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Nov 05 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 10: Visitando Éfeso, la joya clásica

 

Miércoles 15/09/2010

Fue el principal motivo de que nuestra tercera etapa del viaje transcurriera a orillas del Egeo. Es una de las ciudades clásicas mejor conservadas del Mediterráneo, una verdadera  joya que nos revela como era una auténtica ciudad antigua en la época romana. Estoy hablando de Éfeso, de lo mejor que queda en el planeta en lo que a ruinas clásicas se refiere, unas “piedras” que íbamos a tener el gusto de visitar esa misma mañana.

Pero antes de ello tocaba un buen desayuno sentados en nuestra terraza con vistas, donde bajo la brisa marinera dimos cuenta de todo tipo de fruta, tostadas, huevos, y un buen café para ponernos las pilas.

Salimos del hotel sobre las 8 y media de la mañana, temprano ya que queríamos llegar de los primeros a Éfeso a sabiendas de las acumulaciones turísticas que provoca el desembarque de los cruceros que navegan por el Egeo. La ciudad antigua se encuentra a menos de 20 kilómetros, así que en poco más de 10 minutos nos plantamos en una de las entradas – tiene 2 – con nuestro coche de alquiler. Parecía que habíamos acertado yendo pronto ya que estábamos solos en el aparcamiento, pero pronto nos daríamos cuenta de que esa situación sería tan solo momentánea, para nuestra desgracia. Pagamos las 20 TL que vale la entrada y nos adentramos hacia las ruinas, no sin antes descartar (por cara) la idea de contratar un guía que muy probablemente nos hubiese ayudado bastante a entender lo que íbamos a ver. Para visitas como Éfeso soy partidario de pagarle a una persona entendida para que te interprete todo lo que ves, pero “la pela es la pela” y cuando se viaja con un presupuesto ajustado a veces hay que prescindir de ciertos “lujos”.

La antigua Éfeso era una gran ciudad comercial, que fue fundada por colonos griegos allá por el siglo XI a.c. antes de pasar a formar parte del Imperio Romano. Como capital de la provincia romana de Asia  vivió su máximo esplendor, como se puede comprobar en lo mucho que queda de la antigua e impresionante Biblioteca de Celso, probablemente el lugar más fotografiado de todas las ruinas. Bajamos por un sendero arbolado hasta dar con la Calle del Puerto, antiguamente pavimentada en mármol y la más grande de toda la ciudad.

Desde la Calle del Puerto se puede ver al fondo el imponente Gran Teatro, excavado en una ladera del monte Pion, así que para allí nos fuimos. Tuvimos la suerte de explorar las gradas del teatro (capaces de albergar hasta 25.000 personas) en total soledad, situación impagable en un núcleo turístico de tales características. Disfrutamos de las vistas de una Calle del Puerto totalmente solitaria y nos hicimos las fotos de rigor cual espectadores de la época sentados en las gradas.

Finalizada la visita al teatro cogimos la antigua Via Sacra – a la derecha de la cual se extendía el ágora – hasta acabar desembocando enfrente de la imponente y bella Biblioteca de Celso, una auténtica joya arqueológica que se mantiene en pie a pesar de los siglos. Sin duda las fotografías no hacen ninguna justicia a su tamaño; cuando estás debajo te das cuenta de porqué tanto bombo. En primer lugar – y como he dicho – por su tamaño y en segundo lugar, y no menos importante, por su espectacular estado de conservación y belleza. Aunque lo del tamaño tiene un  truco (arquitectónico): la base de la fachada es convexa para hacer parecer a los elementos centrales más altos y las columnas y capiteles centrales son más grandes que los de los extremos. Tramposillos…

Fue construida en el s.II y se dice que contenía hasta 12.000 pergaminos ordenados en nichos excavados en las paredes. Es realmente bonita y no paramos de hacerle fotografías hasta que nos vimos invadidos por las hordas de turistas que comenzaban a descender por la Vía de los Cruetes. Demasiado tranquilos habíamos estado… Afortunadamente pudimos disfrutar con casi total soledad de dos de los puntos más fuertes de Éfeso: el teatro y la biblioteca.

Mirando hacia arriba por la Vía de los Cruetes – la avenida por donde debíamos continuar la visita – no se podía ver ni un metro cuadrado de suelo. Japoneses con cámaras más grandes que ellos mismos, ingleses sin camiseta, adolescentes desinteresados…todos dispuestos a arrasar con lo que se les pusiera por delante. A partir de ese momento, nuestra visita comenzaría su propia decadencia. El único consuelo que nos quedaba era el de poder imaginar a la antigua ciudad y sus calles como en la antigüedad, repletas de gente y con bullicio por todas partes. Subimos por la Vía de los Cruetes a los lados de la cual se iban desplegando diferentes lugares de la ciudad tales como el Templo de Adriano (en restauración), las letrinas públicas, las casas adosadas (de pago, no entramos) o la fuente de Trajano.

Dicha calle desemboca en la parte alta de la ciudad (Alto Éfeso) a través de lo que queda de la puerta de Hércules. En esta parte de la ciudad encontramos las últimas sorpresas: Los restos del Templo de Domiciano y el Odeón, un pequeño teatro donde se hacían representaciones musicales y reuniones del Consejo. Una vez allí nos encontramos con la otra taquilla, lo que quería decir que nuestra visita había finalizado, así que deshicimos el camino bajando de nuevo por la Vía de los Cruetes con la imponente Biblioteca de Celso al fondo. Por éste motivo, por el hecho de ir bajando mientras se va descubriendo la biblioteca, recomiendo entrar por la puerta contraria a la que entramos nosotros.

Eran sobre las 12 del mediodía cuando estábamos de nuevo en la zona del parking, con muchos más coches y vida que a las 9 de la mañana. La visita a Éfeso nos había encantado (en gran medida gracias a la Biblioteca de Celso) pero teníamos que seguir nuestro camino y continuar descubriendo nuevos lugares. La primera opción fue la de ir a ver la cercana “casa de María” (Maryemana), lugar donde dicen vivió durante algún tiempo la Virgen María. Pero entre nuestro ateísmo y que nos querían cobrar 1o TL por entrar a verla, descartamos rápidamente la opción. Así que decidimos ir hacia Selçuk – a escasos 5 minutos en coche -,  buscar un restaurante, y recorrer un poco la población.

Encontramos un lugar donde comer con un agradable patio interior donde probamos unos deliciosos meze (algo así como las tapas turcas) antes de disfrutar de un buen plato de pasta, que el cuerpo ya la pedía después de tantos días. Se estaba tan bien en aquella terraza que nos costó despegarnos de la silla para salir a descubrir la ciudad bajo la intensa solana, aunque finalmente lo hicimos.

Selçuk es un lugar mucho menos turístico que su vecina Kusadasi, es una población que a las 3 de la tarde parecía estar totalmente muerta, sin absolutamente nadie más por la calle que algunos niños correteando y jugando con alguna gallina. De aspecto rural y un pelín somnolienta, la verdad es que no le encontramos un gran encanto. Es una población turca de lo más corriente; si gusta bien, y si no, siempre queda Kusadasi para tener el polo opuesto. Visto lo visto abrimos la guía para ver si había algún atractivo por la zona y… voilà!, descubrimos que muy cerca podíamos encontrar una de las 7 Maravillas del Mundo Antiguo, o lo que queda de ella. En concreto se trataba del Templo de Artemisa, que llegó a ser el más grande del mundo, incluso por encima del Partenón de Atenas. Quedaba un poco a las afueras de Selçuk, así que cogimos el coche para dirigirnos hacia allí.

A las Maravillas del Mundo Antiguo no se les llama “antiguas” por nada. Del que en el pasado era el templo más grande del globo tan solo queda hoy en día una sola columna de las 127 que tenía, eso sí, enorme. Difícil imaginar su magnitud en el pasado con tan poco que queda, pero cuanto menos es curioso visitar el lugar donde se erigió un templo que tiempo atrás llegó a ser lo que es hoy para nosotros lugares como Petra o el Coliseo romano, por poner dos ejemplos. La visita, obviamente, duró un suspiro así que montamos de nuevo en el coche para estudiar en la guía que era lo siguiente que podríamos hacer.

La decisión fue fácil: pasaríamos el resto de la tarde en Sirince, un típico pueblo turco perdido entre las colinas cercanas a Selçuk. En concreto se encuentra a tan solo 9 kilómetros, después de recorrer una serpenteante carretera que sube por las colinas. Dejamos el coche en el parking que hay en el exterior de la población, y nos adentramos en él a pie. Aunque bastante turístico, el pueblo no deja de ser bonito. Repleto de típicas casas turcas de piedra con tejados rojos y con multitud de paraditas para los turistas, un paseo por sus calles resulta de lo más agradable, pues son de lo más pintorescas.

Más agradable aún es cuando se huye un poco de la calle principal que atraviesa el pueblo (o circuito turístico), y uno se pierde un poco ascendiendo por las estrechas callejuelas entre casas destartaladas, enredaderas, y gente local que no quiere venderte nada. Finalizamos nuestro recorrido por el pueblo en la Iglesia de San Juan Bautista, al lado de la cual hay una terracita donde tomamos un çay con unas excelentes vistas del pueblo y sus casas típicas. Se acercaba la hora de cenar así que regresamos al coche para hacerlo en Kusadasi, pese a que el pueblo tenía bastantes restaurantes con una pinta muy agradable para disfrutar de una cena. Como resumen de la visita decir que Sirince merece con creces una visita si se está por la zona y se dispone de tiempo; no defraudará.

Volvimos a descender la colina y un cuarto de hora después llegamos a Kusadasi, donde tocó buscar aparcamiento de nuevo. Después de una reconfortante ducha salimos a disfrutar del ambiente nocturno y buscar un lugar donde cenar. Comimos algo de carne adobada acompañada por patatas fritas y, cansados, regresamos al hotel. Otro día había pasado, un día importante donde habíamos disfrutado de uno de los higlights del viaje. Pero el tiempo no da tregua – menos cuando se viaja – y estábamos quemando etapas a velocidad de vértigo; por delante, tan solo quedaban 5 días de viaje.

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Nov 03 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 9: Kusadasi: Primera parada en el mar Egeo

 

Martes 14/09/2010

Una vez llegados a la otogar de Izmir,  recogimos nuestro equipaje del autobús y nos adentramos en el caos de la estación de autocares buscando un lugar donde poder desayunar algo. Mientras cargábamos fuerzas, planteamos un poco la manera de llegar hasta el centro de Izmir, desde donde debíamos recoger esa misma mañana nuestro segundo coche de alquiler. Una vez al volante de éste, pondríamos rumbo hacia Kusadasi, la que sería nuestra base de operaciones en los 3 primeros días por la costa Egea.

Finalmente decidimos coger de nuevo un taxi, la forma más rápida de llegar al centro desde la alejada otogar. Nos salió a unas 25 TL – a repartir entre 5 – que el taxista nos dejara justo en frente de la oficina de alquiler. Realizamos la gestión de recogida del vehículo y nos pusimos a mirar el mapa para averiguar como salir del laberinto de la gran ciudad y poner dirección Kusadasi. Sorteando como pudimos el caos circulatorio logramos alejarnos a las afueras de Izmir, cogiendo la autopista que en poco más de una hora nos dejó en la población costera.

Kusadasi es una población a orillas del Mar Egeo, conocida entre los turistas españoles como la “Benidorm” turca por su gran afluencia turística y su gran ambiente nocturno. Probablemente – y debido a estos factores – no sea el mejor lugar por el que pasamos en nuestro viaje ni ningún referente de la cultura turca, pero la verdad es que nos sentimos bastante a gusto alojados en este lugar. A lo mejor fue debido a que el hotel estuvo bastante bien, con unas vistas increíbles desde su terraza del mar Egeo y del puerto de Kusadasi, donde amarran diariamente los repletos cruceros turísticos. Gran parte de la culpa de la masificación de Kusadasi la tiene su cercanía a la ciudad antigua de Éfeso, uno de los lugares más visitados de Turquía y que nosotros descubriríamos al día siguiente. Y es que Kusadasi de por sí tiene poco que ofrecer: mucho ambiente, alguna playa, la fortaleza situada en la Isla de la Paloma, y poca cosa más…eso sí, está situada en un lugar privilegiado para visitar la región turca del Egeo.

Después de dejar nuestro coche en un parking de pago y de hacer el check in en nuestro hotel, fuimos a comer algo a un restaurante fast food cercano. Decidimos entonces pasar parte de la tarde en la playa y el tiempo sobrante dedicarlo a descubrir un poco la ciudad. Una vez acabados de comer, cogimos el coche para dirigirnos a la cercana playa de Pamucak, que está situada a unos kilómetros al norte de Kusadasi. Optamos por esta playa porque era la que recomendaba la guía, incluso poniéndola como una de las mejores de la costa egea. En menos de 10 minutos nos plantamos con el coche en la misma arena, cogimos nuestros bártulos playeros, y nos dirigimos hacia la orilla.

No voy a decir que la playa no sea una de las mejores de la costa Egea (puesto que no vi muchas) pero sí tengo que aclarar que tampoco es una gran maravilla. Es una playa enorme de arena, muy ancha, y de aguas más bien turbias; nada que ver con las aguas cristalinas que iba buscando en el Egeo. A su favor hay que decir que está muy poco explotada y que se encontraba casi vacía, contándonos por algunas decenas las personas que estábamos en ella. Algún que otro caballo correteaba por allí montado por algún turista que disfrutaba de la experiencia y, hablando de animales, debo decir que nada más acercarnos a la orilla nos topamos con una serpiente – supongo que sería marina – que iba y venía con las tímidas olas. Me sé de alguno que por este motivo le puso la cruz a la playita… Obviando el detalle de la serpiente nos metimos todos al agua para refrescarnos un poco del calorcito que estaba haciendo por Turquía, ya a casi mediados de septiembre. Pasamos un agradable rato playero esa tarde, culminándolo con un buen refresco en el único chiringuito que había por allí, justo a la entrada de la playa.

De nuevo cogimos el coche para regresar a Kusadasi, recorriendo las peligrosas curvas (por el estado de la carretera) que hay que cubrir hasta llegar a la población costera. Una vez allí tocó buscar aparcamiento y dirigirnos hacia el hotel para pegarnos una ducha y quitarnos el salitre playero.

Lo primero que hicimos al salir de nuevo a la calle fue caminar hacia la fortaleza de Kusadasi, situada en un islote (Isla de la Paloma) comunicado con tierra por una especie de espigón. Desde ella se pueden tener unas bonitas vistas de la población y del mar Egeo, sobretodo si coincide con el atardecer como fue nuestro caso. Simplemente dimos un agradable paseo por los ajardinados senderos y disfrutamos de nuevo de una puesta de sol desde un lugar de privilegio. Volvimos a cruzar el paso elevado hacia tierra firme – donde hay diversas embarcaciones amarradas destinadas a los turistas – y nos encaminamos hacia el centro de la ciudad.

Nos adentramos en la zona del bazar y la parte peatonal de la población, ambos totalmente enfocados al turismo con multitud de restaurantes, pubs británicos, fast food y joyerías por todas partes. No es precisamente el paraíso turco, pero para pasar un rato paseando y comprando algún que otro souvenir ya nos vino bien. El carácter de esta zona de Kusadasi es totalmente impersonal, sin mucho rastro de la cultura turca por ningún lado exceptuando a los omnipresentes ojos turcos, que están hasta en la sopa y no se si se les puede considerar cultura. Kusadasi está tomado por ingleses y alemanes, situación fácilmente apreciable paseando por la zona y viendo las repletas terrazas de los pubs y los litros de Efes Pilsen que corren por éstas. No quisimos ser menos y nos dejamos llevar por esta costumbre tan occidental, así que hicimos un poco de tiempo hasta la hora de cenar en una de las terrazas mencionadas y disfrutando de la suave cerveza turca. Por cierto, la clavada fue interesante, ya se sabe que hay que ir con cuidado en las zonas muy turísticas…

Para cenar e ir despidiendo el día optamos por el establecimiento más cutre y a la vez turco y autóctono que encontramos: un mugriento puesto de kebabs donde – como no podía ser de otra manera – degustamos uno de los mejores dürum del viaje. A veces la fórmula de “establecimiento cutre”  igual a  “buena comida”, funciona. Después de la cena nos despedimos del simpático camarero, que no paró de bromear con nosotros en toda la velada, y nos dirigimos hacia el hotel. Era bastante pronto, pero no hay que olvidar que la noche anterior la habíamos pasado en un traqueteante e incómodo asiento de autobús, así que nos teníamos bien merecido un prematuro descanso. Kusadasi tampoco tenía más que ofrecernos de noche que pasear por sus cada vez más animadas calles, así que decidimos dejarlo para otra noche de las tres que pasaríamos en la ciudad. Además, a la mañana siguiente tocaba visitar Éfeso, motivo más que suficiente para hacer bondad y descansar ante una jornada que se presentaba – como de costumbre – apasionante.

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