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Feb 09 2016

Tres días en Copenhague

Apenas eran las cinco de la tarde y ya era noche cerrada cuando nuestro vuelo de Norwegian aterrizó en el aeropuerto de Copenhague. Fueron casi tres horas de vuelo en el que, por primera vez, pudimos disfrutar de WIFI a bordo, cortesía de la compañía aérea. Así da gusto volar con low cost.

Cogimos el metro desde el propio aeropuerto tras cambiar unos cuantos Euros a coronas danesas (DKK). El trayecto desde el aeropuerto al barrio donde se situaba nuestro hostel, Norrebro (parada Fórum), nos costó alrededor de 5 euros por cabeza.

Llegamos al hostel y nos acomodamos en nuestra habitación de 6, que en nuestra primera noche compartimos con dos andaluces y dos alemanas. No acostumbramos a compartir habitación, pero es que el alojamiento en Copenhague está por las nubes. Ese día ya se nos había hecho tarde para hacer otra cosa que no fuese cenar algo cerca del hotel y regresar al mismo a descansar.

Copenhague se despertó fría y nublada en nuestro segundo día, incluso lloviznaba algo por momentos, lo cual hacía que la sensación térmica bajase aún más. Debíamos estar a unos 6-7 grados.

Nuestra primera parada del día iba a ser Nyhavn, una de las calles / canales más pintorescos y fotografíados de la ciudad, con sus casas de colores al borde del canal convertidos hoy en carísimos restaurantes. Para llegar a Nyhavn utilizamos la parada de metro de Kongens Nytorv.

Bordeamos el canal por ambos lados disfrutando de un lugar de postal antes de poner rumbo a Stroget, arteria comercial de la capital danesa, una calle peatonal repleta de tiendas que conduce al corazón de Copenhague.

 

Recorrimos dicha calle hasta toparnos con nuestro primer mercadillo navideño, el de la plaza Hojbro. Como en todos los mercadillos navideños de esa parte de Europa, el vino caliente corre por las paradas, y las artesanías navideñas son las estrellas del mercadillo.

Cruzamos uno de los puentes que conducen al islote de Slotsholmen, dónde se encuentra el Parlamento danés, ubicado en el imponente Palacio de Christiansborg, que también es sede de la oficina del Primer Ministro danés y del Tribunal Supremo. Seguimos paseando por la ribera del canal hasta toparnos con otro de los atractivos de la isla, la Biblioteca Real danesa, con su espectacular arquitectura que le hace ganarse el sobrenombre de “Diamante Negro”.

Volvimos al bullicio de Stroget para enlazar con la peatonal Kobmagergade hasta encontrarnos con la Torre Redonda (Rundetaarn), una construcción del s. XVI en medio del casco antiguo y adosada a una iglesia, con funciones de observatorio astronómico. A ella se puede acceder – previo pago – y subir por la rampa circular hasta la terraza superior, desde donde se obtienen buenas vistas de la capital danesa.

Tras comer algo por los alrededores regresamos a nuestro alojamiento para descansar un rato y hacer tiempo para la que iba a ser la visita de la tarde-noche: El parque de atracciones Tivoli. Antes de ello, hicimos una parada en el moderno mercado central, donde nos topamos con un coro de daneses cantando villancicos.

 

Situado en pleno centro de la ciudad (tiene la estación central justo al lado, así como la Plaza del Ayuntamiento), se trata del segundo parque de atracciones más antiguo del mundo. Y ahí reside su encanto, en ese aspecto antiguo, de parque de atracciones de algodón de azúcar y tiovivos.

Cuando entramos tras pagar la entrada de 95 DKK (unos 12 Euros, atracciones aparte), ya era completamente de noche y es ahí donde Tivoli adquiere su máximo esplendor, más aún si se visita en Navidad. Una sucesión de luces de colores por todas partes, casetas de juegos, atracciones de las de antes, tiendas de golosinas, y hasta un estanque con una gran pagoda de aspecto chino. En Tivoli uno vuelve a ser niño disfrutando del ambiente, con personas de absolutamente todas las edades pasándoselo en grande. La verdad es que fue una grata sorpresa, un pequeño oasis de fantasía situado en medio de toda una capital europea.

Acabada nuestra grata experiencia en Tivoli, dimos un paseo por la cercana plaza donde se ubica el ayuntamiento de la ciudad, antes de cenar un perrito caliente en un puesto callejero y coger el bus de regreso a nuestro hostel.

Pese a que la idea para el día siguiente era alquilar unas bicis para seguir recorriendo la ciudad como hacen buena parte de sus habitantes, el día frío y medio lluvioso que se despertó nos echó para atrás.

Cogimos el metro y nos bajamos en la estación de Norreport para visitar el Castillo de Rosenborg (Rosenborg Slot), una fortaleza-palacio del siglo XVII que fue construido como residencia veraniega del monarca Cristian IV. Paseamos por sus alrededores hasta conectar con el parque adyacente, Kongens Have, uno de los pulmones de Copenhague.

Seguimos caminando por las elegantes calles de la capital danesa hasta toparnos con la Iglesia de Mármol (Frederiks Kirke), con su gran cúpula color turquesa. Accedimos a su imponente interior antes de seguir nuestro camino hasta la cercana plaza donde se ubica el Palacio de Amalienborg, donde cada día a las 12 am se produce el cambio de turno de la guardia real y que, como buenos turistas, no nos perdimos.

Para acabar de completar nuestro recorrido, no podía faltar la visita a uno de los iconos más reconocibles de la ciudad: La Sirenita. Queda algo apartada, pero el bonito paseo bordeando el canal bien vale el esfuerzo. No sé si tanto la escultura en sí, que es una especie de Mannekken Pis a la danesa. Una escultura sin mucho encanto, como tampoco lo tiene el entorno donde está ubicada. Eso sí, fue el lugar con más aglomeración de turistas que vimos en toda la ciudad.

Cerramos el día paseando de noche por la peatonal Storget, bastante decorada con motivos navideños, pero algo desangelada un domingo por la noche.

Nos reservamos nuestro último día en Copenhague para una de las visitas que más ilusión y curiosidad nos despertaba: Christiania.

Para ello viajamos en metro hasta la estación de Christianshavn St, que queda muy cerquita del barrio/ciudad/territorio “independiente”. Antes de adentrarnos en Christiania, visitamos la cercana iglesia de Vorfreserls Kirke.

Pasamos debajo del cartel de entrada de Christiania y nos adentramos en sus calles. Los carteles en sus accesos ya avisan de que no son amigos de las cámaras, así que guardamos la nuestra y nos dispusimos a curiosear. La verdad es que no había mucha actividad de buena mañana, aunque si que pudimos ver algún “trapicheo” en una de las varias paradas donde se vende marihuana en “Pusher Street”, su calle principal. Seguimos caminando por esta especie de comuna, creada en los años 70, que se autodenomina independiente de Dinamarca con sus propias normas y leyes, como las que permiten el consumo y la venta de drogas blandas. Pero Christiania también es un lugar donde vive gente, unas 850 personas, que hacen su vida, algo hippie, acostumbrados ya al constante flujo de turistas y curiosos.

Antes de salir del barrio, el mismo cartel que nos daba la bienvenida reza por detrás: «You’re now entering the EU». Y es que Christiania, solo forma parte de ella misma.

Antes de regresar al hotel para recoger nuestras cosas y poner rumbo al aeropuerto, aprovechamos nuestra visita a Christiania para visitar la zona de Christianshavn, un tranquilo barrio residencial rodeado de canales.

Nuestra escapada a la bella Copenhague tocaba a su fin, y la verdad es que aprovechamos bien el tiempo para descubrir sus encantos. No sé si se trata de uno de esos lugares que te imantan, y a los que deseas volver algún día a toda costa, pero si que sé que Copenhague nos resultó una ciudad tremendamente agradable y acogedora, una escapada ideal de dos o tres días para visitar una de las capitales escandinavas más bellas.

UBICACIÓN

 

 

 

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