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Feb 09 2011

TOSCANA ’10 – DÍA 3: San Gimignano y su skyline medieval

 

 

Jueves 09/12/2011

Para nuestro tercer día por la Toscana teníamos pensada una pequeña excursión que nos llevaría a descubrir uno de los pueblos más encantadores de la región: San Gimignano.

El día anterior estuvimos estudiando las opciones para llegar a este pueblo a 60 kilómetros de Florencia, situado sobre una colina en pleno centro de la Toscana. De las dos posibles (bus y metro, ambos haciendo transbordo en Poggibonsi) nos decantamos por el autobús. De esta manera, sobre las 8 de la mañana estábamos plantados en la estación de autobuses de SITA  – justo al lado de la estación de Santa María Novella – para sacar nuestro billete (6,26 euros) y montarnos en un autobús para cubrir la hora de trayecto que nos separaba de SG. Pero antes de llegar tuvimos que bajarnos en Poggibonsi, para desde allí coger otro autobús que en poco más de 20 minutos nos dejó a las puertas de la muralla que protege al pueblo. Mientras nos acercábamos, pudimos empezar a vislumbrar las características torres de piedra que le han dado tanta fama a la población.

Empezamos a caminar por las empedradas calles, en las que se podía respirar un ambiente de lo más medieval, además de tranquilo, pues al ser temporada baja la verdad es que no había mucha gente visitando la población. Avanzamos por una de las calles principales (Vía San Giovanni), que estaba completamente flanqueada por tiendas de recuerdos y de productos típicos toscanos, como el vino de chianti.

Después de pasear un poco sin rumbo, dejándonos llevar por aquellas callejuelas, decidimos hacer un stop y entrar en una cafetería para planificar un poco la mañana y las cosas que queríamos visitar sí o sí. Sentados ante un buen espresso decidimos que la Rocca, el Palazzo del Popolo, y las vistas desde la Torre Grossa iban a ser nuestros principales objetivos.

El primero de ellos fue la Rocca, un conjunto de antiguos vestigios  reconvertido actualmente en una especie de parque desde el que se puede admirar gran número del conjunto total de torres de piedra que se elevan sobre San Gimignano. Fue una visita fugaz, ya que más allá de la panorámica poco más hay que ver, así que rápidamente nos encaminamos hacia la plaza sobre la que se alza la Torre Grossa y donde se encuentra el Palazzo del Poppolo. Podríamos decir que es la plaza principal del pueblo, una plaza que albergaba aquel jueves un bullicioso mercado cuyas paradas se vieron bastante comprometidas debido al fuerte viento que soplaba, que a punto estuvo de llevarse más de una por los aires.

Previo pago de 5 Euros accedimos al Museo Cívico, situado en el interior del Palazzo. En estos 5 euros iba incluida también la visita a una pequeña pinacoteca y la ascensión a lo alto de los 54 metros de la torre. Nuestra prioridad era subir a ésta para ver San Gimignano a vista de pájaro, pero visto que el precio lo incluía todo, le dedicamos unos minutos a ojear los frescos y retablos renacentistas que allí había expuestos.

Acabada la dosis de renacimiento – que en la Toscana nunca falta -, comenzamos a subir a lo alto de la torre por una escalera metálica que nos llevó hasta la cima. Mal día elegimos para estar tan altos pues, como he dicho antes, el viento que soplaba apenas nos dejaba mantenernos en pie en el exterior. Como pudimos nos acercamos hasta uno de los extremos de la torre para poder contemplar unas increíbles vistas del pueblo con sus características torres, que quedaban por debajo de nuestra posición. Más allá del pueblo, se podía apreciar un paisaje típicamente toscano de colinas, viñedos, y cipreses.

Una vez de nuevo en tierra firme, decidimos callejear por el pueblo el resto de la mañana. Un paseo que nos ayudó a descubrir algunos rincones inolvidables de un lugar, San Gimignano, difícil de olvidar.

Llegada la hora de comer y, pese a la tentación que suponía la presencia cercana de algunas trattorías, optamos por comernos una porción de pizza y de esta manera  ahorrarnos algunos durillos. Por tres euros comimos ese día.

Tras comer, salimos de las murallas para esperar nuestro autobús a Poggibonsi. Aguantando el frío viento como pudimos, estuvimos conversando una media hora con un siciliano afincado en San Gimignano, mientras estuvimos esperando nuestro transporte, hasta que finalmente llegó.

Nos bajamos en la estación de trenes de Poggibonsi, aliviados tras un trayecto en el que tuvimos que aguantar a una clase entera de adolescentes italianos con sus gritos, bromas, y canciones de Lady Gaga. Compramos los billetes de (4,70 Euros) en el quiosco de la estación y montamos en el primer tren que pasó hacia Florencia.

Ya en la estación de Santa María Novella y después de 1 hora de trayecto aproximadamente, nos dimos cuenta de que teníamos casi toda la tarde por delante para acabar de rematar la ciudad.

Uno de los lugares que nos quedaba por ver era la iglesia de Santa Croce, así que cruzamos el casco antiguo florentino para llegar a la plaza donde se alza la bonita iglesia, lugar donde se dio sepultura a personajes italianos tan ilustres como Galileo Galilei, Miguel Ángel o Lorenzo Ghiberti. Nosotros tuvimos que conformarnos con admirar su blanco exterior ya que al preguntar en taquilla por el precio de la entrada nos dimos cuenta que valía unos 8 euros por cabeza que no teníamos pensado gastar. La decepción fue menor al estar la plaza de Santa Croce con un acogedor mercado navideño repleto de paradas representantes de diferentes países ofreciendo diferentes productos navideños o algo para comer. Optamos por degustar una deliciosa crêpe de chocolate mientras curioseábamos por las diferentes paradas o nos sentábamos en un banco simplemente dejando pasar la tarde.

Cuando ya empezaba a anochecer decidimos ascender de nuevo a Piazzale Miquelángelo para admirar las vistas de Florencia, esta vez de noche. Nos acercamos a la cercana Vía Tintori y cogimos el autobús número 13, que en poco más de 10 minutos nos dejó en el mirador. Pero antes de disfrutar de las vistas, teníamos un asunto pendiente por las cercanías: visitar la pequeña iglesia de San Miniato del Monte. A tan sólo 5 minutos del famoso mirador se encuentra esta pequeña iglesia de fachada de mármol que a parte de su belleza propia, tiene una de las mejores vistas panorámicas de Florencia. Cuando llegamos a la iglesia ya era  noche cerrada y temimos que la basílica pudiese estar cerrada. Para nuestra sorpresa pudimos abrir la puerta y “colarnos” en un templo que estaba casi a oscuras, apenas iluminado por una tenue luz que le daba al lugar un aire de lo más misterioso.

Ya de nuevo en el exterior, situados en la escalinata que da acceso a la iglesia, la ciudad de Florencia ya se había iluminado completamente ante nosotros. Las luces anaranjadas de farolas y monumentos de la ciudad a lo lejos rompían con suma belleza la oscuridad de una noche ya cerrada. Y es que las vistas desde San Miniato nada tienen que envidiar a las de Piazzale Miquelángelo, si bien desde este último mirador se puede apreciar también el río Arno y el Ponte Vecchio. Después de tomar varias fotografías desde ambos puntos de vista, cogimos uno de los últimos autobuses que bajaban de nuevo a la ciudad.

Descendimos en Santa María Novella y cenamos en un restaurante de comida rápida cercano para de esta manera dar por concluido un día bastante completo en el que habíamos descubierto una joya peculiar como San Gimignano y habíamos podido acabar de degustar una ciudad, Florencia, que nos vería partir a la mañana siguiente rumbo a Siena.

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Ene 04 2011

TOSCANA ’10 – DÍA 2: Florencia. Contra la lluvia, museos (y algo más)

 

Miércoles 8/12/2010

Qué a gusto madruga uno cuando está de viaje. Es igual lo cansado que te vayas a la cama la noche anterior, que se duerman pocas horas o en un lugar algo incómodo, que al día siguiente siempre se está con energía renovadas y con ganas de comerse el destino. O al menos eso me pasa a mí. En nuestro primer despertar en Florencia, decidimos madrugar para poder aprovechar al máximo nuestro segundo día en la ciudad del arte.

Así que sobre las 8 y cuarto de la mañana ya estábamos en las húmedas calles florentinas buscando un lugar para desayunar. Como ya he comentado alguna vez, Florencia nos pareció  algo cara, así que el capricho de un buen café latte con croissants nos salió por un pico.

El día amenazaba lluvia, aunque los grises nubarrones de momento aguantaban el apretón. Lo primero que hicimos una vez desayunados fue dirigirnos hacia la Galería de la Academia, situada en la Via de Ricasoli 60, museo famoso por albergar probablemente una de las esculturas más conocidas de todo el mundo: el David de Miguel Ángel. Pagamos los 10 Euros de la entrada (5 para los menores de 25 años) y entramos para adentro con un objetivo en mente que no se hizo de rogar. Al fondo de la galería donde se exponen los esclavos inacabados de Miguel Ángel se alzaba, imponente, el David.

La verdad es que siempre lo había imaginado más pequeño, pero sus 4 metros de altura hacen que tengas que alzar la vista para contemplarlo por completo. La famosa escultura representa al rey bíblico David, momentos antes de enfrentarse al gigante Goliat con un gesto de serenidad y concentración imperturbable. Tan imperturbables como nos quedamos nosotros admirando semejante obra, tallada a golpe de cincel directamente sobre el mármol. Toda una genialidad con perfección en cada detalle.

Pero no solo del David vive la Galería de la Academia, así que seguimos explorando sus rincones en los que pudimos encontrar más esculturas, así como algunos cuadros y retablos renacentistas y hasta una curiosa colección de antiguos instrumentos musicales.

Muy cerquita de la Galería de la Academia se encuentra la plaza y la basílica de la Santissima Annunziata, así que no perdimos la oportunidad de acercarnos a echarles un vistazo. En la bonita plaza había instalado un mercado cuyas paradas vendían productos de facturación artesanal así como todo tipo de productos alimentarios típicos de la Toscana. Después de serpentear un poco entre las paradas, entramos en la basílica, dentro de la cual se estaba dando el sermón. Nos quedamos allí durante 5 minutos admirando en completo silencio el recargado y bello interior de la basílica antes de salir de nuevo por la puerta y poner rumbo hacia el mercado central, que por estar cerrado, no pudimos ver.

Atravesamos de nuevo la zona del mercado de San Lorenzo y las Capillas Mediceas (por cierto, 9 euros la entrada) hasta llegar hasta la iglesia de Santa María Novella que ya habíamos visto iluminada la noche anterior. Para nuestra sorpresa, también estaba cerrada (abría de 12 a 16:00) así que nos  hicimos unas fotos en el exterior y tiramos para el Ponte Vecchio.

Nos dirigimos, como ya habíamos hecho el día anterior, hacia el Palacio Pitti ya que queríamos hacer una visita a los Jardines de Boboli. La verdad es que los 10 euros de la entrada nos parecieron demasiados para poder visitar tan solo los jardines, un par de exposiciones de cerámica o porcelana, y no recuerdo bien que más. Puede que la entrada completa al palacio compense más, pero la verdad es que no teníamos ganas de ver más arte después de la Academia, más pensando que por la tarde íbamos a visitar la Galería de Uffizi. Quizá en esta valoración negativa también influyó que nada más atravesar la puerta y pagar la entrada, se nos puso a llover intensamente sin poder encontrar muchos rincones en los que refugiarnos ya que gran parte de la visita es en los jardines, por lo tanto a cielo abierto. Como punto positivo, las vistas de la ciudad que se pueden obtener si se sube hasta la parte más alta de los jardines. Y la verdad es que poco más, aunque también es cierto que empujados por la lluvia hicimos la visita un poco como correcaminos.

Como ya era hora de comer cuando acabamos con los jardines, entramos en un local cercano de pizzas al taglio, donde dimos cuenta de unas buenas pepperoni a resguardo de la lluvia. Por poco más de 4 Euros por persona comimos ese día… La lluvia no parecía que fuese a cesar al menos por unas horas así que decidimos ir a hacer la siesta al hotel para ver si con un poco de suerte al despertarnos había escampado un poco.

La lluvia había remitido, pero nada de escampar cuando salimos del hotel. El objetivo de la tarde y de las pocas horas que quedaban de luz era el de subir hasta Piazzale Miquelángelo para admirar las que son, probablemente, las mejores vistas de toda Florencia. Esta plaza o mirador se encuentra en una de las colinas que, al otro lado del Arno, rodean la ciudad. Para acceder a ella nosotros optamos por coger el autobús número 13 en la misma estación de Santa María Novella, aunque si se quiere caminar un poco, también se puede llegar a pie. Después de unos 20 minutos de trayecto, el autobús nos dejó bajo la lluvia y la presencia de una nueva réplica (ahora en bronce) del David de Miguel Ángel, en el mejor balcón a la ciudad de Florencia. Desgraciadamente, el día no acompañaba para nada y las vistas se vieron enturbiadas por una especie de neblina causada por la lluvia que impidió que las fotografías tomadas quedaran lo nítidas y bellas que merece el lugar. La lluvia comenzaba de nuevo a ir in crescendo así que lejos de ir a visitar, como teníamos previsto, la cercana iglesia de San Miniato al Monte, cogimos de nuevo el primer número 13 que pasó con dirección al centro de Florencia. Afortunadamente podríamos descubrir la iglesia y repetir vistas al día siguiente.

De nuevo en el centro de la ciudad, pusimos rumbo por unas calles ya iluminadas hacia la Galería Uffizi donde, además de ver algunas obras de arte del Renacimiento, lograríamos huir durante un rato de la cansina lluvia.

Ubicado en lo que fueron las antiguas oficinas de la familia Médicis y muy cerquita del río Arno y el Ponte Vecchio, este museo alberga la colección artística de la familia con obras de tanto renombre como el Nacimiento de Venus de Boticceli, lo cual le ha convertido en una de las principales atracciones de Florencia. Accedimos por uno de los costados del edificio en forma de U tras pagar los 10 euros de la entrada, siempre reducidos a la mitad para los menores de 25 años. La verdad es que pese a las advertencias sobre formaciones de cola para entrar, nosotros no tuvimos que esperar ni un minuto, y eso que estaba lloviendo. Supongo que el que quedara apenas 2 horas para el cierre nos favoreció en ese aspecto. Fuimos atravesando las diferentes salas del museo en las que había expuesto arte renacentista y obras pictóricas de tanto renombre como el – ya mencionado – Nacimiento de Venus, La Anunciación de Leonardo da Vinci, La Sagrada Familia de Miguel Ángel o la Alegoría de la primavera, también de Boticceli. Pese a que nuestra guía recomendaba de 3 a 4 horas para hacer la visita, nosotros nos pusimos las pilas (tampoco somos unos GRANDES apasionados del arte) y nos la ventilamos en poco más de hora y media.

De nuevo en la calle, estuvimos paseando un poco por el centro aprovechando que ya había escampado. Por una de las calles que desemboca en Piazza Signoria nos topamos con una especie de celebración en la que gente vestida de época y tocando los tambores desfilaba portando estandartes con la flor de Lis, auténtico símbolo de la ciudad. A día de hoy no sabemos a que se debía la celebración, pero la verdad es que fue una nota interesante durante aquel paseo nocturno por el centro de la ciudad.

Del resto del día poco más remarcable. Cenamos en un fast food para consuelo de nuestro bolsillo y por fin pudimos ver iluminado el gran árbol de Navidad de la plaza del Duomo, por la que estuvimos paseando hasta el momento en que decidimos irnos a nuestro hotel a descansar y prepararnos para un día, el siguiente, en el que tocaba excursión: San Gimignano nos esperaba.

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