Viernes 17/09/2010
Bodrum, nuestro siguiente objetivo del viaje, se encuentra a 157 kilómetros de Kusadasi, distancia que tardaríamos en recorrer unas dos horas y media. Por este motivo, porque queríamos aprovechar el día en la ciudad blanca, nos despertamos más temprano de lo habitual para poder partir ya desayunados sobre las 8 y media de la mañana. Nos despedimos de Kusadasi a través de la ventanilla de nuestro coche de alquiler mientras poníamos rumbo al sur de la costa Egea.
Cubrimos el trayecto sin ningún sobresalto en el tiempo que habíamos calculado, trayecto en el que cruzamos ciudades como Söke o Milas antes de adentrarnos, cuando ya eran casi las 11 de la mañana, en la turística península de Bodrum. Y es que hay que decir que si Kusadasi es uno de los centros neurálgicos del turismo en la costa Egea, Bodrum aún lo es más. Aún así nos llamaba la atención descubrir esa ciudad costera de casas blancas de la que tantas fotos había visto, con turistas o sin ellos. Circulando por la península se empezaban a vislumbrar los enormes y lujosos complejos hoteleros de 5 estrellas, situados a pie de costa y probablemente con playas privadas, que afean el precioso paisaje que compone la Península de Bodrum. No era precisamente uno de esos nuestro alojamiento, ni mucho menos, así que continuamos en dirección Bodrum – que ya se nos apareció en el horizonte con su color blanco impoluto – para pasar de largo hasta la vecina población de Bitez (a escasos 5 kilómetros), lugar donde habíamos reservado nuestro apartamento. Tras dar alguna que otra vuelta para encontrarlo, finalmente dimos con el complejo de apartamentos, donde hicimos el check in.
Nuestro apartamento para 5 personas era de lo más cutre que uno se puede encontrar, pero para el precio que habíamos pagado (30 euros entre los 5) tampoco había motivo para la queja. Además los apartamentos disponían de piscinas, bar, y supermercado, lo que nos vino muy bien para acabar de rematar la mañana. Como ya casi se nos habían hecho las 12 del mediodía, decidimos aprovechar la piscina y comprar algo en el súper para cocinarlo en el apartamento. Por la tarde, ya tendríamos tiempo de visitar Bodrum, que no es excesivamente grande. Así pues, nos relajamos en la piscina y yo en particular descansé un poco de las tres horas de coche que finalmente me había metido en el cuerpo. A la hora de comer, y con los recursos mínimos que nos ofrecía el apartamento, logramos cocinar unos espaguetis con tomate que, para que nos vamos a engañar, no se los comía ni mi perro después de un mes en huelga de hambre. No había tiempo para la siesta – tampoco había mucho que digerir – así que recién comidos nos pusimos en marcha hacia Bodrum.
Bodrum, antigua Halicarnaso, es una población de apenas 30.000 habitantes que destaca por su uniformidad arquitectónica (todas las casas bajas y de color blanco), situación que le da un encanto especial, sobretodo si se explora la zona menos turística con sus tranquilas callejuelas repletas de flores y plantas que resaltan sobre el blanco del conjunto. Otra cosa es llegar hasta la zona del puerto deportivo y el paseo marítimo, donde Bodrum se convierte en un lugar enfocado únicamente al turismo, con decenas de bares, discotecas, y restaurantes, una zona no especialmente agradable al menos para mi gusto, ya que podría parecerse a cualquier población costera española del tipo Lloret de Mar o Benidorm, y para ver eso no hace falta ir a Turquía.
Llegamos con nuestro coche por la avenida principal en dirección al mar, y nos comenzamos a dar cuenta de que estaba todo repleto de turistas y que las posibilidades de aparcamiento gratuito eran 0. Nos resignamos y dejamos el coche en un parking de pago en la misma avenida Cevat Sakir, arteria principal de la población. Salimos al exterior y comenzamos a caminar en dirección al Castillo de San Pedro, principal atractivo cultural de la ciudad, y construcción que divide las dos bahías donde fue levantada Bodrum: Bahía de Salmakis (donde se encuentra el puerto deportivo), y la Bahía de Kumbahçe, donde está la playa de la ciudad. Estuvimos caminando un poco por la zona del puerto, llena de lujosos yates de propietarios ricachones que vienen a pasar el verano a la costa turca.
No habíamos venido a ver eso, así que decidimos perdernos un poco por las calles de la ciudad sin un rumbo fijo, simplemente con la intención de encontrarle el encanto a un lugar que por el momento no nos había mostrado nada especial. Pero la cosa cambió, y fue comenzar a caminar por las frescas y sombrías calles vestidas de blanco (lugar al que la mayoría del turismo no accede, como si hubiera una barrera imaginaria entre el paseo marítimo y el resto del pueblo), con plantas y flores por todas partes, para que nuestra impresión de Bodrum fuera cambiando a positiva poco a poco.
Durante el paseo, nos topamos con lo que parecía un yacimiento que, consultada la guía, resultó ser el Mausoleo, otra de las 7 maravillas del mundo antiguo. Se trata de la que fue una impresionante tumba para el rey de Caria, Mausolo, construcción que posteriormente ha dado nombre genérico a todas las tumbas suntuosas y de grandes proporciones. Por lo que pudimos leer en nuestra guía y lo que se pudo ver por fuera, que creo que era casi todo, poco queda de lo que fue, así que optamos por no pagar la innecesaria entrada que nos querían cobrar.
Era el momento de hacer un descanso, pues hacía bastante calor y llevábamos un rato caminando, así que buscamos algún tipo de bar local para tomar un té y echar algunas partidas a las cartas. No fue fácil encontrar un establecimiento autóctono, pues entre ellos hay multitud de tabernas inglesas o pubs holandeses que nos aseguraban a la hora de pagar una buena clavada. Finalmente optamos por una terracita de un restaurante turco, donde estuvimos pasando parte de la tarde.
Seguimos con nuestro camino, esta vez en dirección a la Bahía de Kumbahçe, donde se encuentra la bonita y extensa playa con el Castillo de San Pedro en uno de sus extremos. Para llegar a ella de nuevo cruzamos encantadores callejones y algunas zonas más turísticas, con tiendas de souvenirs y ojos turcos por todas partes. Llegados a la playa, comenzamos a caminar por el paseo marítimo en una tarde que ya comenzaba a despedirse. La playa estaba llena de gente joven con ganas de fiesta, bailando al ritmo de la música house que las discotecas y bares a pie de playa tenían puesta; esa es otra de las facetas de Bodrum.
Llegados al extremo más alejado de la playa decidimos desandar el camino por el interior, caminando por el laberíntico entramado de callejuelas blancas donde sí se podía respirar el ambiente de una Turquía más real, el de la gente que realmente vive en esas casas ajardinadas, el de las personas mayores sentadas en los portales, o el de los niños jugando por cualquier rincón. De Bodrum me quedo con eso, con los paseos por sus zonas menos turísticas y con ese ambiente más tranquilo y sosegado.
No sé como lo hicimos pero acabamos desembocando de nuevo en la playa, donde nos sorprendió una excelente puesta de sol sobre el Castillo de San Pedro. Eso quería decir que se iba acercando la hora de cenar, así que pusimos rumbo al centro para buscar algún lugar donde hacerlo. Antes de ello, cayeron unas buenas cervecitas para acabar de hacer hambre.
Optamos por cenar en el centro de la ciudad, muy cerca de donde teníamos aparcado el coche, en un lugar donde – como siempre – comimos kebab en alguna de sus múltiples variedades. Finalizada la cena recogimos nuestro coche y pusimos rumbo a Bitez, dándonos cuenta por el camino del impresionante ambiente nocturno que hay en la zona, y es que a Bodrum la llaman la Ibiza turca por algo. No hubiese estado mal darle un poco de marcha al esqueleto pero entre que yo ya me pasaba del presupuesto planteado para el viaje y que estábamos todos con bastante cansancio acumulado, decidimos tirar para el apartamento y huir de las tentaciones de la noche. Mejor, porque yo cuando empiezo la fiesta me lío y quiero acabarla, y teníamos por delante uno de los mejores días del viaje, así que había que estar en las mejores condiciones; el Pamukkale (“é un sueño”) nos estaba esperando.


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