Domingo 12/09/2010
Nos empezamos a poner en marcha en nuestro séptimo día de viaje sobre las siete y media de la mañana, cuando el sol aún estaba quitándose las legañas. Tocaba madrugar un poco ya que teníamos previsto visitar un lugar que se salía un poco del tono general de Capadocia y por ese motivo quedaba un poco alejado del meollo: el fantástico Valle de Ihlara. Antes de ello, dimos cuenta de un variado desayuno para así coger fuerzas ante una jornada que se presentaba dura para nuestras piernas. No eran aún las 9 de la mañana y ya estábamos todos metidos en el coche preparados para recorrer los escasos 100 kilómetros que nos separaban del mencionado valle. Al volante un servidor, como de costumbre, aunque debo reconocer que me encanta conducir por otros países e ir disfrutando del paisaje, siempre que el trayecto no se haga eterno. Pusimos dirección a Nevsehir, la población más grande de Capadocia, para coger un desvío que nos llevó hacia el sur, atravesando pueblos como Derinkuyu o Kaymakli (famosos por albergar ciudades subterráneas que ese mismo día descubriríamos) y un paisaje tan monótono como árido que no hacía presagiar la exuberancia y verdor que nos encontraríamos dentro del Valle de Ihlara.
En poco más de una hora ya estábamos entrando en el pueblo de Ihlara, que le da nombre al valle y a su vez está situado en una pronunciada depresión del terreno. Pasado el pueblo y siguiendo los carteles marrones que en Turquía indican los lugares turísticos, dimos sin problemas con el aparcamiento del valle. El Valle de Ihlara tiene cuatro accesos diferentes, siendo el del Complejo Turístico del Valle de Ihlara, el que nosotros elegimos, el más frecuentado. Pagamos las 5 TL de la entrada y lo primero que hicimos fue acercarnos a un mirador desde el que se podía apreciar la inmensidad del valle, así como la gran franja verde de vegetación que crece en su interior gracias al paso del río que lo atraviesa.
La excursión al Valle de Ihlara se puede plantear de maneras diferentes. Desde atravesar el valle entero de punta a punta (lo que puede llevar un día entero), hasta recorrer tan solo un tramo, que es lo que hicimos nosotros. Otra opción es llegar hasta la mitad del recorrido, hasta Belisirma, donde se encuentra una de las salidas, así como lugares para comer. Sin tener muy claro que es lo que íbamos a hacer, descendimos los más de 300 escalones que te llevan a lo más profundo del valle adentrándonos en un paraje más propio de los Pirineos que de Capadocia. Un pequeño río cruzaba por el medio del valle dejando a ambos lados los senderos turísticos y las altas y empinadas paredes del cañón.
La idea era tirar dirección a Belisirma, pero primero fuimos un poco en dirección contraria en busca de una de las iglesias excavadas en las paredes del cañón. Caminamos unos diez minutos siguiendo el cauce del río hasta que encontramos la señalización que nos llevó, después de subir un poco por las paredes del valle, hasta la Iglesia del Jacinto (Sümbüllü Kilise). De las iglesias del Valle de Ihlara sorprende bastante más su increíble y curiosa ubicación que el estado de conservación de las mismas, más aún después de haber visitado un día antes la impresionante Iglesia Oscura del Museo al Aire Libre de Göreme.
En ese punto de nuestra caminata nos dimos cuenta de que se nos echaba la mañana encima, así que decidimos volver a cambiar de sentido y empezar a caminar, ahora sí, en dirección a Belisirma por el tramo donde se acumula el mayor número de iglesias. Con el sonido del fluir del agua a nuestro lado y la sombra que nos daba la vegetación, el paseo que dimos fue de lo más agradable, más aún cuando intercalábamos la visita a alguna que otra iglesia durante el recorrido. Cuando llevábamos un rato caminando y estábamos a medio camino (aproximadamente) de Belisirma, nos encontramos con un curioso chiringuito a pie de río donde servían refrescos y elaboraban gözlemes para saciar la sed y hambre de los turistas. Un lugar aquel maravilloso, donde te podías sentar a tomar algo en un entorno fantástico y aprovechar para descansar las piernas. Decidimos tirar un poco más adelante y dar la vuelta pronto, ya que queríamos ir a visitar por la tarde la ciudad subterránea de Derinkuyu. De esta manera caminamos un poco más y paramos a meter los pies en la helada agua del río, antes de emprender el camino de vuelta. Cuando pasamos de nuevo por el chiringuito no pudimos evitar la tentación de picar algo – ya era casi la hora de comer – así que nos sentamos y nos comimos unos gözleme todo lo tranquilamente que pudimos debido al gran número de avispas que había acosándonos.
En aproximadamente una hora recorrimos el camino de vuelta hasta llegar al pie de las interminables escaleras, que subimos para acceder al parking. Nos montamos de nuevo en el coche y pusimos rumbo a Derinkuyu, la ciudad subterránea que habíamos elegido para visitar.
Derinkuyu es una población a unos 35 kilómetros de Göreme que alberga una de las dos ciudades subterráneas más grandes y famosas de Capadocia, al menos de las descubiertas hasta el momento. Estas ciudades, creadas a base de túneles bajo tierra, nacieron en los siglos VI y VII como lugar de refugio por parte de los cristianos de las invasiones persas y árabes. Hay descubiertas un total de 37 ciudades del estilo, pero la de Derinkuyu con cerca de 10.000 habitantes es la más grande. Por este motivo, y porque quizá está un poco menos masificada que su vecina Kaymakli (a tan solo 10 kilómetros), elegimos Derinkuyu.
Llegados al pueblo tan solo tuvimos que seguir las señales marrones que nos llevaron hasta la entrada de la ciudad subterránea. Dejamos el coche bien aparcado y pasamos por taquilla (15 TL) antes de adentrarnos por las escaleras hasta los oscuros y claustrofóbicos pasadizos. Comenzamos a explorar las distintas estancias (dormitorios, despensas…) y a descender pisos – tiene hasta siete bajo tierra – por unos corredores en los que había que ir casi en cuclillas. La verdad es que impresiona el pensar que sus habitantes se pudieran pasar hasta meses ahí abajo, en un ambiente oscuro y húmedo en el que yo a lo sumo aguantaría un puñado de horas. Debo advertir que si se tiene un mínimo atisbo de claustrofobia, no se debería hacer la visita porque la sensación laberíntica y de falta de espacio en ocasiones es grande. Seguimos las señales hasta llegar a un punto en el que ya no pudimos descender más y en el que pudimos comprobar la profundidad a la que estábamos por un respiradero desde el que se podía ver, a lo lejos, la añorada luz del exterior.
Para nuestra fortuna no nos encontramos muchos turistas durante la visita ya que toparte con aglomeraciones como las del museo al aire libre de Göreme hubiera podido ser bastante angustioso. Como curiosidades apuntar que las familias más pudientes eran las que situaban en los pisos superiores (como en el Titanic) y que para taponar las estancias ante posibles intrusiones se utilizaban grandes piedras rodantes (alguna pudimos ver), al más puro estilo Indiana Jones. Nuestra visita duró poco más de media hora, en parte porque ya teníamos ganas de salir al exterior ya que había momentos ahí debajo en que faltaba un poco el aire. Derinkuyu ha sido una de las cosas más curiosas y sorprendentes que he visto en mi vida – sobretodo al hacer un esfuerzo de imaginación sobre como podía vivir la gente ahí – pero debo reconocer que al salir al exterior sentí un cierto alivio por haber dejado atrás un lugar que me produjo una cierta sensación de opresión y claustrofobia. Al salir del húmedo y fresco interior al exterior, nos abofeteó un golpe de calor que nos hizo buscar un lugar en el mismo pueblo donde poder tomar un refresco.
Emprendimos el camino de regreso hacia el núcleo central de Capadocia y pasamos de nuevo por Nevsehir, cuya parte antigua se nos mostró bastante sugerente con su castillo dominando la colina por donde se extiende la parte vieja de la población. No disponíamos de mucho tiempo, así que pasamos de largo para acabar llegando a Uçhisar, población en la que acabaríamos de pasar la tarde.
El mayor atractivo de Uçhisar lo podemos encontramos en su castillo o fortaleza, visible desde casi cualquier punto de Capadocia y que a su misma vez ofrece unas increíbles vistas (probablemente las mejores) de la región. En cuanto al pueblo en sí, es bastante parecido a cualquier otra población de la Capadocia, con un ambiente tranquilo y sosegado. Dejamos el coche en una plaza que creímos que sería más o menos el centro de la población, siempre orientándonos por la inmensa mole de roca en la que se excavó el castillo de Uçhisar. Nos dirigimos hasta la fortaleza, delante de la cual había un montón de paradas de souvenirs y también algunas de un improvisado mercado, donde se vendía cualquier tipo de fruto seco. La imagen de la fortaleza de Uçhisar es de aquellas que sorprenden por lo irreal que parece: un enorme peñón coronando el pueblo y totalmente perforado por túneles hasta convertirlo en una singular fortaleza.
Accedimos a su interior previo pago de 3 TL y comenzamos a subir por su ladera hasta la cumbre, coronada por la omnipresente bandera turca. Una vez arriba, cualquier esfuerzo queda compensado con unas vistas de 360 º que abarcan gran parte de la región y desde la que se pueden distinguir zonas concretas como el Valle Rosa, el Valle Rojo, el Valle de las palomas, o la población de Göreme. Unas vistas increíbles que si vienen complementadas con un atardecer pueden convertir la experiencia en una de las mejores. Nosotros subimos demasiado temprano como para ver la puesta de sol, pero si que pudimos disfrutar de una luz cálida producida por los últimos y débiles rayos de sol del día. Sin lugar a dudas, si se está por Capadocia hay que sacar algo de tiempo para subir allí arriba.
Una vez descendimos el peñón, decidimos dar un paseo por las callejuelas para acabar de rematar la tarde. Durante el paseo vimos un establecimiento que tenía una terraza increíble para tomar algo. Sin dudarlo, fuimos para allá y nos sentamos entre cojines y alfombras saboreando un buen té y disfrutando de unas vistas que tardaríamos tiempo en olvidar bajo el sereno canto del muecín, que a esas horas llamaba a rezo a sus fieles.
Se nos había hecho ya de noche así que nos despedimos de Uçhisar y su castillo y cubrimos los escasos 5 minutos que nos separaban de Göreme y nuestro hotel. Para no perder la costumbre nos dimos una buena ducha antes de cenar y salimos a ver que encontrábamos. Nos decantamos esa noche por la terraza del Mercan Restaurant, en la avenida principal, donde cenamos pide (pizza turca) con el mágico paisaje de fondo de una Göreme con gran parte de sus formaciones rocosas iluminadas.
Acabada la cena, decidimos ir al Flinstones Cave Bar, todo un clásico en Göreme, que es nada menos que un PUB excavado en la roca y ambientado en la famosa serie de dibujos “Los Picapiedra“, muy acertado sí señor… En ese garito estuvimos disfrutando de unas buenas Efes Pilsen y brindando por el viaje, pero sobretodo brindando por un lugar, la Capadocia, que nos había enamorado a todos y que desgraciadamente íbamos a abandonar al día siguiente. Y es que era nuestra última noche en ese – realmente mágico – rincón del mundo y eso nos entristecía; pero el viaje, ya en su ecuador, debía continuar.


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