Lunes 16/01/2012
Venecia comparte espacio en su laguna con otras islas algo más pequeñas como Murano, Burano, Torcello, o el Lido. Para nuestro último día de la escapada, teníamos previsto dejar un poco de lado Venecia para dedicar buena parte del tiempo a visitar dos de ellas, quizá las que nos dieron más motivos acercarnos: De Murano, queríamos que nos ofreciese una muestra de cómo se fabrica el tan reconocido cristal de la isla. De Burano, tan sólo queríamos que nos mostrase su encanto, con sus pintorescas casas de pescadores pintadas de multitud de colores.
Para ello, tuvimos que desplazarnos hasta la parada de vaporetto Fondamente Nove, situada en el margen superior de la isla de Venecia, en su barrio de Cannareggio. La mejor manera de llegar a estas islas (también a Torcello) es coger un vaporetto desde ésta parada y utilizar su línea Laguna Norte para alcanzarlas. Murano está relativamente cerca de Venecia, a unos 15 minutos en vaporetto, pero Burano y Torcello ya quedan más apartadas.
Como teníamos pensado hacer hasta tres viajes para recorrer las islas, optamos por comprar un bono de 12 horas, que nos salió por 16 Euros. Comprando los tres billetes por separado nos hubiese costado 19,50 Euros.
Esperando al vaporetto, pudimos contemplar la isla dónde se aloja el cementerio de San Michele, última casa de muchos venecianos.
Cogimos nuestro vaporetto, que en unos 15 minutos nos dejó en la primera parada de Murano, que es la que queda más cerca de la fábrica de vidrio que queríamos visitar. Nada más bajarnos, nos encaminamos hacia la izquierda para encontrar, un poco más adelante, el lugar dónde disfrutaríamos de la demostración de cómo se elabora artesanalmente el famoso cristal de Murano. La demostración es gratüita, te tienen esperando en la tienda de regalos hasta que te toca tu turno y luego tan solo te piden “la voluntad”. La verdad es que está bastante bien, y sirve para poder ver como trabajan estos artesanos del vidrio durante uno 20 minutos. Todo unos artistas.
Finalizada la visita, nos encaminamos hacia el centro de la isla recorriendo su canal principal. La verdad es que Murano poco más tiene que ofrecer a parte de su cristal, pues todo lo demás que nos enseña ya se ha visto de manera más esplendorosa en la vecina Venecia. Desde mi punto de vista, la visita sólo se justifica si se acude a ver como se elabora artesanalmente el cristal de Murano.
Sin perder mucho más tiempo, nos encaminamos hacia la parada de vaporetto que hay bajo el faro de la isla, para tomar uno de esos autobuses acuáticos que en unos 40 minutos nos acercaría a la otra isla que queríamos visitar: Burano.
El trayecto transcurrió por una especie de carretera acuática, cuyos márgenes se iban señalizando con boyas. Finalmente, el altavoz del vaporetto anunció la parada de Burano, y descendimos de él junto con otros muchos turistas que tenían previsto visitar la isla como nosotros.
Lo único que tiene Burano (que ya es mucho) es pasear por sus calles y canales, regalando a la vista la imagen de las pintorescas casas de colores que los pescadores decoraron con el sobrante de pintura para los barcos.
Comenzamos a adentrarnos por sus calles, entre ropas tendidas y fachadas color pastel. El pueblo estaba realmente tranquilo, paz tan sólo interrumpida por las voces de los turistas que por allí andábamos.
La imagen de Burano desde el que debe ser su canal principal es realmente pintoresca. ¡Vaya gama de colores!
Nosotros llegamos hasta uno de los límites de la isla, donde habían varadas diversas barcas azules de pescadores, los verdaderos moradores de la isla. Una isla cuyo “souvenir” principal son los encajes artesanos que se venden en diversas tiendas focalizadas cerca de la plaza principal de la isla, junto a la iglesia.
Nos pasamos la mayor parte del tiempo tirando fotos, pues lo pintoresco del lugar hacía difícil tener la cámara en reposo.
Decidimos quedarnos a comer allí, pese a que la oferta de restaurantes de la isla era bastante escasa (estaba casi todo cerrado).
Comimos en Ristorante Galluppi, en la calle principal, y la verdad es que estuvo bastante bien. Yo pude probar un delicioso rissotto alla adriatica, que estaba para chuparse los dedos.
Tras la comida, y visto que poco nos quedaba ya por hacer en la isla, decidimos regresar a la parada de vaporetto para poner rumbo de nuevo a Venecia.
En casi una hora de trayecto estábamos desembarcando de nuevo en Fondamente Nove. A las 19:00 h debíamos estar preparados con las maletas en Piazzale Roma para coger el bus con destino al aeropuerto, así que teníamos unas tres horas para acabar de comprar algunos souvenirs, callejear un poco más por Cannareggio, recoger las maletas del hotel y coger de nuevo la línea 1 de vaporetto para regresar a Piazzale Roma por el Gran Canal, esta vez de noche.
Aprovechamos que estábamos relativamente cerca para visitar la iglesia de Madonna dell’Orto, lugar donde fue enterrado el célebre pintor veneciano Tintoretto. Su tumba, algunas de sus pinturas en el ábside, y una bonita fachada, hacen de esta iglesia una de las que no hay que perderse si se visita Venecia.
Seguimos callejeando por Canareggio para acabar desembocando en Strada Nova, avenida principal del barrio que utilizamos para realizar las compras de última hora.
Tras pasar por el hotel y con las maletas ya a cuestas, cogimos el vaporetto número 1 cerca de Piazza San Marco para regresar de esta manera a Piazzale Roma. Queríamos hacerlo de esta manera para poder disfrutar del Gran Canal de noche, y llevarnos un último recuerdo inolvidable de la ciudad.
Y la verdad es que así fue. Pese al frío que hacía en el exterior de la embarcación, pasé todo el trayecto disfrutando del Gran Canal y sus palacios, así como de su elegante iluminación. La belleza veneciana se quedó grabada en mi retina a fuego: Fue lo último que ví, y probablemente, lo más bello. No hay que perdérselo, el Gran Canal de noche es una pasada.
Finalmente llegamos a Piazzale Roma y nos encaminamos hacia la parada desde donde tenía que partir nuestro autobús. Pequeño fue el susto que nos llevamos cuando nos dijeron que el último autobús al aeropuerto (de nuestra compañía) ya había partido. Al parecer, según los días de la semana los horarios de los autobuses cambian, y nosotros habíamos mirado el horario de otro día. Me veía ya pagando un carísimo taxi cuando, afortunadamente, encontramos otro autobús que iba para el aeropuerto y tenía plazas libres. Fue nuestra salvación.
Con un poco de susto en el cuerpo pusimos el punto y final a tres días inolvidables recorriendo uno de esos lugares especiales, únicos en el mundo. Venecia cumplió sobradamente con las expectativas que llevábamos de ella, además de dejarnos maravillados con su sobrado encanto. Dicen que hay algunos destinos especiales que, de tan explotados, pierden su magia; Venecia no es el caso. Al menos en Enero.
Recordaros que podéis seguir todas las actualizaciones de la web tanto en Facebook como en Twitter.
Saludos!!

![twitter_logo1[1]](http://toni-porelmundo.com/wp-content/uploads/2012/01/twitter_logo11-150x150.png)

Comentarios recientes