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sep 28 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 1: Primeros pasos por Estambul

Lunes, 06/09/2010

Puntuales como un reloj suizo nos encontramos los 5 en la terminal 1 del aeropuerto del Prat, a escasas 2 horas de la salida de nuestro vuelo a Estambul. El ritual de cada viaje comenzaba de nuevo, y con una mezcla de nervios e ilusión y las mochilas limpias y cargadas, comenzamos a superar paso por paso todos los engorrosos trámites aeroportuarios: facturación de maletas, obtención de los billetes, controles de seguridad, meadita de rigor, y la eterna espera pre-embarque. La responsable de dejarnos 3 horas más tarde en el aeropuerto Sabiha Gökçen de Estambul iba a ser la compañía de low cost Vueling, con la que no había viajado previamente. La verdad es que todo funcionó de maravilla (al menos a la ida) y a las 4 de la mañana estábamos aterrizando en el aeropuerto turco, el segundo de la ciudad pero uno de los de mayor crecimiento de todo el mundo. Una vez en el moderno aeropuerto nos dirigimos a la cola donde se obtienen los visados, previo pago de 15 Euros. Con la pegatina ya en nuestro pasaporte nos sellaron la entrada al país y recogimos nuestras mochilas. Antes de plantearnos de que manera íbamos a llegar hasta Estambul a esas horas de la madrugada, fuimos a cambiar los Euros que llevábamos por Liras Turcas (a partir de ahora TL). Ya con la moneda local en el bolsillo, era hora de saber como transportarnos al casco antiguo de Estambul, Sultanahmet, donde se encontraba nuestro hotel. Nos constaba que había unos autobuses de la compañía Havas que hacían el trayecto hasta la zona europea de Estambul, desde donde tendríamos que coger un taxi hasta el otro lado del cuerno de oro, donde está Sultanahmet. No quisimos complicarnos la vida y al ser 5 personas decidimos preguntar el precio de un taxi. Nos pidieron 85 TL (poco más de 40 euros) que a repartir entre 5 no nos pareció para nada desorbitado, más teniendo en cuenta que este aeropuerto se encuentra a casi una hora de la ciudad ya que está situado en la parte asiática de ésta. Dejando el regateo para más adelante, nos apretamos como pudimos en el taxi y comenzamos el trayecto hacia Estambul. Lo de montarnos los 5 en un taxi iba a ser una tónica durante todo el viaje ya que la policía no pone pegas a los taxistas y a nosotros nos salía más que económico. Después de unos 50 minutos de trayecto y algunos minaretes, el taxista nos dejó en la puerta de nuestro hotel/albergue donde nos esperaba un somnoliento recepcionista que nos informó que nuestra habitación aún no estaba lista (!claro, eran las 5:30 de la mañana!). Hubiese estado genial haber podido disfrutar de ella unas horitas antes de ponernos a visitar la ciudad (sólo habíamos dormido 2 horas el que más) pero era de esperar lo que nos pasó, así que, de madrugada, nos pusimos a recorrer las desiertas calles de una ciudad que empezaba a despertarse. Para hacer un poco de tiempo, nos sentamos en la terraza de un puesto de kebabs donde hicimos un poco de estómago para afrontar el día con garantías. Entre kebabs y carísimos capuccinos (eran necesarios para despertarnos) hicimos bastante tiempo así que pusimos rumbo al Palacio de Topkapi, la que sería nuestra primera visita del día.

Antes de llegar pasamos obligatoriamente por delante de Santa Sofía y la Mezquita Azul, que nos dejaron entrever una belleza que descubriríamos al día siguiente. Llegamos de los primeros a Topkapi (9 – 19 h. – 20 TL) así que rápidamente compramos la entrada y atravesamos la imponente puerta que da acceso a uno de los patios del palacio. Residencia de varios sultanes del imperio otomano, este palacio tiene como principales atractivos su harén y el tesoro. El primero es previo pago de otras 15 TL, situación que nos pareció abusiva además de cara y que descartamos desde un principio pese a que es de lo más recomendado del palacio. Respecto al tesoro, es una magnífica exposición de joyas y objetos de valor tras unas vitrinas, entre las que destaca la maravillosa daga de Topkapi.

También son destacables las vistas sobre el Bósforo desde una de las terrazas del palacio, desde la que se puede apreciar el intenso tráfico de barcos y ferries en este mítico estrecho. Poca cosa más, alguna estancia bellamente decorada, los cuidados patios y algunas cosas curiosas como la “sala de la custodia sagrada” donde se expone un pelo de la barba de Mahoma o la huella de su pie sobre arcilla. La verdad es que Topkapi sin la visita al harén se nos quedó en poco, algo decepcionante quizá debido a que estábamos en estado “zombie” debido a las dos horas de sueño que apenas acumulábamos. Lo cierto es que en dos horas nos habíamos ventilado el palacio así que pusimos rumbo hacia el parque Gülhane, nuestro siguiente objetivo. Antiguo parque del palacio (se encuentra justo al lado) éste nos sirvió como lugar de improvisado descanso. Nos tumbamos en su césped y más de uno cayó rendido en los brazos de Morfeo.

El parque es de lo más normal salvo por la excelente tetería con vistas al Bósforo que tiene en uno de sus extremos. Un poco más descansados y acercándose la hora de comer, nos pusimos a buscar algún restaurante por Alemdar Cad, hasta que dimos con un pesado “cazaturistas” que nos arrastró hasta Efe Kebab, su restaurante. Allí probé mi primer plato turco, el Iskender kebab, ya detallado en la ficha del viaje. La verdad es que comer en Estambul no sale especialmente barato, o se va a bocadillo o dürüm a palo seco o te cuesta casi lo mismo que aquí. Tomamos nuestro primer çay (té turco) y nos dirigimos hacia el hotel, donde hicimos el check in además de una necesaria siesta de casi dos horas. A las 4 de la tarde estábamos de nuevo en la calle, más frescos y con ganas de seguir descubriendo la ciudad. La idea era ir a pasar la tarde a la parte asiática para, desde allí, ver la puesta de sol sobre Sultanahmet. Caminamos hasta la zona de Eminönü, puerto en el Cuerno de Oro desde donde salen la mayoría de ferries y cruceros, y lugar desde donde debíamos coger el transbordador a Uskudar, en la orilla asiática.

Compramos los jetones (monedas que se introducen en los tornos y sirven como billete simple de transporte) y nos montamos en el ferrie. En menos de 10 minutos estábamos en otro continente, ¡habíamos llegado a Asia! Durante el trayecto pudimos apreciar el perfil de la ciudad, minaretes en alto, que es sin duda uno de sus grandes atractivos. Llegados al muelle de Uskudar, giramos a la derecha y caminamos otros 10 minutos hasta llegar a la altura aproximada de la Torre de Leandro (Kiz Kulesi), antiguamente utilizada con fines defensivos y como peaje del Bósforo, y hoy en día convertida en un caro restaurante al que sólo se puede acceder en barca.

Justo en frente de esta torre situada en las aguas del Bósforo, hay una especie de grada de cemento con alfombras y cojines en el suelo desde el que se puede disfrutar de un magnífico atardecer sobre Sultanahmet y sus mezquitas, saboreando al mismo tiempo un ácido té de manzana. Eso mismo hicimos y, pese a que estaba el cielo un poco cubierto, pudimos disfrutar de un espectáculo único en el que el rojizo sol se abría paso entre los nubarrones con un telón de fondo único, realmente inmejorable. Entre pescadores con sus cañas y algún que otro turista, pasamos casi dos horas muertas simplemente admirando lo que teníamos ante nosotros.

Sin duda ésta es una de las actividades que nadie debería perderse al visitar la ciudad, ya que no hay arrepentimiento posible. Con la noche ya casi sobre nosotros nos dirigimos al bullicio de Uskudar, por los alrededores de Aga Camii (una de sus mezquitas), para buscar algún lugar barato donde cenar. Nos decantamos por comer un simple y económico dürüm en un sencillo puesto de kebabs de los muchos que por allí habían. Finalizada la cena cogimos de nuevo el ferrie rumbo a Eminönü desde el cual pudimos disfrutar de la iluminación nocturna de la ciudad desde el Bósforo.

Una vez en tierra, caminamos los 15 minutos que nos separaban de nuestro hotel, situado en la zona de Çemberlitas. Fue llegar y caer totalmente rendidos, pues después de dormir tan solo 4 horas a lo sumo, nos habíamos pateado intensamente una ciudad que apenas acabábamos de conocer, y ya nos estaba encantando.

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