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Oct 08 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 4: Últimas sensaciones de una ciudad mítica

Jueves, 09/09/2010

Una sensación agridulce me recorrió el cuerpo cuando, sobre las 8 de la mañana, me desperté en nuestra sencilla habitación de cinco camas. Me despertaba yo y se despertaba nuestro último día en Estambul, una ciudad que no deja indiferente a nadie y que casi siempre produce pena cuando llega el momento de dejarla. Por otro lado, era el día en que comenzaba una nueva etapa del viaje: sobre las siete de la tarde nos montaríamos en un autobús nocturno que nos dejaría a la mañana siguiente ni más ni menos que en Kayseri, a las puertas de Capadocia. De ahí esa sensación ambigua, de pena e ilusión casi a partes iguales.

Lo que había que hacer era ponerse en marcha lo antes posible y disfrutar de nuestras últimas horas en la ciudad. De esta manera, después de hacer el check out y dejar las mochilas en recepción, nos pusimos en camino hacia Eminönü, desde donde teníamos previsto coger un pequeño crucero por el Bósforo. Antes de llegar al muelle, hicimos una pequeña incursión en la estación de trenes de Sirkeci, parada última del mítico Orient Express. Tampoco cabe esperar maravillas de ella, ya que por dentro es una estación de lo más normalita, simplemente nos pillaba de camino y nos hacía gracia ver la última estación de tan emblemático recorrido, cuando llevarlo a cabo allá por el s.XIX era toda una aventura.

Llegamos a la zona del muelle y tras unos momentos de desorientación, dimos con lo que buscábamos: un crucero corto por el Bósforo, de unas dos horas, que nos mostrase las dos orillas de tan famoso estrecho. El precio, 10 TL. Subimos a la pequeña y un pelín destartalada embarcación y nos acomodamos en una de las filas interiores del piso de arriba. Era una posición no muy buena ya que las orillas nos quedarían a la espalda durante todo el trayecto si queríamos permanecer sentados. El barco zarpó puntual a las 10 de la mañana provocando unos vaivenes que marearon a más de uno de los que estábamos allí arriba. Comenzamos a bordear el Bósforo con dirección al mar Negro pasando primeramente a orillas de la zona Europea de Estambul. Laura, que se estaba mareando un poco bajó, al piso de abajo. Cinco minutos más tarde la vi aparecer por la escalerilla haciéndome gestos para que bajara. Pues bien, se había hecho amiga del capitán del crucero, un simpático anciano que junto a sus hijos se encargaba de llevar a buen puerto la embarcación. ¡Incluso le había dejado a Laura el timón del barco por unos momentos! Si alguno de los de arriba se hubiese enterado… En fin que estuvimos haciéndonos fotos con el capitán y nos quedamos, de pie, en la proa del barco para disfrutar del trayecto.

Por delante de nosotros empezaron a desfilar elementos como el Palacio de Dolmabahçe o la mezquita de Ortaköy, que ya habíamos visitado el día anterior. Poco a poco fueron bajando también Diego, Jose y Marta para al final instalarnos los 5 en la parte delantera de la embarcación. Pasando por lugares como la Fortaleza de Rumeli llegamos hasta el Puente del Bósforo, lugar en que la embarcación dio media vuelta para regresar por la orilla contraria. Entre bromas con el capitán y sus hijos (daban golpes de timón para mojarnos a golpe de ola) y un sol de justicia que estaba empezando a quemarme la nuca, pasamos el trayecto de vuelta. Lo mejor de éste fue llegando de nuevo a Eminönü, cuando el perfil de Sultanahmet se extendió ante nosotros y se iba acercando a cada segundo con sus innumerables minaretes. Llegados de nuevo al muelle, nos despedimos del capitán y bajamos de la embarcación. La verdad es que el crucero había sido una experiencia muy positiva que nos ayudó a descubrir la enorme extensión de la ciudad, así como las joyas que reúne a orillas del Bósforo.

Eran pasadas las doce del mediodía cuando nos vimos buscando un taxi que nos llevase hasta el barrio de Fatih. Otra cosa no, pero en cuestión  de taxis, Estambul va muy sobrada; los hay por todas partes. Al taxista le dijimos que nos llevase hasta la iglesia de San Salvador de Chora, a la que nos acercó en poco más de 5 minutos. Esta iglesia de la época bizantina está situada en el barrio de Fatih, un poco alejado del corazón turístico de Sultanahmet, lo que la hace ser menos conocida que otros monumentos de la ciudad.  Ingenuos de nosotros, pensábamos que la entrada a la iglesia iba a ser gratuita, y cuando vimos que el ticket de entrada valía 15 TL nos llevamos la sorpresa. Entre una mezcla de indignación por lo caras que son algunas entradas en Estambul y aún no se muy bien porqué, al final acabamos por no entrar y nos dedicamos a pasear un poco por Fatih buscando algún lugar para comer. Lo poco que vimos de Fatih nada tiene que ver con Sultanahmet, mucho más turístico. De hecho, hasta tuvimos problemas para encontrar un sitio donde comer, que finalmente fue – para variar – un puesto de kebabs. Eso sí, resultó ser una de las comidas más baratas de todo el viaje, a poco más de 4 TL por persona.

Acabamos de comer que serían la una y media del mediodía y aún teníamos que ir hasta Eyüp para subir al café Pierre Loti antes de presentarnos a las 17:30 en la agencia de viajes donde habíamos comprado los billetes del autobús nocturno. En primera instancia intentamos cubrir el trayecto Fatih – Eyüp a pie, pero entre el calor que hacía a las dos del mediodía y lo lejos que veíamos la colina que se alzaba sobre nuestro destino, decidimos coger otro taxi. Éste nos dejó en la entrada de una avenida peatonal que conducía a la mezquita de Eyüp. Dicen de este barrio que es uno de los más conservadores y religiosos de la ciudad, la verdad es que por las calles nos encontramos el mismo panorama de siempre: mujeres con velo y sin velo, modernidad y tradición. Decidimos hacerle una visita a la bonita mezquita, a la que tuvimos la suerte de asistir en hora de rezo, mientra el imán procedía con su sermón. Con sumo respeto y separados de las chicas, que tuvieron que ver la mezquita desde una zona reservada para las mujeres, presenciamos el místico ritual que a mi, personalmente, me agrada tanto. La mezquita en sí es bonita, pero me gustó más coincidir con la ceremonia y un recinto lleno hasta los topes.

Teníamos que darnos un poco de prisa pues la tarde se nos echaba encima así que salimos de la mezquita para buscar el sendero de subida a Pierre Loti. A este particular café, con unas buenas vistas de Estambul, se accede a través de un sendero que sale desde detrás de la mezquita y que cruza un bonito cementerio antes de desembocar en  las mesas de manteles a cuadros rojos y blancos del famoso café. Enfilamos por la empinada subida y, unas cuantas lápidas más tarde, habíamos alcanzado nuestro objetivo. Tuvimos que dar un par de vueltas ya que no había ni una sola mesa libre, pero finalmente pudimos encontrar una que, aunque no justo en la baranda que da a las maravillosas vistas, si que estaba bien situada y desde ella se podía distinguir el perfil de la ciudad. El café es un lugar encantador: situado en un cementerio, con sus manteles a cuadros, sus vistas… pero debo decir que en lo que a panorámica se refiere, me quedo con la de la Torre Gálata o Uskudar. Estuvimos tomando unos çay y prosiguiendo con nuestro torneo de cartas hasta que, sobre las cuatro de la tarde, decidimos emprender el regreso.

Descendimos la colina y cogimos de nuevo un taxi, que nos dejó  junto a la columna de Constantino, muy cerca de nuestro hotel. Nos dirigimos a éste y recogimos nuestras mochilas para, a continuación, caminar hasta la agencia de viajes donde habíamos comprado el billete, en la calle Alemdar. Allí estuvimos esperando hasta que llegó el minibús que nos llevó hasta una de las otogar de Estambul, situada en las afueras de la ciudad. Las otogar son estaciones de autobuses que hay en cualquier ciudad y desde la que se puede coger el mencionado medio de transporte hacia cualquier punto del país. Suelen estar en las afueras; la de Estambul lo estaba, y además bastante lejos. Llegamos a la caótica otogar y el conductor nos dejó en frente de nuestro autobús. Aún eran las 18:30 así que aprovechamos la media hora para ir al lavabo y comprar provisiones. ¡A saber cuándo y dónde íbamos a cenar! El autobús salía a las 7 de la tarde y llegaba a las 6 de la mañana a Kayseri, y no sabíamos las paradas que haríamos durante esas 11 horas. Finalmente cogimos nuestros asientos, nos acomodamos, y el autobús echó a andar.

 

La verdad es que las primeras horas se hicieron un poco largas, con bastantes paradas en poco tiempo para llenar el autobús, así que entre partidas de cartas y los tes que nos servía el azafato íbamos aguantando el tirón. En una de las paradas, sobre las diez de la noche, el azafato nos dijo que teníamos media hora para cenar. Para mi desgracia, de nuevo un puesto de kebabs fue la única opción. Después de la cena subimos al autocar de nuevo y ya empezó a entrar el sueñecillo. Sé que pasamos por Ánkara en algún momento, pero ni me enteré; yo ya estaba en los brazos de Morfeo soñando con extrañas y bellas formaciones geológicas que poco tiempo después se iban a convertir en realidad. El autobús continuaba a ritmo constante su camino hacia Capadocia.

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Sep 28 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 1: Primeros pasos por Estambul

Lunes, 06/09/2010

Puntuales como un reloj suizo nos encontramos los 5 en la terminal 1 del aeropuerto del Prat, a escasas 2 horas de la salida de nuestro vuelo a Estambul. El ritual de cada viaje comenzaba de nuevo, y con una mezcla de nervios e ilusión y las mochilas limpias y cargadas, comenzamos a superar paso por paso todos los engorrosos trámites aeroportuarios: facturación de maletas, obtención de los billetes, controles de seguridad, meadita de rigor, y la eterna espera pre-embarque. La responsable de dejarnos 3 horas más tarde en el aeropuerto Sabiha Gökçen de Estambul iba a ser la compañía de low cost Vueling, con la que no había viajado previamente. La verdad es que todo funcionó de maravilla (al menos a la ida) y a las 4 de la mañana estábamos aterrizando en el aeropuerto turco, el segundo de la ciudad pero uno de los de mayor crecimiento de todo el mundo. Una vez en el moderno aeropuerto nos dirigimos a la cola donde se obtienen los visados, previo pago de 15 Euros. Con la pegatina ya en nuestro pasaporte nos sellaron la entrada al país y recogimos nuestras mochilas. Antes de plantearnos de que manera íbamos a llegar hasta Estambul a esas horas de la madrugada, fuimos a cambiar los Euros que llevábamos por Liras Turcas (a partir de ahora TL). Ya con la moneda local en el bolsillo, era hora de saber como transportarnos al casco antiguo de Estambul, Sultanahmet, donde se encontraba nuestro hotel. Nos constaba que había unos autobuses de la compañía Havas que hacían el trayecto hasta la zona europea de Estambul, desde donde tendríamos que coger un taxi hasta el otro lado del cuerno de oro, donde está Sultanahmet. No quisimos complicarnos la vida y al ser 5 personas decidimos preguntar el precio de un taxi. Nos pidieron 85 TL (poco más de 40 euros) que a repartir entre 5 no nos pareció para nada desorbitado, más teniendo en cuenta que este aeropuerto se encuentra a casi una hora de la ciudad ya que está situado en la parte asiática de ésta. Dejando el regateo para más adelante, nos apretamos como pudimos en el taxi y comenzamos el trayecto hacia Estambul. Lo de montarnos los 5 en un taxi iba a ser una tónica durante todo el viaje ya que la policía no pone pegas a los taxistas y a nosotros nos salía más que económico. Después de unos 50 minutos de trayecto y algunos minaretes, el taxista nos dejó en la puerta de nuestro hotel/albergue donde nos esperaba un somnoliento recepcionista que nos informó que nuestra habitación aún no estaba lista (!claro, eran las 5:30 de la mañana!). Hubiese estado genial haber podido disfrutar de ella unas horitas antes de ponernos a visitar la ciudad (sólo habíamos dormido 2 horas el que más) pero era de esperar lo que nos pasó, así que, de madrugada, nos pusimos a recorrer las desiertas calles de una ciudad que empezaba a despertarse. Para hacer un poco de tiempo, nos sentamos en la terraza de un puesto de kebabs donde hicimos un poco de estómago para afrontar el día con garantías. Entre kebabs y carísimos capuccinos (eran necesarios para despertarnos) hicimos bastante tiempo así que pusimos rumbo al Palacio de Topkapi, la que sería nuestra primera visita del día.

Antes de llegar pasamos obligatoriamente por delante de Santa Sofía y la Mezquita Azul, que nos dejaron entrever una belleza que descubriríamos al día siguiente. Llegamos de los primeros a Topkapi (9 – 19 h. – 20 TL) así que rápidamente compramos la entrada y atravesamos la imponente puerta que da acceso a uno de los patios del palacio. Residencia de varios sultanes del imperio otomano, este palacio tiene como principales atractivos su harén y el tesoro. El primero es previo pago de otras 15 TL, situación que nos pareció abusiva además de cara y que descartamos desde un principio pese a que es de lo más recomendado del palacio. Respecto al tesoro, es una magnífica exposición de joyas y objetos de valor tras unas vitrinas, entre las que destaca la maravillosa daga de Topkapi.

También son destacables las vistas sobre el Bósforo desde una de las terrazas del palacio, desde la que se puede apreciar el intenso tráfico de barcos y ferries en este mítico estrecho. Poca cosa más, alguna estancia bellamente decorada, los cuidados patios y algunas cosas curiosas como la “sala de la custodia sagrada” donde se expone un pelo de la barba de Mahoma o la huella de su pie sobre arcilla. La verdad es que Topkapi sin la visita al harén se nos quedó en poco, algo decepcionante quizá debido a que estábamos en estado “zombie” debido a las dos horas de sueño que apenas acumulábamos. Lo cierto es que en dos horas nos habíamos ventilado el palacio así que pusimos rumbo hacia el parque Gülhane, nuestro siguiente objetivo. Antiguo parque del palacio (se encuentra justo al lado) éste nos sirvió como lugar de improvisado descanso. Nos tumbamos en su césped y más de uno cayó rendido en los brazos de Morfeo.

El parque es de lo más normal salvo por la excelente tetería con vistas al Bósforo que tiene en uno de sus extremos. Un poco más descansados y acercándose la hora de comer, nos pusimos a buscar algún restaurante por Alemdar Cad, hasta que dimos con un pesado “cazaturistas” que nos arrastró hasta Efe Kebab, su restaurante. Allí probé mi primer plato turco, el Iskender kebab, ya detallado en la ficha del viaje. La verdad es que comer en Estambul no sale especialmente barato, o se va a bocadillo o dürüm a palo seco o te cuesta casi lo mismo que aquí. Tomamos nuestro primer çay (té turco) y nos dirigimos hacia el hotel, donde hicimos el check in además de una necesaria siesta de casi dos horas. A las 4 de la tarde estábamos de nuevo en la calle, más frescos y con ganas de seguir descubriendo la ciudad. La idea era ir a pasar la tarde a la parte asiática para, desde allí, ver la puesta de sol sobre Sultanahmet. Caminamos hasta la zona de Eminönü, puerto en el Cuerno de Oro desde donde salen la mayoría de ferries y cruceros, y lugar desde donde debíamos coger el transbordador a Uskudar, en la orilla asiática.

Compramos los jetones (monedas que se introducen en los tornos y sirven como billete simple de transporte) y nos montamos en el ferrie. En menos de 10 minutos estábamos en otro continente, ¡habíamos llegado a Asia! Durante el trayecto pudimos apreciar el perfil de la ciudad, minaretes en alto, que es sin duda uno de sus grandes atractivos. Llegados al muelle de Uskudar, giramos a la derecha y caminamos otros 10 minutos hasta llegar a la altura aproximada de la Torre de Leandro (Kiz Kulesi), antiguamente utilizada con fines defensivos y como peaje del Bósforo, y hoy en día convertida en un caro restaurante al que sólo se puede acceder en barca.

Justo en frente de esta torre situada en las aguas del Bósforo, hay una especie de grada de cemento con alfombras y cojines en el suelo desde el que se puede disfrutar de un magnífico atardecer sobre Sultanahmet y sus mezquitas, saboreando al mismo tiempo un ácido té de manzana. Eso mismo hicimos y, pese a que estaba el cielo un poco cubierto, pudimos disfrutar de un espectáculo único en el que el rojizo sol se abría paso entre los nubarrones con un telón de fondo único, realmente inmejorable. Entre pescadores con sus cañas y algún que otro turista, pasamos casi dos horas muertas simplemente admirando lo que teníamos ante nosotros.

Sin duda ésta es una de las actividades que nadie debería perderse al visitar la ciudad, ya que no hay arrepentimiento posible. Con la noche ya casi sobre nosotros nos dirigimos al bullicio de Uskudar, por los alrededores de Aga Camii (una de sus mezquitas), para buscar algún lugar barato donde cenar. Nos decantamos por comer un simple y económico dürüm en un sencillo puesto de kebabs de los muchos que por allí habían. Finalizada la cena cogimos de nuevo el ferrie rumbo a Eminönü desde el cual pudimos disfrutar de la iluminación nocturna de la ciudad desde el Bósforo.

Una vez en tierra, caminamos los 15 minutos que nos separaban de nuestro hotel, situado en la zona de Çemberlitas. Fue llegar y caer totalmente rendidos, pues después de dormir tan solo 4 horas a lo sumo, nos habíamos pateado intensamente una ciudad que apenas acabábamos de conocer, y ya nos estaba encantando.

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