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Oct 08 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 4: Últimas sensaciones de una ciudad mítica

Jueves, 09/09/2010

Una sensación agridulce me recorrió el cuerpo cuando, sobre las 8 de la mañana, me desperté en nuestra sencilla habitación de cinco camas. Me despertaba yo y se despertaba nuestro último día en Estambul, una ciudad que no deja indiferente a nadie y que casi siempre produce pena cuando llega el momento de dejarla. Por otro lado, era el día en que comenzaba una nueva etapa del viaje: sobre las siete de la tarde nos montaríamos en un autobús nocturno que nos dejaría a la mañana siguiente ni más ni menos que en Kayseri, a las puertas de Capadocia. De ahí esa sensación ambigua, de pena e ilusión casi a partes iguales.

Lo que había que hacer era ponerse en marcha lo antes posible y disfrutar de nuestras últimas horas en la ciudad. De esta manera, después de hacer el check out y dejar las mochilas en recepción, nos pusimos en camino hacia Eminönü, desde donde teníamos previsto coger un pequeño crucero por el Bósforo. Antes de llegar al muelle, hicimos una pequeña incursión en la estación de trenes de Sirkeci, parada última del mítico Orient Express. Tampoco cabe esperar maravillas de ella, ya que por dentro es una estación de lo más normalita, simplemente nos pillaba de camino y nos hacía gracia ver la última estación de tan emblemático recorrido, cuando llevarlo a cabo allá por el s.XIX era toda una aventura.

Llegamos a la zona del muelle y tras unos momentos de desorientación, dimos con lo que buscábamos: un crucero corto por el Bósforo, de unas dos horas, que nos mostrase las dos orillas de tan famoso estrecho. El precio, 10 TL. Subimos a la pequeña y un pelín destartalada embarcación y nos acomodamos en una de las filas interiores del piso de arriba. Era una posición no muy buena ya que las orillas nos quedarían a la espalda durante todo el trayecto si queríamos permanecer sentados. El barco zarpó puntual a las 10 de la mañana provocando unos vaivenes que marearon a más de uno de los que estábamos allí arriba. Comenzamos a bordear el Bósforo con dirección al mar Negro pasando primeramente a orillas de la zona Europea de Estambul. Laura, que se estaba mareando un poco bajó, al piso de abajo. Cinco minutos más tarde la vi aparecer por la escalerilla haciéndome gestos para que bajara. Pues bien, se había hecho amiga del capitán del crucero, un simpático anciano que junto a sus hijos se encargaba de llevar a buen puerto la embarcación. ¡Incluso le había dejado a Laura el timón del barco por unos momentos! Si alguno de los de arriba se hubiese enterado… En fin que estuvimos haciéndonos fotos con el capitán y nos quedamos, de pie, en la proa del barco para disfrutar del trayecto.

Por delante de nosotros empezaron a desfilar elementos como el Palacio de Dolmabahçe o la mezquita de Ortaköy, que ya habíamos visitado el día anterior. Poco a poco fueron bajando también Diego, Jose y Marta para al final instalarnos los 5 en la parte delantera de la embarcación. Pasando por lugares como la Fortaleza de Rumeli llegamos hasta el Puente del Bósforo, lugar en que la embarcación dio media vuelta para regresar por la orilla contraria. Entre bromas con el capitán y sus hijos (daban golpes de timón para mojarnos a golpe de ola) y un sol de justicia que estaba empezando a quemarme la nuca, pasamos el trayecto de vuelta. Lo mejor de éste fue llegando de nuevo a Eminönü, cuando el perfil de Sultanahmet se extendió ante nosotros y se iba acercando a cada segundo con sus innumerables minaretes. Llegados de nuevo al muelle, nos despedimos del capitán y bajamos de la embarcación. La verdad es que el crucero había sido una experiencia muy positiva que nos ayudó a descubrir la enorme extensión de la ciudad, así como las joyas que reúne a orillas del Bósforo.

Eran pasadas las doce del mediodía cuando nos vimos buscando un taxi que nos llevase hasta el barrio de Fatih. Otra cosa no, pero en cuestión  de taxis, Estambul va muy sobrada; los hay por todas partes. Al taxista le dijimos que nos llevase hasta la iglesia de San Salvador de Chora, a la que nos acercó en poco más de 5 minutos. Esta iglesia de la época bizantina está situada en el barrio de Fatih, un poco alejado del corazón turístico de Sultanahmet, lo que la hace ser menos conocida que otros monumentos de la ciudad.  Ingenuos de nosotros, pensábamos que la entrada a la iglesia iba a ser gratuita, y cuando vimos que el ticket de entrada valía 15 TL nos llevamos la sorpresa. Entre una mezcla de indignación por lo caras que son algunas entradas en Estambul y aún no se muy bien porqué, al final acabamos por no entrar y nos dedicamos a pasear un poco por Fatih buscando algún lugar para comer. Lo poco que vimos de Fatih nada tiene que ver con Sultanahmet, mucho más turístico. De hecho, hasta tuvimos problemas para encontrar un sitio donde comer, que finalmente fue – para variar – un puesto de kebabs. Eso sí, resultó ser una de las comidas más baratas de todo el viaje, a poco más de 4 TL por persona.

Acabamos de comer que serían la una y media del mediodía y aún teníamos que ir hasta Eyüp para subir al café Pierre Loti antes de presentarnos a las 17:30 en la agencia de viajes donde habíamos comprado los billetes del autobús nocturno. En primera instancia intentamos cubrir el trayecto Fatih – Eyüp a pie, pero entre el calor que hacía a las dos del mediodía y lo lejos que veíamos la colina que se alzaba sobre nuestro destino, decidimos coger otro taxi. Éste nos dejó en la entrada de una avenida peatonal que conducía a la mezquita de Eyüp. Dicen de este barrio que es uno de los más conservadores y religiosos de la ciudad, la verdad es que por las calles nos encontramos el mismo panorama de siempre: mujeres con velo y sin velo, modernidad y tradición. Decidimos hacerle una visita a la bonita mezquita, a la que tuvimos la suerte de asistir en hora de rezo, mientra el imán procedía con su sermón. Con sumo respeto y separados de las chicas, que tuvieron que ver la mezquita desde una zona reservada para las mujeres, presenciamos el místico ritual que a mi, personalmente, me agrada tanto. La mezquita en sí es bonita, pero me gustó más coincidir con la ceremonia y un recinto lleno hasta los topes.

Teníamos que darnos un poco de prisa pues la tarde se nos echaba encima así que salimos de la mezquita para buscar el sendero de subida a Pierre Loti. A este particular café, con unas buenas vistas de Estambul, se accede a través de un sendero que sale desde detrás de la mezquita y que cruza un bonito cementerio antes de desembocar en  las mesas de manteles a cuadros rojos y blancos del famoso café. Enfilamos por la empinada subida y, unas cuantas lápidas más tarde, habíamos alcanzado nuestro objetivo. Tuvimos que dar un par de vueltas ya que no había ni una sola mesa libre, pero finalmente pudimos encontrar una que, aunque no justo en la baranda que da a las maravillosas vistas, si que estaba bien situada y desde ella se podía distinguir el perfil de la ciudad. El café es un lugar encantador: situado en un cementerio, con sus manteles a cuadros, sus vistas… pero debo decir que en lo que a panorámica se refiere, me quedo con la de la Torre Gálata o Uskudar. Estuvimos tomando unos çay y prosiguiendo con nuestro torneo de cartas hasta que, sobre las cuatro de la tarde, decidimos emprender el regreso.

Descendimos la colina y cogimos de nuevo un taxi, que nos dejó  junto a la columna de Constantino, muy cerca de nuestro hotel. Nos dirigimos a éste y recogimos nuestras mochilas para, a continuación, caminar hasta la agencia de viajes donde habíamos comprado el billete, en la calle Alemdar. Allí estuvimos esperando hasta que llegó el minibús que nos llevó hasta una de las otogar de Estambul, situada en las afueras de la ciudad. Las otogar son estaciones de autobuses que hay en cualquier ciudad y desde la que se puede coger el mencionado medio de transporte hacia cualquier punto del país. Suelen estar en las afueras; la de Estambul lo estaba, y además bastante lejos. Llegamos a la caótica otogar y el conductor nos dejó en frente de nuestro autobús. Aún eran las 18:30 así que aprovechamos la media hora para ir al lavabo y comprar provisiones. ¡A saber cuándo y dónde íbamos a cenar! El autobús salía a las 7 de la tarde y llegaba a las 6 de la mañana a Kayseri, y no sabíamos las paradas que haríamos durante esas 11 horas. Finalmente cogimos nuestros asientos, nos acomodamos, y el autobús echó a andar.

 

La verdad es que las primeras horas se hicieron un poco largas, con bastantes paradas en poco tiempo para llenar el autobús, así que entre partidas de cartas y los tes que nos servía el azafato íbamos aguantando el tirón. En una de las paradas, sobre las diez de la noche, el azafato nos dijo que teníamos media hora para cenar. Para mi desgracia, de nuevo un puesto de kebabs fue la única opción. Después de la cena subimos al autocar de nuevo y ya empezó a entrar el sueñecillo. Sé que pasamos por Ánkara en algún momento, pero ni me enteré; yo ya estaba en los brazos de Morfeo soñando con extrañas y bellas formaciones geológicas que poco tiempo después se iban a convertir en realidad. El autobús continuaba a ritmo constante su camino hacia Capadocia.

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Oct 05 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 3: Otra de palacios, mezquitas, y bazares

Miércoles, 08/09/2010

Un planning bastante exigente era el que estaba previsto para nuestro tercer día en Estambul así que, sin tiempo para remolonear en la cama y habiendo ya desayunado, a las 9 de la mañana estábamos listos para ponernos en marcha. Por la mañana teníamos en mente visitar el Palacio de Dolmabahçe y el barrio de Ortaköy, así que cogimos un taxi en Sultanahmet para que nos acercara al barrio de Besiktas, donde se encuentra el mencionado palacio. El taxi nos dejó en la puerta, sí, pero nos pegó una clavada que si no llegamos a ser 5 para repartir el precio, aún estaríamos maldiciendo al taxista. Y es que no hay que fiarse de los que dicen “poner el taxímetro”, porque algunos a la llegada, si no estás atento, le dan a un botoncito mágico que multiplica la tarifa por dos. No es la primera vez que nos encontramos tarifas “abusivas” de taxímetro, así que recomiendo ir controlando el importe todo el trayecto para que no haya opción a la “tangada”. No hubo más remedio que rascarse el bolsillo ya que no había muchas ganas de ponerse a discutir en turco con el taxista. 

Al menos nos dejó en la misma entrada, donde se encuentra la torre del reloj. Una entrada que estaba levantada en obras y que nos hizo temer que Dolmabahçe estuviese cerrado por reformas. No fue así y pudimos acceder a él después de pasar por taquilla y pagar las 20 TL que cuesta la entrada combinada de palacio + harén. Éste es un palacio del siglo XIX que fue construido durante el imperio Otomano. Situado a orillas del Bósforo, es también el lugar donde residió y murió Atatürk, el padre de la república. Nada más entrar nos encontramos con unos cuidadísimos jardines, repletos de flores, que nos llevaron hasta la puerta principal del palacio. Antes de acceder a él estuvimos haciendo varias fotografías de los jardines, las fuentes y el exterior del palacio, en una estampa muy colorida a la que no nos tenía acostumbrados Estambul.

Sobre la visita del interior del palacio hay que decir que es obligatorio hacerla en grupo siguiendo a un guía, y que está terminantemente prohibido hacer fotografías de las estancias. Sin más remedio nos adosamos a un grupo en inglés, y comenzamos el recorrido. A quien le guste lo recargado y lo opulento, disfrutará con Dolmabahçe. La verdad es que cada sala es un despliegue de decoración rococó con impresionantes escalinatas, enormes arañas de cristal y un no parar de recargado mobiliario que, cuanto menos, no decepciona. No soy muy amante de visitas a palacios pero debo confesar que Dolmabahçe me impresionó tanto por su opulencia como por parecer un “pequeño Versalles” en la lejana Estambul. El recorrido finalizó en la estancia principal, con una gran araña de cristal de Bohemia y unos frescos en el techo de quitar el hipo. Salimos del palacio en sí y nos dirigimos hacia el harén, lugar donde residían los sultanes junto con sus esposas. Aquí la verdad es que la visita se me comenzó a hacer larga y espesa, visitando innumerables habitaciones de las diferentes mujeres, bastante similares entre ellas. Lo más destacable del harén, la estancia y cama donde falleció Atatürk, un 10 de Noviembre de 1938. Antes de irnos del palacio hicimos una fugaz visita al palacio de cristal, un pequeño invernadero hecho de este material que la guía ponía como bastante más maravilloso de lo que nos pareció a nosotros. 

Ahora sí que habíamos finiquitado la visita a Dolmabahçe, que nos había ocupado media mañana, así que paramos al primer taxi que encontramos y pusimos rumbo a Ortaköy, a escasos 10 minutos del palacio. Esta vez el taxista nos cobró lo debido, unas 10 TL, y nos dejó muy cerca de la característica mezquita de Ortaköy, situada a orillas del Bósforo. Ortaköy es un bonito barrio de Estambul en el que es típico ir a pasar la mañana o la tarde, visitar su bonita mezquita, comerse una patata rellena (Kümpir) a orillas del Bósforo, y callejear un poco por sus agradables calles. Nos pusimos al lío y comenzamos a caminar en dirección al Bósforo pasando por delante de varios puestos, únicamente especializados en la famosa por la zona, patata rellena. Llegamos a orillas del Bósforo y nos plantamos ante la coqueta mezquita, situada en un lugar de privilegio.

Como aún era pronto para comer, estuvimos tomando algo en una terracita pegada al Bósforo desde la que veíamos pasar el intenso tráfico de este estrecho compuesto por cruceros de turistas, buques de carga, veleros, barquitas de pescadores… A la hora de comer nos aproximamos de nuevo a los puestos de kümpir y, cada uno a su gusto, fuimos rellenando unas patatas que nos sirvieron de comida para ese día por unas 8 TL. Después de comer accedimos al interior de la mezquita, a la que puedo decir que vale la pena entrar. Su color blanquecino y sus lámparas de cristal, le dan un aire bastante diferente a las mezquitas visitadas con anterioridad. Para finalizar nuestro recorrido por Ortaköy estuvimos callejeando un poco y haciéndonos fotos ante la mezquita antes de coger de nuevo un taxi de regreso a Sultanahmet.

Éste nos dejó justo en una de las entradas del Gran Bazar, lugar en el que íbamos a pasar parte de la tarde. El Bazar de Estambul es uno de los más grandes del mundo y no es para menos: 22 puertas, 64 calles, 20.000 trabajadores o 3.600 tiendas son algunas de sus cifras. Intentar orientarse por él es una quimera, así que aconsejo hacer como nosotros y dejaros perder por sus calles admirando su belleza y echándole el ojo a la gran variedad de productos y souvenirs que tienen a la venta. Como acabábamos de comenzar el viaje no teníamos intención de comprar nada, así que no pusimos en uso el arte del regateo en ningún momento; nos limitamos a pasear y observar hasta que nos cansamos de perdernos por las avenidas y callejuelas. Entre los productos estrella estaban los ojos turcos (por encima de todo lo demás), las bonitas lámparas, alfombras, backgammons, cuencos de cerámica o diversos y coloridos pañuelos. 

Finalizada la visita salimos al exterior por la misma puerta por la que habíamos entrado y nos dirigimos hacia una tetería cercana a nuestro hotel a la que ya habíamos echado el ojo. Allí estuvimos un par de horas tomando çay, jugando a cartas, y degustando el humo del narguile, la pipa de agua turca. La verdad es que la tetería era de lo más agradable y además frecuentada por la gente local, que se reunía para fumar y jugar a backgammon, así que siento enormemente no recordar su nombre, aunque sí o diré que estaba en el inicio de la calle Peykhane, muy cerca de la columna de Constantino. 

La tarde se nos echaba encima así que, pese a que estábamos muy a gusto en aquella tetería, nos pusimos de nuevo en marcha. Nos movimos un poco por la zona de Beyazit, paseando por su plaza donde se hayan la mezquita de Beyazit y la Universidad de Estambul. Acto seguido nos acercamos a la impresionante y enorme mezquita de Solimán el Magnífico, acercamiento que sólo nos sirvió para confirmar que sigue en obras de reforma, por lo que tiene sus puertas cerradas a los turistas. Al menos la pudimos admirar un poco por fuera ya que esta mezquita es una de las más relevantes de la ciudad. 

Sobre las 18:30 de la tarde nos pusimos en camino hacia el barrio de Kumkapi, situado en la orilla de Sultanahmet que da al mar de Mármara. Kumkapi es un barrio de pescadores que tiene una zona repleta de restaurantes donde se puede comer buen pescado, así que allí nos fuimos a cenar. Para llegar tuvimos que atravesar zonas más que humildes que nos enseñaron la otra cara de Estambul, la de la gente de pocos recursos que vive alejada de los focos del turismo. Atravesamos varias calles bastante destartaladas en las que nosotros éramos los únicos turistas y el centro de atención de los locales que hacían vida normal en la calle. Finalmente alcanzamos las orillas del mar de Mármara divisando a lo lejos el mercado de pescado de Kumkapi, al otro lado de la carretera. Accedimos al entramado de calles turísticas, que está plagado de restaurantes decorados con motivos marineros donde se puede comer el mejor pescado de la ciudad. La verdad es que la zona en sí parece un decorado, ya que si te sales de las cuatro calles de restaurantes, vuelves a la humildad de un barrio que lucha cada día por subsistir.

Paseamos un poco por el lugar observando diversas cartas e intentándonos zafar a menudo de los insistentes “cazaturistas” de cada restaurante. Las terrazas aún estaban vacías a las 19:30 de la tarde y, por ese motivo, nos ofrecían las cartas a mitad de precio para usarnos un poco de “relleno” y de “gancho” para otros turistas. Aprovechamos la situación y nos sentamos en el restaurante Ege, uno de los que nos había ofrecido los platos de pescado a mitad de precio. Era pronto para cenar, pero el descuento también era considerable. Gracias a la “ganga” pudimos pedir uno de los platos caros de la carta, el kiremitle balik, una cazuelita de pescado al horno que estaba para chuparse los dedos. Mientras cenábamos vimos como la zona se llenaba cada vez más de turistas y diferentes actuaciones de música turca comenzaban a sonar por los diversos restaurantes. La verdad es que fue una velada de lo más agradable que nos salió a poco más de 20 TL por cabeza, que para lo que cenamos estuvo más que bien; de esta manera no puedo menos que recomendar el restaurante. Después de probar el horrible (para mi gusto) café turco, dimos por concluida la cena y, ya de noche, emprendimos regreso hacia el hotel por unas poco iluminadas calles que sugerían al sentido común ir mirando de vez en cuando la retaguardia. Antes de refugiarnos en nuestra habitación hicimos de nuevo una paradita en la tetería de al lado, donde estuvimos bebiendo çay y jugando a cartas hasta casi las doce de la noche; no se puede decir que  no aprovechamos nuestra última noche en Estambul. Por delante, nuestro último día en la ciudad. 

 

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Sep 30 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 2: Tesoros de Estambul

Martes, 07/09/2010

Nuestra segunda jornada en Estambul era clave. Se trataba del día elegido para visitar los mayores atractivos de la ciudad, sus dos tesoros más conocidos y admirados: Santa Sofía y la Mezquita Azul. Con la ilusión propia de estar a punto de descubrir similares joyas en una ciudad con tanta historia, nos despertamos bien temprano con la intención de disfrutar del desayuno de nuestro hotel. Desgraciadamente, de tan escaso que era tuvimos que buscar otras alternativas para romper nuestro ayuno. Sobre las 9 de la mañana, pusimos rumbo por la turística Divan Yolu Cad hacia nuestra primera visita, ni más ni menos que la mítica Santa Sofía (Aya Sofya).

Construida por el emperador Justiniano en la época en que Constantinopla era el nombre de la ciudad bajo el dominio del Imperio Bizantino, esta iglesia es uno de los mayores exponentes del arte bizantino. Fue reconvertida a mezquita durante el Imperio Otomano (de ahí los minaretes) y finalmente pasó a ser museo por decisión del padre de la república, el fallecido y omnipresente Atatürk. Pese a que es muy imponente, quizá por fuera no deslumbre tanto como su vecina Mezquita Azul, debido al desgaste de su fachada a la que, a simple vista, parece que le falte una mano de pintura. Pero Santa Sofía (9 – 19:30h / 20 TL)  realmente deslumbra cuando accedes a su interior y te sientes una hormiga ante tanta inmensidad y belleza. Si uno consigue abstraerse de los eternos andamios, se dará cuenta de porqué éste es el monumento más visitado de toda la ciudad.

Sus tan característicos medallones inscritos con letras árabes, su increíble cúpula y sus lámparas encajan perfectamente en un ambiente un pelín lúgubre tan sólo interrumpido por los escasos rayos de luz que entran por los ventanales. Se puede acceder a la parte de arriba, desde donde se obtiene una vista elevada de la basílica que bien merece la pena. En esta zona también se pueden apreciar unos valiosísimos mosaicos que se conservan en parte y que reflejan a personajes bíblicos así como al emperador Constantino. Antes de dar por finalizada la visita pasamos por la columna que llora, en la que hay un agujero donde se inserta el dedo y, cuenta la leyenda que si sale húmedo, se curan todas las dolencias. Después de la turistada de turno nos despedimos de Santa Sofía y salimos de nuevo al exterior, donde el sol brillaba con fuerza. Era hora de encaminarse hacia la espléndida Mezquita Azul a través de una bonita zona ajardinada que la separa de Santa Sofía y que sirve de perfecto escenario para hacerse las respectivas fotografías con el famoso monumento de fondo.

Fue construida por el sultán Ahmet I durante el siglo XVII y su belleza exterior es indiscutible gracias a sus cúpulas y a los 6 minaretes que la flanquean, tan sólo superados en número por la mezquita de La Meca. Los turistas tienen acceso permitido siempre que no sea hora de rezo y que entren por la puerta sur, ya que la principal está reservada a los fieles. En primer lugar accedimos a su bonito patio para a continuación darle un pequeño rodeo y entrar por la puerta destinada a los turistas donde ya hay preparadas bolsas de plástico para cubrirse los pies descalzos y velos para que las mujeres se tapen la cabeza y los hombros. Una vez dentro, tengo que decir que me produjo una sensación completamente inversa a la de Santa Sofía: Deslumbrado por su exterior, esperaba algo más de su interior.

 

Aún así no voy a negar que es un lugar digno de ver y disfrutar, sentado tranquilamente en la roja alfombra admirando los azulejos azules que le dan nombre y conteniendo la respiración de vez en cuando para evitar las ráfagas de olor a pies que a menudo hacen acto de presencia. A la salida se exige un donativo que es, si se quiere, lo único que cuesta entrar a uno de los lugares más sagrados del mundo. De la mezquita nos dirigimos al cercano hipódromo, del que tan solo resta el nombre ya que no queda nada que ayude a reconocer lo que antiguamente fue. Eso sí, en su zona podemos encontrarnos con un par de históricos obeliscos (el de Teodosio y el de piedra), con la extraña columna Serpentina y con una bonita fuente que bien merecen un poco de atención.

Serían sobre las doce del mediodía y el calor comenzaba a apretar así que nuestro siguiente objetivo nos vino que ni pintado. Muy cerca de Santa Sofía y la Mezquita Azul se encuentra la Cisterna  Basílica (Yerebatan Sarniçi), extraordinario depósito de agua de la época romana y una de las sorpresas agradables de nuestra estancia en Estambul. A la cisterna (9 – 18:30 / 10 TL) se accede descendiendo por unas escaleras que desembocan en un fresco sótano repleto de columnas y agua. Su iluminación anaranjada y las columnas reflejadas en el agua aseguran la belleza estética del lugar, que si va acompañada de la ausencia de masas de turistas y de poder pasear tranquilamente y en silencio por las pasarelas de madera, aseguran una experiencia muy positiva.

La visita es cortita, no llega a los 20 minutos, pero hay que recorrer toda la pasarela ya que en uno de los extremos de ésta se encuentran las dos cabezas de Medusa talladas en piedra, soportando dos de las columnas. La verdad es que el lugar nos gustó bastante y nos fue perfecto para quitarnos un rato de encima el intenso calor que hacía unos metros más arriba. Nos despedimos del curioso lugar y de las carpas que nadan tranquilamente en sus aguas y volvimos a buscar la luz del sol. Antes de ir a comer nos encaminamos a la parte trasera de Santa Sofía donde se encuentra Sogukçesme Sokak, una bonita calle donde se alzan recreaciones de típicas casas otomanas que forman con su colorido un rincón de lo más pintoresco. De vuelta al bullicio también paramos en Caferaga Medresesi, una antigua madraza ya en desuso, en el patio de la cual disfrutamos de un delicioso té y de unos momentos de descanso.

Se nos hizo la hora de llenar el estómago así que nos metimos de nuevo en un local de kebabs y comimos unos dürum con refresco que no debieron subir más de 8 TL por persona. Para iniciar la tarde nos dirigimos hasta la zona de Eminönü, donde se encuentra la Mezquita Nueva (Yeni Camii), pese a que tiene más de 400 años. Así es Estambul, los siglos se quedan pequeños a su lado… Antes de entrar en la mezquita lo hicimos en el Bazar de las especias o Bazar egipcio, que tiene una de sus entradas justo en frente. Este es un bazar en el que la mayoría de las paradas son de productos como las especias o las delicias turcas.

Un gran colorido, un olor embriagador y unos muy simpáticos comerciantes que hablan mejor el castellano que yo. Dando un paseo y parándome a charlar con uno de los vendedores que había estado viviendo en España, pude probar las famosas y auténticas delicias turcas, que nada tienen que ver con las que se pueden comprar luego en el aeropuerto para llevar a casa. Si lo hubiese sabido, me hubiese llevado unas cuantas pues estaban buenísimas! Finalizado el bazar de las especias (no es excesivamente grande) entramos a la imponente Yeni Camii. Su fachada es inmensa aunque muy parecida a todas las demás con sus cúpulas y minaretes. La verdad es que cualquier mezquita de Estambul impresiona, aunque esta es una de las más grandes.

Tuvimos la suerte de que nuestra entrada coincidiese con la hora del rezo, situación que le da un gran valor añadido a su, ya de por sí, bonito interior. Con máximo respeto nos sentamos en la alfombra y disfrutamos del momento. Era hora de cruzar el Cuerno de Oro por el puente Gálata y pasar a la parte europea, donde pensábamos pasar el resto de la tarde. Pasando por la parte inferior del puente nos dimos cuenta de la cantidad de restaurantes de pescado que hay; desgraciadamente ya habíamos comido y no era momento de hacer una parada allí. Llegados a la zona europea, y tras consultar la guía porque andábamos un poco perdidos, decidimos coger el funicular (Tünel) en la zona de Karaköy para que nos dejara en el inicio de la Avenida Istikal. Eso mismo hicimos, pagamos el “jeton” de turno y nos dejamos remontar por el antiguo funicular hasta lo alto de la colina. Una vez arriba comenzamos a caminar por Istikal Cad, un boulevard con las mejores boutiques occidentales que nos desvela una vez más la dualidad de la ciudad entre tradición y modernidad. Sin duda la zona europea, es la de la modernidad. Como queríamos ver atardecer desde lo alto de la Torre Gálata decidimos no remontar más la avenida Istikal, así que paramos en una tetería a degustar un çay y jugar unas partidas al UNO, en lo que fue un torneo durante todo el viaje de lo más competido. Cuando vimos que la tarde se iba apagando, desandamos el camino hasta la Torre Gálata, a la que ascendimos bien pasadas las 6 de la tarde. Pese a las 10 TL que vale la entrada, sus vistas de 360º de la ciudad son una pasada.

Se puede divisar perfectamente toda la zona europea y la asiática así como Sultanahmet (la más bonita), el Bósforo y el Cuerno de Oro. Con toda probabilidad sean las más completas vistas de la ciudad. Lástima del abarrotamiento de gente, que a nosotros nos impidió movernos con total libertad por la terraza quedándonos en algunos momentos incluso atascados. Eso sí, ese atardecer sobre el Cuerno de Oro y los minaretes de Sultanahmet, lo llevo grabado en la retina. Cogimos el ascensor de bajada y caminamos hasta Istikal Cad, para retomarla de nuevo y caminar hasta la Plaza Taksim, donde muere. El ambiente que había en la avenida un martes por la tarde era espectacular, todos estuvimos de acuerdo en que nos gustaba ese bullicio de comerciantes, puestos de mazorca de maíz, heladerías ambulantes, mimos y riadas de gente entre las que nos dejábamos llevar.


Finalmente, cuando ya empezaba a anochecer llegamos a la Plaza Taksim, corazón de la parte europea de Estambul. Es una plaza enorme y sin mucho encanto debido en parte al caos circulatorio que en ella se vive. Dominando la plaza se puede encontrar el monumento a la república, quizá de lo poco que se puede destacar de ella. Había llegado la hora de cenar y que mejor lugar para hacerlo que los alrededores de la Plaza Taksim y la Avenida Istikal. La oferta es abundante. Nos decantamos por un típico restaurante turco con mesas en plena calle en el que dimos buena cuenta de alguna variedad de kebab. Una vez cenados cogimos un taxi en la Plaza Taksim que nos dejó en nuestro hotel por poco más de 10 TL, si no recuerdo mal. Nuestro segundo día en Estambul había tocado a su fin, un día en el que habíamos descubierto sus mayores tesoros así como su gran tamaño; estábamos deshechos de tanto caminar.

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Sep 28 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 1: Primeros pasos por Estambul

Lunes, 06/09/2010

Puntuales como un reloj suizo nos encontramos los 5 en la terminal 1 del aeropuerto del Prat, a escasas 2 horas de la salida de nuestro vuelo a Estambul. El ritual de cada viaje comenzaba de nuevo, y con una mezcla de nervios e ilusión y las mochilas limpias y cargadas, comenzamos a superar paso por paso todos los engorrosos trámites aeroportuarios: facturación de maletas, obtención de los billetes, controles de seguridad, meadita de rigor, y la eterna espera pre-embarque. La responsable de dejarnos 3 horas más tarde en el aeropuerto Sabiha Gökçen de Estambul iba a ser la compañía de low cost Vueling, con la que no había viajado previamente. La verdad es que todo funcionó de maravilla (al menos a la ida) y a las 4 de la mañana estábamos aterrizando en el aeropuerto turco, el segundo de la ciudad pero uno de los de mayor crecimiento de todo el mundo. Una vez en el moderno aeropuerto nos dirigimos a la cola donde se obtienen los visados, previo pago de 15 Euros. Con la pegatina ya en nuestro pasaporte nos sellaron la entrada al país y recogimos nuestras mochilas. Antes de plantearnos de que manera íbamos a llegar hasta Estambul a esas horas de la madrugada, fuimos a cambiar los Euros que llevábamos por Liras Turcas (a partir de ahora TL). Ya con la moneda local en el bolsillo, era hora de saber como transportarnos al casco antiguo de Estambul, Sultanahmet, donde se encontraba nuestro hotel. Nos constaba que había unos autobuses de la compañía Havas que hacían el trayecto hasta la zona europea de Estambul, desde donde tendríamos que coger un taxi hasta el otro lado del cuerno de oro, donde está Sultanahmet. No quisimos complicarnos la vida y al ser 5 personas decidimos preguntar el precio de un taxi. Nos pidieron 85 TL (poco más de 40 euros) que a repartir entre 5 no nos pareció para nada desorbitado, más teniendo en cuenta que este aeropuerto se encuentra a casi una hora de la ciudad ya que está situado en la parte asiática de ésta. Dejando el regateo para más adelante, nos apretamos como pudimos en el taxi y comenzamos el trayecto hacia Estambul. Lo de montarnos los 5 en un taxi iba a ser una tónica durante todo el viaje ya que la policía no pone pegas a los taxistas y a nosotros nos salía más que económico. Después de unos 50 minutos de trayecto y algunos minaretes, el taxista nos dejó en la puerta de nuestro hotel/albergue donde nos esperaba un somnoliento recepcionista que nos informó que nuestra habitación aún no estaba lista (!claro, eran las 5:30 de la mañana!). Hubiese estado genial haber podido disfrutar de ella unas horitas antes de ponernos a visitar la ciudad (sólo habíamos dormido 2 horas el que más) pero era de esperar lo que nos pasó, así que, de madrugada, nos pusimos a recorrer las desiertas calles de una ciudad que empezaba a despertarse. Para hacer un poco de tiempo, nos sentamos en la terraza de un puesto de kebabs donde hicimos un poco de estómago para afrontar el día con garantías. Entre kebabs y carísimos capuccinos (eran necesarios para despertarnos) hicimos bastante tiempo así que pusimos rumbo al Palacio de Topkapi, la que sería nuestra primera visita del día.

Antes de llegar pasamos obligatoriamente por delante de Santa Sofía y la Mezquita Azul, que nos dejaron entrever una belleza que descubriríamos al día siguiente. Llegamos de los primeros a Topkapi (9 – 19 h. – 20 TL) así que rápidamente compramos la entrada y atravesamos la imponente puerta que da acceso a uno de los patios del palacio. Residencia de varios sultanes del imperio otomano, este palacio tiene como principales atractivos su harén y el tesoro. El primero es previo pago de otras 15 TL, situación que nos pareció abusiva además de cara y que descartamos desde un principio pese a que es de lo más recomendado del palacio. Respecto al tesoro, es una magnífica exposición de joyas y objetos de valor tras unas vitrinas, entre las que destaca la maravillosa daga de Topkapi.

También son destacables las vistas sobre el Bósforo desde una de las terrazas del palacio, desde la que se puede apreciar el intenso tráfico de barcos y ferries en este mítico estrecho. Poca cosa más, alguna estancia bellamente decorada, los cuidados patios y algunas cosas curiosas como la “sala de la custodia sagrada” donde se expone un pelo de la barba de Mahoma o la huella de su pie sobre arcilla. La verdad es que Topkapi sin la visita al harén se nos quedó en poco, algo decepcionante quizá debido a que estábamos en estado “zombie” debido a las dos horas de sueño que apenas acumulábamos. Lo cierto es que en dos horas nos habíamos ventilado el palacio así que pusimos rumbo hacia el parque Gülhane, nuestro siguiente objetivo. Antiguo parque del palacio (se encuentra justo al lado) éste nos sirvió como lugar de improvisado descanso. Nos tumbamos en su césped y más de uno cayó rendido en los brazos de Morfeo.

El parque es de lo más normal salvo por la excelente tetería con vistas al Bósforo que tiene en uno de sus extremos. Un poco más descansados y acercándose la hora de comer, nos pusimos a buscar algún restaurante por Alemdar Cad, hasta que dimos con un pesado “cazaturistas” que nos arrastró hasta Efe Kebab, su restaurante. Allí probé mi primer plato turco, el Iskender kebab, ya detallado en la ficha del viaje. La verdad es que comer en Estambul no sale especialmente barato, o se va a bocadillo o dürüm a palo seco o te cuesta casi lo mismo que aquí. Tomamos nuestro primer çay (té turco) y nos dirigimos hacia el hotel, donde hicimos el check in además de una necesaria siesta de casi dos horas. A las 4 de la tarde estábamos de nuevo en la calle, más frescos y con ganas de seguir descubriendo la ciudad. La idea era ir a pasar la tarde a la parte asiática para, desde allí, ver la puesta de sol sobre Sultanahmet. Caminamos hasta la zona de Eminönü, puerto en el Cuerno de Oro desde donde salen la mayoría de ferries y cruceros, y lugar desde donde debíamos coger el transbordador a Uskudar, en la orilla asiática.

Compramos los jetones (monedas que se introducen en los tornos y sirven como billete simple de transporte) y nos montamos en el ferrie. En menos de 10 minutos estábamos en otro continente, ¡habíamos llegado a Asia! Durante el trayecto pudimos apreciar el perfil de la ciudad, minaretes en alto, que es sin duda uno de sus grandes atractivos. Llegados al muelle de Uskudar, giramos a la derecha y caminamos otros 10 minutos hasta llegar a la altura aproximada de la Torre de Leandro (Kiz Kulesi), antiguamente utilizada con fines defensivos y como peaje del Bósforo, y hoy en día convertida en un caro restaurante al que sólo se puede acceder en barca.

Justo en frente de esta torre situada en las aguas del Bósforo, hay una especie de grada de cemento con alfombras y cojines en el suelo desde el que se puede disfrutar de un magnífico atardecer sobre Sultanahmet y sus mezquitas, saboreando al mismo tiempo un ácido té de manzana. Eso mismo hicimos y, pese a que estaba el cielo un poco cubierto, pudimos disfrutar de un espectáculo único en el que el rojizo sol se abría paso entre los nubarrones con un telón de fondo único, realmente inmejorable. Entre pescadores con sus cañas y algún que otro turista, pasamos casi dos horas muertas simplemente admirando lo que teníamos ante nosotros.

Sin duda ésta es una de las actividades que nadie debería perderse al visitar la ciudad, ya que no hay arrepentimiento posible. Con la noche ya casi sobre nosotros nos dirigimos al bullicio de Uskudar, por los alrededores de Aga Camii (una de sus mezquitas), para buscar algún lugar barato donde cenar. Nos decantamos por comer un simple y económico dürüm en un sencillo puesto de kebabs de los muchos que por allí habían. Finalizada la cena cogimos de nuevo el ferrie rumbo a Eminönü desde el cual pudimos disfrutar de la iluminación nocturna de la ciudad desde el Bósforo.

Una vez en tierra, caminamos los 15 minutos que nos separaban de nuestro hotel, situado en la zona de Çemberlitas. Fue llegar y caer totalmente rendidos, pues después de dormir tan solo 4 horas a lo sumo, nos habíamos pateado intensamente una ciudad que apenas acabábamos de conocer, y ya nos estaba encantando.

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