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may 09 2012

TAILANDIA 2011 – DÍAS 8 y 9: Hacia las playas del Sur. La Península de Railay.

Lunes 20/06/2011

No me gustan las despedidas, y ese día había que decirle adiós a Kanchanaburi, lugar que me permitió disfrutar de mi viaje por Tailandia en su fase más tranquila. Pero las penas, con rumba, son menos penas, y mi próximo destino dentro del país de la eterna sonrisa me hacía especial ilusión: las playas del mar de Andamán, con sus peñascos kársticos, fina arena, y aguas cristalinas.

Pero antes había que llegar hasta allí, y eso me costaría un día entero perdido viajando en autobús. Tenía que desplazarme de Kanchanaburi a Bangkok y, una vez allí, coger un nuevo autobús que me acercaría hasta Krabi, puerta de entrada al paraíso de las islas sureñas tailandesas del Mar de Andamán.

Me despedí de la recepcionista del hotel, a la que había cogido cariño gracias a su atento trato durante toda mi estancia, me cargué la mochila al hombro, y puse rumbo a la estación de autobuses de Kanchanaburi. Una vez allí, me monté en el primer bus directo con destino Bangkok. El precio del billete fue de 90 Bahts.

En unas tres horas, ya a mediodía, llegué a la estación de autobuses Sur de Bangkok, que era el destino final de mi trayecto.

Lo primero que hice fue comprar en las taquillas mi billete a Krabi por 650 Bahts. El bus saldría a las 18:00 y no llegaría a destino hasta las 6 de la mañana del día siguiente, así que me esperaban 12 horas de viaje en autobús, que debería llevar lo mejor posible.

Quedaban cuatro horas hasta la salida de mi bus, así que me dediqué a comer, comprar provisiones para el camino, conectarme a Internet, y echar unas partiditas a la Play Station con unos tailandeses que, como yo, estaban esperando la salida de su bus. Todo esto en una moderna terminal de autobuses con todos los servicios que un viajero pueda necesitar.

Media hora antes de la salida del bus, ya estaba cargando mi mochila en el compartimento habilitado para ello y acomodándome en el asiento donde pasaría sentado las próximas 12 horas. Afortunadamente (o no), no me tocó vecino de viaje, con lo que pude realizar el trayecto mucho más cómodo.

Del trayecto, qué contaros. Pues que fue en su mayoría de noche, parando a eso de las once para comprar la cena y poco más.  Pude dormir bastante, así que no se me hizo muy pesado.

Fue este lunes un día de transición dentro del propio viaje, una molestia necesaria para poder alcanzar una zona que alberga, dicen, algunas de las playas más bonitas del planeta. Valía la pena el esfuerzo.

 

Martes 21/06/2012

El autobús llegó a la estación de Krabi cuando hacía pocos minutos que había amanecido. Medio somnoliento, pero con unas ganas increíbles, descendí del autobús para ponerme en marcha.

Mientras recogía mi mochila, me asaltaron multitud de agentes turísticos para ofrecerme todo tipo de transporte hacia las islas. Los precios no eran muy económicos y, pese a que no tenía ni idea de como hacerlo (esta fase del viaje la había preparado muy poco), decidí buscarme la vida por mi cuenta.

Krabi es una población sin mucho encanto que sirve como punto de acceso a las playas paradisíacas del mar de Andamán, como las de las islas Phi Phi o las de la Península de Railay. Estas últimas eran mi primer objetivo, y me constaba que sólo se podía acceder a dicha península por mar. De esta manera, alquilé a un motorista para que me acercara hasta el embarcadero de la ciudad, para allí coger un long tail boat (barcazas de madera con motor fueraborda típicas de Tailandia) que me permitiera llegar a la Península de Railay.

Una vez en el embarcadero me encontré con un problema: Los long tail boat sólo zarpan cuando llevan al menos 10 pasajeros Y, por lo temprano que era, yo era la única alma que allí había. Por lo visto, todos los turistas que venían conmigo en el autobús habían decidido llegar a sus destinos por la vía de agencias turísticas. Esperé pacientemente en el embarcadero junto al pescador que iba a ser el que me acercara en barca a Railay y con el que finalmente y cansado de tanto esperar, negocié hacer el viaje en solitario. La verdad es que me salío cara la jugada, pero alquilar un taxi acuático que me acercara hasta la península lo iba a ser de cualquier manera. Así que convencí al buen hombre para que me llevara en su barca, por el módico precio de unos 25 Euros al cambio.

Pasé el trayecto, de unos 20 minutos, en la proa de la embarcación, disfrutando por fin del mar y de los alrededores kársticos de Krabi. Surcábamos las aguas terrosas de esa parte de la bahía de Krabi a merced del oleaje, que balanceaba la barca y me impedía tomar fotografías que no saliesen movidas.

La Península de Railay es un pedazo de tierra que se interna en el mar de Andamán, muy conocida por sus bonitas playas y sus peñascos selváticos. Al poder alcanzarse tan sólo en barca, no es un lugar muy masificado, cosa que se agradece bastante para poder disfrutar tranquilamente de sus encantos. También es un lugar muy apreciado por los escaladores, pues sus peñascos favorecen la realización de esta actividad en un entorno increíble. La componen tres playas: Hat Rai Leh Est, Hat Rai Leh West, y Hat Tham Phra Nang. La primera no está muy habilitada para el baño al ser un poco fangosa y con manglares, las otras dos son playas soñadas por cualquier turista,

La entrada a la península se hace por la playa Hat Rai Leh Est  y, la verdad, es impresionante. Disfruté como un niño mientras la embarcación se adentraba en la playa rodeada de peñascos selváticos. Fue lo más parecido a llegar al paraíso. Bajé de la barca a bastantes metros de la orilla, teniéndome que descalzar para alcanzarla caminando con el agua por las rodillas mochila al hombro.

La playa de Hat Rai Leh Est no es la ideal para darse un bañito. De aspecto bastante salvaje, está algo enfangada y es la que se utiliza para embarcar y desembarcar turistas que llegan a la península.

Mi alojamiento se encontraba en la playa Hat Rai Leh West, al otro lado de la península. Ésta sí es una playa de ensueño, también rodeada por peñascos y con una arena blanca impresionante Para llegar, tan solo basta un paseo de 10 minutos por un sendero entre monos y palmeras. Me alojaría tan sólo esa noche en un bungalow del Sand Sea Resort, complejo de bungalows situado a pie de playa por unos 30 Euros la noche al cambio. La verdad es que el complejo está genial: tienes la playa a un paso, dispone de piscina y restaurante, y los bungalows están en plena naturaleza, bajo altas palmeras en un entorno de lo más paradisíaco.

Estaba bastante cansado después de toda una noche en autobús así que lo primero que hice fue dejar la pesada mochila en la habitación, ponerme el bañador, coger la toalla, y caminar 5 minutos hasta la arena de una de las playas más bonitas que he visto. Allí estuve tirado toda la mañana disfrutando de algún que otro baño, del ir y venir de las long tail boat y, sobretodo, del magnífico entorno que me rodeaba.

Llegó la hora de comer, así que me encaminé hacia Hat Rai Leh Est que es donde hay más oferta (aunque muy escasa). Comí una hamburguesa, pues comenzaba a estar un poco cansado de Pad Thais, en una terracita con geniales vistas a la playa. Estaba muy alegre de estar donde estaba. Me quedaban por delante 3 días disfrutando de playas e islas de ensueño… ¿Qué más podía pedir? Sin duda, el largo viaje en bus había valido la pena…

Para la tarde tenía pensado llegar hasta la última playa que me quedaba por ver en la península: Hat Tham Phra Nang. A ella se accede de nuevo por un sendero que atraviesa la vegetación y los peñascos kársticos hasta desembocar de nuevo en la fina arena. De nuevo ante mis ojos una preciosa playa, cuyo horizonte estaba salpicado de peñascos que emergían del mar como icebergs selváticos. En esta playa es donde se llevan a cabo los cursos de escalada, pues tiene bastantes lugares ideales para la actividad. Antes de tirarme de nuevo en la arena, hice una visita a una especie de cueva con un altar donde los pescadores hacen ofrendas para mejorar sus capturas. Lo curioso es que las ofrendas son en forma fálica de madera. Realmente curioso. Recorrí la playa de extremo a extremo antes de emprender regreso a Hat Rai Leh West.

Por el camino (de apenas 15 minutos), tenía una parada obligada: Subir a un mirador para poder ver el cuello de la península desde las alturas. Para ello, tuve que “escalar” ayudado de una cuerda la terrosa, enfangada y empinada ladera de un peñasco. Una vez arriba, caminé un corto trayecto entre la vegetación para obtener una genial recompensa: el cuello de la península sembrado de palmeras y con las playas a cada lado se exhibió ante mis ojos. Subir al mirador no es apto para cualquiera, pero para el que pueda, decirle que vale realmente la pena. Maravillosas vistas.

Descendí del mirador cuando ya estaba cayendo la tarde, situación que me hizo recordar que tenía una cita ineludible en Hat Rai Leh West: Disfrutar del atardecer. Había leído maravillas de la puesta de sol en esta playa. La verdad es que se llevó el premio a la más bonita de todo el viaje, a las fotos me remito.

Lo disfruté desde la terraza del restaurante del hotel, mientras saboreaba una refrescante Coca Cola. A mi alrededor, jóvenes tailandeses jugando a fútbol y la celebración de una boda. Fue de esos momentos en el que quieres que se pare el tiempo para poder degustarlo lentamente, sin miedo a que acabe. Momentos de pura vida como éste son los que le dan sentido a toda la locura viajera que a veces arrastro.

Esa misma tarde conocí a  un chico de Laos, Lamxe, que también viajaba sólo, así que quedamos en vernos en las islas Phi Phi para salir alguna noche de fiesta.

Un buen Pad Thai como cena puso el punto y final a un largo día en el que había podido empezar a degustar las mieles del paraíso. Pese a que no podía estar mejor que en Railay, el gusanillo de conocer más me hizo comprar un billete de ferry para el día siguiente. El destino, las islas Phi Phi.

 

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feb 20 2012

TAILANDIA 2011 – DÍA 7: Alrededores de Kanchanaburi

Domingo 19/06/2011

Soy bastante reacio a contratar packs turísticos para realizar actividades en destino. Prefiero ir por libre y buscarme la vida para poder realizar todo lo que me interese en todo momento. Pero hay veces en las que te ves obligado a hacerlo, ya sea por las mismas características de la actividad o, porque directamente, no hay manera de hacer lo que tu deseas sin pasar por el aro de los “packs”.

En mi caso, era mi último día por Kanchanaburi y se me había metido entre ceja y ceja hacer algo parecido a un trekking en elefante por la selva. Había leído que Kanchanaburi era una región propicia para ello, pero todas las opciones de realizarlo pasaban por contratarlo con una agencia en la que te iban a incluir unas actividades “extra” que no tenían porque interesarme demasiado. Así que contraté mi “tourist pack” que incluía un trekking en elefante (que resultó ser un paseo cutre que no llegó a la hora de duración), un descenso en balsa de bambú por uno de los ríos que cruzan la región, una visita al museo del Hellfire Pass, un trayecto por un tramo del ferrocarril de la muerte, y una visita a una conocida cascada de los alrededores. Hacer todo eso en un día por mi cuenta era francamente imposible, así que caí en la trampa. Más sabiendo que el precio de todo, comida incluida, iba a ser bastante económico.

Así que la noche anterior a mi último día en Kan lo reservé con una de las muchas agencias de la ciudad. La dependienta me dijo que no habían plazas para el día siguiente a no ser que quisiera integrarme en un grupo de turistas de Omán. ¿ Y porqué no?

A las 8 de la mañana estaba plantado en la recepción de mi austero alojamiento, por donde tenía que pasar el minibús que nos llevaría de sitio a sitio. Fui el primero en subir, hasta que 10 minutos más tarde se añadieron los 5 chicos de Omán.

Una hora  fue lo que duró el trayecto hasta nuestra primera parada: El “trekking” – siempre entrecomillado – en elefante. Paramos en una especie de ¿aldea? con no más de cuatro cabañas en la que estaban nuestros elefantes esperando. Siempre apresurados por nuestra guía, nos montamos en los elefantes por parejas dispuestos a comenzar la “aventura”.

Aventura que se resumió en un paseo que no llegó a los 3/4 de hora de duración (¡Porqué no pregunté antes!) y en el que lo más emocionante – a parte del simple echo de estar montado sobre tan impresionante animal –  fue atravesar un río subido al lomo de estos gigantes. Pero ni tuve que sacar el machete para apartar las vegetación de la espesa jungla, ni temí ante la posible presencia de un tigre agazapado dispuesto a devorarnos… Fue más como cuando montan a los niños en un pony de cualquier feria, y le dan un paseo circular. Todo un fiasco. Al menos pude interactuar un poco con estos bichos, ver como se alimentan o tocar su piel, que parece piedra.

Una vez recuperado del “tremendo trekking”, nuestra – siempre sonriente – guía nos instó a que nos diéramos prisa para llevar a cabo la siguiente actividad, que relizaríamos sin ni siquiera tener que movernos de la aldea. Bajamos al río y montamos en una balsa de bambú para descender por el terroso río que por allí pasaba. La tranquilidad y el frondoso verdor de los flancos del río me hicieron disfrutar del trayecto y rememorar nuestro descenso por el río Li, en Yangshuo, en el viaje que hice por China en 2010. Claro que los alrededores no llegaban a la altura de aquel paisaje kárstico del sudeste chino. El paseo duró sobre una hora, haciendo y deshaciendo el mismo trayecto, situación que le quitó encanto al ver el paisaje por dos veces: uno a la ida y otro a la vuelta.

Por el momento llevábamos ya dos actividades, y a cual más decepcionante. No eran ni las 11 de la mañana y a nuestra guía se le ocurrió la brillante idea de ir ya a comer. ¿A desayunar, querrá decir? Me preguntaba yo. No, no, para ella ya era la hora de comer.

Así que montamos todos en el minibús y nos llevaron a un restaurante de los alrededores. A todo esto, ya había hecho algo de migas con los chicos de Omán, que bromeaban constantemente ante la posbilidad de ir a comer a un Mc Donalds. “No Mc Donalds here”, les seguía la corriente la guía. Y es que por lo que me contaron, lo peor que llevaban de su viaje por Tailandia era la comida.

Después de comer un – ya recurrente en mi viaje - Pad Thai, nos pusimos de nuevo en marcha esta vez rumbo a la cascada de Sai Yok . Se trata de un bonito lugar que los tailandeses usan para pasar el día y refrescarse un poco bajo el agua de la cascada. Exploramos un poco la zona, ascendiendo por la resbaladiza cascada y curioseando por los puestecillos de comida que había por los alrededores. La verdad es que es un lugar bonito, pero no sé si vale la pena el desplazamiento desde Kanchanaburi, menos aún teniendo el increíble parque de Erawan por la zona. Siempre con prisas, la guía nos instó cual rebaño de ovejas, a que fuéramos subiendo de nuevo al minibús  para poner rumbo a la próxima actividad.

Próxima actividad que consistiría en la visita al Museo del Hellfire Pass, también por los alrededores. El Hellfire Pass fue el tramomás penoso y complicado del ferrocarril de la muerte, en que los prisioneros de guerra y los trabajadores forzosos de la zona se las vieron y desearon para abrir paso al tren en la montaña. Se podría decir que excavaron la montaña a mano para que pasara el tren, con unas herramientas escasas y en unas condiciones penosas. Penosas condiciones que causaron la muerte de muchos de los trabajadores. El museo nos explica la tortura que supuso abrir este paso, y una vez acabada su visita se puede descender entre la jungla para contemplarlo. Bautizado por los mismos trabajadores como Paso de la muerte, no cuesta imaginar el sufrimiento cuando bajas allí y te imaginas el colosal trabajo que debió suponer abrirse paso en la naturaleza de esa manera. Y con el calor que hace por esas latitudes. El Hellfire Pass es un angosto paso por el que circuló el ferrocarril de la muerte, actualmente las vías cortadas en ese tramo sirven como memorial de todos los que perdieron la vida allí.

Pero aún hay tramos del famoso ferrocarril que siguen activos, y ese fue nuestro siguiente objetivo. Nos dirigimos  a la estación de  Nam Tok Sai Yok Noi para montarnos en el tren en su paso más espectacular. El trayecto comienza sobre el viaducto de de Whampo para proseguir su camino entre campos de tapiocca y cruzando diferentes aldeas. Llegados a una estación de la que no recuerdo el nombre, descendimos del tren para montar de nuevo en el minibús y regresar a Kanchanaburi.

Total, que no eran ni las tres de la tarde y ya estaba de nuevo en Kan. En medio día nos había dado tiempo a montar en elefante, descender en balsa de bambú por un río, visitar una cascada, un museo, y hacer un tramo de un histórico ferrocarril. ¿Entendéis ahora porque no me gustan los “packs turísticos? Hice muchas cosas, sí, pero creo que no disfruté de ninguna de ellas…

De esta manera, tenía toda la tarde por delante y ni una sola idea de que hacer con mi existencia en Kanchanaburi, pues hasta el día siguiente no partiría hacia el sur del país, hacia las paradisíacas islas. Me planteé seriamente el avanzar mi partida a esa misma tarde, pero después me dije a mi mismo: “¿Qué prisa tienes?, estás de vacaciones”. Así que me decidí por simplemente disfrutar de la tarde; de nada en especial, simplemente de Kanchanaburi y su ambiente.

Paseé, olí, degusté, sentí… ¡Qué bueno es dejar a veces el planning de lado y disfrutar únicamente del sitio en el que estás! Desgraciadamente, el tiempo escaso en el que siempre me veo encorsetado me impide hacerlo a menudo. Dejé hasta la cámara de fotos en el hotel para ser uno más en el pueblo, así que no tengo ninguna fotografía de la tarde que allí pasé.

Tras una cena en Mangosteen y una buena Chang, puse punto y final a mis días en Kanchananuri. Un lugar que me aportó la tranquilidad que necesitaba tras el desenfreno de Bangkok.

Por la mañana temprano, cogería un autobús a la capital y desde allí otro con un destino que me apetecía sobremanera: Krabi.

 

 

 

 

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ene 29 2012

TAILANDIA 2011 – DÍA 6: El Parque Nacional Erawan

Sábado 18/06/2011

Parecía que el conductor de ciclo-rickshaw que me había acercado desde la estación al hotel el día anterior, estuviera esperando a que me despertara para pegarme otro sablazo. Intenté negociar, sí, pero parecía ser el único medio de transporte en los alrededores para poder llegar a una estación de autobuses de Kanchanaburi de la que desconocía el paradero. Así que tragué con los 50 Bahts que me pidió y a golpe de pedal me acercó a la estación, que no estaba ni a 10 minutos. Una vez allí, busque el destartalado y hortera bus público que me iba a llevar, en una hora y media de trayecto, al Parque Nacional. Aboné los 50 Bahts del trayecto y monté en espera de que nos pusiéramos en marcha.

Sentado en el bus junto a algún que otro turista más presencié lo que fue una de las cosas que más me impactaron del viaje: el rigor con el que los tailandeses respetan su himno cuando éste suena. Empezaron a sonar los acordes por diversos megáfonos y pude ver desde la ventanilla como todo el mundo que iba por la calle detenía su actividad, frenaba en seco, y adquiría una pose firme y respetuosa hacia su himno, su rey y su nación. Fue un momento realmente impactante.

Finalizada la liturgia patriótica, el bus se puso en marcha y comenzamos un bonito trayecto circundado por campos de tapioca hasta el Parque Nacional de Erawan.

El parque de Erawan -con nombre de una deidad mitológica hindú – es un  espacio natural conformado alrededor de una cascada que se divide en 7 pisos o niveles, cada uno ellos con su respectivo manantial donde poder bañarse o dejarse mordisquear los pies por los pececillos que lo habitan. Es una caminata corta desde el primer al último nivel, de un kilómetro y medio, así que tampoco hace falta estar muy en forma para hacer el recorrido. Los monos también son protagonistas en este parque, así que no se irá solo en ningún  momento… ;)

Empecé mi recorrido casi en solitario y tras abonar los 200 Baht de la entrada. Era aún temprano y pude estar por momento a solas con la rebosante naturaleza del parque. Al comienzo, sólo un pequeño riachuelo acompañaba el sendero por el que avanzaba, un riachuelo que acabó convirtiéndose en el primer nivel; es decir, en la primera cascada y el primer manantial donde bañarse.

Así que no me lo pensé dos veces y me quité la ropa para zambullirme junto a otros tailandeses que por allí había. Tanto ellos como ellas, bañándose completamente vestidos. Nadé lo que me dejaron los insistentes pececillos. Hace gracia y cosquillas cuando son pequeños, pero cuando es algo más grande el que te mordisquea el pie, las cosquillas pasan a ser pellizcos que te hacen sacar el pie lo más rápido posible del agua. Allí, sentado en una roca tras el baño, observé como los monos saltaban de árbol a árbol por el entramado de ramas que apenas dejaban pasar la luz del sol.

    

No recuerdo si fue en el segundo o el tercer nivel que es cuando en una especie de control medioambiental, los responsables del parque te hacen dejar todo tipo de envase para poder seguir ascendiendo a los siguientes niveles o cascadas.

Continué mi ascensión por la colina por dónde desciende la cascada deteniéndome en cada nivel a admirar lo bella que puede llegar a ser la naturaleza. El agua cristalina de los manantiales y la jungla verde que todo lo envolvía… fue toda una delicia para los sentidos.

Para mediodía, y con tiempo a bañarme hasta tres veces, ya había completado el recorrido y visitado los siete niveles de la cascada. Me encontraba de nuevo en la entrada del parque y aproveché para comer un pad thai ya por ahí, pues mi autobús de regreso salía a las 14 horas.

Me monté en la destartalada cafetera y emprendimos camino de regreso. A primera hora de la tarde, ya estaba de nuevo en Kanchanaburi.

El lugar donde me dejó el autobús  (realmente me bajé durante la parada en un semáforo de una zona que me convino), fue delante del Cementerio de Guerra de Kanchanaburi, situado en una zona muy céntrica y visible de la población. Este cementerio fue construido por la población local para honrar y homenajear a todas las tropas aliadas caídas durante la construcción de las vías del “ferrocarril de la muerte” durante la Segunda Guerra Mundial. En su mayoría soldados holandeses, pero también indios, americanos, y de diferentes nacionalidades. Esta visita, como cualquiera que sea conmemorativa de los caídos en la guerra de guerras, estremece a la vez que deja una sensación extraña en el cuerpo. Siempre he pensado que todos los combatientes aliados en la Segunda Guerra Mundial -en su gran mayoría muy jóvenes –  tuvieron un  valor impagable que mucho me temo no sería igualable en los tiempos que corren.

Pasee serenamente entre las lápidas, leyendo las sobrecogedoras últimas frases que los familiares y seres queridos de los soldados caídos quisieron inscribir en el pedazo de mármol bajo el que descansan estos héroes anónimos que lucharon por la libertad.

Acabada la visita, me dirigí al puesto donde había alquilado la bici el día anterior para hacer lo mismo y así tener transporte hasta el anochecer. Lo curioso del tema fue que la mujer que atendía no estaba en ese momento, y la que me alquiló la bici, contrato de por medio, fue una graciosísima niña de unos 7 años con la que me entendí a base de gestos. Estas situaciones kafkianas tan sólo se dan en Tailandia y pocos países más… :)

Había leído en la guía que en las afueras de Kanchanaburi, a unos 4 kilómetros, había un templo budista (Wat Thaom Khao Pun) que tenía nueve cuevas que albergaban imágenes de buda en su interior. A priori me pareció una visita bastante curiosa, así que me acerqué pedaleando hacia allí. El precioso paisaje de los alrededores de Kanchanaburi me acompañó en todo momento hasta que por fin di con el templo, después de una subida que casi acaba con mis fuerzas.

Pagué los 20 Bahts de la entrada y me adentré en las cuevas; la verdad, no son nada del otro mundo y no sé hasta qué punto merece la pena llegar hasta el templo más que por el paisaje del camino. Unas esculturas de buda bastante simples rellenaban el espacio de la cueva como si estuvieran amueblándola, y poco más. Así que entre eso y un encuentro fortuito con murciélagos, salí cagando leches de allí sin mirar atrás.

    

Me tomé con bastante calma el regreso, pues tenía tiempo de sobras y poca cosa me quedaba por hacer en Kanchanaburi, más que reservar para el día siguiente una excursión para montar en elefante.

Llegado a la ciudad me dirigí a una agencia de viajes de las muchas que hay y contraté la excursión para el día siguiente que incluiría un trekking en elefante (que de trekking tuvo poco), descenso por el río en balsa de bambú, entrada al museo del ferrocarril de la muerte y visita de una cascada. Todo por 850 Baht.

Pero eso ya queda para el próximo relato.

Cené en “mi” restaurante, el Mangosteen, y me fui a descansar después de un día que había cundido lo suyo. Mis días por Kanchanaburi se estaban acabando, pero el viaje aún estaba en su esplendoroso ecuador. Las paradisíacas islas del sur del país estaban a la vuelta de la esquina.


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ene 12 2012

TAILANDIA 2011 – DÍA 5: Llegada a Kanchanaburi

Viernes 17/06/2011

Nuestro tren salió de la estación de Noi en Bangkok (Thonburi) a las 7:50 para dejarnos a mediodía en lo que sería la próxima parada del viaje: Kanchanaburi. Entre medio, un delicioso viaje  en tren (100 Bahts) recorriendo paisajes selváticos y cruzando multitud de pueblos tailandeses.

   

La idea inicial al planificar el viaje era la de, tras Bangkok, visitar el norte del país pasando por ciudades como Chiang Mai. Pero mi tiempo de vacaciones era bastante escaso y subir al norte requería de unas horas en desplazamientos de las que no disponía. De esta manera, el sacrificio era necesario teniendo que prescindir del norte de Tailandia, que sin duda será objetivo prioritario en futuras visitas al país de la eterna sonrisa. Como substituto, encontré Kanchanaburi, una región mucho más cercana y que también ofrece unas dosis de Historia, naturaleza y tranquilidad que podréis comprobar en éste y los próximos relatos del viaje.


Ver Kanchanaburi en un mapa más grande

De la estación de “Kan”, como es conocida la ciudad en jerga viajera, me desplacé hasta mi hotel en un rickshaw a pedales que me costó 50 Bhats (la mitad del billete de tren por menos de 10 minutos…). Hice el check in sin problemas y me alojaron en mi bungalow. La verdad es que fue el alojamiento más “discreto” de todo el viaje, pero para el precio que pagué tampoco había que ponerse muy exquisito. Lo importante es que estaba junto al río Kwai y bastante cerca de la calle principal de Kanchanaburi. Como recepcionista estaba Hwan, una simpatiquísima tailandesa que me cuidó en todo momento los días que pasé en el hotel.


El Sol caía a plomo, pero había que salir a descubrir un poco la zona. Kanchanaburi es una ciudad bastante tranquila (al menos en las fechas que yo fui) rodeada por campos de cultivo, en su mayoría de tapioca, planta muy parecida a la marihuana. Me pareció buena idea alquilar una bici para moverme por allí y así lo hice. Por 50 Bahts tenía transporte hasta que se hiciera de noche.

Mi primer objetivo fue el más obvio, el que todo el mundo va a ver con tan solo poner un pie en “Kan”: El Puente sobre el río Kwai. Al encontrarse un poco en las afueras de la ciudad, tuve que recorrer una larga carretera, Mae Nam Khwae, flanqueada por todo tipo de restaurantes, bares, sevenelevens, agencias de viaje y hoteles hasta llegar a él. Es la avenida principal de Kanchanaburi, y donde se concentra toda la oferta e infraestructura turística de la ciudad. ¡Oh sí!, aquí también llegó el turismo de masas, sobretodo el inglés de borrachera.

Llegado al puente, la verdad es que fue cruzarlo, hacerle alguna fotografía, y poco más. Más que su espectacularidad estética, es su Historia la que hace de él una visita indispensable. Centenares de trabajadores forzosos de la región y soldados aliados murieron durante su construcción en la Segunda Guerra Mundial. Una construcción ordenada por las fuerzas japonesas, que pretendían crear una vía férrea (el ferrocarril de la muerte) que uniese Burma (Myanmar) con Tailandia. También ayuda mucho a su reconocimiento la película de los años 50, “El puente sobre el río Kwai” que narra la historia de los soldados aliados obligados a construir el puente. Yo aún no la he visto, ya me vale. Por cierto, “Kwai” se pronuncia “cuea”, más vale tenerlo en cuenta si se quiere evitar las risas locales.

   

Tras la visita al puente decidí ir a comer, que ya tocaba, así que busqué un lugar donde llevarme algo a la boca. La verdad es que no pude elegir mejor pues al entrar al Mangosteen Cafe and Books, entré en uno de los locales en los que me sentí más a gusto de todo el viaje. Se encuentra en la misma avenida Mae Nam Khwae y el servicio y la comida son exquisitos. Totalmente recomendable, también para tomar un café y leer alguno de los cientos de libros que tienen en sus estanterías.

Por la tarde y tras echar una buena siesta (la tranquilidad del lugar comenzaba a hacerme efecto), cogí la bici de nuevo dispuesto a seguir descubriendo los encantos de la ciudad. Después del espectacular calor de la mañana, la lluvia hizo acto de presencia justo cuando salía del bungalow. Me puse mi chubasquero y seguí con mis planes. Uno de ellos era visitar el cementerio chino de la ciudad, al que llegué en poco tiempo, pues Kanchanaburi es una ciudad bastante asequible en cuanto a tamaño. El cementerio aunque tétrica, fue una visita de lo más pintoresca y curiosa, más que nada por las tumbas chinas, que no tenían desperdicio como podéis ver en las fotos. Una mezcla entre repelús y exotismo. No sería la única visita a cementerios que haría en la ciudad.

   

La lluvia no sólo no cesaba, si no que cada vez era más persistente. Me estaba poniendo de agua hasta arriba, pero no estaba dispuesto a esperar en el bungalow a que parara de llover. Así que me dejé perder por la Kanchanaburi menos turística callejeando y dejándome llevar hasta que estuve perdido de verdad. Tras mil y una vueltas por las mismas enrevesadas calles, la gente ya me miraba raro. Paré en una especie de callejón para mirar mi mapa. Mientras me orientaba, se empezaron a acercar unos cuantos perros callejeros, en Tailandia los hay a montones y algunos son peligrosos, así que rápidamente salí pedaleando a toda velocidad con la mala suerte de que la jauría comenzó a perseguirme hasta el punto de que tuve que meterme en un templo budista que por allí había para librarme de ellos. ¡Por los pelos!

El monje que controlaba el templo contempló la escena y se acercó a mí al verme llegar. Con el idioma de los signos como vía para comunicarnos , pues él no tenía ni idea de inglés, se ofreció a enseñarme el templo bajo la lluvia. A lo que accedí encantado. Recuerdo aquello como una experiencia realmente bonita, pues de estar perdido y perseguido por perros, pasé a estar descubriendo un templo budista – del que ni sabía su existencia - de la mano de un monje.

Con una sonrisa de oreja a oreja cogí de nuevo la bici para volver hacia el hotel. Mientras pedaleaba de regreso, pensaba en el bonito momento del templo y en que son ese tipo de experiencias las que le dan absoluto sentido a viajar. Estaba encantado de estar donde estaba y con todos los días que aún me quedaban por delante.

Esa noche repetí en el Mangosteen, donde me comí un arroz al curry que quitaba el sentido.

Una cerveza Chang y una buena conversación sobre mi viaje y la ciudad con la camarera pusieron un inmejorable punto y final a mi primer día por Kanchanaburi. Cada vez me sentía más a gusto en ese maravilloso país.

 

 

 

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nov 16 2011

TAILANDIA 2011 – DÍA 4: Ayutthaya, vestigios de la antigua capital del reino

Jueves 16/06/2011

Cuando me adentré subido en aquella bici en el complejo histórico de la antigua Ayutthaya, una sensación de bienestar recorrió mi cuerpo. Quizà fue por dejar atràs el bullicio de Bangkok; quizá por estar a punto de descubrir lo que fue la antigua capital del reino de Siam; o quizá porque la sensación de moverme libremente en bicicleta entre aquel gran conjunto de ruinas era, simplemente, una experiencia maravillosa. Pero para llegar a ese punto, tuve que dejar atrás la megalópolis de Bangkok y recorrer unos cuantos kilómetros en tren.

Ayutthaya en el mapa

Mi viaje a Ayutthaya iba a ser de ida y vuelta desde Bangkok, así que tocaba madrugar para poder aprovechar bien el día. Para ello, cogí el primer taxi disponible que por 80 Bahts me acercó hasta la estación de trenes de Luamphang.

Una vez allí, y tras desayunar en un Dunkin Donuts de la estación, compré mi billete a Ayutthaya por la pírrica cifra de 15 Bahts ( al cambio unos 35 céntimos de Euro), eso sí, en tercera clase. La hora de salida eran las 09:25 de la mañana, así que me acomodé en los asientos de madera, junto a una ventana, para esperar que se iniciara el trayecto. Sin mucho retraso – para mi sorpresa – el tren se puso en marcha para dejarme sobre las 12 del mediodía en la estación de Ayutthaya. Entre medio, un traqueteante trayecto acompañado de suburbios al principio, paisajes selváticos más tarde, y vendedores ambulantes de comida constantemente, en el que hice migas con una agradable anciana que me dió a probar un (detestable) fruto que estaba comiendo. Por poco no uso la ventanilla del tren (son sin cristal) para otra cosa que para tomar el aire…

Finalmente, y tras fijarme en los carteles de las paradas de cada estación, me di cuenta de que habíamos llegado por fin a Ayutthaya.

Ayutthaya fue en su día una gran potencia asiática y capital del reino de Siam durante 417 años, entre el 1350 y el 1767, año en que acabó siendo arrasada por los vecinos birmanos. De esa destrucción y saqueo quedaron unas impresionantes ruinas de lo que fueron en su día grandes templos y palacios.

Para hacer la visita de la antigua ciudad, decidí alquilar una bici en los alredores de la estación para cubrir fácilmente las distancias sin morirme de calor. El error fue alquilarla antes de cruzar el río (las ruinas se encuentran en una especie de isla formada por la confluencia de 3 ríos) así que tuve que meter la bici como pude en la pequeña embarcación que hacía las veces de transbordador. Por cierto, el alquiler de la bici me costó 40 Bahts hasta las 18 de la tarde.

Una vez cruzado el terroso río que bordea la ciudad, me monté en la bici y puse rumbo al complejo de ruinas, el Parque Histórico de Ayutthaya.

Recorrí las ruinas que consideré, y me asesoró la guía, como más importantes. La entrada a cada una de ellas oscilaba entre los 20 y los 50 Bahts. Fueron las siguientes:

Wat Phra Si Sanphet: Situado en el interior de la “isla”, es sin duda uno de los templos más importantes de todo el complejo con sus tres grandes chedis. Fue en su tiempo el templo más grande de toda Ayutthaya. Pasee entre sus ruinas cual Indiana Jones en alguna de sus películas.

Wihaan Mongkhon Bophit: Adjunto al Wat Phra Si Sanphet, es un santuario que guarda un Buda de bronce de 17 metros de altura, único elemento remarcable de este lugar.

Wat Phra Mahathat: Su cabeza de Buda emmarañada en las raíces de un árbol es probablemente el elemento más fotografiado y visitado de todo el Parque Histórico. A parte de esto, en este templo también se pueden encontrar imágenes de Buda mutiladas y completas, así como un prang que aún se mantiene en pie. Imprescindible.

Wat Ratburana: También en la “isla” – como todos los comentados anteriormente – este templo alberga un gran prang visible desde cualquier punto de las ruinas y al que se puede subir trepando por unas escaleras. Las vistas de Ayutthaya desde esa altura lo hacen ser uno de los templos que no hay que perderse.

Wat Phanan Choeng: Nada que ver con ruinas. Se trata de un moderno templo budista-chino que alberga una imagen dorada de Buda de 19 metros. No lo destacaría si no fuera porque pude asistir a una ceremonia en la que los asistentes, en medio de oraciones, hacían circular un gran velo de color naranja entre la imagen de buda y sus propias cabezas. Para acceder a él – se encuentra fuera de la isla -, tuve que alquilar un tuk tuk que me clavó 200 Bahts por llevarme, con 1 hora de tiempo límite, a ver tanto éste templo como el siguiente y último que visité en Ayutthaya.

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Wat Yai Chai Mongkhon: Su Buda reclinado de 7 metros de largo y su gran prang rodeado de imágenes de Buda con velos amarillos, la hacen merecer el paseo que hay que darse para llegar hasta ella, pues se encuentra un poco alejada de la isla.

A nivel general, la visita a Ayutthaya fue sin duda uno de los momentos álgidos del viaje. Siempre recordaré ese paseo en bicicleta entre ruinas y elefantes portadores de turistas y envueltoen una tranquilidad que en determinados momentos me hacía pensar que estaba sólo visitando todas aquellas maravillas.

Estaba ya bien entrada la tarde cuando devolví mi bicicleta y compré en la pequeña estación mi billete de vuelta a Bangkok (20 Bahts). Me hubiese gustada pernoctar allí y poder disfrutar de las ruinas iluminadas de noche, pero mi ajustado planning me obligó a regresar a la gran metrópoli aquella misma tarde.

El trayecto de vuelta discurrió normalmente hasta que de repente, cuando el tren ya había entrado hacía rato en Bangkok, éste se paró de repente. Sin nadie que nos advirtiera de nada estuvimos esperando en los vagones durante una media hora, hasta que la gente decidió descender a las vías y seguir su camino a pie. No sabía muy bien donde me encontraba pero, cansado de esperar, decidí descender y seguir las vías hasta llegar a la estación, que al final resultó estar bastante cerca.

Una vez en la estación, negocié con un motorista la carrera hasta el hotel por 60 Bahts. Pese a lo peligroso que resulta ir en moto en una ciudad como Bangkok, más cuando el monzón estaba arreciando con ganas, disfruté de aquel trayecto como un niño. Cuando bajé de la moto en Khao San Road estaba totalmente calado de agua, así que me encaminé hacia el hotel para pegarme una buna ducha y ponerme ropa limpia.

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Nada más ese día, simplemente una agradable cena en los alrededores del hotel (Pad Thai de nuevo) y a descansar. Kanchanaburi, una Tailandia más rural, estaba esperando mi llegada al día siguiente.

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nov 04 2011

TAILANDIA 2011 – DÍA 3: La otra cara de Bangkok

 

MIÉRCOLES 15/06/2011

Bangkok es una ciudad de contrastes extremos. Difícilmente alguien que la haya visitado podrá negar esta afirmación. De los cables y postes de tensión destartalados, pasamos a calles impolutas flanquedas por tiendas de las mejores marcas. Del ruidoso y traqueteante tuk tuk, al moderno skytrain, que casi sobrevuela la ciudad. De viviendas que parece vayan a caerse con un golpe de viento, a futuristas rascacielos… En mi tercer día por la capital tailandesa iba a descubrir la cara moderna, limpia, tecnológica y vanguardista de la ciudad. Me iba a desplazar hasta el distrito de Silom para disfrutar de la Bangkok del siglo XXI, quizá con menos encanto que la de los templos y las paradas a cada esquina, pero igualmente interesante. La otra cara de Bangkok estaba a punto de descubrirse ante mí.

Para ello me puse en camino hacia el embarcadero del Chao Phraya Express más cercano a mi hotel. Por el camino, me dispuse a descubrir algo más de la Bangkok tradicional antes de embarcarme hacia la sombra de los rascacielos: el mercadillo de amuletos. Dispuesto en las aceras de Th Marahat y Th Phra Chan, muy cerca del río,  en este curioso mercadillo se pueden encontrar amuletos, talismanes y abalorios de todo tipo.

Las figuras con la imagen de buda son el producto estrella, pero se pueden encontrar desde monedas, hasta cualquier tipo de amuleto, por extraño que sea. No me crucé con muchos turistas durante mi recorrido, pero sí con bastantes monjes, que deben ser los clientes principales de estas paradas, junto con los coleccionistas. La verdad es que es una visita curiosa, y además me pillaba de camino hacia el muelle desde el que quería coger el barco que me llevara a Silom.

Monté en el Chao Phraya Express tras abonar los 14 Bahts de rigor y cubrí el recorrido que me separaba del embarcadero de Taskin, ya en la zona moderna de la ciudad. Navegar por el río Chao Phraya, con esos rascacielos que se hacían más grandes al acortarse la distancia, es uno de los mejores recuerdos que tengo de la ciudad.

Descendí en el embarcadero de Taskin, que ya está conectado con el moderno Skytrain para acceder al centro. Los 25 Bahts que cuesta el billete bien valen la pena para este moderno transporte público que sobrevuela sobre raíles la ciudad y ofrece una magníficas vistas de la misma. Toda una experiencia, sobretodo para los que estamos acostumbrados a ir bajo tierra en los abarrotados metros de Madrid o Barcelona.

Me bajé en la parada de Silom, con una objetivo claro en mente: visitar el parque Lumphini, el “Central Park” de Bangkok. Lo de Central Park, más que por el tamaño es por los rascacielos que circundan esta agradable zona verde de la ciudad. Senderos arbolados, estanques y verde, mucho verde, es lo que tiene para ofrecernos este parque, muy adecuado para huir de los bocinazos, los tuk tuk y el frenesí de la ciudad en general. El Sol caía a plomo durante mi paseo, hasta el punto de que empecé a quemarme tanto el cuello como la cara. Abrumado por el tremendo calor, aceleré mi visita a este parque - que lleva el nombre de la población de nacimiento de Buda – para refugiarme en la red subterránea de metro. Nunca había bendecido tanto un aire acondicionado.

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Para poder usar la moderna red de metro de la ciudad, primero tuve que adquirir un “token”, especie de moneda de plástico que hace las veces de billete. Es un medio de transporte bastante económico, así que por 20 Bahts pude desplazarme hasta la parada de Hua Lampong, hacia donde me encaminé para poder descubrir el templo del Buda Dorado.

El  Wat Traimit es uno de los templos más visitados de la ciudad, y gran culpa de ello la tiene la impresionante figura de Buda que alberga, de oro macizo y 3 metros de altura. Para poder presenciarla, hay que ascender por las empinadas escalinatas del templo, cuya cumbre dorada sobresale por encima de los tejados de China Town, lugar donde está ubicado. El precio de la entrada son 50 Bahts.

Se acercaba la hora de comer, así que decidí acercarme en skytrain hasta el centro comercial Paragon, junto a la cercana plaza de Siam. Éste es un centro comercial hiper-moderno, con todo el lujo y marcas representadas en sus escaparates. La verdad es que la idea de visitar centros comerciales no me atrae demasiado, así que me limité a comer en uno de sus establecimientos y marcharme por donde había venido. La visita al centro comercial me sirvió para constatar que hay gente que vive muy bien en Bangkok; otra, la mayoría, no tanto. Otro contraste más de esta gran ciudad.

Por la tarde estuve paseando un poco por la zona de Siam y la avenida Silom, a la sombra de los altos y modernos edificios de cristal. Ésta es una zona de la ciudad bastante moderna, y donde se aloja gran parte del turismo de masas, pero yo en particular no le encontré ningún encanto.

Llevaba ya casi dos días completos en Tailandia y aún no me había dado ningún masaje. Esa misma tarde le puse solución. Cansado y acalorado, decidí meterme en el establecimiento de masajes que mejor espina me dió; no quería sorpresas desagradables en forma de “happy endings”. De esta manera, opté por un local que ofertaba masajes tailandeses de 1 hora por 200 Bahts. Seguramente no fue el mejor masaje tailandés posible (era bastante económico), pero yo salí de allí como nuevo. Incluso me eché unas buenas risas con las dependientas, que me pidieron que me hiciera una serie de fotos con ellas.

En la misma avenida Silom cogí un taxi (100 Bahts) para que me devolviera al hotel. El monzón apareció durante el trayecto, con una virulencia que en España sólo supera alguna tormenta de verano. Me tuve que armar de paciencia, pues más de una hora me llevó llegar hasta los alrededores de Khao San debido al descomunal atasco de tráfico que se formó. En Bangkok, el taxi no es siempre la mejor opción o, al menos, la más rápida.

Tras cenar el arroz más picante de mi vida, me conecté un rato en el ciber y tiré para el hotel cuando era aún una hora bastante temprana.

Mis días en Bangkok habían llegado a su fin. A la mañana siguiente partiría en tren hacia Ayutthaya para descubrir lo que fue la antigua capital del reino de Siam. Volvería a Bangkok, sí, pero sólo a pasar la noche para partir al día siguiente. Comenzaba la ruta por el país de la eterna sonrisa.

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oct 30 2011

TAILANDIA 2011 – DÍA 2: Los imprescindibles templos de la capital tailandesa

Martes 14/06/2011

Sin duda aquel martes, segunda jornada de viaje, iba a ser uno de los días fuertes. Tenía planificado visitar el grueso de templos que tiene Bangkok: los más importantes, los imprescindibles que no hay que perderse. Y es que, sin duda alguna, esta ciudad no sería lo mismo sin sus templos y su budismo rebosante por cada esquina.

Para este plan, a priori ambicioso (y más con el calor que hacía), no había más remedio que levantarse temprano. Como ya he dicho en más de una ocasión en este blog, toda la pereza que me da levantarme temprano durante el año, se transforma en energía y ganas de comerme el día cuando estoy de viaje. Así que no eran ni las 8 de la mañana y ya estaba asomando la cabeza por encima de las sábanas.

La idea incial era aprovechar las primeras horas de la mañana, las más frescas, para visitar las joyas de la corona: El Gran Palacio y el Wat Phra Kaeo. Para ello, tras un english breakfast en un establecimiento cercano al hotel, me puse a caminar rumbo al complejo palaciego, a unos 20 minutos a pie de donde me encontraba. Me encantan las mañanas de los segundos días de viaje. Llamarme raro, pero para mí es de los mejores momentos de cada experiencia viajera: las expectativas intactas, todo el viaje por delante, el cuerpo descansado, y la fase de aclimatación al nuevo entorno normalmente superada.

Llegado a los alrededores de mi primer objetivo, hice de pardillo como el novato que sale por primera vez de su país. Cuando estaba dirigiéndome a la entrada del recinto, bastante despejada debido a la temprana hora, se me acerca un hombre para nada sospechoso (por un momento llegué  a pensar que el encuentro fue fortuito) para amablemente informarme que el Gran Palacio no abría hasta las 12h. Iluso de mí, y también engañado por no ver nadie por la entrada, caí en su trampa, que no era otra que llamar a un amigo suyo conductor de tuk tuk para que me llevase a dar una vuelta por la ciudad hasta la hora de apertura. Aunque os parezca mentira y una situación bastante obvia, aún no se muy bien el motivo, pero caí de pleno y acabé en ese tuk uk alejándome de un Gran Palacio que, después me enteré, ya estaba abierto. La negociación con el “tuk tukero” había sido dura, y finalmente se pactó un precio de 40 Bahts por llevarme a 3 o 4 sitios antes de devolverme a la entrada del Gran Palacio.

El primero de estos sitios fue el Wat Intharavihan, templo budista que se caracteriza por su enorme figura de buda de pie, de unos 32 metros de altura. Situado en el distrito de Nakhon, este templo poco más tiene que ofrecernos a parte de su gran figura dorada. Si bien no es nada fuera de lo normal, al ser de los primeros templos que visité, me dejó bastante buen  sabor de boca. Fue de entrada gratuïta.

Tras la fugaz visita, me monté de nuevo en el tuk tuk para que éste me llevara a la parada obligada de la excursión (venía incluída en la oferta del precio): llegar a una agencia local de turismo (TAT), hacer el paripé para que me vean llegando en tuk tuk, entrar y fingir que muestro interés en alguna información, y volver a salir para montar de nuevo en el tuk tuk. ¿Y todo esto para qué, os preguntaréis? Pues para que le llenen el depósito gratis al conductor y pueda así salir de nuevo a intentar estafar a nuevos turistas.

Una vez con el depósito lleno, yo ya no interesaba para nada al “tuk tukero”, pues el precio que había negociado conmigo era bastante bajo para todos los sitios a los que tenía que llevarme. Me lo demostró claramente cuando al volver a mi transporte descendiendo de la Golden Mountain, la siguiente parada a la que le había dicho que me llevase, mi amigo había desaparecido por completo, ni rastro de él. A mi me había salido la carrera gratis, así que no me preocupé en exceso.

La Golden Mountain es el nombre turístico por el que se conoce a este templo budista (Wat Saket) situado en lo alto de una especie de colina artificial en medio de Bangkok. Se accede a él ascendiendo por una escalera que rodea la colina donde se alza y que acaba su camino en las puertas del pequeño templo, bastante discreto. De hecho, su mayor atractivo son las vistas de Bangkok de las que uno puede disfrutar desde allí arriba. La inmensa urbe se extiende ante los ojos del visitante salpicada en muchos lugares por manchas verdes de vegeteación. Y es que no hay que olvidar que Bangkok es una gran metrópoli que le ha ido comiendo terreno a la selva.

De nuevo en las calles aledañas a Wat Saket, me dispuse a encontrar un nuevo tuk tuk que me acercase al Gran Palacio para, ahora sí, realizar la visita. La misión fue bastante fácil pues en Bangkok hay tuk tuks hasta debajo de las piedras.

Llegado a la puerta del lugar más visitado de todo Bangkok, aboné el precio de la entrada (350 Bahts), y me hice con unos pantalones largos (fianza de 200 Bahts)para poder acceder al recinto. Esto es debido a que iba con pantalones pirata y el complejo tiene restringida su entrada a todo aquel que no lleve las piernas completamente cubiertas, así como los hombros. Un detalle muy a tener en cuenta si se planifica la visita y no se quiere andar con ropa prestada… Me puse los pantalones que me dieron, y me fui para adentro.

Ya desde el patio exterior, la vista del complejo es impresionante, con las estupas doradas y los tejados de los templos sobresaliendo por encima del muro. Todo ello nos hace presagiar la maravilla que se va a contemplar a continuación.

El Wat Phra Kaew, o templo del buda esmeralda, es uno de los mayores lugares de peregrinaje budista del mundo, y se encuentra dentro del recinto del Palacio Real. Impulsado por el rey Rama I, este templo debe su fama en gran parte al pequeño buda esmeralda que alberga (gran icono del budismo tailandés), pero también por ser un conjunto arquitéctónico y artístico de gran belleza. Sirvan unas fotos para darse cuenta de ello.

Tras perderme un rato por los rincones del lugar y contemplar con respeto la imagen de buda – se nota la devoción del pueblo tailandés por este icono -, pasé al siguiente tramo de la visita: el Gran Palacio Real. Este complejo palaciego fue morada de los reyes tailandeses desde el s. XVIII, en que Rama I ordenó su construcción, hasta que ya a mediados del s. XX el actual rey Bhumibol decidió trasladarse junto a su familia al Palacio de Chitralada. El exterior del palacio es espectacular, muy vistoso con su opulencia, colores, y las puntiagudas formas de sus tejados.

Di por finalizada la visita y me encaminé hacia un  embarcadero próximo para cruzar el río hacia el distrito de Thonburi, con un ferry (3 Bahts) que me dejaría a los pies del Wat Arun, mi siguiente objetivo. Lo primero que destaca de este templo es que es estéticamente diferente a los visitados anteriormente: su estilo jemer le da un toque distintivo. Aboné los (50 Bahts) de la entrada y recorrí el lugar casi en solitario, ascendiendo al gran prang (torre) central por las empinadísimas escaleras. Su decoración es espectacular, y sus vistas una vez arriba todavía más. Pude contemplar desde allí arriba como el terroso río Chao Phraya divide la ciudad en dos. Una ciudad tan salpicada de templos como de altos rascacielos.

Al salir del Wat Arun, el calor era insoportable. Para hidratarme un poco, opté por comprarme un refrescante coco para tomármelo junto al río, disfrutando del trasiego de barcos y barcazas que circulaban por éste. Una vez superado el golpe de calor, crucé de nuevo el Chao Phraya con el transbordador para encaminarme al último de los tres templos que forman el triángulo imprescindible de Bangkok: El Wat Pho.

El Wat Pho (50 Bahts), o templo del buda reclinado, se encuentra aledaño al Gran Palacio, con lo que no tuve que caminar mucho para alcanzarlo. Su principal atractivo es la gran figura de buda en posición reclinada que alberga, de 46 metros de largo por 15 de alto. Ocupa casi toda la sala en la que se expone, y es realmente impresionante. El resto del templo vale mucho la pena, con lo que conviene explorar sus rincones y no quedarse solo con su atractivo principal. Este Wat se considera el lugar donde nació el masaje tradicional tailandés.

Desde el Wat Pho cogí un taxi – tras negociar con varios tuk tuk infructuosamente – para que me acercara a mi hotel. La mañana había cundido bastante y era hora hora de comer algo y descansar un poco. De esta manera, tras comer en un fast food de Khao San, decidí homenajearme con un bañito en una de las piscinas de la azotea del hotel. Tras el baño, una reconfortante siesta que me dejó nuevo para lo que quedaba de día.

Con el Sol ya más bajo y sin tanta calor, puse rumbo de nuevo hacia el  Chao Phraya que, además de río, hace las veces de arteria comunicativa de la ciudad. Me monté en el Chao Phraya Express (14 Bahts), una embarcación que circula por el marrón río cual autobús urbano, con sus paradas y todo. Serían sobre las 5 de la tarde, con lo que la barcaza en la que monté iba a rebosar. Toda una experiencia la de utilizar este medio de transporte, que me ayudó a llegar hasta mi siguiente objetivo: el barrio chino de Bangkok.

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Para ello tuve que conseguir desembarcar de la colpasada embarcación en la parada 5 y adentrarme un poco en la ciudad. Si Bangkok es ya de por sí  una ciudad caótica y estresante, su barrio chino va un paso más allá. Centenares de carteles en alfabeto chino por todos lados, paradas de todo tipo que desbordaban las aceras sin dejar apenas espacio para caminar por ellas y mucha gente por todos lados. Un bullicio que de primeras puede colapsar un poco, pero que a mi personalmente me encanta pues me parece que es una de las esencias de Asia. Y todo lo que sea esencialmente asiático, me tiene ganado. Caminé sin orden ni concierto por calles y callejones, sucumbiendo a la mezcolanza de olores y gentes y abriéndome paso entre las decenas de paradas de todo tipo de comidas. Eso fue básicamente a lo que dediqué la tarde, pasear y curiosear por aquellas calles rebosantes de todo, pero sobretodo, de vida.

Tras la visita a uno de sus templos chinos, abandoné el barrio montado en un tuk tuk que me devolvió a lo alrededores de Khao San cuando la noche ya se estaba dejando entrever sobre Bangkok.

Sin duda el día había cundido y pude disfrutar de todo lo que me había propuesto ver, así que lo único que me faltaba para acabar de rematarlo era una buena cena para seguir degustando la gastronomía local. Me decanté por uno de los restaurantes cercanos a mi hotel, en soi Rombrutti, donde decidí probar el famoso Pad Thai, plato estrella tailandés entre los turistas. Se trata de un salteado de fideos con brotes de soja y acompañado por pollo, ternera o gambas. Toda una delicia que, regada por una buena cerveza local, hizo que me pusiera las botas por unos 2-3 euros al cambio.

Tras la cena, y pese a que la noche de Bangkok es tentadora, opté por irme a descansar al hotel. Es sin duda de lo que peor llevo de viajar sólo: el no poder salir un poco de fiesta en el lugar que visito y probar de esa manera sus “usos y costumbres nocturnas”. En aquel momento aún no sabía que mi próxima noche de juerga desmedida sería en Tailandia…pero aún quedaban muchos días para eso.

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sep 17 2011

TAILANDIA 2011 – DÍA 1: Comienza la aventura en Bangkok

 

Domingo 12/06/2011 y Lunes 13/06/2011

Apenas unas horas antes estaba acabando de celebrar con todos mis amigos la boda de uno de ellos. Eran las 13h del mediodía de un domingo soleado cuando, aún medio dormido y pelín resacoso, me despedí de mis padres para perderme por la puerta de la Terminal 1 del aeropuerto del Prat. Estaba comenzando mi particular aventura y, para que negarlo, algo de nervios había en mi estómago: me iba en solitario a pasar 13 días en Tailandia.

Por delante, algo más de 12 horas de vuelo sólo interrumpidas por una cómoda escala en el aeropuerto de Doha, Qatar.

Serían sobre las 12h del mediodía del día siguiente cuando el moderno avión de Qatar Airways tomaba tierra en el aeropuerto Suvarnabhumi de la capital Tailandesa. Acompañado por Melanie, una española residente en Suiza que había conocido durante el vuelo, obtuvimos el visado de entrada al país (gratuito) tras entregar al funcionario de turno el típico documento de entrada que te dan en el vuelo. Ya con el sello en nuestros pasaportes, recogimos nuestros equipajes y nos despedimos, pues ella ponía rumbo a Koh Phangan para disfrutar de su Full Moon Party 2011, conocida fiesta playera de esta isla tailandesa.

De nuevo solo, me dirigí hacia la zona de taxis del aeropuerto dispuesto a tomar uno que me llevase directamente al hotel. Estaba bastante cansado y la verdad es que ni entré a valorar la posibilidad de desplazarme de otra manera más económica, aunque seguramente más incómoda. Para los taxis del aeropuerto no hace falta romperse la cabeza negociando el precio, pues es fijo, el que te dice la chica que te reparte el ticket para coger uno: 450 Bahts.

 Después de un trayecto de unos 40 minutos, donde pude apreciar desde la ventana del taxi mis primeras imágenes tailandesas, llegamos a Soi Rombrutti, la animada callejuela donde se encontraba mi hotel. Digo animada porque tenía mucha vida, con restaurantes, paradas de souvenirs, puestos de masajes… pero realmente era todo un remanso de paz si la comparamos con la frenética y mochilera Khao San Road, a escasos 50 metros.

Realicé el check in en el hotel y dejé mis cosas en la sencilla habitación con aire acondicionado en la que pasaría mis cuatro noches en Bangkok. Justo cuando estaba deshaciendo mi equipaje, comenzó una fuerte lluvia monzónica que me llevó a tomar la decisión de echar una cabezadita y descansar un poco antes de comenzar a descubrir la ciudad. El jet lag me había pasado factura.

Desperté sobre las cuatro de la tarde y salí a la calle, donde recibí una bofetada de  ese calor húmedo tan típico del sudeste asiático. Tuve claro que iba a estar sudando durante todo el día mientras estuviera en Tailandia.

Me planteé la tarde de mi primer día como una tarde de aclimatación, muy necesaria para combatir el choque cultural. Simplemente iba a pasear por los alrededores de Khao San Road sin tan siquiera consultar la guía ni tener alguna visita en mente. Pasear, abrir los ojos, observar, sentir, oler, disfrutar… ¡ya estaba en Tailandia!

Las calles húmedas por la reciente lluvia me traían olores de todo tipo, a veces agradables y a veces menos, sobre todo a mi paso por Khao San Road, reducto turista-mochilero de Bangkok. Una calle con vida las 24 horas del día donde se puede encontrar y hacer de todo. Comida callejera, sastres, PUBS, restaurantes, locales de tatuajes, supermercados…y hasta un negocio ambulante donde podían hacerte una falsificación “cutre” de cualquier tipo de documento. Tan “cutre” que el negocio debe ser hasta legal. Este es el encanto del lugar, bullicio, interculturalidad, frenesí, ocio… pero poco rastro de la cultura Thai tras las hordas de backpackers.

Con mi reloj biológico algo desorientado, comí algo por Khao San  y, tras ello,  me propuse encontrar un buen mapa que me sirviera durante mi estancia en la ciudad. Conseguí uno en una especie de agencia de viajes de los alrededores y, con él en la mano, encontré y entré en mi primer templo tailandés, el Wat Bowonniwet Vihara. Dicho templo, budista como no, no aparecía en ninguna guía ni venía recomendado por ningún lado, simplemente vi su estupa dorada sobresaliendo y fui hacia allí. El interior estaba cerrado, así que me conformé con pasear por su exterior, todo un remanso de paz en medio de la frenética capital.

Tras curiosear un poco por el templo y, un poco vencido por el calor y la humedad (a los que te acabas acostumbrando), me senté en una terracita de la misma Soi Rombrutti donde se encontraba mi hotel para catar una Singha, junto a Chang, las dos marcas de cerveza tailandesa más conocidas. Allí sentado vi pasar a legiones de turistas de todo tipo: jovencísimos grupos de amigos en busca de fiesta, parejas de enamorados, gente mayor, almas solitarias… todos probablemente en busca de cosas distintas… pero todos en Tailandia.

Acabada la cerveza, me propuse  caminar un poco más antes de que anocheciera. Mapa en mano me encaminé hacia la zona del río Chao Praya pues quería ver, si era posible, una puesta de Sol sobre el mismo. De esta manera llegué hasta el parque Santichaiprakarn, al borde del río. Allí estuve un buen rato sentado con la duda de si mirar hacia el río, donde bajo un bonito atardecer se quedaba uno embelesado con todo el tráfico de embarcaciones que circula por él, o si mirar hacia el mismo parque, donde un grupo de tailandeses hacían deporte de la forma más divertida (al menos para mí resultó serlo): bailando al son de  un radiocasete que petaba con los últimos éxitos occidentales. Muy asiática esta tradición de hacer deporte de forma conjunta en los parques, ya lo había visto en China con el tai-chi y otras actividades.

Ya de noche, decidí volver a Khao San Road. Si ya de por sí con la luz del día tiene ambiente, es caer la noche y eso se ilumina como Las Vegas. La calle adquiere su máximo apogeo en las horas nocturnas y eso había que vivirlo, así que por allí estuve deambulando un poco, quitándome de encima a los pesadísimos sastres hindúes, que antes de preguntarte siquiera, ya te tienen el traje hecho a medida.

Decidí adentrarme por la, más tranquila, Soi Rombrutti para buscar un lugar donde cenar. Elegí un restaurante llamado Blue Lagoon, donde pude cenar por unos 130 Bahts un guiso de curry con carne, patata, y arroz. Mi primer contacto con la gastronomía thai, y la verdad es que no decepcionó.

Ya cenado, puse rumbo hacia un ciber al que había echado el ojo, acción que se convertiría en rutina en las noches del viaje, para contactar un poco con mi gente y colgar alguna que otra foto.

 

Tras el ciber, al hotel, no sin antes preguntar en una agencia de viajes cercana el precio para ir a ver un combate de  Muay Thai en directo y algún que otro transporte. Los 1.000 bahts que me pidieron por el combate me echaron para atrás (tenía cierto interés, pero no tanto) así que descarté la idea, aún sin saber que en mis últimos días podría disfrutar de uno y sin soltar ni un duro.

No mucho más tarde y bastante cansado, me fui a recluir a mi modesta habitación de la tercera planta.

Mi primer día en Tailandia se había consumido ya, pero la aventura no había hecho más que comenzar en la maravillosa Bangkok.

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sep 05 2011

TAILANDIA 2011: Introducción y ficha del viaje

Tenía ante mí una difícil decisión cuando por fin me otorgaron las fechas definitivas para mis vacaciones de este 2011. Dos semanas en Junio que iba a exprimir al máximo viajando, esta vez sólo, a algún destino lejano… pero cual? Asia resonó en mi cabeza desde el primer momento: India, Nepal, Vietnam, Camboya, Malasia, Laos, Indonesia… mucho donde elegir y todos tremendamente atractivos. Pero al final fue Tailandia. Juntaba todos los condicionantes que deseaba para aventurarme por primera vez en solitario, durante un periodo medianamente largo, y a un destino a miles de kilómetros de casa: exotismo y aventura… pero con la tranquilidad de saberse en un país con una larga trayectoria turística, situación que apaciguaba algo la incertidumbre de cogerme la mochila tan solo acompañado por mi sombra. India fue el otro gran candidato, pero es un viaje tan especial para mí, que quizá prefiero esperarme y compartirlo con alguien en un futuro. Tailandia es probablemente, del sudeste asiático, el destino más trillado turísticamente, pero eso no quita que uno pueda ir allí, descubrir sus innumerables encantos y volver maravillado; como es el caso. La vida y frenetismo de Bangkok, las preciosas ruinas de Ayutthaya, la tranquilidad y naturaleza de Kanchanaburi, las playas de ensueño del Mar de Andamán… son motivos más que suficientes para pagar un caro billete de avión, colgarse la mochila al hombro, y meterse 12 horas de vuelo. Aunque sea sólo.

FICHA DEL VIAJE

DESTINO: Tailandia.

DURACIÓN FECHAS: 13 días de viaje, del 13 06/2011 al 25/06/2011.

VIAJEROS: Toni.

ITINERARIO / RUTA:

  • DÍA 1: Bangkok
  • DÍA 2: Bangkok
  • DÍA 3: Bangkok
  • DÍA 4: Ayutthaya
  • DÍA 5: Kanchanaburi
  • DÍA 6: Parque Nacional de Erawan / Kanchanaburi
  • DÍA 7: Kanchanaburi
  • DÍA 8: Desplazamiento a Krabi
  • DÍA 9: Península de Railey
  • DÍA 10: Phi Phi Don
  • DÍA 11: Phi Phi Don
  • DÍA 12: Phi Phi Don y regreso a Krabi
  • DÍA 13: Krabi

 

TRANSPORTES:

Tailandia lleva ya años recibiendo turismo y eso se nota en la facilidad que tiene el viajero para moverse por el país. Dependiendo del precio que se quiera pagar, podremos obtener desde cómodísimos autobuses-cama con todos los servicios que uno pueda imaginar, hasta un asiento de madera en un traqueteante vagón de segunda de cualquiera de los trenes del país. Estos son los que you utilicé a lo largo de mis 13 días:

Taxi: Por Bangkok los hay en todas partes, y la verdad es que es la manera más cómoda de desplazarse por la inmensa ciudad (siempre que no topemos con un atasco). Los hay de diversos colores y, pese a que llevan taxímetro, muchos de ellos no están dispuestos a hacerlo servir, con lo que conviene regatear.

Moto: Viene a ser como un taxi, pero en moto. Va bien para evitar los atascos, pero conlleva el riesgo de subirte a una moto en una ciudad como Bangkok. La utilicé en una ocasión y la verdad es que me encantó, pese a que el monzón nos pillara a medio trayecto…

Metro y Skytrain: Ambos muy modernos, son una buena manera para moverse en las zonas de Bangkok por donde se extienden. En concreto el Skytrain fue toda una gozada al ir sobre raíles elevados y poder ver la ciudad desde una panorámica más alta de lo habitual.

Chao Phraya Express: Son unos barcos que hacen las veces de autobús, pero a lo largo del río Chao Phraya que cruza Bangkok. Una manera barata y pintoresca de desplazarse por la ciudad. Hay que ir preparado para las aglomeraciones.

Tuk Tuk: En Bangkok son toda una trampa para turistas. Pese a que hace ilusión la primera vez, te acabas dando cuenta de que no es un transporte nada práctico, ya que se pierde demasiado tiempo intentando que el conductor no te time o te lleve a la tienda de recuerdos de su primo… En otras poblaciones como Kanchanaburi, donde no había taxi, era la única alternativa aunque los conductores no eran tan “espavilados” como los de Bangkok.

Tren: Mi debilidad, me encanta viajar en tren. Los de Tailandia son lentos, impuntuales e incómodos, pero a mi me maravilló viajar de esta manera. Disfrutar del paisaje Tailandés desde la ventanilla abierta del vagón o, simplemente, interactuar un poco con la gente local que viaja contigo le dan un plus especial. Además es baratísimo. Cubrí los trayectos BKK-Ayutthaya y BKK Kanchanaburi con este medio.

Autobús: Más cómodos y más rápidos que el tren, aunque también algo más caros y sin el encanto de éste. Los utilicé en varios desplazamientos, siendo el más destacado el que me llevó de BKK a Krabi en un bus nocturno en el que pasé más de 12 horas.

Long Tail Boat: Son los taxis de la zona playera e islas del sur de Tailandia. Barcazas de madera alargadas con un gran motor en uno de sus extremos. Normalmente se debe esperar a que se llenen, pero si se tiene algo de prisa se puede negociar un precio individual (eso sí, habrá que rascarse el bolsillo)

Ferry: Embarcaciones que cubren trayectos fijos en la costa de Krabi y que son la mejor manera de desplazarse entre puntos como las Ko Phi Phi, la Península de Railey, Ko Lanta y el mismo Krabi.

 

ALOJAMIENTO:

 

  • Rombrutti Village Plaza (Bangkok): Hotel situado en las proximidades de Khao San Road, en concreto en uno de los callejones aledaños, dónde se podía huir un poco del frenetismo de la famosa calle. A unos 15 Euros la noche la habitación con aire acondicionado, este hotel ofrece una buena calidad/precio. Incluso dispone de un par de piscinas en las azoteas del edificio para huir del calor. Como puntos negativos, las recepcionistas, cuya amabilidad brillaba por sus ausencia, y que te hagan dejar un depósito de 1.000 Bahts hasta que devuelvas la llave. No dispone de servicio de comidas, carencia que se ve perfectamente suplida por la multitud de restaurantes y paradas para comer que hay en la zona. Ambiente mochilero.Recomendable para presupuestos medios-bajos.
  • Sam’s River Raft Hotel (Kanchanaburi): Los 5 Euros la noche que pagué por un bungalow para mí solo hacen comprender que probablemente fuera el alojamiento más cutre de los que estuve en Tailandia. Habitación totalmente primitiva aunque, para mí, con que tuviera ventilador bastaba. El personal del hotel, sobretodo una chica llamada Hwan, fueron agradables a más no poder. Tienen para contratar todo tipo de excursiones por la zona. Sin servicio de comidas, al menos en la temporada que fui yo. Servicios muy básicos, se trata de un alojamiento para dormir y poco más. Su ubicación era buena, en una calle muy tranquila junto al río y muy cerca de la avenida principal de la población. No lo recomendaría, deben haber opciones mejores aunque sean pagando un poquito más…
  • Sand Sea Resort (RailayBeach, provincia de Krabi): El paraíso a escasos metros de la puerta del bungalow. Fue el alojamiento más caro de todo el viaje (30 Euros/noche), pero valió absolutamente la pena. Se trata de un resort con diversos bungalows esparcidos bajo cocoteros, justo a pie de una de las playas más bonitas que he visto. Dispone de una bonita piscina y un restaurante que casi se come la arena de la playa, donde se puede degustar cualquier plato Tailandés con unas vistas inmejorables. Bungalow muy completo con aire acondicionado y perfevctamente limpio. Muy recomendable.

  • Tropical Garden (Isla de Kho Phi Phi): Alojamiento que llevaba sin reservar al llegar a la isla pero que por unos 13 Euros la noche al final resultó ser todo un acierto. Se trata de un complejo de bungalows pelín alejado del meollo de la tourist village y las playas (menos de 10 min. andando) pero que por ese mismo motivo ofrece una tranquilidad en un ambiente y entorno tropical que merecen la pena. Dispone de una genial piscina muy bien  adecuada con el entorno. Bungalows más que decentes y limpios. Recomendable.
  • Hotel En Krabi: La verdad es que ni recuerdo el nombre ni lo he encontrado por Internet. Alojamiento muy sencillo llevado por una familia que, la verdad, no recomendaría. Cada vez que recuerdo el olor a humedad de aquella habitación se me ponen los pelos de punta…

VISADO / DOCUMENTACIÓN: No se requiere visado para estancias inferiores a los 30 días. Basta con presentarse con el pasaporte en el punto de control del aeropuerto con el papelito que te dan en el avión rellenado, y listo, ya tienes tu sello. Más fácil, imposible.

VACUNAS: No es obligatoria ninguna vacuna para visitar Tailandia, aunque si que son recomendables algunas según la zona que se visite. Para más información, consultar un Centro de Vacunación Internacional o el siguiente enlace:

http://www.maec.es/es/menuppal/paises/arbolpaises/tailandia/recomendacionesdeviaje/Paginas/recoTailandia.aspx

IDIOMA: El idioma oficial es el Tailandés, aunque con un poco de inglés y el lenguaje universal de los gestos, uno se acaba entendiendo. Generalmente, muy poca gente se encuentra por el camino que tenga un nivel suficiente de inglés como para mantener una conversación mínima. Eso sí, la sonrisa siempre la llevan en la cara.

COMIDA: A diferencia de mi primera experiencia en Asia, cuando estuve de ruta por China, esta vez vuelvo con un buen  regusto de la gastronomía local. El plato estrella (al menos del que más tiré yo) es el Pad Thai, un plato de fideos fritos con brotes de soja y acompañado de gambas, ternera, cerdo, o pollo. Realmente delicioso, aunque tengo dudas de si es un plato algo occidentalizado… La mayoría de platos se sostienen  en el arroz y los fideos, aunque las sopas y curries están también siempre presentes en las cartas. Comer en los puestos callejeros es una experiencia que debe probarse aunque cuidado con el picante! En cuanto a la bebida, tiré de cerveza casi todo el viaje. En Tailandia hay dos grandes marcas, Chang y Singha, auque no logré distinguir grandes diferencias entre ambas. El vino, a precio prohibitivo. Una comida normal (plato + bebida) rondaba los 2-3 Euros.

SEGURIDAD: La única sensación de peligro que tuve durante mi viaje por Tailandia me la dieron los turistas borrachos en zonas de Bangkok como Khao San Road, y los omnipresentes perros callejeros de las zonas más rurales. En alguna ocasión tuve que salir pitando al verme perseguido por estos (los perros). A los timos y pequeñas estafas siempre se está expuesto en este tipo de países, pero si no se peca mucho de pardillo no habrá ningún problema. En cuanto a la prostitución, haberla hayla, y quien se exponga a ella no me extrañaría nada que acabe la noche sin un Euro en la cartera, o sin  la cartera directamente.

MONEDA: La moneda oficial de Tailandia es el Baht Tailandés (฿), cuya unidad se divide en 100 satang . Los hay en billetes 20, 50, 100, 500, y 1.000 mientras que encontramos monedas de 1, 2, 5, y 10 Baht. En el momento que yo estuve en Tailandia (junio 2011) 1 Euro equivalía a 42 Baht. Es conveniente llevar siempre una cantidad prudente de efectivo ya que el sistema de pago electrónico (tarjetas) no está completamente desplegado en todos los establecimientos.

PRESUPUESTO: 1250 Euros aproximadamente.

Vuelo ida/vuelta Barcelona-Bangkok: 750 Euros.

Vuelo interno Krabi – Bangkok: 40 Euros.

Alojamiento: 140 Euros.

Transporte, comidas, entradas, souvenirs y resto de gastos: 320 Euros.

* Como véis, el grueso del presupuesto se va con el billete de avión. La vida en Tailandia es muy barata para un bolsillo occidental.

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