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Abr 18 2011

TOSCANA ’10 – DÍA 5: Pisa pone el broche final

 

Sábado 11/12/2010

Tras un completo desayuno en nuestro hotel nos dirigimos apresuradamente hacia la parada de autobús cercana, pues este pasaba en 5 minutos y no volvía por la zona hasta una hora más tarde. De este modo, sobre las 10 de la mañana nos plantamos en la estación de trenes de Siena, dispuestos a comprar un billete para el primer tren que partiese hacia Pisa. Una vez en taquillas, abonamos los 7,10 Euros del billete para el tren de las 10:41 a Pisa Centrale, siempre obligados a hacer un incómodo transbordo en la estación de Empoli, pues no hay posibilidad de hacer trayecto directo.

Una hora de trayecto fue lo que tardamos en llegar a Empoli, dónde bajamos del tren para subirnos en otro que nos iba a dejar en destino final, media hora más tarde.

Una vez en la estación de Pisa, nos orientamos en el mapa y caminamos unos 10-15 minutos atravesando el toscano río Arno hasta los alrededores del Campo dei Miracoli, el verdadero y reluciente atractivo de la ciudad. Todo esto arrastrando las trolleys y armando un escándalo con las dichosas ruedecitas por el adoquinado de las calles de Pisa que llegó a hacernos ruborizar.

Nuestra intención para Pisa – al ir cargados con las maletas – era la de ver lo básico e imprescindible de la ciudad, el Campo dei Miracoli, y poco más pues nuestro vuelo de vuelta salía esa misma tarde. Cuando estuvimos por los alrededores después de pasear un poco por esas calles tan italianas y descubrir algún que otro bello rincón, nos pusimos a buscar un sitio donde comer. Visto que nuestro presupuesto estaba ya casi agotado y que el precio de las trattorías no era precisamente bajo, optamos por un menú turístico en un típico restaurante para turistas a escasos metros de la torre inclinada. Gran error, pues como era de esperar el restaurante cumplió con todos los tópicos negativos en estos casos: comimos mal y nos intentaron encasquetar más dinero del que tocaba pagar…

Con el mal humor que te producen este tipo de situaciones nos dispusimos a pasear por la gran explanada amurallada donde se reúnen los tres monumentos que conforman Piazza o Campo dei Miracoli: el Duomo, el Baptisterio y la Torre de Pisa. La verdad es que a parte de la curiosidad por la inclinación de 4 grados de la torre (debido a unos cimientos defectuosos), que es lo que primero llama la atención, la belleza del conjunto de los tres blancos monumentos sobre el césped de la plaza es de las que se graban en la retina. Pisa tendrá poco más, pero la verdad es que tan solo por ver Campo dei Miracoli, ya  vale la pena visitarla.

Sinceramente, al ir ya pasados de presupuesto ni nos planteamos acceder al interior de dichos monumentos (espero no haberme perdido ninguna maravilla), así que nos conformamos con contemplarlos desde el exterior. El baptisterio es imponente, el más grande de Italia, y la verdad es que el Duomo, con esa fachada impoluta e imponente de blanco mármol, no desentona para nada en el conjunto. Y de la torre que decir, todo un símbolo no solo de Pisa sinó también de Italia, que si no fuese por su curiosa inclinación pasaría por ser tan solo el bonito campanario de la catedral pisana. Es el mejor ejemplo de como un defecto (en su construcción) ha podido convertirse en una gran virtud, ya que la torre es el icono que atrae turistas y dinero a la ciudad.

Entre una multitud de turistas haciéndose la típica foto aguantando la torre, paseamos entre los monumentos y simplemente dejamos pasar la tarde tirados en el césped de uno de esos lugares donde el tiempo parece que pase más lento por la belleza del entorno.

Cuando el sol ya comenzaba a caer en el horizonte y se acercaba la hora de nuestro vuelo, empezamos a desandar el camino que habíamos hecho por la mañana desde la estación. Antes de llegar a ésta, Pisa nos regaló una última sorpresa para que nos fuéramos para casa con la sensación más grata posible sobre la ciudad: Santa María della Spina, una pequeña iglesia de estilo gótico situada junto al río Arno. No hay que perdérsela.

Ya en la estación de trenes, compramos el billete (1,10 Euros) hacia el aeropuerto Galileo Galilei, muy próximo al mismo centro de la ciudad, con lo que el trayecto no llegó a los 10 minutos de duración.

Un trayecto tan breve como la sensación que nos dio el paso del tiempo durante la escapada. No nos habíamos dado cuenta y ya estábamos de nuevo metidos en el avión de regreso a casa.

Un  nuevo viaje había concluído, un viaje que por ciertos motivos me ha costado recordar y escribir,  pero que nos permitió descubrir una región plagada de encantos y atractivos. Cinco días no son nada para la Toscana, una tierra para pasar y vivir lentamente la vida entera…

Nos vemos en próximos viajes,

Ciao!

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Abr 03 2011

TOSCANA ’10 – DÍA 4: Un paseo por Siena

 

Viernes 10/12/2010

Nada más levantarnos, abrimos los porticones de la ventana de la habitación con los dedos cruzados, rezando porque nos hubiese salido un buen día. Siena era un lugar importante en la escapada, una ciudad de la que llevábamos magníficas referencias, y por ese motivo teníamos miedo de que el tiempo nos empañase la jornada. Tuvimos suerte y, pese al frío, parecía que el Sol nos iba a acompañar durante el día.

Dejamos la llave de nuestra habitación en el mostrador de recepción (ni rastro del personal de la guest house durante nuestra estancia) y dimos por supuesto el check out. Recorrimos por última vez las calles florentinas rumbo de nuevo a la estación de autobuses SITA, donde compramos nuestros billetes a Siena por 7,10 Euros cada uno.

El trayecto, de aproximadamente una hora y cuarto de duración, nos ayudó de nuevo a recordar la conocida e idílica estampa campestre de la Toscana, además de a preparar -guía en mano – nuestra visita de un día a la ciudad de los contrades.

Descendimos del autobús – ya a las afueras del casco antiguo de Siena –  y nos dirigimos arrastrando nuestras ruidosas maletas hacia el centro neurálgico de la población, la Piazza del Campo, donde había una oficina turística que esperábamos nos orientase para encontrar nuestro nuevo alojamiento. En este momento se puso de manifiesto la poca preparación que le dediqué esta vez a la escapada, pues al leer el nombre del hotel, la sorprendida chica que nos atendía nos dijo que éste se encontraba en una población en las afueras de Siena, en Montarioso Monterriggioni, con lo que no teníamos más remedio que ir para allí en autobús o en taxi, opción esta útlima que descartamos al instante.

Siguiendo las instrucciones que nos habían dado, cogimos un autobús que tras 20 minutos de trayecto nos dejó en una apartada urbanización al final de la cual se encontraba nuestro hotel. Un hotel que, por otro lado, estaba bastante bien, pero siempre y cuando se tenga algún medio para desplazarse hasta él, como el coche de alquiler. Dejamos nuestras cosas en la habitación  y, sin perder tiempo, cogimos de nuevo un autobús hacia Siena.

De nuevo en el entramado de preciosas callejuelas medievales que forman el casco antiguo, comenzamos a paladear la vistosidad y encanto de cada rincón sienés. Caminando y caminando terminamos desembocando casi sin darnos cuenta de nuevo en la Piazza dei Campo, esta vez con todo el tiempo del mundo para disfrutarla y fotografiarla como se merece. Probablemente “Il Campo” – como se la conoce – sea la visita más importante de toda Siena, ya sea por su belleza o por su historia y tradición. De su belleza se puede destacar la forma peculiar de media luna que tiene, con sus antiguos edificios de ladrillo encarando al Palazzo Público, con su preciosa y alta Torre del Mangia, visible desde casi cualquier punto de la ciudad. Y de su historia y tradición? Pues simplemente es el lugar donde se celebra Il Palio, una de las celebraciones con más historia y solera que quedan, que se remonta a tiempos medievales y consiste en una carrera hípica alrededor de la plaza en la que compiten los diferentes barrios (contrades) de la ciudad. Una tradición muy arraigada que cada 2 de Julio y 16 de Agosto pone Siena patas arriba y la llena de turistas ansiosos de ver tan especial e histórico espectáculo. Yo espero volver algún día a Siena por esas fechas para disfrutarlo.

Con la tontería de ir y volver al hotel se nos había echado encima la hora de comer así que tiramos de unas pizzas al taglio que compramos en un establecimiento situado en una de las esquinas de “Il Campo”. Nos buscamos un sitio para sentarnos en el suelo en plena plaza y bajo un agradable solecito disfrutamos de unas pizzas deliciosas en un lugar que no podía mejorarse de ninguna manera. Creo que nunca he comido una pizza de una forma y en un escenario tan auténtico.

Curioseamos un poco por la plaza antes de encaminarnos hacia nuestro próximo objetivo: “Il Duomo” de Siena. En las taquillas de la preciosa catedral compramos un ticket conjunto que por 10 Euros nos iba a permitir la entrada a la catedral (con su baptisterio y su cripta), a un pequeño museo, y también a subir a una de las fachadas inconclusas de la catedral, desde la que íbamos a obtener unas vistas de la ciudad inigualables.

 

Empezamos la visita al pequeño museo, repleto de tesoros que en algún tiempo había albergado la catedral. Desde el mismo museo, tras subir unas estrechas escaleras, llegamos a lo alto de la inacabada fachada, desde la que pudimos divisar Siena desde una altura considerable y en 360º. Lo más espectacular, poder ver panorámicamente la Piazza del Campo y como su torre del Mangia se alza imponente sobre toda la ciudad. En sentido opuesto, una de las fachadas de la marmórea catedral, que visitaríamos a continuación.

Su catedral, es otra de las joyas por las que vale la pena visitar Siena. Nos plantamos ante su fachada frontal, de un recargado estilo gótico, e inmediatamente nos dimos cuenta de que aquel no era otro templo corriente; esa catedral era algo especial. Nos reafirmamos en ello al acceder a su magnífico interior, rallado de mármoles blancos y verdes y con grabados estupendos en el suelo de toda la superficie del suelo. Algunos de ellos estaban cubiertos por motivos de conservación, pero otros podían admirarse por completo mientras se caminaba casi sobre ellos. Después de la catedral nos acercamos al baptisterio contiguo y a la cripta, cerrando de esta manera todas las visitas que nos entraban en los 10 euros que habíamos pagado del ticket conjunto.

Continuamos nuestro paseo por Siena dejándonos perder sin rumbo alguno por sus callejuelas de piedra, disfrutando simplemente de poder pasear por un sitio con tanto encanto. A la sombra de las fachadas de las estrechas calles hacía bastante frío, así que decidimos entrar en una cafetería cualquiera y disfrutar de un buen café como sólo lo saben hacer los italianos. Aunque parezca paradójico, lo siguiente que hicimos fue comprar un helado artesano de la Piazza del Campo, también especialidad italiana, y que para ser sincero es de los mejores helados que he probado en mi vida.

Paseamos y paseamos atravesando diferentes contrades (barrios), la frontera de los cuales estaba señalizada con alguna insignia representativa. Las calles por las que pasábamos estaban bastante desiertas, probablemente debido al frío, así que alcanzamos casi en soledad una iglesia que no venía en nuestra guía. Entramos en ella y un amable guarda nos encendió sus luces y nos explicó un poco su historia, haciéndonos saber lo orgulloso que estaba de su iglesia y de la contrade a la que pertenecía. Si no recuerdo mal, la iglesia se llamaba Santa María de Nervi; si llegáis hasta ella (está un poco alejada del centro) no pos perdáis las vistas que tiene del perfil de la ciudad, con la Torre del Mangia elevándose sobre todos los tejados color ocre.

Anocheciendo ya, pusimos rumbo de nuevo a la parada del autobús con el que teníamos que regresar al hotel. Antes de ello, pasamos de nuevo por la Piazza del Campo para verla iluminada y cenamos algo rápido en un puesto de fast food.

El último bus que nos llevaba al hotel salía antes de las 8, así que haríamos bien en no perderlo. De esta manera, antes de las 9 de la noche estábamos encerrados en el hotel sin mucho que poder hacer, ya que los alrededores de éste estaban bastante muertos al tratarse de una urbanización. Aprovechamos para descansar y preparar un poco la visita a Pisa del día siguiente. Se acercaba el final de la escapada, pero teníamos la intención de exprimir nuestro último día a tope.

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Dic 23 2010

TOSCANA ’10 – DÍA 1: Florencia, esencia renacentista

 

Martes 7/12/2010

Pese a que las previsiones meteorológicas no eran muy halagüeñas, albergaba esperanzas de que al aterrizar en el aeropuerto Galileo Galileo de Pisa, el sol se dejara ver un poco por la Toscana. Muy al contrario, descendimos del avión de Ryanair en un día encapotado a más no poder, un día “feo” como se le suele llamar. Al menos no estaba lloviendo, así que nos dimos por satisfechos antes de adentrarnos en el principal aeropuerto de la región, que por cierto tiene un tamaño muy acogedor.

Al no llevar maletas facturadas nos dirigimos directamente al punto de información para ver de que manera podíamos llegar a Florencia. En un primer momento optamos por la opción más económica, el tren (5,80 euros), pero tras pelearnos con la máquina expendedora de billetes que se me quedó con 10 eurazos (simplemente te da un resguardo posteriormente descambiable en cualquier estación), decidimos tirar por la vía rápida y pagar los 10 euros que costaba el bus shuttle de Ryanair (Terravision), que en poco más de una hora nos dejó justo al lado de la estación de trenes de Santa María Novella.

Una vez en Florencia, tocaba buscar nuestro hotel para así dejar de carretear con las ruidosas trolleys por toda la ciudad. Después de echarle un vistazo rápido a la parte trasera de la Iglesia de Santa María Novella, nos adentramos por la concurrida Via dei Carretani  hasta dar con el Tourist House Duomo, a escasos dos minutos de la catedral florentina.

Hicimos el check in rápidamente y tras acomodarnos en una habitación mejor de lo que esperábamos, salimos a hacer la calle. Nada más salir del portal ya se podía apreciar en parte la gran cúpula de Brunelleschi y la marmórea fachada del baptisterio y la catedral; y es que el hotel estaba situado en una ubicación más que envidiable.

Florencia es una ciudad de cuna y acogida de grandes artistas renacentistas: Miguel Ángel, Brunelleschi, Ghiberti, Rafael, Giotto, Leonardo da Vinci… Todos ellos, y muchos más que me dejo en el tintero, dejaron su huella por mínima que fuera en la ciudad. Gran parte de la “culpa” hay que atribuírsela a las labores de mecenazgo de la familia Medici, que ostentaba el poder de la ciudad en la época del quattrocento y el cinquecento. Y qué mejor manera de comenzar a visitar una ciudad con tales antecedentes que por uno de sus símbolos más característicos: la Basílica de Santa María de Fiore, o simplemente, il Duomo.

Tras un exterior realmente espectacular, con esa fachada de mármoles blancos y verdes que cuida cada detalle, se esconde un interior bastante austero y vacío (cúpula a parte) que puede llegar a decepcionar. A lo mejor por eso es la única entrada gratuita de todo el conjunto ya que tanto como para subir a la cúpula o el campanille como para entrar al baptisterio, hay que pasar por taquilla.

No me importó mucho abonar los 8 euros que costaba la entrada para acender a la cúpula: sabía que iba a ver algo grande. Tras unas odiosas aglomeraciones por las estrechas escaleras de acceso (por cierto, ¡cuánto turista español hay en Florencia!) alcancé el piso desde el que se puede admirar la magnífica obra de Brunelleschi. Después de dejarme el cuello mirando hacia arriba para admirar los frescos con escenas bíblicas, acabé de ascender el tramo que faltaba para subir al exterior de la cúpula y admirar las geniales vistas de 360º de toda Florencia, desde la que se podían reconocer puntos de la ciudad tales como el Palazzo Vecchio, la Iglesia de Santa Croce o la Piazza della Republica. Unas geniales vistas tan solo enturbiadas por el encapotado cielo, que le daba un aire triste a la panorámica. Cuando le dí la vuelta completa a la cúpula, aguardé mi turno para iniciar el descenso por las abarrotadas escalerillas para una vez a pie de catedral, reencontrarme con Laura.

Desde lo alto de la cúpula había visto una calle repleta de paradas a ambos lados, así que decidimos ir para allí para ver de que se trataba, no sin antes detenernos ante las famosísimas “puertas del paraíso”, las puertas del baptisterio con los famosos bajorrelieves en bronce de Ghiberti, obra que no falta en ninguna asignatura de historia del arte, como tantas otras en Florencia. Resultó ser que las paradas que había visto desde arriba era el mercado de San Lorenzo, que se extiende por los alrededores del Mercado Central con oferta de todo tipo de productos con especial presencia del cuero. Estuvimos caminando un rato por las proximidades, por una zona en la que se encuentran algunos atractivos para el turista como las Capillas Mediceas o la Iglesia de San Lorenzo, que le da nombre al mercado.

Se aproximaba la hora de comer así que buscamos la trattoria Mario, justo al lado del Mercado Central, ya que nos habían recomendado el lugar. Al llegar a la puerta vimos cola para entrar y al preguntar nos dijeron  que debíamos esperar más de media hora. El hambre apremiaba, así que decidimos jugárnosla a ojo de buen cubero y elegir una trattoria que nos diese buena espina para comer. La verdad es que no pudimos elegir mejor, ya que en la via Faenza, también muy cerca del Mercado Central, encontramos la trattoria “Antichi Cancelli”, que desde aquí recomiendo a todo aquel que pise Florencia. Entramos atraídos por su menú a 15 euros (bien de precio para Florencia) y por el aspecto de su puerta de entrada, que nos pareció la de una típica trattoria italiana. Luego lo más importante, la comida, estaba de fábula: tanto la lasaña de Laura como mis macarrones de la casa estaban para chuparse los dedos. De segundo, un poco de lomo de cerdo con salsa de “pomodoro”, y todo regado por un vino que por muy de la casa que fuese, seguro que era toscano. Salimos más que satisfechos y con el estómago lleno de “Antichi Cancelli”, así que tocaba caminar un poco para comenzar a reducir calorías.

Nos dirigimos rumbo hacia el río Arno, famoso por ser el curso fluvial sobre el que se levanta el conocido Ponte Vecchio florentino. De camino pasamos de nuevo por la plaza del Duomo, maravillándonos una vez ante el imponente conjunto de catedral+baptisterio+campanille. Antes de llegar a la zona del río, fuimos callejeando por las adoquinadas calles, tímidamente decoradas con motivos navideños, por las que fuimos descubriendo algunos de los rincones más significativos de Florencia. El primero de ellos fue la Piazza della Repubblica, una de las más famosas plazas de la ciudad, por la que pasamos de largo para toparnos con la incrustada iglesia de Orsanimichele.

Sin mucha demora nos encaminamos hacia la cercana casa de Dante Alighieri, por mera curiosidad por conocer donde vivió el poeta autor de la Divina Comedia, ya que no teníamos intención de hacer la visita. El edificio, de aire medieval, cuenta  siempre con la presencia de un curioso personaje, medio disfrazado de Dante, que se jacta de saberse la obra de Alighieri al completo y de memoria.

Muy cerca de allí se encuentra la Piazza della Signoria, probablemente la plaza más conocida de la ciudad y, sin lugar a dudas, la más bella. Todo un goce para la vista. En ella se puede encontrar el medieval Palazzo Vecchio, del siglo XIV, con la famosa Torre de Arnolfo, o la réplica del David de Miguel Ángel, entre otras muchas cosas. Cosas como el Corredor de la Señoría, con sus fantásticas estatuas, entre ellas la de Perseo arrancándole la cabeza a Medusa. O la fabulosa fuente de Neptuno, cuya fotografía me ha servido como cabecera para esta escapada. O los edificios que rodean la plaza. O…

Faltan adjetivos para describirla así que lo resumiré afirmando que debe de ser uno de los lugares donde más ataque el Síndrome de Stendhal, también denominado Síndrome de Florencia por rincones tan bellos como esta plaza.

Gracias a que los precios de los cafés en Piazza della Signoria eran proporcionales a su belleza, decidimos seguir nuestra marcha sin poder sentarnos a disfrutar durante un rato allí sentados. Continuamos nuestro camino hacia el ya muy próximo río Arno, atravesando por el medio la Galería Uffizzi, que descubriríamos al día siguiente.

Por fin llegamos a ver las marrones aguas del Arno, que en aquel tramo de río fluían por debajo del pintoresco Ponte Vecchio. Si una imagen nos recuerda a Florencia, probablemente sea la de este viejo puente de piedra con sus características tiendas construidas en sus costados. Tiendas que inicialmente eran carnicerías y que acabaron convirtiéndose en su mayoría en joyerías, dicen que por el molesto olor que desprendían las primeras, que molestaba a quien regentaba el poder por aquel entonces, Cosme I de Médicis. Después de fotografiarlo como es debido, atravesamos el puente para llegar al otro lado de la ciudad.

Seguimos caminando hasta el Palacio Pitti en lo que iba a ser nuestra última visita del día, pero al ir a mirar los horarios nos dimos cuenta de que cerraba a las 16:30. Nos habíamos pasado de hora. Deshicimos todo el camino hecho durante la tarde y nos fuimos a descansar un rato al hotel, pues comenzaba a llover y se estaba poniendo ya oscuro. Por el camino constatamos que la ciudad está repleta de galerías de arte por todas partes y es que, al fin y al cabo, de casta le viene al galgo. Llegados al hotel, nos echamos un rato a descansar y reponer fuerzas para salir, un poco más tarde, a descubrir una Florencia  bajo la luz de la luna y las luces navideñas.

Cuando salimos del hotel ya era noche cerrada, pese a que apenas pasaba de las 7 de la tarde. Fuimos en primer lugar a ver la fachada de la iglesia de Santa María Novella, muy cercana al hotel, para posteriormente hacer casi el mismo recorrido que por la tarde, pero con el encanto de la noche florentina.

Cenamos una deliciosa pizza al taglio sentados en pleno Ponte Vecchio y regresamos hacia el hotel para de esta manera dar por concluido nuestro primer e intenso día por Florencia. Al día siguiente tocaba rematar la faena y acabar de visitar la ciudad.

 

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