Jueves 09/12/2011
Para nuestro tercer día por la Toscana teníamos pensada una pequeña excursión que nos llevaría a descubrir uno de los pueblos más encantadores de la región: San Gimignano.
El día anterior estuvimos estudiando las opciones para llegar a este pueblo a 60 kilómetros de Florencia, situado sobre una colina en pleno centro de la Toscana. De las dos posibles (bus y metro, ambos haciendo transbordo en Poggibonsi) nos decantamos por el autobús. De esta manera, sobre las 8 de la mañana estábamos plantados en la estación de autobuses de SITA – justo al lado de la estación de Santa María Novella – para sacar nuestro billete (6,26 euros) y montarnos en un autobús para cubrir la hora de trayecto que nos separaba de SG. Pero antes de llegar tuvimos que bajarnos en Poggibonsi, para desde allí coger otro autobús que en poco más de 20 minutos nos dejó a las puertas de la muralla que protege al pueblo. Mientras nos acercábamos, pudimos empezar a vislumbrar las características torres de piedra que le han dado tanta fama a la población.
Empezamos a caminar por las empedradas calles, en las que se podía respirar un ambiente de lo más medieval, además de tranquilo, pues al ser temporada baja la verdad es que no había mucha gente visitando la población. Avanzamos por una de las calles principales (Vía San Giovanni), que estaba completamente flanqueada por tiendas de recuerdos y de productos típicos toscanos, como el vino de chianti.
Después de pasear un poco sin rumbo, dejándonos llevar por aquellas callejuelas, decidimos hacer un stop y entrar en una cafetería para planificar un poco la mañana y las cosas que queríamos visitar sí o sí. Sentados ante un buen espresso decidimos que la Rocca, el Palazzo del Popolo, y las vistas desde la Torre Grossa iban a ser nuestros principales objetivos.
El primero de ellos fue la Rocca, un conjunto de antiguos vestigios reconvertido actualmente en una especie de parque desde el que se puede admirar gran número del conjunto total de torres de piedra que se elevan sobre San Gimignano. Fue una visita fugaz, ya que más allá de la panorámica poco más hay que ver, así que rápidamente nos encaminamos hacia la plaza sobre la que se alza la Torre Grossa y donde se encuentra el Palazzo del Poppolo. Podríamos decir que es la plaza principal del pueblo, una plaza que albergaba aquel jueves un bullicioso mercado cuyas paradas se vieron bastante comprometidas debido al fuerte viento que soplaba, que a punto estuvo de llevarse más de una por los aires.
Previo pago de 5 Euros accedimos al Museo Cívico, situado en el interior del Palazzo. En estos 5 euros iba incluida también la visita a una pequeña pinacoteca y la ascensión a lo alto de los 54 metros de la torre. Nuestra prioridad era subir a ésta para ver San Gimignano a vista de pájaro, pero visto que el precio lo incluía todo, le dedicamos unos minutos a ojear los frescos y retablos renacentistas que allí había expuestos.
Acabada la dosis de renacimiento – que en la Toscana nunca falta -, comenzamos a subir a lo alto de la torre por una escalera metálica que nos llevó hasta la cima. Mal día elegimos para estar tan altos pues, como he dicho antes, el viento que soplaba apenas nos dejaba mantenernos en pie en el exterior. Como pudimos nos acercamos hasta uno de los extremos de la torre para poder contemplar unas increíbles vistas del pueblo con sus características torres, que quedaban por debajo de nuestra posición. Más allá del pueblo, se podía apreciar un paisaje típicamente toscano de colinas, viñedos, y cipreses.
Una vez de nuevo en tierra firme, decidimos callejear por el pueblo el resto de la mañana. Un paseo que nos ayudó a descubrir algunos rincones inolvidables de un lugar, San Gimignano, difícil de olvidar.
Llegada la hora de comer y, pese a la tentación que suponía la presencia cercana de algunas trattorías, optamos por comernos una porción de pizza y de esta manera ahorrarnos algunos durillos. Por tres euros comimos ese día.
Tras comer, salimos de las murallas para esperar nuestro autobús a Poggibonsi. Aguantando el frío viento como pudimos, estuvimos conversando una media hora con un siciliano afincado en San Gimignano, mientras estuvimos esperando nuestro transporte, hasta que finalmente llegó.
Nos bajamos en la estación de trenes de Poggibonsi, aliviados tras un trayecto en el que tuvimos que aguantar a una clase entera de adolescentes italianos con sus gritos, bromas, y canciones de Lady Gaga. Compramos los billetes de (4,70 Euros) en el quiosco de la estación y montamos en el primer tren que pasó hacia Florencia.
Ya en la estación de Santa María Novella y después de 1 hora de trayecto aproximadamente, nos dimos cuenta de que teníamos casi toda la tarde por delante para acabar de rematar la ciudad.
Uno de los lugares que nos quedaba por ver era la iglesia de Santa Croce, así que cruzamos el casco antiguo florentino para llegar a la plaza donde se alza la bonita iglesia, lugar donde se dio sepultura a personajes italianos tan ilustres como Galileo Galilei, Miguel Ángel o Lorenzo Ghiberti. Nosotros tuvimos que conformarnos con admirar su blanco exterior ya que al preguntar en taquilla por el precio de la entrada nos dimos cuenta que valía unos 8 euros por cabeza que no teníamos pensado gastar. La decepción fue menor al estar la plaza de Santa Croce con un acogedor mercado navideño repleto de paradas representantes de diferentes países ofreciendo diferentes productos navideños o algo para comer. Optamos por degustar una deliciosa crêpe de chocolate mientras curioseábamos por las diferentes paradas o nos sentábamos en un banco simplemente dejando pasar la tarde.
Cuando ya empezaba a anochecer decidimos ascender de nuevo a Piazzale Miquelángelo para admirar las vistas de Florencia, esta vez de noche. Nos acercamos a la cercana Vía Tintori y cogimos el autobús número 13, que en poco más de 10 minutos nos dejó en el mirador. Pero antes de disfrutar de las vistas, teníamos un asunto pendiente por las cercanías: visitar la pequeña iglesia de San Miniato del Monte. A tan sólo 5 minutos del famoso mirador se encuentra esta pequeña iglesia de fachada de mármol que a parte de su belleza propia, tiene una de las mejores vistas panorámicas de Florencia. Cuando llegamos a la iglesia ya era noche cerrada y temimos que la basílica pudiese estar cerrada. Para nuestra sorpresa pudimos abrir la puerta y “colarnos” en un templo que estaba casi a oscuras, apenas iluminado por una tenue luz que le daba al lugar un aire de lo más misterioso.
Ya de nuevo en el exterior, situados en la escalinata que da acceso a la iglesia, la ciudad de Florencia ya se había iluminado completamente ante nosotros. Las luces anaranjadas de farolas y monumentos de la ciudad a lo lejos rompían con suma belleza la oscuridad de una noche ya cerrada. Y es que las vistas desde San Miniato nada tienen que envidiar a las de Piazzale Miquelángelo, si bien desde este último mirador se puede apreciar también el río Arno y el Ponte Vecchio. Después de tomar varias fotografías desde ambos puntos de vista, cogimos uno de los últimos autobuses que bajaban de nuevo a la ciudad.
Descendimos en Santa María Novella y cenamos en un restaurante de comida rápida cercano para de esta manera dar por concluido un día bastante completo en el que habíamos descubierto una joya peculiar como San Gimignano y habíamos podido acabar de degustar una ciudad, Florencia, que nos vería partir a la mañana siguiente rumbo a Siena.

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