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Feb 20 2012

TAILANDIA 2011 – DÍA 7: Alrededores de Kanchanaburi

Domingo 19/06/2011

Soy bastante reacio a contratar packs turísticos para realizar actividades en destino. Prefiero ir por libre y buscarme la vida para poder realizar todo lo que me interese en todo momento. Pero hay veces en las que te ves obligado a hacerlo, ya sea por las mismas características de la actividad o, porque directamente, no hay manera de hacer lo que tu deseas sin pasar por el aro de los “packs”.

En mi caso, era mi último día por Kanchanaburi y se me había metido entre ceja y ceja hacer algo parecido a un trekking en elefante por la selva. Había leído que Kanchanaburi era una región propicia para ello, pero todas las opciones de realizarlo pasaban por contratarlo con una agencia en la que te iban a incluir unas actividades “extra” que no tenían porque interesarme demasiado. Así que contraté mi “tourist pack” que incluía un trekking en elefante (que resultó ser un paseo cutre que no llegó a la hora de duración), un descenso en balsa de bambú por uno de los ríos que cruzan la región, una visita al museo del Hellfire Pass, un trayecto por un tramo del ferrocarril de la muerte, y una visita a una conocida cascada de los alrededores. Hacer todo eso en un día por mi cuenta era francamente imposible, así que caí en la trampa. Más sabiendo que el precio de todo, comida incluida, iba a ser bastante económico.

Así que la noche anterior a mi último día en Kan lo reservé con una de las muchas agencias de la ciudad. La dependienta me dijo que no habían plazas para el día siguiente a no ser que quisiera integrarme en un grupo de turistas de Omán. ¿ Y porqué no?

A las 8 de la mañana estaba plantado en la recepción de mi austero alojamiento, por donde tenía que pasar el minibús que nos llevaría de sitio a sitio. Fui el primero en subir, hasta que 10 minutos más tarde se añadieron los 5 chicos de Omán.

Una hora  fue lo que duró el trayecto hasta nuestra primera parada: El “trekking” – siempre entrecomillado – en elefante. Paramos en una especie de ¿aldea? con no más de cuatro cabañas en la que estaban nuestros elefantes esperando. Siempre apresurados por nuestra guía, nos montamos en los elefantes por parejas dispuestos a comenzar la “aventura”.

Aventura que se resumió en un paseo que no llegó a los 3/4 de hora de duración (¡Porqué no pregunté antes!) y en el que lo más emocionante – a parte del simple echo de estar montado sobre tan impresionante animal –  fue atravesar un río subido al lomo de estos gigantes. Pero ni tuve que sacar el machete para apartar las vegetación de la espesa jungla, ni temí ante la posible presencia de un tigre agazapado dispuesto a devorarnos… Fue más como cuando montan a los niños en un pony de cualquier feria, y le dan un paseo circular. Todo un fiasco. Al menos pude interactuar un poco con estos bichos, ver como se alimentan o tocar su piel, que parece piedra.

Una vez recuperado del “tremendo trekking”, nuestra – siempre sonriente – guía nos instó a que nos diéramos prisa para llevar a cabo la siguiente actividad, que relizaríamos sin ni siquiera tener que movernos de la aldea. Bajamos al río y montamos en una balsa de bambú para descender por el terroso río que por allí pasaba. La tranquilidad y el frondoso verdor de los flancos del río me hicieron disfrutar del trayecto y rememorar nuestro descenso por el río Li, en Yangshuo, en el viaje que hice por China en 2010. Claro que los alrededores no llegaban a la altura de aquel paisaje kárstico del sudeste chino. El paseo duró sobre una hora, haciendo y deshaciendo el mismo trayecto, situación que le quitó encanto al ver el paisaje por dos veces: uno a la ida y otro a la vuelta.

Por el momento llevábamos ya dos actividades, y a cual más decepcionante. No eran ni las 11 de la mañana y a nuestra guía se le ocurrió la brillante idea de ir ya a comer. ¿A desayunar, querrá decir? Me preguntaba yo. No, no, para ella ya era la hora de comer.

Así que montamos todos en el minibús y nos llevaron a un restaurante de los alrededores. A todo esto, ya había hecho algo de migas con los chicos de Omán, que bromeaban constantemente ante la posbilidad de ir a comer a un Mc Donalds. “No Mc Donalds here”, les seguía la corriente la guía. Y es que por lo que me contaron, lo peor que llevaban de su viaje por Tailandia era la comida.

Después de comer un – ya recurrente en mi viaje – Pad Thai, nos pusimos de nuevo en marcha esta vez rumbo a la cascada de Sai Yok . Se trata de un bonito lugar que los tailandeses usan para pasar el día y refrescarse un poco bajo el agua de la cascada. Exploramos un poco la zona, ascendiendo por la resbaladiza cascada y curioseando por los puestecillos de comida que había por los alrededores. La verdad es que es un lugar bonito, pero no sé si vale la pena el desplazamiento desde Kanchanaburi, menos aún teniendo el increíble parque de Erawan por la zona. Siempre con prisas, la guía nos instó cual rebaño de ovejas, a que fuéramos subiendo de nuevo al minibús  para poner rumbo a la próxima actividad.

Próxima actividad que consistiría en la visita al Museo del Hellfire Pass, también por los alrededores. El Hellfire Pass fue el tramomás penoso y complicado del ferrocarril de la muerte, en que los prisioneros de guerra y los trabajadores forzosos de la zona se las vieron y desearon para abrir paso al tren en la montaña. Se podría decir que excavaron la montaña a mano para que pasara el tren, con unas herramientas escasas y en unas condiciones penosas. Penosas condiciones que causaron la muerte de muchos de los trabajadores. El museo nos explica la tortura que supuso abrir este paso, y una vez acabada su visita se puede descender entre la jungla para contemplarlo. Bautizado por los mismos trabajadores como Paso de la muerte, no cuesta imaginar el sufrimiento cuando bajas allí y te imaginas el colosal trabajo que debió suponer abrirse paso en la naturaleza de esa manera. Y con el calor que hace por esas latitudes. El Hellfire Pass es un angosto paso por el que circuló el ferrocarril de la muerte, actualmente las vías cortadas en ese tramo sirven como memorial de todos los que perdieron la vida allí.

Pero aún hay tramos del famoso ferrocarril que siguen activos, y ese fue nuestro siguiente objetivo. Nos dirigimos  a la estación de  Nam Tok Sai Yok Noi para montarnos en el tren en su paso más espectacular. El trayecto comienza sobre el viaducto de de Whampo para proseguir su camino entre campos de tapiocca y cruzando diferentes aldeas. Llegados a una estación de la que no recuerdo el nombre, descendimos del tren para montar de nuevo en el minibús y regresar a Kanchanaburi.

Total, que no eran ni las tres de la tarde y ya estaba de nuevo en Kan. En medio día nos había dado tiempo a montar en elefante, descender en balsa de bambú por un río, visitar una cascada, un museo, y hacer un tramo de un histórico ferrocarril. ¿Entendéis ahora porque no me gustan los “packs turísticos? Hice muchas cosas, sí, pero creo que no disfruté de ninguna de ellas…

De esta manera, tenía toda la tarde por delante y ni una sola idea de que hacer con mi existencia en Kanchanaburi, pues hasta el día siguiente no partiría hacia el sur del país, hacia las paradisíacas islas. Me planteé seriamente el avanzar mi partida a esa misma tarde, pero después me dije a mi mismo: “¿Qué prisa tienes?, estás de vacaciones”. Así que me decidí por simplemente disfrutar de la tarde; de nada en especial, simplemente de Kanchanaburi y su ambiente.

Paseé, olí, degusté, sentí… ¡Qué bueno es dejar a veces el planning de lado y disfrutar únicamente del sitio en el que estás! Desgraciadamente, el tiempo escaso en el que siempre me veo encorsetado me impide hacerlo a menudo. Dejé hasta la cámara de fotos en el hotel para ser uno más en el pueblo, así que no tengo ninguna fotografía de la tarde que allí pasé.

Tras una cena en Mangosteen y una buena Chang, puse punto y final a mis días en Kanchananuri. Un lugar que me aportó la tranquilidad que necesitaba tras el desenfreno de Bangkok.

Por la mañana temprano, cogería un autobús a la capital y desde allí otro con un destino que me apetecía sobremanera: Krabi.

 

 

 

 

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Ene 29 2012

TAILANDIA 2011 – DÍA 6: El Parque Nacional Erawan

Sábado 18/06/2011

Parecía que el conductor de ciclo-rickshaw que me había acercado desde la estación al hotel el día anterior, estuviera esperando a que me despertara para pegarme otro sablazo. Intenté negociar, sí, pero parecía ser el único medio de transporte en los alrededores para poder llegar a una estación de autobuses de Kanchanaburi de la que desconocía el paradero. Así que tragué con los 50 Bahts que me pidió y a golpe de pedal me acercó a la estación, que no estaba ni a 10 minutos. Una vez allí, busque el destartalado y hortera bus público que me iba a llevar, en una hora y media de trayecto, al Parque Nacional. Aboné los 50 Bahts del trayecto y monté en espera de que nos pusiéramos en marcha.

Sentado en el bus junto a algún que otro turista más presencié lo que fue una de las cosas que más me impactaron del viaje: el rigor con el que los tailandeses respetan su himno cuando éste suena. Empezaron a sonar los acordes por diversos megáfonos y pude ver desde la ventanilla como todo el mundo que iba por la calle detenía su actividad, frenaba en seco, y adquiría una pose firme y respetuosa hacia su himno, su rey y su nación. Fue un momento realmente impactante.

Finalizada la liturgia patriótica, el bus se puso en marcha y comenzamos un bonito trayecto circundado por campos de tapioca hasta el Parque Nacional de Erawan.

El parque de Erawan -con nombre de una deidad mitológica hindú – es un  espacio natural conformado alrededor de una cascada que se divide en 7 pisos o niveles, cada uno ellos con su respectivo manantial donde poder bañarse o dejarse mordisquear los pies por los pececillos que lo habitan. Es una caminata corta desde el primer al último nivel, de un kilómetro y medio, así que tampoco hace falta estar muy en forma para hacer el recorrido. Los monos también son protagonistas en este parque, así que no se irá solo en ningún  momento… 😉

Empecé mi recorrido casi en solitario y tras abonar los 200 Baht de la entrada. Era aún temprano y pude estar por momento a solas con la rebosante naturaleza del parque. Al comienzo, sólo un pequeño riachuelo acompañaba el sendero por el que avanzaba, un riachuelo que acabó convirtiéndose en el primer nivel; es decir, en la primera cascada y el primer manantial donde bañarse.

Así que no me lo pensé dos veces y me quité la ropa para zambullirme junto a otros tailandeses que por allí había. Tanto ellos como ellas, bañándose completamente vestidos. Nadé lo que me dejaron los insistentes pececillos. Hace gracia y cosquillas cuando son pequeños, pero cuando es algo más grande el que te mordisquea el pie, las cosquillas pasan a ser pellizcos que te hacen sacar el pie lo más rápido posible del agua. Allí, sentado en una roca tras el baño, observé como los monos saltaban de árbol a árbol por el entramado de ramas que apenas dejaban pasar la luz del sol.

    

No recuerdo si fue en el segundo o el tercer nivel que es cuando en una especie de control medioambiental, los responsables del parque te hacen dejar todo tipo de envase para poder seguir ascendiendo a los siguientes niveles o cascadas.

Continué mi ascensión por la colina por dónde desciende la cascada deteniéndome en cada nivel a admirar lo bella que puede llegar a ser la naturaleza. El agua cristalina de los manantiales y la jungla verde que todo lo envolvía… fue toda una delicia para los sentidos.

Para mediodía, y con tiempo a bañarme hasta tres veces, ya había completado el recorrido y visitado los siete niveles de la cascada. Me encontraba de nuevo en la entrada del parque y aproveché para comer un pad thai ya por ahí, pues mi autobús de regreso salía a las 14 horas.

Me monté en la destartalada cafetera y emprendimos camino de regreso. A primera hora de la tarde, ya estaba de nuevo en Kanchanaburi.

El lugar donde me dejó el autobús  (realmente me bajé durante la parada en un semáforo de una zona que me convino), fue delante del Cementerio de Guerra de Kanchanaburi, situado en una zona muy céntrica y visible de la población. Este cementerio fue construido por la población local para honrar y homenajear a todas las tropas aliadas caídas durante la construcción de las vías del “ferrocarril de la muerte” durante la Segunda Guerra Mundial. En su mayoría soldados holandeses, pero también indios, americanos, y de diferentes nacionalidades. Esta visita, como cualquiera que sea conmemorativa de los caídos en la guerra de guerras, estremece a la vez que deja una sensación extraña en el cuerpo. Siempre he pensado que todos los combatientes aliados en la Segunda Guerra Mundial -en su gran mayoría muy jóvenes –  tuvieron un  valor impagable que mucho me temo no sería igualable en los tiempos que corren.

Pasee serenamente entre las lápidas, leyendo las sobrecogedoras últimas frases que los familiares y seres queridos de los soldados caídos quisieron inscribir en el pedazo de mármol bajo el que descansan estos héroes anónimos que lucharon por la libertad.

Acabada la visita, me dirigí al puesto donde había alquilado la bici el día anterior para hacer lo mismo y así tener transporte hasta el anochecer. Lo curioso del tema fue que la mujer que atendía no estaba en ese momento, y la que me alquiló la bici, contrato de por medio, fue una graciosísima niña de unos 7 años con la que me entendí a base de gestos. Estas situaciones kafkianas tan sólo se dan en Tailandia y pocos países más… 🙂

Había leído en la guía que en las afueras de Kanchanaburi, a unos 4 kilómetros, había un templo budista (Wat Thaom Khao Pun) que tenía nueve cuevas que albergaban imágenes de buda en su interior. A priori me pareció una visita bastante curiosa, así que me acerqué pedaleando hacia allí. El precioso paisaje de los alrededores de Kanchanaburi me acompañó en todo momento hasta que por fin di con el templo, después de una subida que casi acaba con mis fuerzas.

Pagué los 20 Bahts de la entrada y me adentré en las cuevas; la verdad, no son nada del otro mundo y no sé hasta qué punto merece la pena llegar hasta el templo más que por el paisaje del camino. Unas esculturas de buda bastante simples rellenaban el espacio de la cueva como si estuvieran amueblándola, y poco más. Así que entre eso y un encuentro fortuito con murciélagos, salí cagando leches de allí sin mirar atrás.

    

Me tomé con bastante calma el regreso, pues tenía tiempo de sobras y poca cosa me quedaba por hacer en Kanchanaburi, más que reservar para el día siguiente una excursión para montar en elefante.

Llegado a la ciudad me dirigí a una agencia de viajes de las muchas que hay y contraté la excursión para el día siguiente que incluiría un trekking en elefante (que de trekking tuvo poco), descenso por el río en balsa de bambú, entrada al museo del ferrocarril de la muerte y visita de una cascada. Todo por 850 Baht.

Pero eso ya queda para el próximo relato.

Cené en “mi” restaurante, el Mangosteen, y me fui a descansar después de un día que había cundido lo suyo. Mis días por Kanchanaburi se estaban acabando, pero el viaje aún estaba en su esplendoroso ecuador. Las paradisíacas islas del sur del país estaban a la vuelta de la esquina.


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Ene 12 2012

TAILANDIA 2011 – DÍA 5: Llegada a Kanchanaburi

Viernes 17/06/2011

Nuestro tren salió de la estación de Noi en Bangkok (Thonburi) a las 7:50 para dejarnos a mediodía en lo que sería la próxima parada del viaje: Kanchanaburi. Entre medio, un delicioso viaje  en tren (100 Bahts) recorriendo paisajes selváticos y cruzando multitud de pueblos tailandeses.

   

La idea inicial al planificar el viaje era la de, tras Bangkok, visitar el norte del país pasando por ciudades como Chiang Mai. Pero mi tiempo de vacaciones era bastante escaso y subir al norte requería de unas horas en desplazamientos de las que no disponía. De esta manera, el sacrificio era necesario teniendo que prescindir del norte de Tailandia, que sin duda será objetivo prioritario en futuras visitas al país de la eterna sonrisa. Como substituto, encontré Kanchanaburi, una región mucho más cercana y que también ofrece unas dosis de Historia, naturaleza y tranquilidad que podréis comprobar en éste y los próximos relatos del viaje.


Ver Kanchanaburi en un mapa más grande

De la estación de “Kan”, como es conocida la ciudad en jerga viajera, me desplacé hasta mi hotel en un rickshaw a pedales que me costó 50 Bhats (la mitad del billete de tren por menos de 10 minutos…). Hice el check in sin problemas y me alojaron en mi bungalow. La verdad es que fue el alojamiento más “discreto” de todo el viaje, pero para el precio que pagué tampoco había que ponerse muy exquisito. Lo importante es que estaba junto al río Kwai y bastante cerca de la calle principal de Kanchanaburi. Como recepcionista estaba Hwan, una simpatiquísima tailandesa que me cuidó en todo momento los días que pasé en el hotel.


El Sol caía a plomo, pero había que salir a descubrir un poco la zona. Kanchanaburi es una ciudad bastante tranquila (al menos en las fechas que yo fui) rodeada por campos de cultivo, en su mayoría de tapioca, planta muy parecida a la marihuana. Me pareció buena idea alquilar una bici para moverme por allí y así lo hice. Por 50 Bahts tenía transporte hasta que se hiciera de noche.

Mi primer objetivo fue el más obvio, el que todo el mundo va a ver con tan solo poner un pie en “Kan”: El Puente sobre el río Kwai. Al encontrarse un poco en las afueras de la ciudad, tuve que recorrer una larga carretera, Mae Nam Khwae, flanqueada por todo tipo de restaurantes, bares, sevenelevens, agencias de viaje y hoteles hasta llegar a él. Es la avenida principal de Kanchanaburi, y donde se concentra toda la oferta e infraestructura turística de la ciudad. ¡Oh sí!, aquí también llegó el turismo de masas, sobretodo el inglés de borrachera.

Llegado al puente, la verdad es que fue cruzarlo, hacerle alguna fotografía, y poco más. Más que su espectacularidad estética, es su Historia la que hace de él una visita indispensable. Centenares de trabajadores forzosos de la región y soldados aliados murieron durante su construcción en la Segunda Guerra Mundial. Una construcción ordenada por las fuerzas japonesas, que pretendían crear una vía férrea (el ferrocarril de la muerte) que uniese Burma (Myanmar) con Tailandia. También ayuda mucho a su reconocimiento la película de los años 50, “El puente sobre el río Kwai” que narra la historia de los soldados aliados obligados a construir el puente. Yo aún no la he visto, ya me vale. Por cierto, “Kwai” se pronuncia “cuea”, más vale tenerlo en cuenta si se quiere evitar las risas locales.

   

Tras la visita al puente decidí ir a comer, que ya tocaba, así que busqué un lugar donde llevarme algo a la boca. La verdad es que no pude elegir mejor pues al entrar al Mangosteen Cafe and Books, entré en uno de los locales en los que me sentí más a gusto de todo el viaje. Se encuentra en la misma avenida Mae Nam Khwae y el servicio y la comida son exquisitos. Totalmente recomendable, también para tomar un café y leer alguno de los cientos de libros que tienen en sus estanterías.

Por la tarde y tras echar una buena siesta (la tranquilidad del lugar comenzaba a hacerme efecto), cogí la bici de nuevo dispuesto a seguir descubriendo los encantos de la ciudad. Después del espectacular calor de la mañana, la lluvia hizo acto de presencia justo cuando salía del bungalow. Me puse mi chubasquero y seguí con mis planes. Uno de ellos era visitar el cementerio chino de la ciudad, al que llegué en poco tiempo, pues Kanchanaburi es una ciudad bastante asequible en cuanto a tamaño. El cementerio aunque tétrica, fue una visita de lo más pintoresca y curiosa, más que nada por las tumbas chinas, que no tenían desperdicio como podéis ver en las fotos. Una mezcla entre repelús y exotismo. No sería la única visita a cementerios que haría en la ciudad.

   

La lluvia no sólo no cesaba, si no que cada vez era más persistente. Me estaba poniendo de agua hasta arriba, pero no estaba dispuesto a esperar en el bungalow a que parara de llover. Así que me dejé perder por la Kanchanaburi menos turística callejeando y dejándome llevar hasta que estuve perdido de verdad. Tras mil y una vueltas por las mismas enrevesadas calles, la gente ya me miraba raro. Paré en una especie de callejón para mirar mi mapa. Mientras me orientaba, se empezaron a acercar unos cuantos perros callejeros, en Tailandia los hay a montones y algunos son peligrosos, así que rápidamente salí pedaleando a toda velocidad con la mala suerte de que la jauría comenzó a perseguirme hasta el punto de que tuve que meterme en un templo budista que por allí había para librarme de ellos. ¡Por los pelos!

El monje que controlaba el templo contempló la escena y se acercó a mí al verme llegar. Con el idioma de los signos como vía para comunicarnos , pues él no tenía ni idea de inglés, se ofreció a enseñarme el templo bajo la lluvia. A lo que accedí encantado. Recuerdo aquello como una experiencia realmente bonita, pues de estar perdido y perseguido por perros, pasé a estar descubriendo un templo budista – del que ni sabía su existencia – de la mano de un monje.

Con una sonrisa de oreja a oreja cogí de nuevo la bici para volver hacia el hotel. Mientras pedaleaba de regreso, pensaba en el bonito momento del templo y en que son ese tipo de experiencias las que le dan absoluto sentido a viajar. Estaba encantado de estar donde estaba y con todos los días que aún me quedaban por delante.

Esa noche repetí en el Mangosteen, donde me comí un arroz al curry que quitaba el sentido.

Una cerveza Chang y una buena conversación sobre mi viaje y la ciudad con la camarera pusieron un inmejorable punto y final a mi primer día por Kanchanaburi. Cada vez me sentía más a gusto en ese maravilloso país.

 

 

 

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