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Nov 30 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 15 (Y ÚLTIMO): Hasta la próxima Turquía!

 

 

Lunes 20/09/2010

Y como quien no quiere la cosa… ya estábamos iniciando nuestro último día de viaje. Esa misma tarde tomaríamos un vuelo interno hacia Estambul, donde permaneceríamos en su aeropuerto hasta la hora en que otro vuelo nos devolvería a Barcelona.

Después de un modesto desayuno en nuestro hotel y de hacer el check out, salimos a acabar de disfrutar la ciudad en una mañana soleada. No nos planteamos ningún recorrido ni ninguna visita a realizar, simplemente nos dispusimos a caminar por las calles sin rumbo alguno y a aprovechar para comprar los últimos recuerdos que habían quedado pendientes.

Comenzamos caminando por el remodelado paseo marítimo, el Kordon, que a esas horas de la mañana se presentaba bastante solitario, tranquilidad tan solo perturbada por los bares y restaurantes de los aledaños, que comenzaban a montar sus terrazas. A parte de los pintorescos barcos de pescadores, por el paseo nos fuimos encontrando con varias figuras de vacas que lo decoraban. Un tema bastante curioso que aún a día de hoy no acabamos de entender; puede que se tratara simplemente de una exposición temporal, pero la ciudad tenía vacas por todas partes y de todas las formas y colores.

Anécdotas a parte, regresamos (ahora por el interior de la ciudad) hacia la zona del bazar. Atravesamos una de las plazas principales de Izmir, Cumhuriyet Meydani, antes de adentrarnos de nuevo en unas callejuelas que estaban menos bulliciosas que el día anterior. Nos perdimos por el entramado de calles visitando de vez en cuando alguna que otra tienda donde nos hicimos con algunos recuerdos que no eran el famoso ojo turco, souvenir que ya habíamos adquirido en el Gran Bazar de Estambul.

Jose y yo nos decantamos por comprar unos juegos de Backgammon, ya que vimos que era bastante típico entre los lugareños y sentíamos curiosidad sobre como se jugaría, pese a ser un juego muy extendido desde hace tiempo en occidente. La verdad es que fue de lo poco que compré pues no me gusta ir muy cargado de recuerdos en los viajes; con las fotografías y un imán de nevera tengo más que suficiente a no ser que algo me llame realmente la atención. Y el backgammon lo hizo.

La mañana fue transcurriendo lentamente entre paseos y paraditas para tomar algo hasta que se nos vino encima la hora de comer. Fuimos a lo barato, y comimos un kebab sentados en un puesto callejero antes de regresar al hotel para recoger las mochilas. Era el momento de ir tirando para el aeropuerto y para ello teníamos pensado ir en taxi.

Después de preguntar algunos precios, nos acabamos montando con un taxista que se ofreció a llevarnos por unas 30 TL, si no recuerdo mal. Apretados y con mucho calor metidos los 5 en el taxi, cubrimos la media hora aproximada que nos separaba del aeropuerto.

A partir de ese momento lo de siempre: rutina aeroportuaria. Volamos hasta el aeropuerto de Estambul con la compañía Pegasus – la low cost turca – y la verdad es que todo funcionó a la perfección en un vuelo que apenas llegó a la hora de duración. Una vez en el Sabiha Gokcen de Estambul nos tocaba tener paciencia: eran apenas las 8 de la tarde y nuestro vuelo de regreso no salía hasta las 5 de la mañana. De nuevo tocaba pasar la noche en el aeropuerto… Tumbados en unas butacas de plástico nos fuimos despidiendo de un viaje que tocaba a su fin después de recorrer durante 15 días uno de los países más interesantes que se pueda visitar.

 

 

Para futuras visitas quedará el este del país, la costa del Mar Negro, la zona del Mediterráneo meridional con la ruta lycia, o el increíble Nemrut Dagi, cuya visita tengo clavada como una espina. Por este motivo no le dijimos adiós al país. No, porque a poco que pueda intentaré volver para que me acabe de enseñar todos sus encantos. Por eso digo que no es un adiós sinó un… HASTA LA PRÓXIMA, TURQUÍA!

 
Güle güle!!!

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Nov 24 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 14: La última parada: Izmir

 

Domingo 19/09/2010

Sobre las 8 de la mañana nos despertamos en nuestro penúltimo día de viaje en aquella habitación de Pamukkale. Tocaba hacer de nuevo las mochilas y volver a desplazarse, pues esa misma mañana debíamos devolver nuestro coche de alquiler en una oficina de la costera Izmir. Algo más de tres horas de trayecto era lo que nos separaba de allí, así que nos pusimos en marcha tras desayunar y hacer el check out en el Dort Mevsim Hotel.

Con la ayuda de nuestro imprescindible mapa de carreteras turcas, conseguimos llegar a las afueras de la antigua Esmirna sin muchas dificultades. En este trayecto pasamos por el desvío que conduce a las ruinas de Afrodisias, una de las mejores de la costa del Egeo, pero al tener la obligación de llegar a Izmir esa misma mañana decidimos descartar su visita. Llegados a las afueras de Izmir, en las que los suburbios se extienden largamente por las colinas de los alrededores, tuvimos el problema de no encontrar la salida de la carretera que nos condujese al centro de la ciudad. O no estaba indicado o no supimos ver el cartel así que nos perdimos irremediablemente por los alrededores de una de las ciudades más grandes de Turquía. Decidimos entonces conducir en dirección al mar y comenzar a circular por la costa hasta dar con el centro de la ciudad. La idea funcionó así que, sin dar muchas vueltas para lo perdidos que estábamos, logramos finalmente encontrar la oficina de Europcar donde debíamos retornar el coche que nos había acompañado los últimos 6 días.

Una vez nos deshicimos del coche – que ya había ganas -, decidimos comer en un fast food que había justo al lado de la oficina, pues con la tontería ya había pasado toda una mañana.

Nos tocaba buscar alojamiento pues nuestra última noche en Izmir era una de las dos por Turquía en la que no teníamos reservado nada. Le habíamos preguntado al chico que nos atendió en la devolución del coche por un alojamiento bueno, bonito, y barato, pero las opciones que nos dio no nos convencieron en absoluto por caras. De esta manera decidimos cargarnos nuestras mochilas a las espaldas y comenzar a buscar por los alrededores. Los tres primeros en los que preguntamos se nos salían de presupuesto, y es que parece que Izmir es bastante cara en lo que alojamiento se refiere. Fue en el cuarto en el que nos quedamos, un hotel que no tenía muy buen aspecto pero que se ajustaba más a nuestras restricciones presupuestarias. Aún así nos pareció caro para lo cutre que era, ya que nos cobraron 200 TL para dos habitaciones. Más caro nos pareció si cabe cuando vimos la moqueta del pasillo donde se encontraban nuestras habitaciones, que tenía manchas ancestrales y aspecto de que no se había cambiado ni limpiado desde que se inauguró el hotel, que ya tenía unos añitos por lo ajadas que parecían las instalaciones. En cualquier caso, en peores hoteles hemos dormido así que hicimos de tripas corazón y nos instalamos en nuestras habitaciones.

Había llegado el momento de comenzar a visitar la ciudad, a empezar a descubrir unos encantos hasta el momento desconocidos para nosotros. Izmir es una ciudad bastante grande – la tercera más poblada de toda Turquía con más de 2,5 millones de habitantes – que a primera vista puede parecer poco llamativa en lo que a atractivos turísticos se refiere. En una urbe que refleja a la perfección el binomio modernidad – tradición que se da por todo el país, era nuestro objetivo que el lugar no nos dejara indiferentes. Con esta misión entre ceja y ceja propusimos el bazar como la primera visita a realizar.

No nos cogía muy lejos del hotel así que fuimos para allí callejeando y recopilando nuestras primeras sensaciones en la ciudad. En un punto indeterminado comenzamos a notar como comenzaba a darse un poco de bullicio y las paradas empezaban a sucederse por los costados de la calle; estábamos adentrándonos en el bazar. Y es que el Kemeralti Bazar se desarrolla en gran parte por las mismas calles de esa zona de la ciudad, unas calles por donde costaba avanzar de lo repletas que estaban y por las que fuimos caminando a la sombra de las lonas de tela colgadas para proteger del sol. Quien espere encontrar en este bazar algo parecido al Gran Bazar de Estambul, se llevará una gran decepción. El de Izmir es un bazar más destinado a los propios turcos, donde se venden objetos útiles para la vida cotidiana como utensilios de cocina, ropa, relojes, aparatos electrónicos…nada que a priori pueda interesar a alguien venido de fuera. Desde este punto de vista puede parecer menos interesante su visita, pero si el objetivo de ésta es el de observar y aprender un poco sobre como se desarrolla parte de la cultura turca, un paseo por el bazar no decepcionará. Eso sí, hay que ir preparado para rechazar multitud de ofrecimientos para la compra de todo tipo de productos al paso por las diferentes paradas.

Cuando ya habíamos recorrido en gran medida el bazar, decidimos parar a hacer un çay en una tetería ubicada en el mismo. En unas mesitas plantadas en medio de una callejuela estuvimos disfrutando de uno de los placeres – al menos para mí – de visitar Turquía: descansar tomando un té en las acogedoras teterías.

La tarde comenzaba a echarse encima, así que decidimos ir hasta el paseo marítimo para contemplar la puesta de sol, actividad recomendada por nuestra guía. La verdad es que la recomendación estuvo de lo más acertada y pudimos disfrutar de otra gran puesta de sol, toda una tónica durante el viaje. Por el paseo marítimo estuvimos paseando un rato hasta llegar a la altura de Konak Meydani, la plaza más famosa de la ciudad donde se encuentra su conocida Torre del Reloj.

Este reloj (Saat kulesi) es lo que el Big Ben a Londres: el icono más representativo de la ciudad. Lo había visto anteriormente en alguna foto, y la verdad es que su reducido tamaño visto in situ me sorprendió; lo esperaba más grande. Aún así hay que decir que la plaza donde se ubica,  junto a una mezquita y varias palmeras, es un lugar encantador. Nos quedamos con ese rincón de Izmir, que nos supo dar el encanto y el atractivo que le estábamos buscando a la ciudad. Estuvimos tomando varias fotografías en la plaza antes de comenzar a buscar un sitio donde cenar por los alrededores.

La búsqueda tenía una premisa, poder ver el partido que jugaba el Barça aquella noche. Misión harto difícil, ya que aquella noche se jugaba el derbi de Estambul entre Besiktas y Fenerbahçe, y todas las televisiones sintonizaban lo mismo. Finalmente, preguntamos en un restaurante que nos dijo que lo pondría, y así lo hizo. No se si esa noche perdió clientela ya que la mayoría de gente que venía y veía que no daban fútbol turco, cogía y se daba media vuelta. Poco nos importaba a nosotros, que disfrutamos de una excelente cena mientras pudimos vibrar con la victoria de nuestro equipo.

Acabados de cenar pusimos rumbo al hotel, donde nos recluimos ya hasta la mañana siguiente. Una mañana que sería la de nuestro último día de viaje, la mañana en que nos despediríamos de Izmir para poner rumbo al aeropuerto. Se acercaba la hora de las despedidas.

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Nov 03 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 9: Kusadasi: Primera parada en el mar Egeo

 

Martes 14/09/2010

Una vez llegados a la otogar de Izmir,  recogimos nuestro equipaje del autobús y nos adentramos en el caos de la estación de autocares buscando un lugar donde poder desayunar algo. Mientras cargábamos fuerzas, planteamos un poco la manera de llegar hasta el centro de Izmir, desde donde debíamos recoger esa misma mañana nuestro segundo coche de alquiler. Una vez al volante de éste, pondríamos rumbo hacia Kusadasi, la que sería nuestra base de operaciones en los 3 primeros días por la costa Egea.

Finalmente decidimos coger de nuevo un taxi, la forma más rápida de llegar al centro desde la alejada otogar. Nos salió a unas 25 TL – a repartir entre 5 – que el taxista nos dejara justo en frente de la oficina de alquiler. Realizamos la gestión de recogida del vehículo y nos pusimos a mirar el mapa para averiguar como salir del laberinto de la gran ciudad y poner dirección Kusadasi. Sorteando como pudimos el caos circulatorio logramos alejarnos a las afueras de Izmir, cogiendo la autopista que en poco más de una hora nos dejó en la población costera.

Kusadasi es una población a orillas del Mar Egeo, conocida entre los turistas españoles como la “Benidorm” turca por su gran afluencia turística y su gran ambiente nocturno. Probablemente – y debido a estos factores – no sea el mejor lugar por el que pasamos en nuestro viaje ni ningún referente de la cultura turca, pero la verdad es que nos sentimos bastante a gusto alojados en este lugar. A lo mejor fue debido a que el hotel estuvo bastante bien, con unas vistas increíbles desde su terraza del mar Egeo y del puerto de Kusadasi, donde amarran diariamente los repletos cruceros turísticos. Gran parte de la culpa de la masificación de Kusadasi la tiene su cercanía a la ciudad antigua de Éfeso, uno de los lugares más visitados de Turquía y que nosotros descubriríamos al día siguiente. Y es que Kusadasi de por sí tiene poco que ofrecer: mucho ambiente, alguna playa, la fortaleza situada en la Isla de la Paloma, y poca cosa más…eso sí, está situada en un lugar privilegiado para visitar la región turca del Egeo.

Después de dejar nuestro coche en un parking de pago y de hacer el check in en nuestro hotel, fuimos a comer algo a un restaurante fast food cercano. Decidimos entonces pasar parte de la tarde en la playa y el tiempo sobrante dedicarlo a descubrir un poco la ciudad. Una vez acabados de comer, cogimos el coche para dirigirnos a la cercana playa de Pamucak, que está situada a unos kilómetros al norte de Kusadasi. Optamos por esta playa porque era la que recomendaba la guía, incluso poniéndola como una de las mejores de la costa egea. En menos de 10 minutos nos plantamos con el coche en la misma arena, cogimos nuestros bártulos playeros, y nos dirigimos hacia la orilla.

No voy a decir que la playa no sea una de las mejores de la costa Egea (puesto que no vi muchas) pero sí tengo que aclarar que tampoco es una gran maravilla. Es una playa enorme de arena, muy ancha, y de aguas más bien turbias; nada que ver con las aguas cristalinas que iba buscando en el Egeo. A su favor hay que decir que está muy poco explotada y que se encontraba casi vacía, contándonos por algunas decenas las personas que estábamos en ella. Algún que otro caballo correteaba por allí montado por algún turista que disfrutaba de la experiencia y, hablando de animales, debo decir que nada más acercarnos a la orilla nos topamos con una serpiente – supongo que sería marina – que iba y venía con las tímidas olas. Me sé de alguno que por este motivo le puso la cruz a la playita… Obviando el detalle de la serpiente nos metimos todos al agua para refrescarnos un poco del calorcito que estaba haciendo por Turquía, ya a casi mediados de septiembre. Pasamos un agradable rato playero esa tarde, culminándolo con un buen refresco en el único chiringuito que había por allí, justo a la entrada de la playa.

De nuevo cogimos el coche para regresar a Kusadasi, recorriendo las peligrosas curvas (por el estado de la carretera) que hay que cubrir hasta llegar a la población costera. Una vez allí tocó buscar aparcamiento y dirigirnos hacia el hotel para pegarnos una ducha y quitarnos el salitre playero.

Lo primero que hicimos al salir de nuevo a la calle fue caminar hacia la fortaleza de Kusadasi, situada en un islote (Isla de la Paloma) comunicado con tierra por una especie de espigón. Desde ella se pueden tener unas bonitas vistas de la población y del mar Egeo, sobretodo si coincide con el atardecer como fue nuestro caso. Simplemente dimos un agradable paseo por los ajardinados senderos y disfrutamos de nuevo de una puesta de sol desde un lugar de privilegio. Volvimos a cruzar el paso elevado hacia tierra firme – donde hay diversas embarcaciones amarradas destinadas a los turistas – y nos encaminamos hacia el centro de la ciudad.

Nos adentramos en la zona del bazar y la parte peatonal de la población, ambos totalmente enfocados al turismo con multitud de restaurantes, pubs británicos, fast food y joyerías por todas partes. No es precisamente el paraíso turco, pero para pasar un rato paseando y comprando algún que otro souvenir ya nos vino bien. El carácter de esta zona de Kusadasi es totalmente impersonal, sin mucho rastro de la cultura turca por ningún lado exceptuando a los omnipresentes ojos turcos, que están hasta en la sopa y no se si se les puede considerar cultura. Kusadasi está tomado por ingleses y alemanes, situación fácilmente apreciable paseando por la zona y viendo las repletas terrazas de los pubs y los litros de Efes Pilsen que corren por éstas. No quisimos ser menos y nos dejamos llevar por esta costumbre tan occidental, así que hicimos un poco de tiempo hasta la hora de cenar en una de las terrazas mencionadas y disfrutando de la suave cerveza turca. Por cierto, la clavada fue interesante, ya se sabe que hay que ir con cuidado en las zonas muy turísticas…

Para cenar e ir despidiendo el día optamos por el establecimiento más cutre y a la vez turco y autóctono que encontramos: un mugriento puesto de kebabs donde – como no podía ser de otra manera – degustamos uno de los mejores dürum del viaje. A veces la fórmula de “establecimiento cutre”  igual a  “buena comida”, funciona. Después de la cena nos despedimos del simpático camarero, que no paró de bromear con nosotros en toda la velada, y nos dirigimos hacia el hotel. Era bastante pronto, pero no hay que olvidar que la noche anterior la habíamos pasado en un traqueteante e incómodo asiento de autobús, así que nos teníamos bien merecido un prematuro descanso. Kusadasi tampoco tenía más que ofrecernos de noche que pasear por sus cada vez más animadas calles, así que decidimos dejarlo para otra noche de las tres que pasaríamos en la ciudad. Además, a la mañana siguiente tocaba visitar Éfeso, motivo más que suficiente para hacer bondad y descansar ante una jornada que se presentaba – como de costumbre – apasionante.

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