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Oct 26 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 8: Despidiéndonos de Capadocia

 

Lunes 13/09/2010

Un amanecer como el de la fotografía que precede a este texto era la imagen con que queríamos quedarnos en el día que deberíamos abandonar la Capadocia para poner rumbo hacia nuevos horizontes: la costa del Mar Egeo. Esa misma tarde, sobre las 7 y media, partiría un autobús que nos dejaría a la mañana siguiente en la ciudad de Izmir, lo que quería decir que tan sólo nos quedaban las horas de la mañana y algo de la tarde para acabar de disfrutar de la zona.

Nos habían informado en días anteriores que el sol venía saliendo sobre las 6 de la mañana, así que sobre las 5 y media todos estábamos ya en pie. Nos pusimos algo de manga larga y salimos del hotel, cruzándonos con una expedición que a esas horas se dirigían a hacer la excursión en globo. Cogimos nuestro coche y conducimos hasta la entrada del Valle Zemi, al que penetramos ya a pie. En la excursión que hicimos dos días atrás por este mismo valle nos habíamos fijado en un lugar medianamente elevado que podía estar bien para ver un amanecer, así que para allí que nos fuimos. La espera se hizo bastante larga ya que al sol, escondido tras una meseta más elevada, le costaba bastante dejarse ver pese a que ya hacía tiempo que debería haber aparecido. Quizá el lugar no fuera el mejor finalmente…pero sí lo suficiente como para poder presenciar los primeros rayos de sol abriéndose paso en la mañana. Repito, no fue el mejor amanecer de la historia  – también coincidió que por un motivo que desconocemos no volaron globos esa mañana – porque el lugar escogido no fue el mejor, pero me conformo con esos primeros rayos de luz iluminándolo todo como imagen de despedida de nuestros días por Capadocia.

Después de la espera y del frío que pasamos, llegamos al hotel con ganas de un buen desayuno. Dimos cuenta de él, y con el estómago ya lleno nos aseamos y preparamos las mochilas, pues era hora de hacer el check out. Antes de partir nos despedimos de Bekir y su familia dándoles las gracias por el agradable trato que nos habían ofrecido durante nuestra estancia en Anatoliacave Pension. Nos montamos en el coche y pusimos dirección a Mustafapasa, la última población capadocia que queríamos visitar antes de dirigirnos a Kayseri, lugar desde donde salía nuestro autobús.

Mustafapasa, antigua Sinasos, es una población que durante el periodo del Imperio Otomano era de mayoría griega, como muchas otras ciudades turcas; por este motivo uno de sus principales atractivos – según las guías – son las viviendas de este estilo que se pueden encontrar por sus calles. Desde mi punto de vista, el mayor atractivo de este pueblo es el de poder disfrutar de una población rural de Capadocia sin las aglomeraciones turísticas de Göreme o Ürgüp, que ya es mucho. Llegamos al pueblo, tranquilo como todos los de Capadocia, y dejamos el coche en el primer lugar que encontramos para aparcar. No teníamos ni idea de que visitar así que nos limitamos a pasear por las adoquinadas calles y contemplar el día a día de la gente del pueblo sentados en una terraza tomando un refresco. Así transcurrió gran parte de la mañana, dejándonos arrastrar por el ambiente tranquilo de la población, jugando a cartas y, simplemente, dejando pasar el tiempo en una mañana que nos habíamos planteado de relax esperando a la paliza de autobús que nos tocaría sufrir esa misma noche. De esta manera, poco antes de la hora de comer nos despedimos de Mustafapasa y en general de Capadocia ya que empezamos a conducir en dirección a Kayseri, ciudad a la que queríamos hacer una corta visita antes de dirigirnos a su otogar.

Kayseri nada tiene que ver con las poblaciones de Capadocia. Es grande, bulliciosa, y caótica, lo que convirtió los pocos minutos que conduje por ella en un auténtico suplicio. Tenía unas ganas locas de devolver ya el coche cuando me adentré en la marabunta de sus calles, atestadas de temerarios conductores con un total desconocimiento de lo que es la educación vial. Pitidos, frenazos bruscos o el nulo uso del intermitente, son algunos ejemplos del porqué quería dar cuanto antes con un aparcamiento y devolverle las llaves al responsable de la oficina Budget. Finalmente y con algo de suerte, conseguimos aparcar bastante cerca de la oficina, así que dejamos las mochilas en el maletero y nos dispusimos a descubrir la ciudad o como mínimo algún lugar decente donde comer.

Dicen de Kayseri que es una de las ciudades más religiosas y conservadoras de Turquía. Por lo que pudimos ver nosotros, nos pareció una ciudad bastante moderna que a mí en particular me recordó – en una especie de déjà vu – a ciudades chinas como Xi’an o Shenzhen, que había visitado unos meses atrás. Pensándolo fríamente seguro que tienen poco que ver la una con las otras, pero el ambiente de ciudad de grandes dimensiones, con gente por todas partes, bullicio, caos, bloques de edificios, y un colorido más bien tirando al gris, me hizo venir a la memoria a las grandes ciudades chinas carentes de excesivo encanto por sí mismas.

Bajamos hacia el centro de la ciudad por Istasyon Cad, la bulliciosa avenida donde se encuentra la oficina Budget. Caminando y caminando desembocamos en lo que debe ser el centro neurálgico y turístico de la ciudad: Cumhuriyet Meydani, la gran plaza principal donde se encuentran diversos y reconocibles elementos de la ciudad como la ciudadela (kale) con sus murallas ennegrecidas de basalto, la mezquita nueva con sus minaretes en alto, o el Hotel Hilton, que desentona bastante con el escenario general de la ciudad. Nosotros cogimos Sivas Cad, otra gran avenida muy de estilo comunista, por la que estuvimos buscando algún lugar donde comer. Ese día tocó de nuevo kebab, decantándonos por una especie de Mc Donald’s a la turca en el que en vez de grasientas Big Macs, te servían Dürum kebab en modo fast food. La verdad es que acabaron siendo de los más sabrosos que probamos en todo el viaje…

Una vez comidos nos encaminamos de nuevo hasta la plaza principal para internarnos en la ciudadela, que actualmente acoge un pequeño bazar. Teníamos que hacer tiempo hasta las 7 y media de la tarde, así que estuvimos curioseando un poco por las paradas de un bazar más destinado a los propios turcos en el que se podía encontrar de todo; un lugar mucho más auténtico que el Gran Bazar de Estambul, pero en el que no encontramos nada que llevarnos a la mochila. Cuando acabamos de recorrer el amurallado bazar e hicimos alguna que otra fotografía del bonito conjunto de la plaza, comenzamos a ascender por Istasyon Cad para, ahora sí, proceder a la devolución del coche.

Obviando algún cargo extra que el tipo de la oficina nos quiso encasquetar (al final no lo consiguió), devolvimos el coche sin problemas y cogimos un taxi que por 25 TL nos acercó a la alejada otogar. Una vez allí, pasamos el rato como pudimos conectándonos a Internet o tomando çay hasta que llegó la hora de montarnos en el autobús. Cargamos las mochilas y nos acomodamos en nuestros asientos; afortunadamente el autobús parecía más confortable que el anterior e incluso disponía de una pantalla individual por la que se podía disfrutar de programación turca y algún que otro canal musical internacional.

El trayecto de nuevo se demoró en su inicio – haciendo diferentes paradas para recoger gente y llenar el autobús – para después convertirse en monótono, momento en que todos nos empezamos a quedar dormidos. Tan solo nos despertamos en una parada, la de Konya, en la que descendimos del autobús para estirar las piernas, ir al lavabo y buscar algo para comer. Sería el único contacto que tendríamos con esta ciudad, a la que en un principio íbamos a dedicarle más de una tarde. Pasado Konya, el autobús continuó su trayecto con alguna parada más, pero de esas ya no me enteré porque la próxima vez que abrí los ojos ya era de día y estábamos adentrándonos en las afueras de una gran ciudad cuyos suburbios se extendían por unas colinas que desembocaban en el antiguo mar Egeo; habíamos llegado a Izmir.

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Oct 22 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 7: El valle de Ilhara, Derinkuyu, y la fortaleza de Uçhisar

Domingo 12/09/2010

Nos empezamos a poner en marcha en nuestro séptimo día de viaje sobre las siete y media de la mañana, cuando el sol aún estaba quitándose las legañas. Tocaba madrugar un poco ya que teníamos previsto visitar un lugar que se salía un poco del tono general de Capadocia y por ese motivo quedaba un poco alejado del meollo: el fantástico Valle de Ihlara. Antes de ello, dimos cuenta de un variado desayuno para así coger fuerzas ante una jornada que se presentaba dura para nuestras piernas. No eran aún las 9 de la mañana y ya estábamos todos metidos en el coche preparados para recorrer los escasos 100 kilómetros que nos separaban del mencionado valle. Al volante un servidor, como de costumbre, aunque debo reconocer que me encanta conducir por otros países e ir disfrutando del paisaje, siempre que el trayecto no se haga eterno. Pusimos dirección a Nevsehir, la población más grande de Capadocia, para coger un desvío que nos llevó hacia el sur, atravesando pueblos como Derinkuyu o Kaymakli (famosos por albergar ciudades subterráneas que ese mismo día descubriríamos) y un paisaje tan monótono como árido que no hacía presagiar la exuberancia y verdor que nos encontraríamos dentro del Valle de Ihlara.

En poco más de una hora ya estábamos entrando en el pueblo de Ihlara, que le da nombre al valle y a su vez está situado en una pronunciada depresión del terreno. Pasado el pueblo y siguiendo los carteles marrones que en Turquía indican los lugares turísticos, dimos sin problemas con el aparcamiento del valle. El Valle de Ihlara tiene cuatro accesos diferentes, siendo el del Complejo Turístico del Valle de Ihlara, el que nosotros elegimos, el más frecuentado. Pagamos las 5 TL de la entrada y lo primero que hicimos fue acercarnos a un mirador desde el que se podía apreciar la inmensidad del valle, así como la gran franja verde de vegetación que crece en su interior gracias al paso del río que lo atraviesa.

La excursión al Valle de Ihlara se puede plantear de maneras diferentes. Desde atravesar el valle entero de punta a punta (lo que puede llevar un día entero), hasta recorrer tan solo un tramo, que es lo que hicimos nosotros. Otra opción es llegar hasta la mitad del recorrido, hasta Belisirma, donde se encuentra una de las salidas, así como lugares para comer. Sin tener muy claro que es lo que íbamos a hacer, descendimos los más de 300 escalones que te llevan a lo más profundo del valle adentrándonos en un paraje más propio de los Pirineos que de Capadocia. Un pequeño río cruzaba por el medio del valle dejando a ambos lados los senderos turísticos y las altas y empinadas paredes del cañón.

La idea era tirar dirección a Belisirma, pero primero fuimos un poco en dirección contraria en busca de una de las iglesias excavadas en las paredes del cañón. Caminamos unos diez minutos siguiendo el cauce del río hasta que encontramos la señalización que nos llevó, después de subir un poco por las paredes del valle, hasta la Iglesia del Jacinto (Sümbüllü Kilise). De las iglesias del Valle de Ihlara sorprende bastante más su increíble y curiosa ubicación que el estado de conservación de las mismas, más aún después de haber visitado un día antes la impresionante Iglesia Oscura del Museo al Aire Libre de Göreme.

En ese punto de nuestra caminata nos dimos cuenta de que se nos echaba la mañana encima, así que decidimos volver a cambiar de sentido y empezar a caminar, ahora sí, en dirección a Belisirma por el tramo donde se acumula el mayor número de iglesias. Con el sonido del fluir del agua a nuestro lado y la sombra que nos daba la vegetación, el paseo que dimos fue de lo más agradable, más aún cuando intercalábamos la visita a alguna que otra iglesia durante el recorrido. Cuando llevábamos un rato caminando y estábamos a medio camino (aproximadamente) de Belisirma, nos encontramos con un curioso chiringuito a pie de río donde servían refrescos y elaboraban gözlemes para saciar la sed y hambre de los turistas. Un lugar aquel maravilloso, donde te podías sentar a tomar algo en un entorno fantástico y aprovechar para descansar las piernas. Decidimos tirar un poco más adelante y dar la vuelta pronto, ya que queríamos ir a visitar por la tarde la ciudad subterránea de Derinkuyu. De esta manera caminamos un poco más y paramos a meter los pies en la helada agua del río, antes de emprender el camino de vuelta. Cuando pasamos de nuevo por el chiringuito no pudimos evitar la tentación de picar algo – ya era casi la hora de comer – así que nos sentamos y nos comimos unos gözleme todo lo tranquilamente que pudimos debido al gran número de avispas que había acosándonos.

En aproximadamente una hora recorrimos el camino de vuelta hasta llegar al pie de las interminables escaleras, que subimos para acceder al parking. Nos montamos de nuevo en el coche y pusimos rumbo a Derinkuyu, la ciudad subterránea que habíamos elegido para visitar.

Derinkuyu es una población a unos 35 kilómetros de Göreme que alberga una de las dos ciudades subterráneas más grandes y famosas de Capadocia, al menos de las descubiertas hasta el momento. Estas ciudades, creadas a base de túneles bajo tierra, nacieron en los siglos VI y VII como lugar de refugio por parte de los cristianos de las invasiones persas y árabes. Hay descubiertas un total de 37 ciudades del estilo, pero la de Derinkuyu con cerca de 10.000 habitantes es la más grande. Por este motivo, y porque quizá está un poco menos masificada que su vecina Kaymakli (a tan solo 10 kilómetros), elegimos Derinkuyu.

Llegados al pueblo tan solo tuvimos que seguir las señales marrones que nos llevaron hasta la entrada de la ciudad subterránea. Dejamos el coche bien aparcado y pasamos por taquilla (15 TL) antes de adentrarnos por las escaleras hasta los oscuros y claustrofóbicos pasadizos. Comenzamos a explorar las distintas estancias (dormitorios, despensas…) y a descender pisos – tiene hasta siete bajo tierra – por unos corredores en los que había que ir casi en cuclillas. La verdad es que impresiona el pensar que sus habitantes se pudieran pasar hasta meses ahí abajo, en un ambiente oscuro y húmedo en el que yo a lo sumo aguantaría un puñado de horas. Debo advertir que si se tiene un mínimo atisbo de claustrofobia, no se debería hacer la visita porque la sensación laberíntica y de falta de espacio en ocasiones es grande. Seguimos las señales hasta llegar a un punto en el que ya no pudimos descender más y en el que pudimos comprobar la profundidad a la que estábamos por un respiradero desde el que se podía ver, a lo lejos, la añorada luz del exterior.

Para nuestra fortuna no nos encontramos muchos turistas durante la visita ya que toparte con aglomeraciones como las del museo al aire libre de Göreme hubiera podido ser bastante angustioso. Como curiosidades apuntar que las familias más pudientes eran las que situaban en los pisos superiores (como en el Titanic) y que para taponar las estancias ante posibles intrusiones se utilizaban grandes piedras rodantes (alguna pudimos ver), al más puro estilo Indiana Jones. Nuestra visita duró poco más de media hora, en parte porque ya teníamos ganas de salir al exterior ya que había momentos ahí debajo en que faltaba un poco el aire. Derinkuyu ha sido una de las cosas más curiosas y sorprendentes que he visto en mi vida – sobretodo al hacer un esfuerzo de imaginación sobre como podía vivir la gente ahí – pero debo reconocer que al salir al exterior sentí un cierto alivio por haber dejado atrás un lugar que me produjo una cierta sensación de opresión y claustrofobia. Al salir del húmedo y fresco interior al exterior, nos abofeteó un golpe de calor que nos hizo buscar un lugar en el mismo pueblo donde poder tomar un refresco.

Emprendimos el camino de regreso hacia el núcleo central de Capadocia y pasamos de nuevo por Nevsehir, cuya parte antigua se nos mostró bastante sugerente con su castillo dominando la colina por donde se extiende la parte vieja de la población. No disponíamos de mucho tiempo, así que pasamos de largo para acabar llegando a Uçhisar, población en la que acabaríamos de pasar la tarde.

El mayor atractivo de Uçhisar lo podemos encontramos en su castillo o fortaleza, visible desde casi cualquier punto de Capadocia y que a su misma vez ofrece unas increíbles vistas (probablemente las mejores) de la región. En cuanto al pueblo en sí, es bastante parecido a cualquier otra población de la Capadocia, con un ambiente tranquilo y sosegado. Dejamos el coche en una plaza que creímos que sería más o menos el centro de la población, siempre orientándonos por la inmensa mole de roca en la que se excavó el castillo de Uçhisar. Nos dirigimos hasta la fortaleza, delante de la cual había un montón de paradas de souvenirs y también algunas de un improvisado mercado, donde se vendía cualquier tipo de fruto seco. La imagen de la fortaleza de Uçhisar es de aquellas que sorprenden por lo irreal que parece: un enorme peñón coronando el pueblo y totalmente perforado por túneles hasta convertirlo en una singular fortaleza.

Accedimos a su interior previo pago de 3 TL y comenzamos a subir por su ladera hasta la cumbre, coronada por la omnipresente bandera turca. Una vez arriba, cualquier esfuerzo queda compensado con unas vistas de 360 º que abarcan gran parte de la región y desde la que se pueden distinguir zonas concretas como el Valle Rosa, el Valle Rojo, el Valle de las palomas, o la población de Göreme. Unas vistas increíbles que si vienen complementadas con un atardecer pueden convertir la experiencia en una de las mejores. Nosotros subimos demasiado temprano como para ver la puesta de sol, pero si que pudimos disfrutar de una luz cálida producida por los últimos y débiles rayos de sol del día. Sin lugar a dudas, si se está por Capadocia hay que sacar algo de tiempo para subir allí arriba.

Una vez descendimos el peñón, decidimos dar un paseo por las callejuelas para acabar de rematar la tarde. Durante el paseo vimos un establecimiento que tenía una terraza increíble para tomar algo. Sin dudarlo, fuimos para allá y nos sentamos entre cojines y alfombras saboreando un buen té y disfrutando de unas vistas que tardaríamos tiempo en olvidar bajo el sereno canto del muecín, que a esas horas llamaba a rezo a sus fieles.

Se nos había hecho ya de noche así que nos despedimos de Uçhisar y su castillo y cubrimos los escasos 5 minutos que nos separaban de Göreme y nuestro hotel. Para no perder la costumbre nos dimos una buena ducha antes de cenar y salimos a ver que encontrábamos. Nos decantamos esa noche por la terraza del Mercan Restaurant, en la avenida principal, donde cenamos pide (pizza turca) con el mágico paisaje de fondo de una Göreme con gran parte de sus formaciones rocosas iluminadas.

Acabada la cena, decidimos ir al Flinstones Cave Bar, todo un clásico en Göreme, que es nada menos que un PUB excavado en la roca y ambientado en la famosa serie de dibujos “Los Picapiedra“, muy acertado sí señor… En ese garito estuvimos disfrutando de unas buenas Efes Pilsen y brindando por el viaje, pero sobretodo brindando por un lugar, la Capadocia, que nos había enamorado a todos y que desgraciadamente íbamos a abandonar al día siguiente. Y es que era nuestra última noche en ese – realmente mágico – rincón del mundo y eso nos entristecía; pero el viaje, ya en su ecuador, debía continuar.

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Oct 19 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 6: Explorando la Capadocia

Sábado 11/09/2010
Un lejano aunque repetitivo sonido me despertó aquella mañana bien temprano. Sonaba en el exterior de la habitación y era algo así como una especie de soplido intenso y profundo. Al principio me quedé en la cama, dándole vueltas al motivo que podía generar aquel extraño sonido matutino, hasta que caí en la cuenta de lo que era: ¡los globos aerostáticos ya estaban surcando el cielo de la Capadocia! Sin pensarlo ni un momento, dejé a todos durmiendo y salí al exterior. Se empezaba a ver el cielo azul surcado de multitud de globos de diferentes colores bajo el sonido de las llamaradas que provocaban que flotasen en el aire. El espectáculo prometía, así que decidí subir con mis legañas hasta el mirador donde habíamos estado el día anterior. La mañana era fresca pero el ascenso por las callejuelas de Göreme provocó que llegase al mirador con gotas de sudor moteándome la frente. Valió la pena el esfuerzo. La estampa que presencié desde allí arriba fue, sin lugar a dudas, una de las más memorables del viaje. En total soledad disfruté de un paisaje completamente surrealista conformado por las extrañas formaciones propias de la Capadocia a las que se sumaba un cielo totalmente cubierto de globos. Globos en los que viajaban turistas que estarían disfrutando de un espectáculo aún más sublime que el mío: ver amanecer en la Capadocia, y desde el aire. La experiencia debe ser increíble pero nuestro presupuesto no llegaba a los más de 100 euros que nos pidieron por llevar a cabo el vuelo, así que quedó pendiente para un futuro regreso a Göreme.

Después de unos 10 minutos embobado en los que saqué algún que otro video y unas cuantas fotos, descendí de nuevo al pueblo, que aún estaba despertando. Llegado al hotel ya estaban todos despiertos y el desayuno preparado… ¡perfecto! Les expliqué lo que me había gustado la experiencia y quedamos en ir juntos otro día a ver amanecer. El desayuno de la pensión Anatolia Cave estuvo de lujo, conformado por fruta fresca, huevos, exquisito pan y muchas cosas más.

Una vez desayunados nos pusimos en marcha hacia el Museo al Aire Libre de Göreme, un trayecto que cubrimos a pie desde el hotel en menos de 15 minutos. Tras el agradable paseo nos plantamos en las taquillas del museo, y tras pagar las 15 TL de la entrada, comenzamos su visita. El museo al aire libre de Göreme es un espacio abierto – como su propio nombre indica – que alberga las típicas formaciones geológicas de Capadocia con un gran número de iglesias trogloditas excavadas en su interior. De esta manera, su recorrido se resume en la consecutiva visita de diferentes iglesias rupestres, algunas mejor conservadas que otras. En este punto debo hacer una advertencia: vale la pena madrugar y llegar de los primeros al museo porque de lo contrario, tocará estar aguantando a grupos de turistas todo el rato. Las iglesias son muy pequeñas y los grupos hacen colas en su exterior para entrar, así que tocará esperar en todas y el agobio estará asegurado. Nosotros fuimos recorriendo iglesias y capillas como la de San Basilio, la de la Manzana, o la de Santa Bárbara, todas ellas con pinturas conservadas en mayor o menor grado. Es realmente impresionante el pensar que se llevaran a cabo ceremonias religiosas en el interior de aquellas formaciones geológicas.

Cuando íbamos ya por la cuarta iglesia o capilla, se nos hizo un poco repetitivo y cansino el ir esperando en cada entrada para, a lo mejor, ver un interior que estaba ínfimamente conservado. Pero lo que no sabíamos es que el plato fuerte del museo al aire libre se encuentra precisamente al final del recorrido. Se trata de Karanlik Kilise, la iglesia oscura para los amigos, sin duda la más famosa del museo y la mejor conservada. Que nadie se eche atrás cuando vea que hay que volver a pagar 8 TL para acceder a ella; vale totalmente la pena. Nosotros quedamos fascinados ante la increíble conservación de las pinturas en un ambiente con poca luz, hecho que favorece indudablemente a su buen estado actual. Además tuvimos la suerte de coincidir tan solo con una pareja de turistas japoneses, con lo que pudimos disfrutar en total tranquilidad de la pequeña iglesia. Finalizada la iglesia oscura, pusimos rumbo a la salida no sin antes pasar por la modesta Capilla de Santa Catalina. Al salir del museo, en la carretera dirección a Göreme, no hay que olvidarse de entrar a Tokali Kilise – la iglesia de la hebilla – pues es una de las más grandes y mejor conservadas de todo Göreme y está incluida en la entrada del museo al aire libre.

Siguiendo nuestro camino hacia Göreme nos encontramos con un sendero a nuestra izquierda indicado como “Zemi Vadisi” o valle del amor. Creímos – acertadamente – que sería el valle donde podríamos encontrar las típicas formaciones geológicas de forma fálica. Estábamos en lo correcto, pero otra cosa fue encontrarlas… Y es que los diversos valles de Capadocia tan solo tienen señalizada su entrada; cuando se comienza el recorrido por el sendero ya hay que servirse de la intuición pues las señalizaciones son inexistentes. De esta manera, lo que empezó siendo un agradable paseo por un bello sendero por el que solo caminábamos nosotros, llegó a convertirse en un camino sin salida donde se escucharon frases varias como “por aquí no es”, “nos hemos perdido” o “yo ya había visto el desvío al principio”. Cuando nos dimos cuento de que por ahí no era, desandamos el camino hasta encontrar un desvío (sin señalizar) que sí que nos llevó hasta donde se encontraban las curiosas formaciones de forma fálica que podéis ver en las fotografías.

Con la tontería la mañana se nos había echado encima así que decidimos comer en un restaurante que había justo en la entrada del valle. Vimos que en la carta tenían Testi kebab – muy típico de Capadocia -, así que nos decantamos todos por este plato. Mientras esperábamos a que nos sirviesen, estuvimos disfrutando de unas vistas privilegiadas al mismo tiempo que charlábamos de lo que por el momento nos había deparado el viaje, y planificando un poco lo que íbamos a hacer esa misma tarde. Finalmente llegaron nuestros Testi Kebab en la típica vasija de barro que debes romper para acceder a la carne estofada con verduras que hay en su interior. La verdad es que estaba delicioso, de lo mejor que habíamos probado hasta el momento.

Ya comidos, nos pusimos a caminar bajo un sol de justicia hacia Göreme. Una vez en el hotel, cogimos nuestro coche y pusimos rumbo a Çavusin, otro de los tranquilos pueblos de Capadocia que alberga iglesias y viviendas trogloditas y es punto de inicio de recorridos como los del Valle Rosa o el Valle Rojo. Poco tiempo estuvimos en el pequeño pueblo ya que con el sol que caía a las 3 de la tarde no se podía estar mucho rato expuesto. Lo justo para explorar las cuevas o antiguas viviendas trogloditas del pueblo, deleitarse con sus vistas, y volver al coche.

De Çavusin nos fuimos a Pasabagi (a escasos 5 minutos), que es el valle donde se encuentran las famosas “chimeneas de hadas” de la Capadocia. Estas se encuentran a pie de carretera así que dejamos el coche en el arcén y nos fuimos a explorarlas. Primero nos subimos a una pequeña colina para tener una panorámica del conjunto de chimeneas, que realmente impresiona. Luego caminamos hasta pasear entre ellas y poder apreciar sus curiosas formas. Algunas eran realmente grandes y a otras se podía acceder incluso a su interior, pero todas tenían un denominador común: un tronco de toba ancho y blanquecino coronado por otra piedra acabada en punta de un color más oscuro. La verdad es que la visita a Pasabagi es bastante rápida, pues todas las chimeneas están situadas en un perímetro relativamente pequeño. Hicimos un poco el tonto por allí (pruebas absurdas que me guardo para mí), las fotos de rigor, y volvimos a refugiarnos en el aire acondicionado del coche; a mí ya me dolía la cabeza de tanto sol.

Al final de la carretera de Pasabagi se encontraba el Museo al aire libre de Zelve, pero al haber visitado por la mañana el de Göreme quisimos variar un poco y volver hasta Çavusin para recorrer el Valle Rosa en lo que nos quedaba de tarde. Al Valle Rosa se puede acceder desde Çavusin (ahorrándose caminata) o desde la misma carretera que llega a Göreme desde el museo. Como no disponíamos de mucho tiempo decidimos hacerlo desde Çacusin y meter el coche por el sendero hasta que no pudiéramos más. Y no pudimos más cuando nos encontramos con una serie de “obstáculos” en el sendero. Habían sido colocados estratégicamente por el dueño de un chiringuito que allí había,  para que los coches no pudiesen continuar su camino. El personaje nos indicó que si dejábamos el coche en ese punto, lo estábamos dejando en su parking, así que debíamos compensarle comprándole algo de fruta. Como la que tenía expuesta daba miedo, le comentamos que cuando regresáramos de la caminata pararíamos allí a tomar çay. Con el trato hecho y temiendo un poco por nuestro coche, nos adentramos caminando por el Valle Rosa.

El Valle Rosa recibe este nombre por el tono rosáceo que adquieren sus formaciones de toba al atardecer.  Pese a que nosotros lo veíamos de un color más tirando a blanco, más tarde nos daríamos cuenta del porqué de su nombre. Estuvimos caminando más de una hora por el agradable sendero, salpicado por las omnipresentes formaciones sobre campos de viñedo. La verdad es que recorrer estos valles es una delicia para quien le guste caminar, y si además tienes la oportunidad de hacerlo en solitario como nosotros, se convierte en una experiencia única. Andábamos un poco perdidos ante la falta de señalización de los senderos así que tras un par de bifurcaciones y un buen rato caminado decidimos dar media vuelta y regresar hasta el chiringuito de nuestro amigo. Llegados allí el personaje nos dio una información de inmenso valor: “si subís a lo alto de aquella colina, podréis ver atardecer sobre los valles rosa y rojo; os va a gustar”. Al final el hombre nos sirvió de ayuda y todo, extorsiones a parte. Sin pensarlo ni un momento subimos a lo alto de la colina, no sin esfuerzo. Desde allí pudimos contemplar, efectivamente, ambos valles y nos dimos cuenta del porqué de sus nombres. Con la luz del atardecer, un valle más rojizo al fondo se vislumbraba sobre uno más rosáceo en primer plano; los valles rosa y rojo, no había confusión posible. Las vistas desde allí arriba eran algo de otro mundo, otro de los momentos capadocios que se me quedaron grabados en la retina y guardaré siempre conmigo; y todo gracias al frutero… Contemplamos un maravilloso atardecer mientras algún que otro globo surcaba el cielo por encima de los valles. Aquel lugar era mágico, pero se estaba haciendo de noche y aún teníamos un té pendiente con nuestro amigo, así que descendimos de nuevo la colina. Una vez abajo, cumplimos con nuestra palabra y estuvimos tomando çay mientras jugábamos a cartas y el hombre se interesaba por nuestro juego. Minutos antes de anochecer, nos subimos al coche y nos pusimos en camino hacia Göreme. Para entonces, el hombre del chiringuito ya se había ido con su motillo y había cerrado la parada; éramos sus últimos (¿únicos?) clientes del día.

Llegados al hotel nos pegamos la ducha de rigor y salimos a cenar a uno de los muchos restaurantes de Göreme, concretamente al Kapadokya S&S Restaurant, en el que cené una mussaka que estaba para quitar el sentido. La noche no tuvo mucha más historia (tampoco hay mucho por hacer en Göreme de noche), así que cenados y cansados volvimos a nuestra habitación y no tardamos mucho en perder el conocimiento, rendidos después de un día muy largo en el que habíamos caminado sin parar.

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Oct 14 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 5: Capadocia, uno de esos lugares…

 

Viernes 10/09/2010

Cuando me desperté y abrí los ojos, ya amanecía en el exterior del autobús. En algún momento de la noche teníamos que haber pasado Ankara, la capital del país, pero la verdad es que ni me había dado cuenta. Los carteles de la carretera que surcaba la desértica estepa de Anatolia Central indicaban que quedaban menos de 100 kilómetros para llegar a Kayseri. ¡Ya estaba hecho! Llevábamos casi una hora de retraso sobre la hora prevista pero lo importante es que ya faltaba poco; necesitaba estirar las piernas después de casi 11 horas de trayecto. El azafato nos sirvió el último çay cuando ya estábamos entrando en las inmediaciones de la ciudad.

Pasadas las 7 de la mañana descendimos por fin del autobús en la solitaria otogar (a esas horas de la mañana) de Kayseri y nos metimos en sus instalaciones para ver si podíamos desayunar algo y de paso hacer tiempo hasta las 9 de la mañana, hora en la que teníamos previsto recoger nuestro coche de alquiler. Después de un insulso desayuno basado en gözleme y çay, nos dirigimos hacia los mostradores de las compañías de autobuses para comprar el billete que nos llevaría – 4 días más tarde – hasta la costa del mar Egeo. Pese a que la idea inicial era comprar un billete hasta Konya y desde allí otro hasta Izmir, finalmente decidimos comprar uno directo a Izmir, sacrificar Konya, y aprovechar un día más en Capadocia. Optamos esta vez por la compañía Metro, bastante mejor que la anterior, y que nos cobró 25 euros por persona por el trayecto. Con los billetes ya listos, salimos al exterior de la otogar para buscar un taxi, que en la zona son vehículos bastante antiguos y más bien destartalados. Le dimos al taxista la dirección de la agencia Budget y para allí que nos fuimos. Diez minutos y 28 TL después, el taxista nos dejó frente a la agencia 5 minutos antes de las 9 de la mañana. Nos pusimos a esperar en la puerta y el tiempo fue pasando. A las 9 y cuarto no había rastro de nadie de Budget y nos comenzamos a preocupar ya que era viernes (día sagrado para los musulmanes) y todo estaba cerrado a nuestro alrededor. Como no nos abriesen la oficina…íbamos a tener un problema, y gordo. Preguntamos a un policía que por allí había en el preciso instante en que, 20 minutos tarde, apareció nuestro hombre. Llevamos a cabo la gestión de recogida del vehículo y, mapa en mano, nos pusimos rumbo hacia Göreme.

Fue poco más de una hora el tiempo que tardamos en atravesar el árido paisaje de los alrededores de Capadocia para comenzar a adentrarnos en la región y empezar a sorprendernos con el paisaje onírico que nos acompañaría durante los próximos días. A través de la ventanilla del coche se comenzaban a suceder extrañas formaciones rocosas, pintorescos pueblos, o fortalezas excavadas en roca, como la de Uçhisar. Finalmente, llegamos a Göreme por una serpenteante carretera que pasó por delante de su museo al aire libre, y que nos dejó entrever parte de la belleza que íbamos a disfrutar en nuestra estancia en aquel lugar. Encontramos nuestra pensión sin problemas, un acogedor alojamiento en parte excavado en la roca donde dormiríamos las tres próximas noches. Su dueño, Bekir, nos ofreció un hospitalario té y nos explicó todas las virtudes de la región así como las excursiones que tenían por ofrecernos. Nos instalamos entonces en nuestra habitación de 6 camas (la que sobraba la ocuparía un simpático japonés), un lugar tan sencillo como encantador con alfombras colgadas de las paredes.

Decidimos entonces recorrer un poco el pueblo antes de la hora de comer. Escapamos un poco de la zona de restaurantes, muy turística, para perdernos un poco por las empinadas y estrechas callejuelas de casas blancas. Göreme empezó a demostrarnos que, masificaciones turísticas a parte, era un pueblo encantador, rural y en según que zonas tranquilo, además de estar enclavado en uno de los paisajes más surrealistas y bellos que uno pueda imaginar. Caminábamos solos por las callejuelas en las que únicamente nos cruzábamos de vez en cuando con algún grupo de niños jugando, perros callejeros, o algún que otro tractor que venía de labrar el campo. Fuimos subiendo y subiendo hasta que llegamos a una especie de mirador desde el que pudimos admirar el pueblo en toda su extensión, salpicado por los típicos picos de toba, material con el que está moldeado el especial paisaje de la zona después de la erupción del volcán Erciyes, siglos y milenios atrás. La verdad es que Göreme está situado en un lugar de preferencia en esta fantástica región: bastante céntrico y en la confluencia de la mayoría de los valles; por este motivo, es el lugar que acoge a más turistas, y su belleza les da la razón. Nos quedamos impresionados con el lugar que teníamos ante nosotros y la verdad es que los 5 nos ilusionamos bastante al pensar que estaríamos 4 días recorriendo la zona.

Como era ya hora de comer, bajamos a la parte del pueblo donde se encuentran la mayoría de restaurantes para escoger uno donde comer. Optamos por una oferta que ofrecía un menú de hamburguesa con patatas + cerveza grande (en Turquía Efes Pilsen) por 10 TL. La verdad es que Göreme tiene abundante y variada oferta para comer o cenar, con interesantes menús de tres platos y postre que no solían superar las 14 – 15 TL. Mientras comíamos decidimos dedicar la tarde a visitar algunos pueblos de los alrededores como Avanos o Ürgüp; un planning no muy exigente y para disfrutar tranquilamente, debido a que arrastrábamos bastante cansancio acumulado debido al pesado viaje en autobús de la noche anterior.

Nos pusimos en marcha con nuestro coche de alquiler poniendo dirección al pueblo de Avanos, que se encuentra a escasos 10 minutos de Göreme. La verdad es que las distancias entre los diferentes atractivos de Capadocia son bastante pequeñas, con lo que desplazarse entre ellos no se hace nada pesado; eso sí, se hace necesario disponer de coche o moto para desplazarse por estos lugares ya que el transporte público es insuficiente o más bien inexistente. 

Avanos es un pequeño pueblo cuyos habitantes se dedican en su mayoría a la alfarería. A las 3 del mediodía, tenía un aspecto de lo más somnoliento y no me extraña, pues la temperatura sobrepasaba ya los 35º. Bajo el intenso calor nos acercamos al río que pasa al lado de la población y en el que se pueden observar diferentes guijarros repartidos por sus orillas. Caminando por el pueblo varios artesanos nos ofrecieron entrar a sus talleres para observar como moldeaban los jarrones de barro; al temer que pudiesen ser “ofrecimientos trampa”, declinamos las sucesivas ofertas. El pueblo no tiene mucho más que vivir su ambiente tranquilo y alfarero y quizá dar un paseo por la ribera del río, que es precisamente lo que hicimos nosotros. De esta manera en menos de 1 hora habíamos dado por visto el pueblo, así que cogimos de nuevo el coche para dirigirnos al caravasar cercano a la misma población.

Los caravasares eran antiguos refugios donde se hospedaban las caravanas comerciales, entre ellas las de la ruta de la seda, que pasaban las noches entre sus muros para obtener descanso y refugiarse de ladrones y bandidos. Solían estar construidos en forma cuadrangular, con un patio interior donde descansaban los animales y con habitaciones por los alrededores para los comerciantes. El de Sari Han, que fue el que visitamos, estaba completamente restaurado y situado en medio de la más absoluta nada. Nuestra visita fue bastante fugaz ya que estaban rodando alguna especie de spot publicitario en su interior y la entrada estaba restringida. Lo que sí nos dio tiempo fue a observarlo por fuera y a asomar la cabeza por la puerta principal, descubriendo su cuidado patio interior.

De nuevo cogimos el coche para ponernos esta vez dirección a Ürgüp, pero pasando por la carretera que transcurre por el maravilloso valle de Devrent. Este valle – Capadocia en estado puro -, es famoso por albergar diferentes formaciones rocosas con singulares parecidos a animales que la gente que lo visita debe ir descubriendo: que si ahora veo un camello, que si un águila, que si un delfín… Dejamos el coche aparcado al lado de la carretera y nos sumergimos entre las rocas. La primera, y más representativa del valle, es la que tiene forma de camello (o de caracol según quien mire) que es la que se lleva la fama y la mayoría de las fotografías. El calor que hacía mientras paseábamos por el paraje era tan fuerte que tuvimos que acortar la visita ya que no había ni un resquicio de sombra bajo el que cobijarse. La verdad es que ese corto – aunque intenso – primer contacto con las formaciones rocosas nos había dejado fascinados.

De nuevo en el coche y en poco menos de 10 minutos ya estábamos buscando aparcamiento por Ürgüp, la segunda población de Capadocia en cuanto a fama y atracción turística. Dejamos el coche justo debajo de las inquietantes viviendas trogloditas excavadas en la roca y nos dirigimos hasta la plaza principal, que se encuentra justo al lado. Allí nos sentamos en una terracita a tomar algo para combatir el calor y recargar las pilas ya que, después de la noche en autobús y de llevar toda la tarde conduciendo, empezaba a notar el cansancio. Después de un rato sentados, nos dimos un paseo por los alrededores que conforman el centro del pueblo. Vimos el antiguo hammam y nos paramos en un puestecillo a comprar pipas de girasol, que por cierto estaban buenísimas. Finalmente ascendimos a la colina de Termenni, que alberga la tumba de un santo pero, que por encima de todo, tiene unas increíbles vistas panorámicas del pueblo, sus viviendas trogloditas y de parte de la región. Valió la pena el escaso esfuerzo que nos supuso subir hasta allí. El sol caía a la misma velocidad que nosotros descendíamos la colina así que, para que no se nos hiciera de noche en nuestro regreso a Göreme, nos pusimos en marcha, no sin antes explorar un poco por encima las curiosas cavidades en la roca que conforman las viviendas trogloditas.

Ya de camino al hotel, nos detuvimos en una especie de altiplano para presenciar la puesta de sol. La verdad es que la que allí pudimos presenciar ha sido una de las más bonitas que han visto mis ojos. Y es que Turquía, de todos los viajes que he realizado, se llevaría el premio a los mejores ocasos. En silencio estuvimos presenciando como el sol se escondía tras el horizonte, cayendo al lado de la lejana fortaleza de Urçhisar, que sobresalía en la uniformidad del paisaje.

Casi de noche cogimos el coche para plantarnos en poco tiempo en el hotel, donde nos pegamos una reconfortante ducha que nos dejó como nuevos. Sobre las 8 de la tarde salimos a dar un paseo por la tranquila Göreme, buscando al mismo tiempo un lugar donde cenar. Finalmente optamos por la terracita en plena calle de un restaurante llamado Meeting Point. La cena fue de lo más económica, basada en gözleme rellenos de carne, queso o patata. Disfrutamos de una agradable velada (todas en ese pueblo lo son) antes de tomar regreso al hotel entre picos de toba iluminados.

Nuestro primer día en Capadocia había tocado a su fin, pero todos sabíamos que lo mejor de la región aún estaba por llegar…

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