MIÉRCOLES 15/06/2011
Bangkok es una ciudad de contrastes extremos. Difícilmente alguien que la haya visitado podrá negar esta afirmación. De los cables y postes de tensión destartalados, pasamos a calles impolutas flanquedas por tiendas de las mejores marcas. Del ruidoso y traqueteante tuk tuk, al moderno skytrain, que casi sobrevuela la ciudad. De viviendas que parece vayan a caerse con un golpe de viento, a futuristas rascacielos… En mi tercer día por la capital tailandesa iba a descubrir la cara moderna, limpia, tecnológica y vanguardista de la ciudad. Me iba a desplazar hasta el distrito de Silom para disfrutar de la Bangkok del siglo XXI, quizá con menos encanto que la de los templos y las paradas a cada esquina, pero igualmente interesante. La otra cara de Bangkok estaba a punto de descubrirse ante mí.
Para ello me puse en camino hacia el embarcadero del Chao Phraya Express más cercano a mi hotel. Por el camino, me dispuse a descubrir algo más de la Bangkok tradicional antes de embarcarme hacia la sombra de los rascacielos: el mercadillo de amuletos. Dispuesto en las aceras de Th Marahat y Th Phra Chan, muy cerca del río, en este curioso mercadillo se pueden encontrar amuletos, talismanes y abalorios de todo tipo.
Las figuras con la imagen de buda son el producto estrella, pero se pueden encontrar desde monedas, hasta cualquier tipo de amuleto, por extraño que sea. No me crucé con muchos turistas durante mi recorrido, pero sí con bastantes monjes, que deben ser los clientes principales de estas paradas, junto con los coleccionistas. La verdad es que es una visita curiosa, y además me pillaba de camino hacia el muelle desde el que quería coger el barco que me llevara a Silom.
Monté en el Chao Phraya Express tras abonar los 14 Bahts de rigor y cubrí el recorrido que me separaba del embarcadero de Taskin, ya en la zona moderna de la ciudad. Navegar por el río Chao Phraya, con esos rascacielos que se hacían más grandes al acortarse la distancia, es uno de los mejores recuerdos que tengo de la ciudad.
Descendí en el embarcadero de Taskin, que ya está conectado con el moderno Skytrain para acceder al centro. Los 25 Bahts que cuesta el billete bien valen la pena para este moderno transporte público que sobrevuela sobre raíles la ciudad y ofrece una magníficas vistas de la misma. Toda una experiencia, sobretodo para los que estamos acostumbrados a ir bajo tierra en los abarrotados metros de Madrid o Barcelona.
Me bajé en la parada de Silom, con una objetivo claro en mente: visitar el parque Lumphini, el “Central Park” de Bangkok. Lo de Central Park, más que por el tamaño es por los rascacielos que circundan esta agradable zona verde de la ciudad. Senderos arbolados, estanques y verde, mucho verde, es lo que tiene para ofrecernos este parque, muy adecuado para huir de los bocinazos, los tuk tuk y el frenesí de la ciudad en general. El Sol caía a plomo durante mi paseo, hasta el punto de que empecé a quemarme tanto el cuello como la cara. Abrumado por el tremendo calor, aceleré mi visita a este parque - que lleva el nombre de la población de nacimiento de Buda – para refugiarme en la red subterránea de metro. Nunca había bendecido tanto un aire acondicionado.
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Para poder usar la moderna red de metro de la ciudad, primero tuve que adquirir un “token”, especie de moneda de plástico que hace las veces de billete. Es un medio de transporte bastante económico, así que por 20 Bahts pude desplazarme hasta la parada de Hua Lampong, hacia donde me encaminé para poder descubrir el templo del Buda Dorado.
El Wat Traimit es uno de los templos más visitados de la ciudad, y gran culpa de ello la tiene la impresionante figura de Buda que alberga, de oro macizo y 3 metros de altura. Para poder presenciarla, hay que ascender por las empinadas escalinatas del templo, cuya cumbre dorada sobresale por encima de los tejados de China Town, lugar donde está ubicado. El precio de la entrada son 50 Bahts.
Se acercaba la hora de comer, así que decidí acercarme en skytrain hasta el centro comercial Paragon, junto a la cercana plaza de Siam. Éste es un centro comercial hiper-moderno, con todo el lujo y marcas representadas en sus escaparates. La verdad es que la idea de visitar centros comerciales no me atrae demasiado, así que me limité a comer en uno de sus establecimientos y marcharme por donde había venido. La visita al centro comercial me sirvió para constatar que hay gente que vive muy bien en Bangkok; otra, la mayoría, no tanto. Otro contraste más de esta gran ciudad.
Por la tarde estuve paseando un poco por la zona de Siam y la avenida Silom, a la sombra de los altos y modernos edificios de cristal. Ésta es una zona de la ciudad bastante moderna, y donde se aloja gran parte del turismo de masas, pero yo en particular no le encontré ningún encanto.
Llevaba ya casi dos días completos en Tailandia y aún no me había dado ningún masaje. Esa misma tarde le puse solución. Cansado y acalorado, decidí meterme en el establecimiento de masajes que mejor espina me dió; no quería sorpresas desagradables en forma de “happy endings”. De esta manera, opté por un local que ofertaba masajes tailandeses de 1 hora por 200 Bahts. Seguramente no fue el mejor masaje tailandés posible (era bastante económico), pero yo salí de allí como nuevo. Incluso me eché unas buenas risas con las dependientas, que me pidieron que me hiciera una serie de fotos con ellas.
En la misma avenida Silom cogí un taxi (100 Bahts) para que me devolviera al hotel. El monzón apareció durante el trayecto, con una virulencia que en España sólo supera alguna tormenta de verano. Me tuve que armar de paciencia, pues más de una hora me llevó llegar hasta los alrededores de Khao San debido al descomunal atasco de tráfico que se formó. En Bangkok, el taxi no es siempre la mejor opción o, al menos, la más rápida.
Tras cenar el arroz más picante de mi vida, me conecté un rato en el ciber y tiré para el hotel cuando era aún una hora bastante temprana.
Mis días en Bangkok habían llegado a su fin. A la mañana siguiente partiría en tren hacia Ayutthaya para descubrir lo que fue la antigua capital del reino de Siam. Volvería a Bangkok, sí, pero sólo a pasar la noche para partir al día siguiente. Comenzaba la ruta por el país de la eterna sonrisa.
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