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Ene 04 2011

TOSCANA ’10 – DÍA 2: Florencia. Contra la lluvia, museos (y algo más)

 

Miércoles 8/12/2010

Qué a gusto madruga uno cuando está de viaje. Es igual lo cansado que te vayas a la cama la noche anterior, que se duerman pocas horas o en un lugar algo incómodo, que al día siguiente siempre se está con energía renovadas y con ganas de comerse el destino. O al menos eso me pasa a mí. En nuestro primer despertar en Florencia, decidimos madrugar para poder aprovechar al máximo nuestro segundo día en la ciudad del arte.

Así que sobre las 8 y cuarto de la mañana ya estábamos en las húmedas calles florentinas buscando un lugar para desayunar. Como ya he comentado alguna vez, Florencia nos pareció  algo cara, así que el capricho de un buen café latte con croissants nos salió por un pico.

El día amenazaba lluvia, aunque los grises nubarrones de momento aguantaban el apretón. Lo primero que hicimos una vez desayunados fue dirigirnos hacia la Galería de la Academia, situada en la Via de Ricasoli 60, museo famoso por albergar probablemente una de las esculturas más conocidas de todo el mundo: el David de Miguel Ángel. Pagamos los 10 Euros de la entrada (5 para los menores de 25 años) y entramos para adentro con un objetivo en mente que no se hizo de rogar. Al fondo de la galería donde se exponen los esclavos inacabados de Miguel Ángel se alzaba, imponente, el David.

La verdad es que siempre lo había imaginado más pequeño, pero sus 4 metros de altura hacen que tengas que alzar la vista para contemplarlo por completo. La famosa escultura representa al rey bíblico David, momentos antes de enfrentarse al gigante Goliat con un gesto de serenidad y concentración imperturbable. Tan imperturbables como nos quedamos nosotros admirando semejante obra, tallada a golpe de cincel directamente sobre el mármol. Toda una genialidad con perfección en cada detalle.

Pero no solo del David vive la Galería de la Academia, así que seguimos explorando sus rincones en los que pudimos encontrar más esculturas, así como algunos cuadros y retablos renacentistas y hasta una curiosa colección de antiguos instrumentos musicales.

Muy cerquita de la Galería de la Academia se encuentra la plaza y la basílica de la Santissima Annunziata, así que no perdimos la oportunidad de acercarnos a echarles un vistazo. En la bonita plaza había instalado un mercado cuyas paradas vendían productos de facturación artesanal así como todo tipo de productos alimentarios típicos de la Toscana. Después de serpentear un poco entre las paradas, entramos en la basílica, dentro de la cual se estaba dando el sermón. Nos quedamos allí durante 5 minutos admirando en completo silencio el recargado y bello interior de la basílica antes de salir de nuevo por la puerta y poner rumbo hacia el mercado central, que por estar cerrado, no pudimos ver.

Atravesamos de nuevo la zona del mercado de San Lorenzo y las Capillas Mediceas (por cierto, 9 euros la entrada) hasta llegar hasta la iglesia de Santa María Novella que ya habíamos visto iluminada la noche anterior. Para nuestra sorpresa, también estaba cerrada (abría de 12 a 16:00) así que nos  hicimos unas fotos en el exterior y tiramos para el Ponte Vecchio.

Nos dirigimos, como ya habíamos hecho el día anterior, hacia el Palacio Pitti ya que queríamos hacer una visita a los Jardines de Boboli. La verdad es que los 10 euros de la entrada nos parecieron demasiados para poder visitar tan solo los jardines, un par de exposiciones de cerámica o porcelana, y no recuerdo bien que más. Puede que la entrada completa al palacio compense más, pero la verdad es que no teníamos ganas de ver más arte después de la Academia, más pensando que por la tarde íbamos a visitar la Galería de Uffizi. Quizá en esta valoración negativa también influyó que nada más atravesar la puerta y pagar la entrada, se nos puso a llover intensamente sin poder encontrar muchos rincones en los que refugiarnos ya que gran parte de la visita es en los jardines, por lo tanto a cielo abierto. Como punto positivo, las vistas de la ciudad que se pueden obtener si se sube hasta la parte más alta de los jardines. Y la verdad es que poco más, aunque también es cierto que empujados por la lluvia hicimos la visita un poco como correcaminos.

Como ya era hora de comer cuando acabamos con los jardines, entramos en un local cercano de pizzas al taglio, donde dimos cuenta de unas buenas pepperoni a resguardo de la lluvia. Por poco más de 4 Euros por persona comimos ese día… La lluvia no parecía que fuese a cesar al menos por unas horas así que decidimos ir a hacer la siesta al hotel para ver si con un poco de suerte al despertarnos había escampado un poco.

La lluvia había remitido, pero nada de escampar cuando salimos del hotel. El objetivo de la tarde y de las pocas horas que quedaban de luz era el de subir hasta Piazzale Miquelángelo para admirar las que son, probablemente, las mejores vistas de toda Florencia. Esta plaza o mirador se encuentra en una de las colinas que, al otro lado del Arno, rodean la ciudad. Para acceder a ella nosotros optamos por coger el autobús número 13 en la misma estación de Santa María Novella, aunque si se quiere caminar un poco, también se puede llegar a pie. Después de unos 20 minutos de trayecto, el autobús nos dejó bajo la lluvia y la presencia de una nueva réplica (ahora en bronce) del David de Miguel Ángel, en el mejor balcón a la ciudad de Florencia. Desgraciadamente, el día no acompañaba para nada y las vistas se vieron enturbiadas por una especie de neblina causada por la lluvia que impidió que las fotografías tomadas quedaran lo nítidas y bellas que merece el lugar. La lluvia comenzaba de nuevo a ir in crescendo así que lejos de ir a visitar, como teníamos previsto, la cercana iglesia de San Miniato al Monte, cogimos de nuevo el primer número 13 que pasó con dirección al centro de Florencia. Afortunadamente podríamos descubrir la iglesia y repetir vistas al día siguiente.

De nuevo en el centro de la ciudad, pusimos rumbo por unas calles ya iluminadas hacia la Galería Uffizi donde, además de ver algunas obras de arte del Renacimiento, lograríamos huir durante un rato de la cansina lluvia.

Ubicado en lo que fueron las antiguas oficinas de la familia Médicis y muy cerquita del río Arno y el Ponte Vecchio, este museo alberga la colección artística de la familia con obras de tanto renombre como el Nacimiento de Venus de Boticceli, lo cual le ha convertido en una de las principales atracciones de Florencia. Accedimos por uno de los costados del edificio en forma de U tras pagar los 10 euros de la entrada, siempre reducidos a la mitad para los menores de 25 años. La verdad es que pese a las advertencias sobre formaciones de cola para entrar, nosotros no tuvimos que esperar ni un minuto, y eso que estaba lloviendo. Supongo que el que quedara apenas 2 horas para el cierre nos favoreció en ese aspecto. Fuimos atravesando las diferentes salas del museo en las que había expuesto arte renacentista y obras pictóricas de tanto renombre como el – ya mencionado – Nacimiento de Venus, La Anunciación de Leonardo da Vinci, La Sagrada Familia de Miguel Ángel o la Alegoría de la primavera, también de Boticceli. Pese a que nuestra guía recomendaba de 3 a 4 horas para hacer la visita, nosotros nos pusimos las pilas (tampoco somos unos GRANDES apasionados del arte) y nos la ventilamos en poco más de hora y media.

De nuevo en la calle, estuvimos paseando un poco por el centro aprovechando que ya había escampado. Por una de las calles que desemboca en Piazza Signoria nos topamos con una especie de celebración en la que gente vestida de época y tocando los tambores desfilaba portando estandartes con la flor de Lis, auténtico símbolo de la ciudad. A día de hoy no sabemos a que se debía la celebración, pero la verdad es que fue una nota interesante durante aquel paseo nocturno por el centro de la ciudad.

Del resto del día poco más remarcable. Cenamos en un fast food para consuelo de nuestro bolsillo y por fin pudimos ver iluminado el gran árbol de Navidad de la plaza del Duomo, por la que estuvimos paseando hasta el momento en que decidimos irnos a nuestro hotel a descansar y prepararnos para un día, el siguiente, en el que tocaba excursión: San Gimignano nos esperaba.

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Dic 23 2010

TOSCANA ’10 – DÍA 1: Florencia, esencia renacentista

 

Martes 7/12/2010

Pese a que las previsiones meteorológicas no eran muy halagüeñas, albergaba esperanzas de que al aterrizar en el aeropuerto Galileo Galileo de Pisa, el sol se dejara ver un poco por la Toscana. Muy al contrario, descendimos del avión de Ryanair en un día encapotado a más no poder, un día “feo” como se le suele llamar. Al menos no estaba lloviendo, así que nos dimos por satisfechos antes de adentrarnos en el principal aeropuerto de la región, que por cierto tiene un tamaño muy acogedor.

Al no llevar maletas facturadas nos dirigimos directamente al punto de información para ver de que manera podíamos llegar a Florencia. En un primer momento optamos por la opción más económica, el tren (5,80 euros), pero tras pelearnos con la máquina expendedora de billetes que se me quedó con 10 eurazos (simplemente te da un resguardo posteriormente descambiable en cualquier estación), decidimos tirar por la vía rápida y pagar los 10 euros que costaba el bus shuttle de Ryanair (Terravision), que en poco más de una hora nos dejó justo al lado de la estación de trenes de Santa María Novella.

Una vez en Florencia, tocaba buscar nuestro hotel para así dejar de carretear con las ruidosas trolleys por toda la ciudad. Después de echarle un vistazo rápido a la parte trasera de la Iglesia de Santa María Novella, nos adentramos por la concurrida Via dei Carretani  hasta dar con el Tourist House Duomo, a escasos dos minutos de la catedral florentina.

Hicimos el check in rápidamente y tras acomodarnos en una habitación mejor de lo que esperábamos, salimos a hacer la calle. Nada más salir del portal ya se podía apreciar en parte la gran cúpula de Brunelleschi y la marmórea fachada del baptisterio y la catedral; y es que el hotel estaba situado en una ubicación más que envidiable.

Florencia es una ciudad de cuna y acogida de grandes artistas renacentistas: Miguel Ángel, Brunelleschi, Ghiberti, Rafael, Giotto, Leonardo da Vinci… Todos ellos, y muchos más que me dejo en el tintero, dejaron su huella por mínima que fuera en la ciudad. Gran parte de la “culpa” hay que atribuírsela a las labores de mecenazgo de la familia Medici, que ostentaba el poder de la ciudad en la época del quattrocento y el cinquecento. Y qué mejor manera de comenzar a visitar una ciudad con tales antecedentes que por uno de sus símbolos más característicos: la Basílica de Santa María de Fiore, o simplemente, il Duomo.

Tras un exterior realmente espectacular, con esa fachada de mármoles blancos y verdes que cuida cada detalle, se esconde un interior bastante austero y vacío (cúpula a parte) que puede llegar a decepcionar. A lo mejor por eso es la única entrada gratuita de todo el conjunto ya que tanto como para subir a la cúpula o el campanille como para entrar al baptisterio, hay que pasar por taquilla.

No me importó mucho abonar los 8 euros que costaba la entrada para acender a la cúpula: sabía que iba a ver algo grande. Tras unas odiosas aglomeraciones por las estrechas escaleras de acceso (por cierto, ¡cuánto turista español hay en Florencia!) alcancé el piso desde el que se puede admirar la magnífica obra de Brunelleschi. Después de dejarme el cuello mirando hacia arriba para admirar los frescos con escenas bíblicas, acabé de ascender el tramo que faltaba para subir al exterior de la cúpula y admirar las geniales vistas de 360º de toda Florencia, desde la que se podían reconocer puntos de la ciudad tales como el Palazzo Vecchio, la Iglesia de Santa Croce o la Piazza della Republica. Unas geniales vistas tan solo enturbiadas por el encapotado cielo, que le daba un aire triste a la panorámica. Cuando le dí la vuelta completa a la cúpula, aguardé mi turno para iniciar el descenso por las abarrotadas escalerillas para una vez a pie de catedral, reencontrarme con Laura.

Desde lo alto de la cúpula había visto una calle repleta de paradas a ambos lados, así que decidimos ir para allí para ver de que se trataba, no sin antes detenernos ante las famosísimas “puertas del paraíso”, las puertas del baptisterio con los famosos bajorrelieves en bronce de Ghiberti, obra que no falta en ninguna asignatura de historia del arte, como tantas otras en Florencia. Resultó ser que las paradas que había visto desde arriba era el mercado de San Lorenzo, que se extiende por los alrededores del Mercado Central con oferta de todo tipo de productos con especial presencia del cuero. Estuvimos caminando un rato por las proximidades, por una zona en la que se encuentran algunos atractivos para el turista como las Capillas Mediceas o la Iglesia de San Lorenzo, que le da nombre al mercado.

Se aproximaba la hora de comer así que buscamos la trattoria Mario, justo al lado del Mercado Central, ya que nos habían recomendado el lugar. Al llegar a la puerta vimos cola para entrar y al preguntar nos dijeron  que debíamos esperar más de media hora. El hambre apremiaba, así que decidimos jugárnosla a ojo de buen cubero y elegir una trattoria que nos diese buena espina para comer. La verdad es que no pudimos elegir mejor, ya que en la via Faenza, también muy cerca del Mercado Central, encontramos la trattoria “Antichi Cancelli”, que desde aquí recomiendo a todo aquel que pise Florencia. Entramos atraídos por su menú a 15 euros (bien de precio para Florencia) y por el aspecto de su puerta de entrada, que nos pareció la de una típica trattoria italiana. Luego lo más importante, la comida, estaba de fábula: tanto la lasaña de Laura como mis macarrones de la casa estaban para chuparse los dedos. De segundo, un poco de lomo de cerdo con salsa de “pomodoro”, y todo regado por un vino que por muy de la casa que fuese, seguro que era toscano. Salimos más que satisfechos y con el estómago lleno de “Antichi Cancelli”, así que tocaba caminar un poco para comenzar a reducir calorías.

Nos dirigimos rumbo hacia el río Arno, famoso por ser el curso fluvial sobre el que se levanta el conocido Ponte Vecchio florentino. De camino pasamos de nuevo por la plaza del Duomo, maravillándonos una vez ante el imponente conjunto de catedral+baptisterio+campanille. Antes de llegar a la zona del río, fuimos callejeando por las adoquinadas calles, tímidamente decoradas con motivos navideños, por las que fuimos descubriendo algunos de los rincones más significativos de Florencia. El primero de ellos fue la Piazza della Repubblica, una de las más famosas plazas de la ciudad, por la que pasamos de largo para toparnos con la incrustada iglesia de Orsanimichele.

Sin mucha demora nos encaminamos hacia la cercana casa de Dante Alighieri, por mera curiosidad por conocer donde vivió el poeta autor de la Divina Comedia, ya que no teníamos intención de hacer la visita. El edificio, de aire medieval, cuenta  siempre con la presencia de un curioso personaje, medio disfrazado de Dante, que se jacta de saberse la obra de Alighieri al completo y de memoria.

Muy cerca de allí se encuentra la Piazza della Signoria, probablemente la plaza más conocida de la ciudad y, sin lugar a dudas, la más bella. Todo un goce para la vista. En ella se puede encontrar el medieval Palazzo Vecchio, del siglo XIV, con la famosa Torre de Arnolfo, o la réplica del David de Miguel Ángel, entre otras muchas cosas. Cosas como el Corredor de la Señoría, con sus fantásticas estatuas, entre ellas la de Perseo arrancándole la cabeza a Medusa. O la fabulosa fuente de Neptuno, cuya fotografía me ha servido como cabecera para esta escapada. O los edificios que rodean la plaza. O…

Faltan adjetivos para describirla así que lo resumiré afirmando que debe de ser uno de los lugares donde más ataque el Síndrome de Stendhal, también denominado Síndrome de Florencia por rincones tan bellos como esta plaza.

Gracias a que los precios de los cafés en Piazza della Signoria eran proporcionales a su belleza, decidimos seguir nuestra marcha sin poder sentarnos a disfrutar durante un rato allí sentados. Continuamos nuestro camino hacia el ya muy próximo río Arno, atravesando por el medio la Galería Uffizzi, que descubriríamos al día siguiente.

Por fin llegamos a ver las marrones aguas del Arno, que en aquel tramo de río fluían por debajo del pintoresco Ponte Vecchio. Si una imagen nos recuerda a Florencia, probablemente sea la de este viejo puente de piedra con sus características tiendas construidas en sus costados. Tiendas que inicialmente eran carnicerías y que acabaron convirtiéndose en su mayoría en joyerías, dicen que por el molesto olor que desprendían las primeras, que molestaba a quien regentaba el poder por aquel entonces, Cosme I de Médicis. Después de fotografiarlo como es debido, atravesamos el puente para llegar al otro lado de la ciudad.

Seguimos caminando hasta el Palacio Pitti en lo que iba a ser nuestra última visita del día, pero al ir a mirar los horarios nos dimos cuenta de que cerraba a las 16:30. Nos habíamos pasado de hora. Deshicimos todo el camino hecho durante la tarde y nos fuimos a descansar un rato al hotel, pues comenzaba a llover y se estaba poniendo ya oscuro. Por el camino constatamos que la ciudad está repleta de galerías de arte por todas partes y es que, al fin y al cabo, de casta le viene al galgo. Llegados al hotel, nos echamos un rato a descansar y reponer fuerzas para salir, un poco más tarde, a descubrir una Florencia  bajo la luz de la luna y las luces navideñas.

Cuando salimos del hotel ya era noche cerrada, pese a que apenas pasaba de las 7 de la tarde. Fuimos en primer lugar a ver la fachada de la iglesia de Santa María Novella, muy cercana al hotel, para posteriormente hacer casi el mismo recorrido que por la tarde, pero con el encanto de la noche florentina.

Cenamos una deliciosa pizza al taglio sentados en pleno Ponte Vecchio y regresamos hacia el hotel para de esta manera dar por concluido nuestro primer e intenso día por Florencia. Al día siguiente tocaba rematar la faena y acabar de visitar la ciudad.

 

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