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May 09 2012

TAILANDIA 2011 – DÍAS 8 y 9: Hacia las playas del Sur. La Península de Railay.

Lunes 20/06/2011

No me gustan las despedidas, y ese día había que decirle adiós a Kanchanaburi, lugar que me permitió disfrutar de mi viaje por Tailandia en su fase más tranquila. Pero las penas, con rumba, son menos penas, y mi próximo destino dentro del país de la eterna sonrisa me hacía especial ilusión: las playas del mar de Andamán, con sus peñascos kársticos, fina arena, y aguas cristalinas.

Pero antes había que llegar hasta allí, y eso me costaría un día entero perdido viajando en autobús. Tenía que desplazarme de Kanchanaburi a Bangkok y, una vez allí, coger un nuevo autobús que me acercaría hasta Krabi, puerta de entrada al paraíso de las islas sureñas tailandesas del Mar de Andamán.

Me despedí de la recepcionista del hotel, a la que había cogido cariño gracias a su atento trato durante toda mi estancia, me cargué la mochila al hombro, y puse rumbo a la estación de autobuses de Kanchanaburi. Una vez allí, me monté en el primer bus directo con destino Bangkok. El precio del billete fue de 90 Bahts.

En unas tres horas, ya a mediodía, llegué a la estación de autobuses Sur de Bangkok, que era el destino final de mi trayecto.

Lo primero que hice fue comprar en las taquillas mi billete a Krabi por 650 Bahts. El bus saldría a las 18:00 y no llegaría a destino hasta las 6 de la mañana del día siguiente, así que me esperaban 12 horas de viaje en autobús, que debería llevar lo mejor posible.

Quedaban cuatro horas hasta la salida de mi bus, así que me dediqué a comer, comprar provisiones para el camino, conectarme a Internet, y echar unas partiditas a la Play Station con unos tailandeses que, como yo, estaban esperando la salida de su bus. Todo esto en una moderna terminal de autobuses con todos los servicios que un viajero pueda necesitar.

Media hora antes de la salida del bus, ya estaba cargando mi mochila en el compartimento habilitado para ello y acomodándome en el asiento donde pasaría sentado las próximas 12 horas. Afortunadamente (o no), no me tocó vecino de viaje, con lo que pude realizar el trayecto mucho más cómodo.

Del trayecto, qué contaros. Pues que fue en su mayoría de noche, parando a eso de las once para comprar la cena y poco más.  Pude dormir bastante, así que no se me hizo muy pesado.

Fue este lunes un día de transición dentro del propio viaje, una molestia necesaria para poder alcanzar una zona que alberga, dicen, algunas de las playas más bonitas del planeta. Valía la pena el esfuerzo.

 

Martes 21/06/2012

El autobús llegó a la estación de Krabi cuando hacía pocos minutos que había amanecido. Medio somnoliento, pero con unas ganas increíbles, descendí del autobús para ponerme en marcha.

Mientras recogía mi mochila, me asaltaron multitud de agentes turísticos para ofrecerme todo tipo de transporte hacia las islas. Los precios no eran muy económicos y, pese a que no tenía ni idea de como hacerlo (esta fase del viaje la había preparado muy poco), decidí buscarme la vida por mi cuenta.

Krabi es una población sin mucho encanto que sirve como punto de acceso a las playas paradisíacas del mar de Andamán, como las de las islas Phi Phi o las de la Península de Railay. Estas últimas eran mi primer objetivo, y me constaba que sólo se podía acceder a dicha península por mar. De esta manera, alquilé a un motorista para que me acercara hasta el embarcadero de la ciudad, para allí coger un long tail boat (barcazas de madera con motor fueraborda típicas de Tailandia) que me permitiera llegar a la Península de Railay.

Una vez en el embarcadero me encontré con un problema: Los long tail boat sólo zarpan cuando llevan al menos 10 pasajeros Y, por lo temprano que era, yo era la única alma que allí había. Por lo visto, todos los turistas que venían conmigo en el autobús habían decidido llegar a sus destinos por la vía de agencias turísticas. Esperé pacientemente en el embarcadero junto al pescador que iba a ser el que me acercara en barca a Railay y con el que finalmente y cansado de tanto esperar, negocié hacer el viaje en solitario. La verdad es que me salío cara la jugada, pero alquilar un taxi acuático que me acercara hasta la península lo iba a ser de cualquier manera. Así que convencí al buen hombre para que me llevara en su barca, por el módico precio de unos 25 Euros al cambio.

Pasé el trayecto, de unos 20 minutos, en la proa de la embarcación, disfrutando por fin del mar y de los alrededores kársticos de Krabi. Surcábamos las aguas terrosas de esa parte de la bahía de Krabi a merced del oleaje, que balanceaba la barca y me impedía tomar fotografías que no saliesen movidas.

La Península de Railay es un pedazo de tierra que se interna en el mar de Andamán, muy conocida por sus bonitas playas y sus peñascos selváticos. Al poder alcanzarse tan sólo en barca, no es un lugar muy masificado, cosa que se agradece bastante para poder disfrutar tranquilamente de sus encantos. También es un lugar muy apreciado por los escaladores, pues sus peñascos favorecen la realización de esta actividad en un entorno increíble. La componen tres playas: Hat Rai Leh Est, Hat Rai Leh West, y Hat Tham Phra Nang. La primera no está muy habilitada para el baño al ser un poco fangosa y con manglares, las otras dos son playas soñadas por cualquier turista,

La entrada a la península se hace por la playa Hat Rai Leh Est  y, la verdad, es impresionante. Disfruté como un niño mientras la embarcación se adentraba en la playa rodeada de peñascos selváticos. Fue lo más parecido a llegar al paraíso. Bajé de la barca a bastantes metros de la orilla, teniéndome que descalzar para alcanzarla caminando con el agua por las rodillas mochila al hombro.

La playa de Hat Rai Leh Est no es la ideal para darse un bañito. De aspecto bastante salvaje, está algo enfangada y es la que se utiliza para embarcar y desembarcar turistas que llegan a la península.

Mi alojamiento se encontraba en la playa Hat Rai Leh West, al otro lado de la península. Ésta sí es una playa de ensueño, también rodeada por peñascos y con una arena blanca impresionante Para llegar, tan solo basta un paseo de 10 minutos por un sendero entre monos y palmeras. Me alojaría tan sólo esa noche en un bungalow del Sand Sea Resort, complejo de bungalows situado a pie de playa por unos 30 Euros la noche al cambio. La verdad es que el complejo está genial: tienes la playa a un paso, dispone de piscina y restaurante, y los bungalows están en plena naturaleza, bajo altas palmeras en un entorno de lo más paradisíaco.

Estaba bastante cansado después de toda una noche en autobús así que lo primero que hice fue dejar la pesada mochila en la habitación, ponerme el bañador, coger la toalla, y caminar 5 minutos hasta la arena de una de las playas más bonitas que he visto. Allí estuve tirado toda la mañana disfrutando de algún que otro baño, del ir y venir de las long tail boat y, sobretodo, del magnífico entorno que me rodeaba.

Llegó la hora de comer, así que me encaminé hacia Hat Rai Leh Est que es donde hay más oferta (aunque muy escasa). Comí una hamburguesa, pues comenzaba a estar un poco cansado de Pad Thais, en una terracita con geniales vistas a la playa. Estaba muy alegre de estar donde estaba. Me quedaban por delante 3 días disfrutando de playas e islas de ensueño… ¿Qué más podía pedir? Sin duda, el largo viaje en bus había valido la pena…

Para la tarde tenía pensado llegar hasta la última playa que me quedaba por ver en la península: Hat Tham Phra Nang. A ella se accede de nuevo por un sendero que atraviesa la vegetación y los peñascos kársticos hasta desembocar de nuevo en la fina arena. De nuevo ante mis ojos una preciosa playa, cuyo horizonte estaba salpicado de peñascos que emergían del mar como icebergs selváticos. En esta playa es donde se llevan a cabo los cursos de escalada, pues tiene bastantes lugares ideales para la actividad. Antes de tirarme de nuevo en la arena, hice una visita a una especie de cueva con un altar donde los pescadores hacen ofrendas para mejorar sus capturas. Lo curioso es que las ofrendas son en forma fálica de madera. Realmente curioso. Recorrí la playa de extremo a extremo antes de emprender regreso a Hat Rai Leh West.

Por el camino (de apenas 15 minutos), tenía una parada obligada: Subir a un mirador para poder ver el cuello de la península desde las alturas. Para ello, tuve que “escalar” ayudado de una cuerda la terrosa, enfangada y empinada ladera de un peñasco. Una vez arriba, caminé un corto trayecto entre la vegetación para obtener una genial recompensa: el cuello de la península sembrado de palmeras y con las playas a cada lado se exhibió ante mis ojos. Subir al mirador no es apto para cualquiera, pero para el que pueda, decirle que vale realmente la pena. Maravillosas vistas.

Descendí del mirador cuando ya estaba cayendo la tarde, situación que me hizo recordar que tenía una cita ineludible en Hat Rai Leh West: Disfrutar del atardecer. Había leído maravillas de la puesta de sol en esta playa. La verdad es que se llevó el premio a la más bonita de todo el viaje, a las fotos me remito.

Lo disfruté desde la terraza del restaurante del hotel, mientras saboreaba una refrescante Coca Cola. A mi alrededor, jóvenes tailandeses jugando a fútbol y la celebración de una boda. Fue de esos momentos en el que quieres que se pare el tiempo para poder degustarlo lentamente, sin miedo a que acabe. Momentos de pura vida como éste son los que le dan sentido a toda la locura viajera que a veces arrastro.

Esa misma tarde conocí a  un chico de Laos, Lamxe, que también viajaba sólo, así que quedamos en vernos en las islas Phi Phi para salir alguna noche de fiesta.

Un buen Pad Thai como cena puso el punto y final a un largo día en el que había podido empezar a degustar las mieles del paraíso. Pese a que no podía estar mejor que en Railay, el gusanillo de conocer más me hizo comprar un billete de ferry para el día siguiente. El destino, las islas Phi Phi.

 

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Feb 20 2012

TAILANDIA 2011 – DÍA 7: Alrededores de Kanchanaburi

Domingo 19/06/2011

Soy bastante reacio a contratar packs turísticos para realizar actividades en destino. Prefiero ir por libre y buscarme la vida para poder realizar todo lo que me interese en todo momento. Pero hay veces en las que te ves obligado a hacerlo, ya sea por las mismas características de la actividad o, porque directamente, no hay manera de hacer lo que tu deseas sin pasar por el aro de los “packs”.

En mi caso, era mi último día por Kanchanaburi y se me había metido entre ceja y ceja hacer algo parecido a un trekking en elefante por la selva. Había leído que Kanchanaburi era una región propicia para ello, pero todas las opciones de realizarlo pasaban por contratarlo con una agencia en la que te iban a incluir unas actividades “extra” que no tenían porque interesarme demasiado. Así que contraté mi “tourist pack” que incluía un trekking en elefante (que resultó ser un paseo cutre que no llegó a la hora de duración), un descenso en balsa de bambú por uno de los ríos que cruzan la región, una visita al museo del Hellfire Pass, un trayecto por un tramo del ferrocarril de la muerte, y una visita a una conocida cascada de los alrededores. Hacer todo eso en un día por mi cuenta era francamente imposible, así que caí en la trampa. Más sabiendo que el precio de todo, comida incluida, iba a ser bastante económico.

Así que la noche anterior a mi último día en Kan lo reservé con una de las muchas agencias de la ciudad. La dependienta me dijo que no habían plazas para el día siguiente a no ser que quisiera integrarme en un grupo de turistas de Omán. ¿ Y porqué no?

A las 8 de la mañana estaba plantado en la recepción de mi austero alojamiento, por donde tenía que pasar el minibús que nos llevaría de sitio a sitio. Fui el primero en subir, hasta que 10 minutos más tarde se añadieron los 5 chicos de Omán.

Una hora  fue lo que duró el trayecto hasta nuestra primera parada: El “trekking” – siempre entrecomillado – en elefante. Paramos en una especie de ¿aldea? con no más de cuatro cabañas en la que estaban nuestros elefantes esperando. Siempre apresurados por nuestra guía, nos montamos en los elefantes por parejas dispuestos a comenzar la “aventura”.

Aventura que se resumió en un paseo que no llegó a los 3/4 de hora de duración (¡Porqué no pregunté antes!) y en el que lo más emocionante – a parte del simple echo de estar montado sobre tan impresionante animal –  fue atravesar un río subido al lomo de estos gigantes. Pero ni tuve que sacar el machete para apartar las vegetación de la espesa jungla, ni temí ante la posible presencia de un tigre agazapado dispuesto a devorarnos… Fue más como cuando montan a los niños en un pony de cualquier feria, y le dan un paseo circular. Todo un fiasco. Al menos pude interactuar un poco con estos bichos, ver como se alimentan o tocar su piel, que parece piedra.

Una vez recuperado del “tremendo trekking”, nuestra – siempre sonriente – guía nos instó a que nos diéramos prisa para llevar a cabo la siguiente actividad, que relizaríamos sin ni siquiera tener que movernos de la aldea. Bajamos al río y montamos en una balsa de bambú para descender por el terroso río que por allí pasaba. La tranquilidad y el frondoso verdor de los flancos del río me hicieron disfrutar del trayecto y rememorar nuestro descenso por el río Li, en Yangshuo, en el viaje que hice por China en 2010. Claro que los alrededores no llegaban a la altura de aquel paisaje kárstico del sudeste chino. El paseo duró sobre una hora, haciendo y deshaciendo el mismo trayecto, situación que le quitó encanto al ver el paisaje por dos veces: uno a la ida y otro a la vuelta.

Por el momento llevábamos ya dos actividades, y a cual más decepcionante. No eran ni las 11 de la mañana y a nuestra guía se le ocurrió la brillante idea de ir ya a comer. ¿A desayunar, querrá decir? Me preguntaba yo. No, no, para ella ya era la hora de comer.

Así que montamos todos en el minibús y nos llevaron a un restaurante de los alrededores. A todo esto, ya había hecho algo de migas con los chicos de Omán, que bromeaban constantemente ante la posbilidad de ir a comer a un Mc Donalds. “No Mc Donalds here”, les seguía la corriente la guía. Y es que por lo que me contaron, lo peor que llevaban de su viaje por Tailandia era la comida.

Después de comer un – ya recurrente en mi viaje – Pad Thai, nos pusimos de nuevo en marcha esta vez rumbo a la cascada de Sai Yok . Se trata de un bonito lugar que los tailandeses usan para pasar el día y refrescarse un poco bajo el agua de la cascada. Exploramos un poco la zona, ascendiendo por la resbaladiza cascada y curioseando por los puestecillos de comida que había por los alrededores. La verdad es que es un lugar bonito, pero no sé si vale la pena el desplazamiento desde Kanchanaburi, menos aún teniendo el increíble parque de Erawan por la zona. Siempre con prisas, la guía nos instó cual rebaño de ovejas, a que fuéramos subiendo de nuevo al minibús  para poner rumbo a la próxima actividad.

Próxima actividad que consistiría en la visita al Museo del Hellfire Pass, también por los alrededores. El Hellfire Pass fue el tramomás penoso y complicado del ferrocarril de la muerte, en que los prisioneros de guerra y los trabajadores forzosos de la zona se las vieron y desearon para abrir paso al tren en la montaña. Se podría decir que excavaron la montaña a mano para que pasara el tren, con unas herramientas escasas y en unas condiciones penosas. Penosas condiciones que causaron la muerte de muchos de los trabajadores. El museo nos explica la tortura que supuso abrir este paso, y una vez acabada su visita se puede descender entre la jungla para contemplarlo. Bautizado por los mismos trabajadores como Paso de la muerte, no cuesta imaginar el sufrimiento cuando bajas allí y te imaginas el colosal trabajo que debió suponer abrirse paso en la naturaleza de esa manera. Y con el calor que hace por esas latitudes. El Hellfire Pass es un angosto paso por el que circuló el ferrocarril de la muerte, actualmente las vías cortadas en ese tramo sirven como memorial de todos los que perdieron la vida allí.

Pero aún hay tramos del famoso ferrocarril que siguen activos, y ese fue nuestro siguiente objetivo. Nos dirigimos  a la estación de  Nam Tok Sai Yok Noi para montarnos en el tren en su paso más espectacular. El trayecto comienza sobre el viaducto de de Whampo para proseguir su camino entre campos de tapiocca y cruzando diferentes aldeas. Llegados a una estación de la que no recuerdo el nombre, descendimos del tren para montar de nuevo en el minibús y regresar a Kanchanaburi.

Total, que no eran ni las tres de la tarde y ya estaba de nuevo en Kan. En medio día nos había dado tiempo a montar en elefante, descender en balsa de bambú por un río, visitar una cascada, un museo, y hacer un tramo de un histórico ferrocarril. ¿Entendéis ahora porque no me gustan los “packs turísticos? Hice muchas cosas, sí, pero creo que no disfruté de ninguna de ellas…

De esta manera, tenía toda la tarde por delante y ni una sola idea de que hacer con mi existencia en Kanchanaburi, pues hasta el día siguiente no partiría hacia el sur del país, hacia las paradisíacas islas. Me planteé seriamente el avanzar mi partida a esa misma tarde, pero después me dije a mi mismo: “¿Qué prisa tienes?, estás de vacaciones”. Así que me decidí por simplemente disfrutar de la tarde; de nada en especial, simplemente de Kanchanaburi y su ambiente.

Paseé, olí, degusté, sentí… ¡Qué bueno es dejar a veces el planning de lado y disfrutar únicamente del sitio en el que estás! Desgraciadamente, el tiempo escaso en el que siempre me veo encorsetado me impide hacerlo a menudo. Dejé hasta la cámara de fotos en el hotel para ser uno más en el pueblo, así que no tengo ninguna fotografía de la tarde que allí pasé.

Tras una cena en Mangosteen y una buena Chang, puse punto y final a mis días en Kanchananuri. Un lugar que me aportó la tranquilidad que necesitaba tras el desenfreno de Bangkok.

Por la mañana temprano, cogería un autobús a la capital y desde allí otro con un destino que me apetecía sobremanera: Krabi.

 

 

 

 

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Ene 29 2012

TAILANDIA 2011 – DÍA 6: El Parque Nacional Erawan

Sábado 18/06/2011

Parecía que el conductor de ciclo-rickshaw que me había acercado desde la estación al hotel el día anterior, estuviera esperando a que me despertara para pegarme otro sablazo. Intenté negociar, sí, pero parecía ser el único medio de transporte en los alrededores para poder llegar a una estación de autobuses de Kanchanaburi de la que desconocía el paradero. Así que tragué con los 50 Bahts que me pidió y a golpe de pedal me acercó a la estación, que no estaba ni a 10 minutos. Una vez allí, busque el destartalado y hortera bus público que me iba a llevar, en una hora y media de trayecto, al Parque Nacional. Aboné los 50 Bahts del trayecto y monté en espera de que nos pusiéramos en marcha.

Sentado en el bus junto a algún que otro turista más presencié lo que fue una de las cosas que más me impactaron del viaje: el rigor con el que los tailandeses respetan su himno cuando éste suena. Empezaron a sonar los acordes por diversos megáfonos y pude ver desde la ventanilla como todo el mundo que iba por la calle detenía su actividad, frenaba en seco, y adquiría una pose firme y respetuosa hacia su himno, su rey y su nación. Fue un momento realmente impactante.

Finalizada la liturgia patriótica, el bus se puso en marcha y comenzamos un bonito trayecto circundado por campos de tapioca hasta el Parque Nacional de Erawan.

El parque de Erawan -con nombre de una deidad mitológica hindú – es un  espacio natural conformado alrededor de una cascada que se divide en 7 pisos o niveles, cada uno ellos con su respectivo manantial donde poder bañarse o dejarse mordisquear los pies por los pececillos que lo habitan. Es una caminata corta desde el primer al último nivel, de un kilómetro y medio, así que tampoco hace falta estar muy en forma para hacer el recorrido. Los monos también son protagonistas en este parque, así que no se irá solo en ningún  momento… 😉

Empecé mi recorrido casi en solitario y tras abonar los 200 Baht de la entrada. Era aún temprano y pude estar por momento a solas con la rebosante naturaleza del parque. Al comienzo, sólo un pequeño riachuelo acompañaba el sendero por el que avanzaba, un riachuelo que acabó convirtiéndose en el primer nivel; es decir, en la primera cascada y el primer manantial donde bañarse.

Así que no me lo pensé dos veces y me quité la ropa para zambullirme junto a otros tailandeses que por allí había. Tanto ellos como ellas, bañándose completamente vestidos. Nadé lo que me dejaron los insistentes pececillos. Hace gracia y cosquillas cuando son pequeños, pero cuando es algo más grande el que te mordisquea el pie, las cosquillas pasan a ser pellizcos que te hacen sacar el pie lo más rápido posible del agua. Allí, sentado en una roca tras el baño, observé como los monos saltaban de árbol a árbol por el entramado de ramas que apenas dejaban pasar la luz del sol.

    

No recuerdo si fue en el segundo o el tercer nivel que es cuando en una especie de control medioambiental, los responsables del parque te hacen dejar todo tipo de envase para poder seguir ascendiendo a los siguientes niveles o cascadas.

Continué mi ascensión por la colina por dónde desciende la cascada deteniéndome en cada nivel a admirar lo bella que puede llegar a ser la naturaleza. El agua cristalina de los manantiales y la jungla verde que todo lo envolvía… fue toda una delicia para los sentidos.

Para mediodía, y con tiempo a bañarme hasta tres veces, ya había completado el recorrido y visitado los siete niveles de la cascada. Me encontraba de nuevo en la entrada del parque y aproveché para comer un pad thai ya por ahí, pues mi autobús de regreso salía a las 14 horas.

Me monté en la destartalada cafetera y emprendimos camino de regreso. A primera hora de la tarde, ya estaba de nuevo en Kanchanaburi.

El lugar donde me dejó el autobús  (realmente me bajé durante la parada en un semáforo de una zona que me convino), fue delante del Cementerio de Guerra de Kanchanaburi, situado en una zona muy céntrica y visible de la población. Este cementerio fue construido por la población local para honrar y homenajear a todas las tropas aliadas caídas durante la construcción de las vías del “ferrocarril de la muerte” durante la Segunda Guerra Mundial. En su mayoría soldados holandeses, pero también indios, americanos, y de diferentes nacionalidades. Esta visita, como cualquiera que sea conmemorativa de los caídos en la guerra de guerras, estremece a la vez que deja una sensación extraña en el cuerpo. Siempre he pensado que todos los combatientes aliados en la Segunda Guerra Mundial -en su gran mayoría muy jóvenes –  tuvieron un  valor impagable que mucho me temo no sería igualable en los tiempos que corren.

Pasee serenamente entre las lápidas, leyendo las sobrecogedoras últimas frases que los familiares y seres queridos de los soldados caídos quisieron inscribir en el pedazo de mármol bajo el que descansan estos héroes anónimos que lucharon por la libertad.

Acabada la visita, me dirigí al puesto donde había alquilado la bici el día anterior para hacer lo mismo y así tener transporte hasta el anochecer. Lo curioso del tema fue que la mujer que atendía no estaba en ese momento, y la que me alquiló la bici, contrato de por medio, fue una graciosísima niña de unos 7 años con la que me entendí a base de gestos. Estas situaciones kafkianas tan sólo se dan en Tailandia y pocos países más… 🙂

Había leído en la guía que en las afueras de Kanchanaburi, a unos 4 kilómetros, había un templo budista (Wat Thaom Khao Pun) que tenía nueve cuevas que albergaban imágenes de buda en su interior. A priori me pareció una visita bastante curiosa, así que me acerqué pedaleando hacia allí. El precioso paisaje de los alrededores de Kanchanaburi me acompañó en todo momento hasta que por fin di con el templo, después de una subida que casi acaba con mis fuerzas.

Pagué los 20 Bahts de la entrada y me adentré en las cuevas; la verdad, no son nada del otro mundo y no sé hasta qué punto merece la pena llegar hasta el templo más que por el paisaje del camino. Unas esculturas de buda bastante simples rellenaban el espacio de la cueva como si estuvieran amueblándola, y poco más. Así que entre eso y un encuentro fortuito con murciélagos, salí cagando leches de allí sin mirar atrás.

    

Me tomé con bastante calma el regreso, pues tenía tiempo de sobras y poca cosa me quedaba por hacer en Kanchanaburi, más que reservar para el día siguiente una excursión para montar en elefante.

Llegado a la ciudad me dirigí a una agencia de viajes de las muchas que hay y contraté la excursión para el día siguiente que incluiría un trekking en elefante (que de trekking tuvo poco), descenso por el río en balsa de bambú, entrada al museo del ferrocarril de la muerte y visita de una cascada. Todo por 850 Baht.

Pero eso ya queda para el próximo relato.

Cené en “mi” restaurante, el Mangosteen, y me fui a descansar después de un día que había cundido lo suyo. Mis días por Kanchanaburi se estaban acabando, pero el viaje aún estaba en su esplendoroso ecuador. Las paradisíacas islas del sur del país estaban a la vuelta de la esquina.


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Ene 12 2012

TAILANDIA 2011 – DÍA 5: Llegada a Kanchanaburi

Viernes 17/06/2011

Nuestro tren salió de la estación de Noi en Bangkok (Thonburi) a las 7:50 para dejarnos a mediodía en lo que sería la próxima parada del viaje: Kanchanaburi. Entre medio, un delicioso viaje  en tren (100 Bahts) recorriendo paisajes selváticos y cruzando multitud de pueblos tailandeses.

   

La idea inicial al planificar el viaje era la de, tras Bangkok, visitar el norte del país pasando por ciudades como Chiang Mai. Pero mi tiempo de vacaciones era bastante escaso y subir al norte requería de unas horas en desplazamientos de las que no disponía. De esta manera, el sacrificio era necesario teniendo que prescindir del norte de Tailandia, que sin duda será objetivo prioritario en futuras visitas al país de la eterna sonrisa. Como substituto, encontré Kanchanaburi, una región mucho más cercana y que también ofrece unas dosis de Historia, naturaleza y tranquilidad que podréis comprobar en éste y los próximos relatos del viaje.


Ver Kanchanaburi en un mapa más grande

De la estación de “Kan”, como es conocida la ciudad en jerga viajera, me desplacé hasta mi hotel en un rickshaw a pedales que me costó 50 Bhats (la mitad del billete de tren por menos de 10 minutos…). Hice el check in sin problemas y me alojaron en mi bungalow. La verdad es que fue el alojamiento más “discreto” de todo el viaje, pero para el precio que pagué tampoco había que ponerse muy exquisito. Lo importante es que estaba junto al río Kwai y bastante cerca de la calle principal de Kanchanaburi. Como recepcionista estaba Hwan, una simpatiquísima tailandesa que me cuidó en todo momento los días que pasé en el hotel.


El Sol caía a plomo, pero había que salir a descubrir un poco la zona. Kanchanaburi es una ciudad bastante tranquila (al menos en las fechas que yo fui) rodeada por campos de cultivo, en su mayoría de tapioca, planta muy parecida a la marihuana. Me pareció buena idea alquilar una bici para moverme por allí y así lo hice. Por 50 Bahts tenía transporte hasta que se hiciera de noche.

Mi primer objetivo fue el más obvio, el que todo el mundo va a ver con tan solo poner un pie en “Kan”: El Puente sobre el río Kwai. Al encontrarse un poco en las afueras de la ciudad, tuve que recorrer una larga carretera, Mae Nam Khwae, flanqueada por todo tipo de restaurantes, bares, sevenelevens, agencias de viaje y hoteles hasta llegar a él. Es la avenida principal de Kanchanaburi, y donde se concentra toda la oferta e infraestructura turística de la ciudad. ¡Oh sí!, aquí también llegó el turismo de masas, sobretodo el inglés de borrachera.

Llegado al puente, la verdad es que fue cruzarlo, hacerle alguna fotografía, y poco más. Más que su espectacularidad estética, es su Historia la que hace de él una visita indispensable. Centenares de trabajadores forzosos de la región y soldados aliados murieron durante su construcción en la Segunda Guerra Mundial. Una construcción ordenada por las fuerzas japonesas, que pretendían crear una vía férrea (el ferrocarril de la muerte) que uniese Burma (Myanmar) con Tailandia. También ayuda mucho a su reconocimiento la película de los años 50, “El puente sobre el río Kwai” que narra la historia de los soldados aliados obligados a construir el puente. Yo aún no la he visto, ya me vale. Por cierto, “Kwai” se pronuncia “cuea”, más vale tenerlo en cuenta si se quiere evitar las risas locales.

   

Tras la visita al puente decidí ir a comer, que ya tocaba, así que busqué un lugar donde llevarme algo a la boca. La verdad es que no pude elegir mejor pues al entrar al Mangosteen Cafe and Books, entré en uno de los locales en los que me sentí más a gusto de todo el viaje. Se encuentra en la misma avenida Mae Nam Khwae y el servicio y la comida son exquisitos. Totalmente recomendable, también para tomar un café y leer alguno de los cientos de libros que tienen en sus estanterías.

Por la tarde y tras echar una buena siesta (la tranquilidad del lugar comenzaba a hacerme efecto), cogí la bici de nuevo dispuesto a seguir descubriendo los encantos de la ciudad. Después del espectacular calor de la mañana, la lluvia hizo acto de presencia justo cuando salía del bungalow. Me puse mi chubasquero y seguí con mis planes. Uno de ellos era visitar el cementerio chino de la ciudad, al que llegué en poco tiempo, pues Kanchanaburi es una ciudad bastante asequible en cuanto a tamaño. El cementerio aunque tétrica, fue una visita de lo más pintoresca y curiosa, más que nada por las tumbas chinas, que no tenían desperdicio como podéis ver en las fotos. Una mezcla entre repelús y exotismo. No sería la única visita a cementerios que haría en la ciudad.

   

La lluvia no sólo no cesaba, si no que cada vez era más persistente. Me estaba poniendo de agua hasta arriba, pero no estaba dispuesto a esperar en el bungalow a que parara de llover. Así que me dejé perder por la Kanchanaburi menos turística callejeando y dejándome llevar hasta que estuve perdido de verdad. Tras mil y una vueltas por las mismas enrevesadas calles, la gente ya me miraba raro. Paré en una especie de callejón para mirar mi mapa. Mientras me orientaba, se empezaron a acercar unos cuantos perros callejeros, en Tailandia los hay a montones y algunos son peligrosos, así que rápidamente salí pedaleando a toda velocidad con la mala suerte de que la jauría comenzó a perseguirme hasta el punto de que tuve que meterme en un templo budista que por allí había para librarme de ellos. ¡Por los pelos!

El monje que controlaba el templo contempló la escena y se acercó a mí al verme llegar. Con el idioma de los signos como vía para comunicarnos , pues él no tenía ni idea de inglés, se ofreció a enseñarme el templo bajo la lluvia. A lo que accedí encantado. Recuerdo aquello como una experiencia realmente bonita, pues de estar perdido y perseguido por perros, pasé a estar descubriendo un templo budista – del que ni sabía su existencia – de la mano de un monje.

Con una sonrisa de oreja a oreja cogí de nuevo la bici para volver hacia el hotel. Mientras pedaleaba de regreso, pensaba en el bonito momento del templo y en que son ese tipo de experiencias las que le dan absoluto sentido a viajar. Estaba encantado de estar donde estaba y con todos los días que aún me quedaban por delante.

Esa noche repetí en el Mangosteen, donde me comí un arroz al curry que quitaba el sentido.

Una cerveza Chang y una buena conversación sobre mi viaje y la ciudad con la camarera pusieron un inmejorable punto y final a mi primer día por Kanchanaburi. Cada vez me sentía más a gusto en ese maravilloso país.

 

 

 

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Nov 16 2011

TAILANDIA 2011 – DÍA 4: Ayutthaya, vestigios de la antigua capital del reino

Jueves 16/06/2011

Cuando me adentré subido en aquella bici en el complejo histórico de la antigua Ayutthaya, una sensación de bienestar recorrió mi cuerpo. Quizà fue por dejar atràs el bullicio de Bangkok; quizá por estar a punto de descubrir lo que fue la antigua capital del reino de Siam; o quizá porque la sensación de moverme libremente en bicicleta entre aquel gran conjunto de ruinas era, simplemente, una experiencia maravillosa. Pero para llegar a ese punto, tuve que dejar atrás la megalópolis de Bangkok y recorrer unos cuantos kilómetros en tren.

Ayutthaya en el mapa

Mi viaje a Ayutthaya iba a ser de ida y vuelta desde Bangkok, así que tocaba madrugar para poder aprovechar bien el día. Para ello, cogí el primer taxi disponible que por 80 Bahts me acercó hasta la estación de trenes de Luamphang.

Una vez allí, y tras desayunar en un Dunkin Donuts de la estación, compré mi billete a Ayutthaya por la pírrica cifra de 15 Bahts ( al cambio unos 35 céntimos de Euro), eso sí, en tercera clase. La hora de salida eran las 09:25 de la mañana, así que me acomodé en los asientos de madera, junto a una ventana, para esperar que se iniciara el trayecto. Sin mucho retraso – para mi sorpresa – el tren se puso en marcha para dejarme sobre las 12 del mediodía en la estación de Ayutthaya. Entre medio, un traqueteante trayecto acompañado de suburbios al principio, paisajes selváticos más tarde, y vendedores ambulantes de comida constantemente, en el que hice migas con una agradable anciana que me dió a probar un (detestable) fruto que estaba comiendo. Por poco no uso la ventanilla del tren (son sin cristal) para otra cosa que para tomar el aire…

Finalmente, y tras fijarme en los carteles de las paradas de cada estación, me di cuenta de que habíamos llegado por fin a Ayutthaya.

Ayutthaya fue en su día una gran potencia asiática y capital del reino de Siam durante 417 años, entre el 1350 y el 1767, año en que acabó siendo arrasada por los vecinos birmanos. De esa destrucción y saqueo quedaron unas impresionantes ruinas de lo que fueron en su día grandes templos y palacios.

Para hacer la visita de la antigua ciudad, decidí alquilar una bici en los alredores de la estación para cubrir fácilmente las distancias sin morirme de calor. El error fue alquilarla antes de cruzar el río (las ruinas se encuentran en una especie de isla formada por la confluencia de 3 ríos) así que tuve que meter la bici como pude en la pequeña embarcación que hacía las veces de transbordador. Por cierto, el alquiler de la bici me costó 40 Bahts hasta las 18 de la tarde.

Una vez cruzado el terroso río que bordea la ciudad, me monté en la bici y puse rumbo al complejo de ruinas, el Parque Histórico de Ayutthaya.

Recorrí las ruinas que consideré, y me asesoró la guía, como más importantes. La entrada a cada una de ellas oscilaba entre los 20 y los 50 Bahts. Fueron las siguientes:

Wat Phra Si Sanphet: Situado en el interior de la “isla”, es sin duda uno de los templos más importantes de todo el complejo con sus tres grandes chedis. Fue en su tiempo el templo más grande de toda Ayutthaya. Pasee entre sus ruinas cual Indiana Jones en alguna de sus películas.

Wihaan Mongkhon Bophit: Adjunto al Wat Phra Si Sanphet, es un santuario que guarda un Buda de bronce de 17 metros de altura, único elemento remarcable de este lugar.

Wat Phra Mahathat: Su cabeza de Buda emmarañada en las raíces de un árbol es probablemente el elemento más fotografiado y visitado de todo el Parque Histórico. A parte de esto, en este templo también se pueden encontrar imágenes de Buda mutiladas y completas, así como un prang que aún se mantiene en pie. Imprescindible.

Wat Ratburana: También en la “isla” – como todos los comentados anteriormente – este templo alberga un gran prang visible desde cualquier punto de las ruinas y al que se puede subir trepando por unas escaleras. Las vistas de Ayutthaya desde esa altura lo hacen ser uno de los templos que no hay que perderse.

Wat Phanan Choeng: Nada que ver con ruinas. Se trata de un moderno templo budista-chino que alberga una imagen dorada de Buda de 19 metros. No lo destacaría si no fuera porque pude asistir a una ceremonia en la que los asistentes, en medio de oraciones, hacían circular un gran velo de color naranja entre la imagen de buda y sus propias cabezas. Para acceder a él – se encuentra fuera de la isla -, tuve que alquilar un tuk tuk que me clavó 200 Bahts por llevarme, con 1 hora de tiempo límite, a ver tanto éste templo como el siguiente y último que visité en Ayutthaya.

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Wat Yai Chai Mongkhon: Su Buda reclinado de 7 metros de largo y su gran prang rodeado de imágenes de Buda con velos amarillos, la hacen merecer el paseo que hay que darse para llegar hasta ella, pues se encuentra un poco alejada de la isla.

A nivel general, la visita a Ayutthaya fue sin duda uno de los momentos álgidos del viaje. Siempre recordaré ese paseo en bicicleta entre ruinas y elefantes portadores de turistas y envueltoen una tranquilidad que en determinados momentos me hacía pensar que estaba sólo visitando todas aquellas maravillas.

Estaba ya bien entrada la tarde cuando devolví mi bicicleta y compré en la pequeña estación mi billete de vuelta a Bangkok (20 Bahts). Me hubiese gustada pernoctar allí y poder disfrutar de las ruinas iluminadas de noche, pero mi ajustado planning me obligó a regresar a la gran metrópoli aquella misma tarde.

El trayecto de vuelta discurrió normalmente hasta que de repente, cuando el tren ya había entrado hacía rato en Bangkok, éste se paró de repente. Sin nadie que nos advirtiera de nada estuvimos esperando en los vagones durante una media hora, hasta que la gente decidió descender a las vías y seguir su camino a pie. No sabía muy bien donde me encontraba pero, cansado de esperar, decidí descender y seguir las vías hasta llegar a la estación, que al final resultó estar bastante cerca.

Una vez en la estación, negocié con un motorista la carrera hasta el hotel por 60 Bahts. Pese a lo peligroso que resulta ir en moto en una ciudad como Bangkok, más cuando el monzón estaba arreciando con ganas, disfruté de aquel trayecto como un niño. Cuando bajé de la moto en Khao San Road estaba totalmente calado de agua, así que me encaminé hacia el hotel para pegarme una buna ducha y ponerme ropa limpia.

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Nada más ese día, simplemente una agradable cena en los alrededores del hotel (Pad Thai de nuevo) y a descansar. Kanchanaburi, una Tailandia más rural, estaba esperando mi llegada al día siguiente.

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Nov 04 2011

TAILANDIA 2011 – DÍA 3: La otra cara de Bangkok

 

MIÉRCOLES 15/06/2011

Bangkok es una ciudad de contrastes extremos. Difícilmente alguien que la haya visitado podrá negar esta afirmación. De los cables y postes de tensión destartalados, pasamos a calles impolutas flanquedas por tiendas de las mejores marcas. Del ruidoso y traqueteante tuk tuk, al moderno skytrain, que casi sobrevuela la ciudad. De viviendas que parece vayan a caerse con un golpe de viento, a futuristas rascacielos… En mi tercer día por la capital tailandesa iba a descubrir la cara moderna, limpia, tecnológica y vanguardista de la ciudad. Me iba a desplazar hasta el distrito de Silom para disfrutar de la Bangkok del siglo XXI, quizá con menos encanto que la de los templos y las paradas a cada esquina, pero igualmente interesante. La otra cara de Bangkok estaba a punto de descubrirse ante mí.

Para ello me puse en camino hacia el embarcadero del Chao Phraya Express más cercano a mi hotel. Por el camino, me dispuse a descubrir algo más de la Bangkok tradicional antes de embarcarme hacia la sombra de los rascacielos: el mercadillo de amuletos. Dispuesto en las aceras de Th Marahat y Th Phra Chan, muy cerca del río,  en este curioso mercadillo se pueden encontrar amuletos, talismanes y abalorios de todo tipo.

Las figuras con la imagen de buda son el producto estrella, pero se pueden encontrar desde monedas, hasta cualquier tipo de amuleto, por extraño que sea. No me crucé con muchos turistas durante mi recorrido, pero sí con bastantes monjes, que deben ser los clientes principales de estas paradas, junto con los coleccionistas. La verdad es que es una visita curiosa, y además me pillaba de camino hacia el muelle desde el que quería coger el barco que me llevara a Silom.

Monté en el Chao Phraya Express tras abonar los 14 Bahts de rigor y cubrí el recorrido que me separaba del embarcadero de Taskin, ya en la zona moderna de la ciudad. Navegar por el río Chao Phraya, con esos rascacielos que se hacían más grandes al acortarse la distancia, es uno de los mejores recuerdos que tengo de la ciudad.

Descendí en el embarcadero de Taskin, que ya está conectado con el moderno Skytrain para acceder al centro. Los 25 Bahts que cuesta el billete bien valen la pena para este moderno transporte público que sobrevuela sobre raíles la ciudad y ofrece una magníficas vistas de la misma. Toda una experiencia, sobretodo para los que estamos acostumbrados a ir bajo tierra en los abarrotados metros de Madrid o Barcelona.

Me bajé en la parada de Silom, con una objetivo claro en mente: visitar el parque Lumphini, el “Central Park” de Bangkok. Lo de Central Park, más que por el tamaño es por los rascacielos que circundan esta agradable zona verde de la ciudad. Senderos arbolados, estanques y verde, mucho verde, es lo que tiene para ofrecernos este parque, muy adecuado para huir de los bocinazos, los tuk tuk y el frenesí de la ciudad en general. El Sol caía a plomo durante mi paseo, hasta el punto de que empecé a quemarme tanto el cuello como la cara. Abrumado por el tremendo calor, aceleré mi visita a este parque – que lleva el nombre de la población de nacimiento de Buda – para refugiarme en la red subterránea de metro. Nunca había bendecido tanto un aire acondicionado.

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Para poder usar la moderna red de metro de la ciudad, primero tuve que adquirir un “token”, especie de moneda de plástico que hace las veces de billete. Es un medio de transporte bastante económico, así que por 20 Bahts pude desplazarme hasta la parada de Hua Lampong, hacia donde me encaminé para poder descubrir el templo del Buda Dorado.

El  Wat Traimit es uno de los templos más visitados de la ciudad, y gran culpa de ello la tiene la impresionante figura de Buda que alberga, de oro macizo y 3 metros de altura. Para poder presenciarla, hay que ascender por las empinadas escalinatas del templo, cuya cumbre dorada sobresale por encima de los tejados de China Town, lugar donde está ubicado. El precio de la entrada son 50 Bahts.

Se acercaba la hora de comer, así que decidí acercarme en skytrain hasta el centro comercial Paragon, junto a la cercana plaza de Siam. Éste es un centro comercial hiper-moderno, con todo el lujo y marcas representadas en sus escaparates. La verdad es que la idea de visitar centros comerciales no me atrae demasiado, así que me limité a comer en uno de sus establecimientos y marcharme por donde había venido. La visita al centro comercial me sirvió para constatar que hay gente que vive muy bien en Bangkok; otra, la mayoría, no tanto. Otro contraste más de esta gran ciudad.

Por la tarde estuve paseando un poco por la zona de Siam y la avenida Silom, a la sombra de los altos y modernos edificios de cristal. Ésta es una zona de la ciudad bastante moderna, y donde se aloja gran parte del turismo de masas, pero yo en particular no le encontré ningún encanto.

Llevaba ya casi dos días completos en Tailandia y aún no me había dado ningún masaje. Esa misma tarde le puse solución. Cansado y acalorado, decidí meterme en el establecimiento de masajes que mejor espina me dió; no quería sorpresas desagradables en forma de “happy endings”. De esta manera, opté por un local que ofertaba masajes tailandeses de 1 hora por 200 Bahts. Seguramente no fue el mejor masaje tailandés posible (era bastante económico), pero yo salí de allí como nuevo. Incluso me eché unas buenas risas con las dependientas, que me pidieron que me hiciera una serie de fotos con ellas.

En la misma avenida Silom cogí un taxi (100 Bahts) para que me devolviera al hotel. El monzón apareció durante el trayecto, con una virulencia que en España sólo supera alguna tormenta de verano. Me tuve que armar de paciencia, pues más de una hora me llevó llegar hasta los alrededores de Khao San debido al descomunal atasco de tráfico que se formó. En Bangkok, el taxi no es siempre la mejor opción o, al menos, la más rápida.

Tras cenar el arroz más picante de mi vida, me conecté un rato en el ciber y tiré para el hotel cuando era aún una hora bastante temprana.

Mis días en Bangkok habían llegado a su fin. A la mañana siguiente partiría en tren hacia Ayutthaya para descubrir lo que fue la antigua capital del reino de Siam. Volvería a Bangkok, sí, pero sólo a pasar la noche para partir al día siguiente. Comenzaba la ruta por el país de la eterna sonrisa.

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