Miércoles 8/12/2010
Qué a gusto madruga uno cuando está de viaje. Es igual lo cansado que te vayas a la cama la noche anterior, que se duerman pocas horas o en un lugar algo incómodo, que al día siguiente siempre se está con energía renovadas y con ganas de comerse el destino. O al menos eso me pasa a mí. En nuestro primer despertar en Florencia, decidimos madrugar para poder aprovechar al máximo nuestro segundo día en la ciudad del arte.
Así que sobre las 8 y cuarto de la mañana ya estábamos en las húmedas calles florentinas buscando un lugar para desayunar. Como ya he comentado alguna vez, Florencia nos pareció algo cara, así que el capricho de un buen café latte con croissants nos salió por un pico.
El día amenazaba lluvia, aunque los grises nubarrones de momento aguantaban el apretón. Lo primero que hicimos una vez desayunados fue dirigirnos hacia la Galería de la Academia, situada en la Via de Ricasoli 60, museo famoso por albergar probablemente una de las esculturas más conocidas de todo el mundo: el David de Miguel Ángel. Pagamos los 10 Euros de la entrada (5 para los menores de 25 años) y entramos para adentro con un objetivo en mente que no se hizo de rogar. Al fondo de la galería donde se exponen los esclavos inacabados de Miguel Ángel se alzaba, imponente, el David.
La verdad es que siempre lo había imaginado más pequeño, pero sus 4 metros de altura hacen que tengas que alzar la vista para contemplarlo por completo. La famosa escultura representa al rey bíblico David, momentos antes de enfrentarse al gigante Goliat con un gesto de serenidad y concentración imperturbable. Tan imperturbables como nos quedamos nosotros admirando semejante obra, tallada a golpe de cincel directamente sobre el mármol. Toda una genialidad con perfección en cada detalle.
Pero no solo del David vive la Galería de la Academia, así que seguimos explorando sus rincones en los que pudimos encontrar más esculturas, así como algunos cuadros y retablos renacentistas y hasta una curiosa colección de antiguos instrumentos musicales.
Muy cerquita de la Galería de la Academia se encuentra la plaza y la basílica de la Santissima Annunziata, así que no perdimos la oportunidad de acercarnos a echarles un vistazo. En la bonita plaza había instalado un mercado cuyas paradas vendían productos de facturación artesanal así como todo tipo de productos alimentarios típicos de la Toscana. Después de serpentear un poco entre las paradas, entramos en la basílica, dentro de la cual se estaba dando el sermón. Nos quedamos allí durante 5 minutos admirando en completo silencio el recargado y bello interior de la basílica antes de salir de nuevo por la puerta y poner rumbo hacia el mercado central, que por estar cerrado, no pudimos ver.
Atravesamos de nuevo la zona del mercado de San Lorenzo y las Capillas Mediceas (por cierto, 9 euros la entrada) hasta llegar hasta la iglesia de Santa María Novella que ya habíamos visto iluminada la noche anterior. Para nuestra sorpresa, también estaba cerrada (abría de 12 a 16:00) así que nos hicimos unas fotos en el exterior y tiramos para el Ponte Vecchio.
Nos dirigimos, como ya habíamos hecho el día anterior, hacia el Palacio Pitti ya que queríamos hacer una visita a los Jardines de Boboli. La verdad es que los 10 euros de la entrada nos parecieron demasiados para poder visitar tan solo los jardines, un par de exposiciones de cerámica o porcelana, y no recuerdo bien que más. Puede que la entrada completa al palacio compense más, pero la verdad es que no teníamos ganas de ver más arte después de la Academia, más pensando que por la tarde íbamos a visitar la Galería de Uffizi. Quizá en esta valoración negativa también influyó que nada más atravesar la puerta y pagar la entrada, se nos puso a llover intensamente sin poder encontrar muchos rincones en los que refugiarnos ya que gran parte de la visita es en los jardines, por lo tanto a cielo abierto. Como punto positivo, las vistas de la ciudad que se pueden obtener si se sube hasta la parte más alta de los jardines. Y la verdad es que poco más, aunque también es cierto que empujados por la lluvia hicimos la visita un poco como correcaminos.
Como ya era hora de comer cuando acabamos con los jardines, entramos en un local cercano de pizzas al taglio, donde dimos cuenta de unas buenas pepperoni a resguardo de la lluvia. Por poco más de 4 Euros por persona comimos ese día… La lluvia no parecía que fuese a cesar al menos por unas horas así que decidimos ir a hacer la siesta al hotel para ver si con un poco de suerte al despertarnos había escampado un poco.
La lluvia había remitido, pero nada de escampar cuando salimos del hotel. El objetivo de la tarde y de las pocas horas que quedaban de luz era el de subir hasta Piazzale Miquelángelo para admirar las que son, probablemente, las mejores vistas de toda Florencia. Esta plaza o mirador se encuentra en una de las colinas que, al otro lado del Arno, rodean la ciudad. Para acceder a ella nosotros optamos por coger el autobús número 13 en la misma estación de Santa María Novella, aunque si se quiere caminar un poco, también se puede llegar a pie. Después de unos 20 minutos de trayecto, el autobús nos dejó bajo la lluvia y la presencia de una nueva réplica (ahora en bronce) del David de Miguel Ángel, en el mejor balcón a la ciudad de Florencia. Desgraciadamente, el día no acompañaba para nada y las vistas se vieron enturbiadas por una especie de neblina causada por la lluvia que impidió que las fotografías tomadas quedaran lo nítidas y bellas que merece el lugar. La lluvia comenzaba de nuevo a ir in crescendo así que lejos de ir a visitar, como teníamos previsto, la cercana iglesia de San Miniato al Monte, cogimos de nuevo el primer número 13 que pasó con dirección al centro de Florencia. Afortunadamente podríamos descubrir la iglesia y repetir vistas al día siguiente.
De nuevo en el centro de la ciudad, pusimos rumbo por unas calles ya iluminadas hacia la Galería Uffizi donde, además de ver algunas obras de arte del Renacimiento, lograríamos huir durante un rato de la cansina lluvia.
Ubicado en lo que fueron las antiguas oficinas de la familia Médicis y muy cerquita del río Arno y el Ponte Vecchio, este museo alberga la colección artística de la familia con obras de tanto renombre como el Nacimiento de Venus de Boticceli, lo cual le ha convertido en una de las principales atracciones de Florencia. Accedimos por uno de los costados del edificio en forma de U tras pagar los 10 euros de la entrada, siempre reducidos a la mitad para los menores de 25 años. La verdad es que pese a las advertencias sobre formaciones de cola para entrar, nosotros no tuvimos que esperar ni un minuto, y eso que estaba lloviendo. Supongo que el que quedara apenas 2 horas para el cierre nos favoreció en ese aspecto. Fuimos atravesando las diferentes salas del museo en las que había expuesto arte renacentista y obras pictóricas de tanto renombre como el – ya mencionado – Nacimiento de Venus, La Anunciación de Leonardo da Vinci, La Sagrada Familia de Miguel Ángel o la Alegoría de la primavera, también de Boticceli. Pese a que nuestra guía recomendaba de 3 a 4 horas para hacer la visita, nosotros nos pusimos las pilas (tampoco somos unos GRANDES apasionados del arte) y nos la ventilamos en poco más de hora y media.
De nuevo en la calle, estuvimos paseando un poco por el centro aprovechando que ya había escampado. Por una de las calles que desemboca en Piazza Signoria nos topamos con una especie de celebración en la que gente vestida de época y tocando los tambores desfilaba portando estandartes con la flor de Lis, auténtico símbolo de la ciudad. A día de hoy no sabemos a que se debía la celebración, pero la verdad es que fue una nota interesante durante aquel paseo nocturno por el centro de la ciudad.
Del resto del día poco más remarcable. Cenamos en un fast food para consuelo de nuestro bolsillo y por fin pudimos ver iluminado el gran árbol de Navidad de la plaza del Duomo, por la que estuvimos paseando hasta el momento en que decidimos irnos a nuestro hotel a descansar y prepararnos para un día, el siguiente, en el que tocaba excursión: San Gimignano nos esperaba.

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