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sep 30 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 2: Tesoros de Estambul

Martes, 07/09/2010

Nuestra segunda jornada en Estambul era clave. Se trataba del día elegido para visitar los mayores atractivos de la ciudad, sus dos tesoros más conocidos y admirados: Santa Sofía y la Mezquita Azul. Con la ilusión propia de estar a punto de descubrir similares joyas en una ciudad con tanta historia, nos despertamos bien temprano con la intención de disfrutar del desayuno de nuestro hotel. Desgraciadamente, de tan escaso que era tuvimos que buscar otras alternativas para romper nuestro ayuno. Sobre las 9 de la mañana, pusimos rumbo por la turística Divan Yolu Cad hacia nuestra primera visita, ni más ni menos que la mítica Santa Sofía (Aya Sofya).

Construida por el emperador Justiniano en la época en que Constantinopla era el nombre de la ciudad bajo el dominio del Imperio Bizantino, esta iglesia es uno de los mayores exponentes del arte bizantino. Fue reconvertida a mezquita durante el Imperio Otomano (de ahí los minaretes) y finalmente pasó a ser museo por decisión del padre de la república, el fallecido y omnipresente Atatürk. Pese a que es muy imponente, quizá por fuera no deslumbre tanto como su vecina Mezquita Azul, debido al desgaste de su fachada a la que, a simple vista, parece que le falte una mano de pintura. Pero Santa Sofía (9 – 19:30h / 20 TL)  realmente deslumbra cuando accedes a su interior y te sientes una hormiga ante tanta inmensidad y belleza. Si uno consigue abstraerse de los eternos andamios, se dará cuenta de porqué éste es el monumento más visitado de toda la ciudad.

Sus tan característicos medallones inscritos con letras árabes, su increíble cúpula y sus lámparas encajan perfectamente en un ambiente un pelín lúgubre tan sólo interrumpido por los escasos rayos de luz que entran por los ventanales. Se puede acceder a la parte de arriba, desde donde se obtiene una vista elevada de la basílica que bien merece la pena. En esta zona también se pueden apreciar unos valiosísimos mosaicos que se conservan en parte y que reflejan a personajes bíblicos así como al emperador Constantino. Antes de dar por finalizada la visita pasamos por la columna que llora, en la que hay un agujero donde se inserta el dedo y, cuenta la leyenda que si sale húmedo, se curan todas las dolencias. Después de la turistada de turno nos despedimos de Santa Sofía y salimos de nuevo al exterior, donde el sol brillaba con fuerza. Era hora de encaminarse hacia la espléndida Mezquita Azul a través de una bonita zona ajardinada que la separa de Santa Sofía y que sirve de perfecto escenario para hacerse las respectivas fotografías con el famoso monumento de fondo.

Fue construida por el sultán Ahmet I durante el siglo XVII y su belleza exterior es indiscutible gracias a sus cúpulas y a los 6 minaretes que la flanquean, tan sólo superados en número por la mezquita de La Meca. Los turistas tienen acceso permitido siempre que no sea hora de rezo y que entren por la puerta sur, ya que la principal está reservada a los fieles. En primer lugar accedimos a su bonito patio para a continuación darle un pequeño rodeo y entrar por la puerta destinada a los turistas donde ya hay preparadas bolsas de plástico para cubrirse los pies descalzos y velos para que las mujeres se tapen la cabeza y los hombros. Una vez dentro, tengo que decir que me produjo una sensación completamente inversa a la de Santa Sofía: Deslumbrado por su exterior, esperaba algo más de su interior.

 

Aún así no voy a negar que es un lugar digno de ver y disfrutar, sentado tranquilamente en la roja alfombra admirando los azulejos azules que le dan nombre y conteniendo la respiración de vez en cuando para evitar las ráfagas de olor a pies que a menudo hacen acto de presencia. A la salida se exige un donativo que es, si se quiere, lo único que cuesta entrar a uno de los lugares más sagrados del mundo. De la mezquita nos dirigimos al cercano hipódromo, del que tan solo resta el nombre ya que no queda nada que ayude a reconocer lo que antiguamente fue. Eso sí, en su zona podemos encontrarnos con un par de históricos obeliscos (el de Teodosio y el de piedra), con la extraña columna Serpentina y con una bonita fuente que bien merecen un poco de atención.

Serían sobre las doce del mediodía y el calor comenzaba a apretar así que nuestro siguiente objetivo nos vino que ni pintado. Muy cerca de Santa Sofía y la Mezquita Azul se encuentra la Cisterna  Basílica (Yerebatan Sarniçi), extraordinario depósito de agua de la época romana y una de las sorpresas agradables de nuestra estancia en Estambul. A la cisterna (9 – 18:30 / 10 TL) se accede descendiendo por unas escaleras que desembocan en un fresco sótano repleto de columnas y agua. Su iluminación anaranjada y las columnas reflejadas en el agua aseguran la belleza estética del lugar, que si va acompañada de la ausencia de masas de turistas y de poder pasear tranquilamente y en silencio por las pasarelas de madera, aseguran una experiencia muy positiva.

La visita es cortita, no llega a los 20 minutos, pero hay que recorrer toda la pasarela ya que en uno de los extremos de ésta se encuentran las dos cabezas de Medusa talladas en piedra, soportando dos de las columnas. La verdad es que el lugar nos gustó bastante y nos fue perfecto para quitarnos un rato de encima el intenso calor que hacía unos metros más arriba. Nos despedimos del curioso lugar y de las carpas que nadan tranquilamente en sus aguas y volvimos a buscar la luz del sol. Antes de ir a comer nos encaminamos a la parte trasera de Santa Sofía donde se encuentra Sogukçesme Sokak, una bonita calle donde se alzan recreaciones de típicas casas otomanas que forman con su colorido un rincón de lo más pintoresco. De vuelta al bullicio también paramos en Caferaga Medresesi, una antigua madraza ya en desuso, en el patio de la cual disfrutamos de un delicioso té y de unos momentos de descanso.

Se nos hizo la hora de llenar el estómago así que nos metimos de nuevo en un local de kebabs y comimos unos dürum con refresco que no debieron subir más de 8 TL por persona. Para iniciar la tarde nos dirigimos hasta la zona de Eminönü, donde se encuentra la Mezquita Nueva (Yeni Camii), pese a que tiene más de 400 años. Así es Estambul, los siglos se quedan pequeños a su lado… Antes de entrar en la mezquita lo hicimos en el Bazar de las especias o Bazar egipcio, que tiene una de sus entradas justo en frente. Este es un bazar en el que la mayoría de las paradas son de productos como las especias o las delicias turcas.

Un gran colorido, un olor embriagador y unos muy simpáticos comerciantes que hablan mejor el castellano que yo. Dando un paseo y parándome a charlar con uno de los vendedores que había estado viviendo en España, pude probar las famosas y auténticas delicias turcas, que nada tienen que ver con las que se pueden comprar luego en el aeropuerto para llevar a casa. Si lo hubiese sabido, me hubiese llevado unas cuantas pues estaban buenísimas! Finalizado el bazar de las especias (no es excesivamente grande) entramos a la imponente Yeni Camii. Su fachada es inmensa aunque muy parecida a todas las demás con sus cúpulas y minaretes. La verdad es que cualquier mezquita de Estambul impresiona, aunque esta es una de las más grandes.

Tuvimos la suerte de que nuestra entrada coincidiese con la hora del rezo, situación que le da un gran valor añadido a su, ya de por sí, bonito interior. Con máximo respeto nos sentamos en la alfombra y disfrutamos del momento. Era hora de cruzar el Cuerno de Oro por el puente Gálata y pasar a la parte europea, donde pensábamos pasar el resto de la tarde. Pasando por la parte inferior del puente nos dimos cuenta de la cantidad de restaurantes de pescado que hay; desgraciadamente ya habíamos comido y no era momento de hacer una parada allí. Llegados a la zona europea, y tras consultar la guía porque andábamos un poco perdidos, decidimos coger el funicular (Tünel) en la zona de Karaköy para que nos dejara en el inicio de la Avenida Istikal. Eso mismo hicimos, pagamos el “jeton” de turno y nos dejamos remontar por el antiguo funicular hasta lo alto de la colina. Una vez arriba comenzamos a caminar por Istikal Cad, un boulevard con las mejores boutiques occidentales que nos desvela una vez más la dualidad de la ciudad entre tradición y modernidad. Sin duda la zona europea, es la de la modernidad. Como queríamos ver atardecer desde lo alto de la Torre Gálata decidimos no remontar más la avenida Istikal, así que paramos en una tetería a degustar un çay y jugar unas partidas al UNO, en lo que fue un torneo durante todo el viaje de lo más competido. Cuando vimos que la tarde se iba apagando, desandamos el camino hasta la Torre Gálata, a la que ascendimos bien pasadas las 6 de la tarde. Pese a las 10 TL que vale la entrada, sus vistas de 360º de la ciudad son una pasada.

Se puede divisar perfectamente toda la zona europea y la asiática así como Sultanahmet (la más bonita), el Bósforo y el Cuerno de Oro. Con toda probabilidad sean las más completas vistas de la ciudad. Lástima del abarrotamiento de gente, que a nosotros nos impidió movernos con total libertad por la terraza quedándonos en algunos momentos incluso atascados. Eso sí, ese atardecer sobre el Cuerno de Oro y los minaretes de Sultanahmet, lo llevo grabado en la retina. Cogimos el ascensor de bajada y caminamos hasta Istikal Cad, para retomarla de nuevo y caminar hasta la Plaza Taksim, donde muere. El ambiente que había en la avenida un martes por la tarde era espectacular, todos estuvimos de acuerdo en que nos gustaba ese bullicio de comerciantes, puestos de mazorca de maíz, heladerías ambulantes, mimos y riadas de gente entre las que nos dejábamos llevar.


Finalmente, cuando ya empezaba a anochecer llegamos a la Plaza Taksim, corazón de la parte europea de Estambul. Es una plaza enorme y sin mucho encanto debido en parte al caos circulatorio que en ella se vive. Dominando la plaza se puede encontrar el monumento a la república, quizá de lo poco que se puede destacar de ella. Había llegado la hora de cenar y que mejor lugar para hacerlo que los alrededores de la Plaza Taksim y la Avenida Istikal. La oferta es abundante. Nos decantamos por un típico restaurante turco con mesas en plena calle en el que dimos buena cuenta de alguna variedad de kebab. Una vez cenados cogimos un taxi en la Plaza Taksim que nos dejó en nuestro hotel por poco más de 10 TL, si no recuerdo mal. Nuestro segundo día en Estambul había tocado a su fin, un día en el que habíamos descubierto sus mayores tesoros así como su gran tamaño; estábamos deshechos de tanto caminar.

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