Jueves, 09/09/2010
Una sensación agridulce me recorrió el cuerpo cuando, sobre las 8 de la mañana, me desperté en nuestra sencilla habitación de cinco camas. Me despertaba yo y se despertaba nuestro último día en Estambul, una ciudad que no deja indiferente a nadie y que casi siempre produce pena cuando llega el momento de dejarla. Por otro lado, era el día en que comenzaba una nueva etapa del viaje: sobre las siete de la tarde nos montaríamos en un autobús nocturno que nos dejaría a la mañana siguiente ni más ni menos que en Kayseri, a las puertas de Capadocia. De ahí esa sensación ambigua, de pena e ilusión casi a partes iguales.
Lo que había que hacer era ponerse en marcha lo antes posible y disfrutar de nuestras últimas horas en la ciudad. De esta manera, después de hacer el check out y dejar las mochilas en recepción, nos pusimos en camino hacia Eminönü, desde donde teníamos previsto coger un pequeño crucero por el Bósforo. Antes de llegar al muelle, hicimos una pequeña incursión en la estación de trenes de Sirkeci, parada última del mítico Orient Express. Tampoco cabe esperar maravillas de ella, ya que por dentro es una estación de lo más normalita, simplemente nos pillaba de camino y nos hacía gracia ver la última estación de tan emblemático recorrido, cuando llevarlo a cabo allá por el s.XIX era toda una aventura.
Llegamos a la zona del muelle y tras unos momentos de desorientación, dimos con lo que buscábamos: un crucero corto por el Bósforo, de unas dos horas, que nos mostrase las dos orillas de tan famoso estrecho. El precio, 10 TL. Subimos a la pequeña y un pelín destartalada embarcación y nos acomodamos en una de las filas interiores del piso de arriba. Era una posición no muy buena ya que las orillas nos quedarían a la espalda durante todo el trayecto si queríamos permanecer sentados. El barco zarpó puntual a las 10 de la mañana provocando unos vaivenes que marearon a más de uno de los que estábamos allí arriba. Comenzamos a bordear el Bósforo con dirección al mar Negro pasando primeramente a orillas de la zona Europea de Estambul. Laura, que se estaba mareando un poco bajó, al piso de abajo. Cinco minutos más tarde la vi aparecer por la escalerilla haciéndome gestos para que bajara. Pues bien, se había hecho amiga del capitán del crucero, un simpático anciano que junto a sus hijos se encargaba de llevar a buen puerto la embarcación. ¡Incluso le había dejado a Laura el timón del barco por unos momentos! Si alguno de los de arriba se hubiese enterado… En fin que estuvimos haciéndonos fotos con el capitán y nos quedamos, de pie, en la proa del barco para disfrutar del trayecto.
Por delante de nosotros empezaron a desfilar elementos como el Palacio de Dolmabahçe o la mezquita de Ortaköy, que ya habíamos visitado el día anterior. Poco a poco fueron bajando también Diego, Jose y Marta para al final instalarnos los 5 en la parte delantera de la embarcación. Pasando por lugares como la Fortaleza de Rumeli llegamos hasta el Puente del Bósforo, lugar en que la embarcación dio media vuelta para regresar por la orilla contraria. Entre bromas con el capitán y sus hijos (daban golpes de timón para mojarnos a golpe de ola) y un sol de justicia que estaba empezando a quemarme la nuca, pasamos el trayecto de vuelta. Lo mejor de éste fue llegando de nuevo a Eminönü, cuando el perfil de Sultanahmet se extendió ante nosotros y se iba acercando a cada segundo con sus innumerables minaretes. Llegados de nuevo al muelle, nos despedimos del capitán y bajamos de la embarcación. La verdad es que el crucero había sido una experiencia muy positiva que nos ayudó a descubrir la enorme extensión de la ciudad, así como las joyas que reúne a orillas del Bósforo.
Eran pasadas las doce del mediodía cuando nos vimos buscando un taxi que nos llevase hasta el barrio de Fatih. Otra cosa no, pero en cuestión de taxis, Estambul va muy sobrada; los hay por todas partes. Al taxista le dijimos que nos llevase hasta la iglesia de San Salvador de Chora, a la que nos acercó en poco más de 5 minutos. Esta iglesia de la época bizantina está situada en el barrio de Fatih, un poco alejado del corazón turístico de Sultanahmet, lo que la hace ser menos conocida que otros monumentos de la ciudad. Ingenuos de nosotros, pensábamos que la entrada a la iglesia iba a ser gratuita, y cuando vimos que el ticket de entrada valía 15 TL nos llevamos la sorpresa. Entre una mezcla de indignación por lo caras que son algunas entradas en Estambul y aún no se muy bien porqué, al final acabamos por no entrar y nos dedicamos a pasear un poco por Fatih buscando algún lugar para comer. Lo poco que vimos de Fatih nada tiene que ver con Sultanahmet, mucho más turístico. De hecho, hasta tuvimos problemas para encontrar un sitio donde comer, que finalmente fue – para variar – un puesto de kebabs. Eso sí, resultó ser una de las comidas más baratas de todo el viaje, a poco más de 4 TL por persona.
Acabamos de comer que serían la una y media del mediodía y aún teníamos que ir hasta Eyüp para subir al café Pierre Loti antes de presentarnos a las 17:30 en la agencia de viajes donde habíamos comprado los billetes del autobús nocturno. En primera instancia intentamos cubrir el trayecto Fatih – Eyüp a pie, pero entre el calor que hacía a las dos del mediodía y lo lejos que veíamos la colina que se alzaba sobre nuestro destino, decidimos coger otro taxi. Éste nos dejó en la entrada de una avenida peatonal que conducía a la mezquita de Eyüp. Dicen de este barrio que es uno de los más conservadores y religiosos de la ciudad, la verdad es que por las calles nos encontramos el mismo panorama de siempre: mujeres con velo y sin velo, modernidad y tradición. Decidimos hacerle una visita a la bonita mezquita, a la que tuvimos la suerte de asistir en hora de rezo, mientra el imán procedía con su sermón. Con sumo respeto y separados de las chicas, que tuvieron que ver la mezquita desde una zona reservada para las mujeres, presenciamos el místico ritual que a mi, personalmente, me agrada tanto. La mezquita en sí es bonita, pero me gustó más coincidir con la ceremonia y un recinto lleno hasta los topes.
Teníamos que darnos un poco de prisa pues la tarde se nos echaba encima así que salimos de la mezquita para buscar el sendero de subida a Pierre Loti. A este particular café, con unas buenas vistas de Estambul, se accede a través de un sendero que sale desde detrás de la mezquita y que cruza un bonito cementerio antes de desembocar en las mesas de manteles a cuadros rojos y blancos del famoso café. Enfilamos por la empinada subida y, unas cuantas lápidas más tarde, habíamos alcanzado nuestro objetivo. Tuvimos que dar un par de vueltas ya que no había ni una sola mesa libre, pero finalmente pudimos encontrar una que, aunque no justo en la baranda que da a las maravillosas vistas, si que estaba bien situada y desde ella se podía distinguir el perfil de la ciudad. El café es un lugar encantador: situado en un cementerio, con sus manteles a cuadros, sus vistas… pero debo decir que en lo que a panorámica se refiere, me quedo con la de la Torre Gálata o Uskudar. Estuvimos tomando unos çay y prosiguiendo con nuestro torneo de cartas hasta que, sobre las cuatro de la tarde, decidimos emprender el regreso.
Descendimos la colina y cogimos de nuevo un taxi, que nos dejó junto a la columna de Constantino, muy cerca de nuestro hotel. Nos dirigimos a éste y recogimos nuestras mochilas para, a continuación, caminar hasta la agencia de viajes donde habíamos comprado el billete, en la calle Alemdar. Allí estuvimos esperando hasta que llegó el minibús que nos llevó hasta una de las otogar de Estambul, situada en las afueras de la ciudad. Las otogar son estaciones de autobuses que hay en cualquier ciudad y desde la que se puede coger el mencionado medio de transporte hacia cualquier punto del país. Suelen estar en las afueras; la de Estambul lo estaba, y además bastante lejos. Llegamos a la caótica otogar y el conductor nos dejó en frente de nuestro autobús. Aún eran las 18:30 así que aprovechamos la media hora para ir al lavabo y comprar provisiones. ¡A saber cuándo y dónde íbamos a cenar! El autobús salía a las 7 de la tarde y llegaba a las 6 de la mañana a Kayseri, y no sabíamos las paradas que haríamos durante esas 11 horas. Finalmente cogimos nuestros asientos, nos acomodamos, y el autobús echó a andar.
La verdad es que las primeras horas se hicieron un poco largas, con bastantes paradas en poco tiempo para llenar el autobús, así que entre partidas de cartas y los tes que nos servía el azafato íbamos aguantando el tirón. En una de las paradas, sobre las diez de la noche, el azafato nos dijo que teníamos media hora para cenar. Para mi desgracia, de nuevo un puesto de kebabs fue la única opción. Después de la cena subimos al autocar de nuevo y ya empezó a entrar el sueñecillo. Sé que pasamos por Ánkara en algún momento, pero ni me enteré; yo ya estaba en los brazos de Morfeo soñando con extrañas y bellas formaciones geológicas que poco tiempo después se iban a convertir en realidad. El autobús continuaba a ritmo constante su camino hacia Capadocia.


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