojo, acción que se convertiría en rutina en las noches del viaje, para contactar un poco con mi gente y colgar alguna que otra foto.

 

Tras el ciber, al hotel, no sin antes preguntar en una agencia de viajes cercana el precio para ir a ver un combate de  Muay Thai en directo y algún que otro transporte. Los 1.000 bahts que me pidieron por el combate me echaron para atrás (tenía cierto interés, pero no tanto) así que descarté la idea, aún sin saber que en mis últimos días podría disfrutar de uno y sin soltar ni un duro.

No mucho más tarde y bastante cansado, me fui a recluir a mi modesta habitación de la tercera planta.

Mi primer día en Tailandia se había consumido ya, pero la aventura no había hecho más que comenzar en la maravillosa Bangkok.

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