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mar 23 2012

VENECIA 2012 – DÍA 2: De góndolas y canales

Domingo 15/01/2012

Tras un buen desayuno en nuestro hotel, comenzamos nuestro segundo día en Venecia callejeando por el barrio de Cannareggio, vecino al de Castello dónde se encontraba emplazado nuestro alojamiento.

La mañana nos había salido soleada, factor que nos permitió disfrutar de nuestros pasos entre canales y añejas callejuelas. Eso sí, cuando tocaba ir por la sombra, hacía un frío de mil demonios. Nuestro objetivo, además de recorrer el barrio, era el de llegar al gueto judío, rincón veneciano donde se alojaban todos los ciudadanos de esta religión, cuya triste historia os podéis imaginar durante la 2ª Guerra Mundial.

 

Caminamos por la comercial Strada Nova, la calle principal de Cannareggio que discurre paralela al Gran Canal y en los alrededores de la cual podemos encontrar lugares como el Casino, el Palacio Ca d’Oro (ambos encarados al Gran Canal) o, el – menos glamouroso – único Mc Donald’s de toda la isla. Se trata de una calle bastante amplia para los parámetros venecianos y con mucha vida a lo largo de todo el día.

Caminando llegamos hasta el Campi di Guetto Nuovo, la plaza principal del barrio judío en la que se puede encontrar una garita de control militar, además de alguna que otra placa conmemorativa hacia todos los deportados a campos de concentración durante la 2ª Guerra Mundial. Nos hubiese gustado visitar la cercana sinagoga, pero por lo que pudimos saber tan solo se podía realizar la visita a través de una especie de tour guiado. No estábamos muy por la labor de hacerlo, así que declinamos la opción. La verdad es que el gueto judío es bastante parecido al resto de Venecia, pero aún así merece la pena acercarse por la historia que hay detrás de esas calles y plazoletas.

Callejeando por el gueto y tras pasar por uno de sus muchos sottoporteggos, dimos con el Ponte delle Guglie, lugar donde, tras un café para entrar en calor, sucumbimos a la tentación de montar en góndola. La oferta del gondolieri era innegociable,  60 Euros la media hora u 80 los 40 minutos. Es es la tarifa estándard. Cuando cae la tarde, la cosa puede subir por encima de los 100. Nosotros optamos por el paseo corto de media hora; nuestra economía no es muy boyante y entendíamos que ese era tiempo suficiente para captar la esencia de la experiencia.

Así que, sin  más demora, montamos en la lujosa góndola y nos tapamos con la manta que nos ofreció el gondolieri. El paseo de media hora consistió en hacer un tramo del Gran Canal, para después internarnos en los estrechos canales de barrio de San Polo; ahí es donde está la mejor parte de la experiencia de la góndola. Atravesar esas angostas callejuelas acuáticas en un silencio tan solo interrumpido por el agua que desplaza la góndola y por el ocasional canto del gondolieri, no tiene precio. La verdad es que la media hora se nos hizo bastante corta, pero esos 30 minutos seguro quedarán marcados en nuestra memoria como uno de esos momentos especiales que te dejan todos los viajes.

Tras el “momento góndola”, nos pusimos de nuevo en marcha con un próximo objetivo muy claro: El Ponte de Rialto.

Seguimos avanzando por Strada Nova siguiendo la curva del Gran Canal y tan sólo deteniéndonos en una de las muchas iglesias que te encuentras callejeando por Venecia: La Chiesa dei Santi Apostoli. Una iglesia veneciana cualquiera, pero no por eso indigna de una fugaz visita. Como nos pillaba de camino hacia Ponte Rialto, la visitamos.

Avanzando un poco más alcanzamos el que es el más antiguo de los puentes que cruzan el Gran Canal. Los orígenes del Ponte de Rialto se remontan al s. XII, cuando la evolución de la importancia del mercado de Rialto (aún presente) hizo necesaria la construcción de un puente, que en principio fue de madera. La construcción en piedra del actual, obra de Antonio da Ponte, data del S. XVI. La verdad es que merece su fama.

Lo cruzamos mientras curioseábamos en las tiendecitas que se encuentran en él y accedimos al otro lado del Gran Canal, con la intención de visitar el mercado de Rialto. Creo que llegamos tarde, pues se acercaba el mediodía y las paradas ya estaban en su mayoría desiertas.

Con un poco de decepción por no poder haber vivido el bullicio del mercado, nos encaminamos de nuevo hacia la animada orilla del Gran Canal, orilla cercana al Ponte de Rialto que está plagada de caros restaurantes para turistas con sus terrazas siempre a tope. Nosotros nos sentamos un rato al filo del canal, a la sombra del gran puente y al lado de un muelle de góndolas. ¿Qué mejor lugar para darse un respiro y descansar un poco las piernas?

Se nos había echado encima la hora de comer, así que buscamos por el barrio de San Polo algún lugar donde llenar el estómago. Lugar que no recomendaré pues nos equivocamos en su elección y no fue nada del otro mundo.

Las primeras horas de la tarde las dedicamos a callejear por el barrio de San Polo, pasando por su plaza principal – Campo di San Polo – y visitando una de las mejores iglesias de la isla: La Basílica de Santa María dei Frari, famosa por albergar obras de arte como “La Asunción de la Virgen” de Tiziano o las tumbas de éste mismo gran pintor o de Antonio Cánova.

Empezaba a atardecer así que nos dimos prisa para poder llegar a ver el ocaso desde el campanario de la iglesia de San Giorgio Maggiore. Para llegar allí, tuvimos que cruzar el barrio (sestiere) de Dorsoduro hasta alcanzar la parada de vaporetto de la orilla que no da al Gran Canal. Una vez allí agarramos un vaporetto que nos acercó hasta la diminuta isla de San Giorgio Maggiore, donde se encuentra la iglesia de mismo nombre.

Entramos a la iglesia y nos encaminamos rápidamente hacia el ascensor del campanario para subir y poder ver el atardecer sobre Venecia, previo pago de 3 Euros. El espectáculo desde allí arriba fue impagable, y es que ver caer el sol sobre una ciudad tan histórica como Venecia se convierte en una experiencia genial. Las vistas del campanario de San Marco, o de la cercana y alargada isla de Giudecca son espectaculares, pese al molesto alambre que ponen en el mirador para evitar indeseables accidentes o suicidios. Se trata probablemente de las mejores vistas de Venecia, pues desde las que podrían hacerle sombra, las del campanario de San Marco, no se puede ver uno de los iconos más reconocibles de la isla: el mismo campanille de San Marco.

La noche hizo acto de presencia mientras regresábamos con el vaporetto, que nos dejó tras un gran rodeo en la fermatta del Ponte de Rialto. El Gran Canal de noche es toda una delicia, con todas las fachadas iluminadas y reflejadas sobre las oscuras aguas del canal.

Entre paseos sin rumbo y algún que otro café por el barrio de San Marco se nos hizo casi la hora de cenar, así que tocaba de nuevo buscar un lugar acogedor y a poder ser, romántico. Esta vez dimos en el clavo. Callejeando por las icreíblemente solitarias calles de Canareggio, encontramos un restaurante bastante escondido que no dudaré en recomendar a quien quiera cenar en Venecia a buen precio, con una comida deliciosa, y un servicio impecable. Se trata del restaurante Sapori Venexiani, situado en la Calle del Dose 5870/A. 

Tras la cena, regresamos al hotel escapando del  frío por las añejas callejuelas que nos separaban de nuestra cálida habitación. Punto y final a nuestro segundo día veneciano. Al día siguiente regresaríamos bien entrada la tarde a Barcelona pero antes, durante el día, teníamos pendiente una excursión que nos hacía especial ilusión: Las islas de Murano y Burano.

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