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dic 03 2010

CONCLUSIONES DEL VIAJE: LO QUE MÁS Y LO QUE MENOS

Todo viaje, a su regreso, nos hace plantearnos a modo de balance que es lo que más y lo que menos nos a gustado del destino o destinos visitados. Como una salsa agridulce, se entremezclan en nuestro recuerdo momentos del viaje realmente inolvidables con otros para olvidar, lugares realmente bellos con otros que no nos dicen nada, sorpresas agradables y tremendas decepciones… A modo de conclusión para nuestros viaje por Turquía, he querido plasmar todo esto en una última entrada y de esta manera haceros saber que es lo que más y lo que menos nos ha gustado en general del destino. En mi caso acostumbra a ganar lo positivo, aunque siempre hay cosas negativas o decepcionantes que merece la pena remarcar. Para gustos, lo colores, pero este es mi pequeño balance personal:

 

LO QUE MÁS:

 

    • Estambul, una ciudad con mucha historia.
    • La Mezquita azul y Santa Sofía, los mejores tesoros de la ciudad.
    • Un atardecer desde Uskudar.
    • Las vistas desde la Torre Gálata.
    • El emplazamiento e interior de la mezquita de Ortakoy.
    •  La cisterna basílica.
    • Entrar a una mezquita en hora de rezo.
    • El bullicio y vida de Istikal Cad.
    • La red de autobuses del país: cómodos y modernos.
    • Capadocia, un lugar mágico sin duda.
    • Descansar en las teterías tomando té y fumando narguile.
    • Göreme, la base de operaciones perfecta para descubrir Capadocia.
    • El valle de Devrent.
    • El trato en general recibido de los turcos.
    • Alojamientos como el Anatoliacave Pension (Capadocia) o el Dort Mevsim Hotel (Pamukkale). Nos hicieron sentir como en casa.
    • La iglesia oscura, en el Museo al Aire Libre de Göreme.
    • Un amanecer en Göreme, con todos los globos aerostáticos en el aire.
    • Pasear por lo valles de Capadocia.
    • Derinkuyu, una ciudad subterránea de impresión.
    • El Valle de Ihlara, oasis en medio de la aridez capadocia.
    • La Fortaleza de Uchisar.
    • La ciudad clásica de Éfeso y la Biblioteca de Celso.
    • Sirince, un típico pueblo turco.
    • Las playas de la Península de Dilek.
    • Nuestra visita a Kapikiri, la Turquía rural a orillas del Bafa Gölü.
    • Pamukkale, toda una maravilla natural.

LO QUE MENOS:

 

  • El palacio de Topkapi, se nos quedó en poco para las expectativas que llevábamos.
  • Estambul no fue todo lo barata que esperábamos.
  • Algunas entradas tenían un precio pelín abusivo.
  • Nuestro alojamiento en Izmir, el AK Hotel, sobrepasaba la berrera de la cutrez.
  • Los taxistas que intentan timar al turista.
  • Bastante monotonía a la hora de comer: kebab en todas su variedades; acabamos hasta arriba.
  • Las aglomeraciones en algunas atracciones turísticas como Éfeso o el Museo al Aire Libre de Göreme.
  • El alto precio de volar en globo en Capadocia. Nos lo perdimos por llevar un presupuesto ajustado.
  • Las ciudades costeras como Kusadasi o Bodrum. Nada del otro mundo y demasiado turísticas.
  • Los odiosos WC con el agujero en el suelo.
  • Algunas carreteras no estaban en las mejores condiciones.
  • El precio del combustible, te arruinas para llenar el depósito.

 

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nov 30 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 15 (Y ÚLTIMO): Hasta la próxima Turquía!

 

 

Lunes 20/09/2010

Y como quien no quiere la cosa… ya estábamos iniciando nuestro último día de viaje. Esa misma tarde tomaríamos un vuelo interno hacia Estambul, donde permaneceríamos en su aeropuerto hasta la hora en que otro vuelo nos devolvería a Barcelona.

Después de un modesto desayuno en nuestro hotel y de hacer el check out, salimos a acabar de disfrutar la ciudad en una mañana soleada. No nos planteamos ningún recorrido ni ninguna visita a realizar, simplemente nos dispusimos a caminar por las calles sin rumbo alguno y a aprovechar para comprar los últimos recuerdos que habían quedado pendientes.

Comenzamos caminando por el remodelado paseo marítimo, el Kordon, que a esas horas de la mañana se presentaba bastante solitario, tranquilidad tan solo perturbada por los bares y restaurantes de los aledaños, que comenzaban a montar sus terrazas. A parte de los pintorescos barcos de pescadores, por el paseo nos fuimos encontrando con varias figuras de vacas que lo decoraban. Un tema bastante curioso que aún a día de hoy no acabamos de entender; puede que se tratara simplemente de una exposición temporal, pero la ciudad tenía vacas por todas partes y de todas las formas y colores.

Anécdotas a parte, regresamos (ahora por el interior de la ciudad) hacia la zona del bazar. Atravesamos una de las plazas principales de Izmir, Cumhuriyet Meydani, antes de adentrarnos de nuevo en unas callejuelas que estaban menos bulliciosas que el día anterior. Nos perdimos por el entramado de calles visitando de vez en cuando alguna que otra tienda donde nos hicimos con algunos recuerdos que no eran el famoso ojo turco, souvenir que ya habíamos adquirido en el Gran Bazar de Estambul.

Jose y yo nos decantamos por comprar unos juegos de Backgammon, ya que vimos que era bastante típico entre los lugareños y sentíamos curiosidad sobre como se jugaría, pese a ser un juego muy extendido desde hace tiempo en occidente. La verdad es que fue de lo poco que compré pues no me gusta ir muy cargado de recuerdos en los viajes; con las fotografías y un imán de nevera tengo más que suficiente a no ser que algo me llame realmente la atención. Y el backgammon lo hizo.

La mañana fue transcurriendo lentamente entre paseos y paraditas para tomar algo hasta que se nos vino encima la hora de comer. Fuimos a lo barato, y comimos un kebab sentados en un puesto callejero antes de regresar al hotel para recoger las mochilas. Era el momento de ir tirando para el aeropuerto y para ello teníamos pensado ir en taxi.

Después de preguntar algunos precios, nos acabamos montando con un taxista que se ofreció a llevarnos por unas 30 TL, si no recuerdo mal. Apretados y con mucho calor metidos los 5 en el taxi, cubrimos la media hora aproximada que nos separaba del aeropuerto.

A partir de ese momento lo de siempre: rutina aeroportuaria. Volamos hasta el aeropuerto de Estambul con la compañía Pegasus – la low cost turca – y la verdad es que todo funcionó a la perfección en un vuelo que apenas llegó a la hora de duración. Una vez en el Sabiha Gokcen de Estambul nos tocaba tener paciencia: eran apenas las 8 de la tarde y nuestro vuelo de regreso no salía hasta las 5 de la mañana. De nuevo tocaba pasar la noche en el aeropuerto… Tumbados en unas butacas de plástico nos fuimos despidiendo de un viaje que tocaba a su fin después de recorrer durante 15 días uno de los países más interesantes que se pueda visitar.

 

 

Para futuras visitas quedará el este del país, la costa del Mar Negro, la zona del Mediterráneo meridional con la ruta lycia, o el increíble Nemrut Dagi, cuya visita tengo clavada como una espina. Por este motivo no le dijimos adiós al país. No, porque a poco que pueda intentaré volver para que me acabe de enseñar todos sus encantos. Por eso digo que no es un adiós sinó un… HASTA LA PRÓXIMA, TURQUÍA!

 
Güle güle!!!

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nov 24 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 14: La última parada: Izmir

 

Domingo 19/09/2010

Sobre las 8 de la mañana nos despertamos en nuestro penúltimo día de viaje en aquella habitación de Pamukkale. Tocaba hacer de nuevo las mochilas y volver a desplazarse, pues esa misma mañana debíamos devolver nuestro coche de alquiler en una oficina de la costera Izmir. Algo más de tres horas de trayecto era lo que nos separaba de allí, así que nos pusimos en marcha tras desayunar y hacer el check out en el Dort Mevsim Hotel.

Con la ayuda de nuestro imprescindible mapa de carreteras turcas, conseguimos llegar a las afueras de la antigua Esmirna sin muchas dificultades. En este trayecto pasamos por el desvío que conduce a las ruinas de Afrodisias, una de las mejores de la costa del Egeo, pero al tener la obligación de llegar a Izmir esa misma mañana decidimos descartar su visita. Llegados a las afueras de Izmir, en las que los suburbios se extienden largamente por las colinas de los alrededores, tuvimos el problema de no encontrar la salida de la carretera que nos condujese al centro de la ciudad. O no estaba indicado o no supimos ver el cartel así que nos perdimos irremediablemente por los alrededores de una de las ciudades más grandes de Turquía. Decidimos entonces conducir en dirección al mar y comenzar a circular por la costa hasta dar con el centro de la ciudad. La idea funcionó así que, sin dar muchas vueltas para lo perdidos que estábamos, logramos finalmente encontrar la oficina de Europcar donde debíamos retornar el coche que nos había acompañado los últimos 6 días.

Una vez nos deshicimos del coche – que ya había ganas -, decidimos comer en un fast food que había justo al lado de la oficina, pues con la tontería ya había pasado toda una mañana.

Nos tocaba buscar alojamiento pues nuestra última noche en Izmir era una de las dos por Turquía en la que no teníamos reservado nada. Le habíamos preguntado al chico que nos atendió en la devolución del coche por un alojamiento bueno, bonito, y barato, pero las opciones que nos dio no nos convencieron en absoluto por caras. De esta manera decidimos cargarnos nuestras mochilas a las espaldas y comenzar a buscar por los alrededores. Los tres primeros en los que preguntamos se nos salían de presupuesto, y es que parece que Izmir es bastante cara en lo que alojamiento se refiere. Fue en el cuarto en el que nos quedamos, un hotel que no tenía muy buen aspecto pero que se ajustaba más a nuestras restricciones presupuestarias. Aún así nos pareció caro para lo cutre que era, ya que nos cobraron 200 TL para dos habitaciones. Más caro nos pareció si cabe cuando vimos la moqueta del pasillo donde se encontraban nuestras habitaciones, que tenía manchas ancestrales y aspecto de que no se había cambiado ni limpiado desde que se inauguró el hotel, que ya tenía unos añitos por lo ajadas que parecían las instalaciones. En cualquier caso, en peores hoteles hemos dormido así que hicimos de tripas corazón y nos instalamos en nuestras habitaciones.

Había llegado el momento de comenzar a visitar la ciudad, a empezar a descubrir unos encantos hasta el momento desconocidos para nosotros. Izmir es una ciudad bastante grande - la tercera más poblada de toda Turquía con más de 2,5 millones de habitantes – que a primera vista puede parecer poco llamativa en lo que a atractivos turísticos se refiere. En una urbe que refleja a la perfección el binomio modernidad – tradición que se da por todo el país, era nuestro objetivo que el lugar no nos dejara indiferentes. Con esta misión entre ceja y ceja propusimos el bazar como la primera visita a realizar.

No nos cogía muy lejos del hotel así que fuimos para allí callejeando y recopilando nuestras primeras sensaciones en la ciudad. En un punto indeterminado comenzamos a notar como comenzaba a darse un poco de bullicio y las paradas empezaban a sucederse por los costados de la calle; estábamos adentrándonos en el bazar. Y es que el Kemeralti Bazar se desarrolla en gran parte por las mismas calles de esa zona de la ciudad, unas calles por donde costaba avanzar de lo repletas que estaban y por las que fuimos caminando a la sombra de las lonas de tela colgadas para proteger del sol. Quien espere encontrar en este bazar algo parecido al Gran Bazar de Estambul, se llevará una gran decepción. El de Izmir es un bazar más destinado a los propios turcos, donde se venden objetos útiles para la vida cotidiana como utensilios de cocina, ropa, relojes, aparatos electrónicos…nada que a priori pueda interesar a alguien venido de fuera. Desde este punto de vista puede parecer menos interesante su visita, pero si el objetivo de ésta es el de observar y aprender un poco sobre como se desarrolla parte de la cultura turca, un paseo por el bazar no decepcionará. Eso sí, hay que ir preparado para rechazar multitud de ofrecimientos para la compra de todo tipo de productos al paso por las diferentes paradas.

Cuando ya habíamos recorrido en gran medida el bazar, decidimos parar a hacer un çay en una tetería ubicada en el mismo. En unas mesitas plantadas en medio de una callejuela estuvimos disfrutando de uno de los placeres – al menos para mí – de visitar Turquía: descansar tomando un té en las acogedoras teterías.

La tarde comenzaba a echarse encima, así que decidimos ir hasta el paseo marítimo para contemplar la puesta de sol, actividad recomendada por nuestra guía. La verdad es que la recomendación estuvo de lo más acertada y pudimos disfrutar de otra gran puesta de sol, toda una tónica durante el viaje. Por el paseo marítimo estuvimos paseando un rato hasta llegar a la altura de Konak Meydani, la plaza más famosa de la ciudad donde se encuentra su conocida Torre del Reloj.

Este reloj (Saat kulesi) es lo que el Big Ben a Londres: el icono más representativo de la ciudad. Lo había visto anteriormente en alguna foto, y la verdad es que su reducido tamaño visto in situ me sorprendió; lo esperaba más grande. Aún así hay que decir que la plaza donde se ubica,  junto a una mezquita y varias palmeras, es un lugar encantador. Nos quedamos con ese rincón de Izmir, que nos supo dar el encanto y el atractivo que le estábamos buscando a la ciudad. Estuvimos tomando varias fotografías en la plaza antes de comenzar a buscar un sitio donde cenar por los alrededores.

La búsqueda tenía una premisa, poder ver el partido que jugaba el Barça aquella noche. Misión harto difícil, ya que aquella noche se jugaba el derbi de Estambul entre Besiktas y Fenerbahçe, y todas las televisiones sintonizaban lo mismo. Finalmente, preguntamos en un restaurante que nos dijo que lo pondría, y así lo hizo. No se si esa noche perdió clientela ya que la mayoría de gente que venía y veía que no daban fútbol turco, cogía y se daba media vuelta. Poco nos importaba a nosotros, que disfrutamos de una excelente cena mientras pudimos vibrar con la victoria de nuestro equipo.

Acabados de cenar pusimos rumbo al hotel, donde nos recluimos ya hasta la mañana siguiente. Una mañana que sería la de nuestro último día de viaje, la mañana en que nos despediríamos de Izmir para poner rumbo al aeropuerto. Se acercaba la hora de las despedidas.

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nov 18 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 13: Pammukkale, un lugar de ensueño

 

 

Sábado 18/09/2010

El viaje se nos comenzaba a escapar como arena entre los dedos de la mano. Sin apenas darnos cuenta – aunque con muchas experiencias a nuestras espaldas – nos habíamos plantado en la recta final de nuestro trayecto turco, en concreto en el día en el que veríamos el último “imprescindible” del viaje, el Pamukkale; a partir de la mañana siguiente todo se basaría en una especie de ritual de regreso consistente en volver a Izmir, visitar un poco la ciudad, y regresar a casa.

Sabiéndome ante el último día GRANDE del viaje, me desperté con ilusión y fuerzas renovadas en la incómoda cama del apartamento. En poco tiempo recogimos nuestras pertenencias y nos pusimos todos en marcha, pues teníamos un trayecto largo por delante. Deberíamos viajar de Bodrum al pueblo de Pamukkale, en el interior de Turquía, ambos puntos separados por unos 260 kilómetros.

El trayecto se nos hizo bastante monótono y un poco incómodo ya que había tramos de carretera totalmente levantados en obras por los que se hacía difícil circular. Turnándome al volante con Jose, conseguimos que las más de 4 horas de trayecto no se hicieran tan pesadas como si hubiera tenido que conducir yo solo. Cuando restaban pocos kilómetros para llegar a Denizli, ciudad de referencia cercana a Pamukkale, vimos el cartel que anunciaba el desvío hacia el “castillo de algodón” (Pamukkale traducido al castellano). Recorrimos los pocos kilómetros que nos separaban de nuestro objetivo a través de una estrecha carretera desde la que podíamos distinguir en la lejanía la enorme masa blanca que contrastaba con el monótono color de los campos de cultivo de los alrededores.

Finalmente llegamos al tranquilo pueblo de Pamukkale, donde teníamos reservado nuestro alojamiento casi a los pies del fenómeno natural. Nos costó un poco encontrarlo – pues no estaba muy bien señalizado -, pero finalmente dimos con el edificio naranja que resultó ser nuestro hotel. El dueño salió a recibirnos nada más bajar del coche y, además de enseñarnos nuestras habitaciones, nos ofreció un té y unos refrescos de cortesía. La verdad es que el trato que recibimos en el Dort Mevsim Hotel fue de los mejores de todo el viaje junto al que nos dispensó Bekir en el Anatolia Cave Pension de Capadocia. Dos hoteles de precio ajustado que recomendaría sin dudarlo un segundo.

Cuando ya nos habíamos instalado en nuestras habitaciones, nos dimo cuenta de que ya casi era hora de comer así que nos quedamos a hacerlo en el propio hotel, donde según la guía preparaban unas comidas caseras estupendas. Mientras esperábamos a que nos sirvieran, Jose y yo estuvimos dándonos un refrescante baño en la pequeña piscina del hotel; después de casi toda una mañana conduciendo nos lo teníamos bien merecido. Finalmente trajeron nuestros Sac Kebab, una especie de guiso con pollo y verduras que mezclado con el arroz blanco estaba para chuparse los dedos. Sin lugar a dudas, fue la mejor comida de todo el viaje.

La tarde la íbamos a dedicar íntegramente a visitar el lugar por el que nos habíamos desplazado a aquel lugar perdido de Anatolia occidental. Y a estas alturas de la película os preguntaréis: “¿Y que narices es el Pamukkale? Yo me hice la misma pregunta cuando me deslumbraron las primeras fotografías que vi por internet de este lugar. Patrimonio de la Humanidad por UNESCO desde 1988, Pamukkale es una curiosa formación geológica que se ha dado a través de los siglos gracias a los terremotos – y posterior aparición de fuentes termales – que se daban en la zona. Estas aguas contenían un alto grado de bicarbonato y calcio que con el paso de los siglos formaron una gran masa blanca de travertino, el sorprendente material con el que está formado en parte este “castillo de algodón”.

Pero lo más impresionante del Pamukkale, a parte de su blancura, son las piscinas naturales que se han ido formando y las peculiares “estalactitas” de carbonato cálcico que dan la impresión de que el agua que rebosa de algunas piscinas, haya quedado congelada. Pero por si todo esto fuera poco, en su cima se pueden encontrar las ruinas de Hierápolis, una antigua ciudad clásica que los romanos llegaron a convertir en un lugar de descanso veraniego, algo así como una ciudad – balneario que se aprovechaba de las propiedades de las aguas termales que brotaban de Pamukkale. Y es que los romanos tontos, no eran.

Nos desplazamos en coche hasta la entrada, situada en la avenida más turística de todo el pueblo. En ella abonamos las 20 TL que correspondían y comenzamos a ascender por el camino calcáreo que te sube hasta la meseta donde se encuentran las piscinas naturales y las ruinas de Hierápolis. Para caminar por esta subida es obligatorio descalzarse, situación que es en parte muy agradable debido a las templadas aguas por las que se camina en algunos momentos. Nuestros primeros momentos en Pamukkale nos parecieron increíbles, con la sensación de estar visitando un lugar único, un paisaje realmente de otro planeta, bello e impactante a partes iguales.

A lo lejos ya podíamos divisar las preciosas piscinas naturales, a las que nos acercaríamos más adelante. Mientras, disfrutamos de un agradables baño (hay que ir preparado con bañador y toalla) en las piscinas artificiales – con un aspecto parecido a las reales – que hay en la misma subida por la que estábamos ascendiendo. Con un agua templadita y un suelo formado por una especie de fango grisáceo, estuvimos en aquel jacuzzi semi-natural con unas vistas buenísimas del pueblo y sus alrededores. Cuando las yemas de los dedos comenzaron a arrugarse, nos comenzamos a plantear el seguir descubriendo el lugar.

Después de hacernos decenas de fotos frente a las piscinas naturales con sus características “estalactitas”, nos calzamos de nuevo para explorar un poco las ruinas. Vimos esta parte de la visita bastante rápido, ya que lo que habíamos ido a ver por encima de todo era el travertino, y aún quedaban rincones por ver cuando el sol ya comenzaba a caer en el horizonte. Así que después de una corta sesión de ruinas, algunas de ellas enclavadas en el mismo travertino, volvimos hacia la zona de las piscinas naturales.

De vez en cuando y a lo lejos, se oía el silbato de los guardas, que advertían a turistas inconscientes y egoístas que no dudaban en adentrarse en lugares prohibidos, pisando con su calzado algunas zonas del travertino y sus piscinas. En Pamukkale hay que circular por los senderos habilitados ya que si cada uno fuese por donde le diese la gana, poco quedaría de esta maravilla natural. Desgraciadamente hay gente a la que poco le importa todo esto, ya que lo más importante para ellos es conseguir la mejor fotografía. Exploramos todos los rincones que pudimos, descubriendo en cada uno de ellos un paisaje más sobrecogedor que el anterior.

Más aún cuando el sol estaba ya casi escondiéndose detrás de las lejanas montañas, con un color rojo fuego que se reflejaba sobre el agua de las piscinas. Este momento de la tarde era el idóneo para ir hasta uno de los miradores, que se encontraba a la derecha de las ruinas y delante del cual pudimos obtener unas fotografías como las que se muestran a continuación. No exageraría si dijese que aquel atardecer ha sido el más hermoso e irreal que he podido presenciar hasta el momento.

Con un poco de tristeza por dejar aquel lugar, comenzamos a desfilar de nuevo hacia la entrada principal, mientras la noche comenzaba a cubrirlo todo. La iluminación artificial hizo acto de presencia mientras descendíamos descalzos por la subida donde se encuentran las piscinas artificiales, dándole al conjunto del Pamukkale un aspecto diferente, bellamente iluminado en tonos verdes y blancos.

Nos montamos de nuevo en el coche y nos dirigimos hacia el centro del pueblo para cenar algo. Optamos por la terraza de un restaurante bastante turístico (no recuerdo su nombre), donde cenamos bien y a buen precio mientras en la calle de al lado se formó una buena pelea entre turistas rusos (los hay a montones en Pamukkale) y turcos, a la que tuvo que acudir hasta la policía para llevarse a unos cuantos detenidos. Después de la cena nos dirigimos hacia nuestro hotel, donde acabamos de pasar la noche en su agradable terraza, disfrutando de unas fresquitas Efes Pilsen que nos supieron a gloria. Parecía que lo mejor del viaje ya había pasado – y en gran medida así era – , pero había que darle una oportunidad a Izmir, nuestro siguiente y último destino, el lugar desde el que nos despediríamos de nuestro viaje por Turquía.

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nov 16 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 12: Un día en Bodrum, la ciudad blanca

 

 

Viernes 17/09/2010

Bodrum, nuestro siguiente objetivo del viaje, se encuentra a 157 kilómetros de Kusadasi, distancia que tardaríamos en recorrer unas dos horas y media. Por este motivo, porque queríamos aprovechar el día en la ciudad blanca, nos despertamos más temprano de lo habitual  para poder partir ya desayunados sobre las 8 y media de la mañana. Nos despedimos de Kusadasi a través de la ventanilla de nuestro coche de alquiler mientras poníamos rumbo al sur de la costa Egea.

Cubrimos el trayecto sin ningún sobresalto en el tiempo que habíamos calculado, trayecto en el que cruzamos ciudades como Söke o Milas antes de adentrarnos, cuando ya eran casi las 11 de la mañana, en la turística península de Bodrum. Y es que hay que decir que si Kusadasi es uno de los centros neurálgicos del turismo en la costa Egea, Bodrum aún lo es más. Aún así nos llamaba la atención descubrir esa ciudad costera de casas blancas de la que tantas fotos había visto, con turistas o sin ellos. Circulando por la península se empezaban a vislumbrar los enormes y lujosos complejos hoteleros de 5 estrellas, situados a pie de costa y probablemente con playas privadas, que afean el precioso paisaje que compone la Península de Bodrum. No era precisamente uno de esos nuestro alojamiento, ni mucho menos, así que continuamos en dirección Bodrum – que ya se nos apareció en el horizonte con su color blanco impoluto – para pasar de largo hasta la vecina población de Bitez (a escasos 5 kilómetros), lugar donde habíamos reservado nuestro apartamento. Tras dar alguna que otra vuelta para encontrarlo, finalmente dimos con el complejo de apartamentos, donde hicimos el check in.

Nuestro apartamento para 5 personas era de lo más cutre que uno se puede encontrar, pero para el precio que habíamos pagado (30 euros entre los 5) tampoco había motivo para la queja. Además los apartamentos disponían de piscinas, bar, y supermercado, lo que nos vino muy bien para acabar de rematar la mañana. Como ya casi se nos habían hecho las 12 del mediodía, decidimos aprovechar la piscina y comprar algo en el súper para cocinarlo en el apartamento. Por la tarde, ya tendríamos tiempo de visitar Bodrum, que no es excesivamente grande. Así pues, nos relajamos en la piscina y yo en particular descansé un poco de las tres horas de coche que finalmente me había metido en el cuerpo. A la hora de comer, y con los recursos mínimos que nos ofrecía el apartamento, logramos cocinar unos espaguetis con tomate que, para que nos vamos a engañar, no se los comía ni mi perro después de un mes en huelga de hambre. No había tiempo para la siesta – tampoco había mucho que digerir – así que recién comidos nos pusimos en marcha hacia Bodrum.

Bodrum, antigua Halicarnaso, es una población de apenas 30.000 habitantes que destaca por su uniformidad arquitectónica (todas las casas bajas y de color blanco), situación que le da un encanto especial, sobretodo si se explora la zona menos turística con sus tranquilas callejuelas repletas de flores y plantas que resaltan sobre el blanco del conjunto. Otra cosa es llegar hasta la zona del puerto deportivo y el paseo marítimo, donde Bodrum se convierte en un lugar enfocado únicamente al turismo, con decenas de bares, discotecas, y restaurantes, una zona no especialmente agradable al menos para mi gusto, ya que podría parecerse a cualquier población costera española del tipo Lloret de Mar o Benidorm, y para ver eso no hace falta ir a Turquía.

Llegamos con nuestro coche por la avenida principal en dirección al mar, y nos comenzamos a dar cuenta de que estaba todo repleto de turistas y que las posibilidades de aparcamiento gratuito eran 0. Nos resignamos y dejamos el coche en un parking de pago en la misma avenida Cevat Sakir, arteria principal de la población. Salimos al exterior y comenzamos a caminar en dirección al Castillo de San Pedro, principal atractivo cultural de la ciudad, y construcción que divide las dos bahías donde fue levantada Bodrum: Bahía de Salmakis (donde se encuentra el puerto deportivo), y la Bahía de Kumbahçe, donde está la playa de la ciudad. Estuvimos caminando un poco por la zona del puerto, llena de lujosos yates de propietarios ricachones que vienen a pasar el verano a la costa turca.

No habíamos venido a ver eso, así que decidimos perdernos un poco por las calles de la ciudad sin un rumbo fijo, simplemente con la intención de encontrarle el encanto a un lugar que por el momento no nos había mostrado nada especial. Pero la cosa cambió, y fue comenzar a caminar por las frescas y sombrías calles vestidas de blanco (lugar al que la mayoría del turismo no accede, como si hubiera una barrera imaginaria entre el paseo marítimo y el resto del pueblo), con plantas y flores por todas partes, para que nuestra impresión de Bodrum fuera cambiando a positiva poco a poco.

Durante el paseo, nos topamos con lo que parecía un yacimiento que, consultada la guía, resultó ser el Mausoleo, otra de las 7 maravillas del mundo antiguo. Se trata de la que fue una impresionante tumba para el rey de Caria, Mausolo, construcción que posteriormente ha dado nombre genérico a todas las tumbas suntuosas y de grandes proporciones. Por  lo que pudimos leer en nuestra guía y lo que se pudo ver por fuera, que creo que era casi todo, poco queda de lo que fue, así que optamos por no pagar la innecesaria entrada que nos querían cobrar.

Era el momento de hacer un descanso, pues hacía bastante calor y llevábamos un rato caminando, así que buscamos algún tipo de bar local para tomar un té y echar algunas partidas a las cartas. No fue fácil encontrar un establecimiento autóctono, pues entre ellos hay multitud de tabernas inglesas o pubs holandeses que nos aseguraban a la hora de pagar una buena clavada. Finalmente optamos por una terracita de un restaurante turco, donde estuvimos pasando parte de la tarde.

Seguimos con nuestro camino, esta vez en dirección a la Bahía de Kumbahçe, donde se encuentra la bonita y extensa playa con  el Castillo de San Pedro en uno de sus extremos. Para llegar a ella de nuevo cruzamos encantadores callejones y algunas zonas más turísticas, con tiendas de souvenirs y ojos turcos por todas partes. Llegados a la playa, comenzamos a caminar por el paseo marítimo en una tarde que ya comenzaba a despedirse. La playa estaba llena de gente joven con ganas de fiesta, bailando al ritmo de la música house que las discotecas y bares a pie de playa tenían puesta; esa es otra de las facetas de Bodrum.

Llegados al extremo más alejado de la playa decidimos desandar el camino por el interior, caminando por el laberíntico entramado de callejuelas blancas donde sí se podía respirar el ambiente de una Turquía más real, el de la gente que realmente vive en esas casas ajardinadas, el de las personas mayores sentadas en los portales, o el de los niños jugando por cualquier rincón. De Bodrum me quedo con eso, con los paseos por sus zonas menos turísticas y con ese ambiente más tranquilo y sosegado.

No sé como lo hicimos pero acabamos desembocando de nuevo en la playa, donde nos sorprendió una excelente puesta de sol sobre el Castillo de San Pedro. Eso quería decir que se iba acercando la hora de cenar, así que pusimos rumbo al centro para buscar algún lugar donde hacerlo. Antes de ello, cayeron unas buenas cervecitas para acabar de hacer hambre.

Optamos por cenar en el centro de la ciudad, muy cerca de donde teníamos aparcado el coche, en un lugar donde – como siempre – comimos kebab en alguna de sus múltiples variedades. Finalizada la cena recogimos nuestro coche y pusimos rumbo a Bitez, dándonos cuenta por el camino del impresionante ambiente nocturno que hay en la zona, y es que a Bodrum la llaman la Ibiza turca por algo. No hubiese estado mal darle un poco de marcha al esqueleto pero entre que yo ya me pasaba del presupuesto planteado para el viaje y que estábamos todos con bastante cansancio acumulado, decidimos tirar para el apartamento y huir de las tentaciones de la noche. Mejor, porque yo cuando empiezo la fiesta me lío y quiero acabarla, y teníamos por delante uno de los mejores días del viaje, así que había que estar en las mejores condiciones; el Pamukkale (“é un sueño”) nos estaba esperando.

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nov 12 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 11: El Egeo menos conocido: Península de Dilek, Priene, y Bafa Gölü

 

Jueves 16/09/2010

Un nuevo día se despertaba mientras desayunábamos tan a gusto en la terraza del Liman Hotel, nuestro alojamiento en Kusadasi. Un día para el que teníamos previsto hacer una ruta en coche por algunos de los atractivos – no tan conocidos – que hay en las cercanías de la costa Egea. En principio el plan iba a consistir en ver algo de naturaleza en la cercana Península de Dilek con sus playas casi vírgenes, un poco de ruinas clásicas visitando algunos de los yacimientos de Priene, Mileto o Dídima y, por último, llegar a una población interior de lo más rural, a orillas de un espectacular lago, el Bafa Gölü. La verdad es que la cosa no pintaba nada mal…

Cogimos nuestras mochilas pequeñas con lo necesario (hoy, bañador incluido) y nos fuimos a buscar nuestro coche para empezar la ruta lo antes posible. Nuestro primer destino era el Parque Nacional de Dilek, situado en una península con el mismo nombre que está casi tocando con la isla griega de Samos. Por este mismo motivo, algunas partes de la península son usadas como base militar, con lo que el acceso a dichas zonas está prohibido y controlado por funcionarios del ejército. En las zonas abiertas al público, las del parque nacional, se pueden practicar diferentes actividades como el senderismo o bañarse en las tranquilas y semi-vírgenes calas.

Al estar situada a tan solo 26 kilómetros de Kusadasi, en unos 20 minutos alcanzamos la puerta de entrada. Abonamos las 10 TL que hay que pagar por vehículo (5 TL por persona si se entra a pie) y nos adentramos por una carretera que serpenteaba siguiendo el perfil de la península y dejando a nuestra derecha un mar Egeo de color turquesa.

Durante el recorrido por la carretera principal te vas encontrando salidas que conducen a las diferentes calas; nosotros nos desviamos a cada una de ellas (hay cuatro en total). La primera a la que accedimos fue Içmeler Koyu, una bonita playa en la que a esas horas de la mañana – aún era bastante temprano – no había absolutamente nadie; bueno, sí, nos encontramos con un gracioso jabalí que se acabó escondiendo entre la maleza cuando nos vio por allí. Como era muy pronto para enfundarse el bañador decidimos tirar más para adelante e ir viendo las otras playas hasta quedarnos en una definitivamente.

De esta manera fuimos recorriendo la carretera parándonos en los miradores con vistas al Egeo y en las mencionadas calas, muy parecidas las unas a las otras. Finalmente llegamos a un punto donde nos encontramos la presencia de dos militares que nos barraban el paso; ahí empezaba la zona militar y no se podía continuar avanzando así que cogimos el desvío hacia la última cala, Karasu Koyou, que estaba en ese mismo punto. Dejamos el coche aparcado y nos adentramos hacia la orilla, formada por guijarros. Nos adueñamos de unas solitarias hamacas de madera y de unas sombrillas muy naturales y nos establecimos durante un rato. La verdad es que la playa era realmente bonita, con un aire de virginidad y unas aguas transparentes en las que daba ganas de bañarse sin esperar un segundo más.

Así que eso mismo hicimos y sin esperar siquiera a tener calor, nos dimos el gustazo de bañarnos en unas aguas transparentes y limpias como pocas. Lástima que por culpa de los guijarros doliesen un poco los pies al caminar. Desgraciadamente, después del baño, un pesado grupo de avispas que por allí rondaba nos hizo abandonar la playa mucho antes de lo que hubiéramos deseado, pues estábamos tan a gusto tomando el sol.

Deshicimos la carretera por la que anteriormente habíamos venido y, nada más salir del Parque Nacional, nos detuvimos ante el cartel de “Zeus Magarasi”. Se trata de una pequeña cueva escondida entre la maleza donde uno se puede dar un refrescante chapuzón. Seguimos el sendero que conducía a ella, un camino ”decorado” con trozos de papel  higiénico colgados de las ramas de árboles y arbustos, de muy dudoso gusto. Visitamos la cueva por mera curiosidad, pero Jose y yo acabamos bañándonos en sus congeladas aguas que además de frías parecían estar un poco guarrillas en determinadas zonas. Nos dimos cuenta de este “pequeño detalle”, así que salimos del agua y nos fuimos por donde habíamos venido. Hecha la gracia, y aún empapados, nos metimos de nuevo en el coche para seguir con nuestra ruta.

La siguiente parada iba a ser una de las ciudades clásicas que forman el triángulo Priene – Mileto – Dídima. Escogimos tan sólo la primera por las referencias de la guía y puesto que queríamos llegar ese mismo día hasta el lago Bafa Gölü, un poco más alejado. Tardamos un buen rato en alcanzar Priene, la verdad es que nos desorientamos un poco y un trayecto que debía ser relativamente corto se nos alargó hasta la hora de comer. Comimos justo a los pies de las ruinas, en un chiringuito donde degustamos las köfte kebab (albóndigas turcas), ya que era lo único que tenían para ofrecernos.

Después de comer y bajo un sol de justicia subimos la cuesta que da a la entrada de las ruinas, enclavadas en la ladera del monte Mykale. Dejamos el coche en el parking y pagamos la entrada de 3 TL, mucho más económica que la de Éfeso. Priene fue una ciudad importante allá por el año 300 a.c. que hoy en día conserva restos que son toda una joya, como los del templo de Atenea, con sus impresionantes vistas a la llanura que se extiende debajo. A esas horas de la tarde no había más almas que las nuestras visitando las ruinas, y no había más sonidos que el del viento y el de las incansables chicharras, síntoma de que el señor Lorenzo estaba apretando con fuerza.

Estuvimos paseando por el yacimiento – mucho más abarcable que Éfeso – y centrándonos en los restos mejor conservados y más reconocibles: el del – ya mencionado anteriormente – templo de atenea, y el teatro de la ciudad, con una capacidad para 6.500 espectadores. Permanecimos un rato sentados a la sombra entre restos de columnas jónicas, admirando sobretodo uno de los puntos fuertes de Priene: su evocadora ubicación. A un lado quedaba la cima del monte Mykale y al otro, con unas excelentes vistas, se extendía la llanura por donde transcurre el río Menderes. Entre esto y que estábamos completamente solos descubriendo las ruinas, Priene nos acabó resultando un más que agradable e interesante lugar a visitar, lástima que el sol que azotaba nuestras nucas no nos permitió seguir mucho más tiempo por allí rondando.

Regresamos al parking y nos resguardamos en el aire acondicionado de nuestro coche, dispuestos a seguir nuestro camino. Nuestro siguiente y último punto en el itinerario debía ser Kapikiri, pequeño pueblo a orillas del lago Bafa Gölü, por donde se extienden las ruinas de la antigua Heraclea. Para llegar allí teníamos unos 60 kilómetros (Kapikiri se encuentra en el extremo más alejado del lago, por lo que hay que rodearlo) que tardamos en recorrer casi dos horas debido al mal estado de las carreteras por las que circulamos y a que mucha de ellas estaban en obras (se nota que Turquía está renovando su red de carreteras con vistas a una posible y futura entrada en la U.E.). Por el camino fuimos bordeando el lago, de una extensión considerable, y rodeado de onduladas colinas que le daban un aspecto realmente hermoso. Cogimos el desvío hacia Kapikiri (hay que estar atento al cartel pues está poco señalizado) y finalmente llegamos a la población.

Kapikiri es una población eminentemente rural, donde es más fácil encontrarse un burro o una vaca por las calles (si se les puede llamar así), que un vehículo a motor. Pese a estar bastante alejada de los focos del turismo, al menos por el momento, uno no se puede librar de las insistentes mujeres locales, que intentarán venderte un pañuelo bordado o hacerte de guía por las ruinas, sin aceptar un no por respuesta. Aún así se puede disfrutar de la población, a orillas de un hermoso Bafa Gölü, y con un aire como de lugar anclado en el pasado que impresiona. Con sólo pasear un poco por sus calles pudimos darnos cuenta de la otra cara del país… y es que Kapikiri representa a la Turquía profunda, la atrasada y pobre que las bondades del turismo a veces nos intenta esconder, pero que aún existe en muchos rincones del país.

Estuvimos un rato tomando un refresco en un chiringuito con unas increíbles vistas al lago, lugar donde Laura y Marta se hicieron con los populares pañuelos bordados, hecho que nos sirvió desde ese momento en adelante para rechazar las ofertas de las insistentes mujeres del pueblo, que por otra parte eran de lo más agradables. Más tarde estuvimos paseando entre las callejuelas (algunas sin asfaltar) y explorando un poco por los alrededores hasta que una local nos invitó a seguirla por un camino que nos llevó a unas vistas preciosas del lago. Supongo que esperaba que le comprásemos un pañuelo como recompensa, pero ya había llegado tarde… Contemplamos como caía lentamente el sol desde aquel especial lugar hasta que decidimos regresar al coche ya que no queríamos que se nos hiciera de noche y tener que conducir a oscuras por aquellos lares… Kapikiri no había decepcionado, y nos había ayudado a descubrir la Turquía real, la que aún se resiste a perder sus raíces en pos de la modernidad y la globalización.

El camino de vuelta, como suele pasar, se nos hizo bastante más corto, llegando a Kusadasi ya de noche pero justo a la hora de cenar. Después de un día de tanto coche y calor vino bien una refrescante ducha en el hotel antes de salir al bullicio de la noche en la zona peatonal de la ciudad. Elegir restaurante en Kusadasi es tarea fácil, así que no tardamos mucho tiempo en meternos por un callejón buscando un restaurante que habíamos visto anunciado en un letrero. Tuvimos una agradable cena, a base de brochetas en mi caso, en la terraza del restaurante, donde estuvimos repasando todas las experiencias que habíamos vivido en un día muy completo, un día en el que descubrimos rincones de Turquía poco conocidos por la mayoría, pero no por ello menos espectaculares. Ya en el hotel, nos conectamos a Internet para buscar alojamiento para la noche siguiente; la próxima etapa del viaje transcurriría en la turística y blanca ciudad de Bodrum, unos 150 kilómetros al sur.

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nov 05 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 10: Visitando Éfeso, la joya clásica

 

Miércoles 15/09/2010

Fue el principal motivo de que nuestra tercera etapa del viaje transcurriera a orillas del Egeo. Es una de las ciudades clásicas mejor conservadas del Mediterráneo, una verdadera  joya que nos revela como era una auténtica ciudad antigua en la época romana. Estoy hablando de Éfeso, de lo mejor que queda en el planeta en lo que a ruinas clásicas se refiere, unas “piedras” que íbamos a tener el gusto de visitar esa misma mañana.

Pero antes de ello tocaba un buen desayuno sentados en nuestra terraza con vistas, donde bajo la brisa marinera dimos cuenta de todo tipo de fruta, tostadas, huevos, y un buen café para ponernos las pilas.

Salimos del hotel sobre las 8 y media de la mañana, temprano ya que queríamos llegar de los primeros a Éfeso a sabiendas de las acumulaciones turísticas que provoca el desembarque de los cruceros que navegan por el Egeo. La ciudad antigua se encuentra a menos de 20 kilómetros, así que en poco más de 10 minutos nos plantamos en una de las entradas – tiene 2 – con nuestro coche de alquiler. Parecía que habíamos acertado yendo pronto ya que estábamos solos en el aparcamiento, pero pronto nos daríamos cuenta de que esa situación sería tan solo momentánea, para nuestra desgracia. Pagamos las 20 TL que vale la entrada y nos adentramos hacia las ruinas, no sin antes descartar (por cara) la idea de contratar un guía que muy probablemente nos hubiese ayudado bastante a entender lo que íbamos a ver. Para visitas como Éfeso soy partidario de pagarle a una persona entendida para que te interprete todo lo que ves, pero “la pela es la pela” y cuando se viaja con un presupuesto ajustado a veces hay que prescindir de ciertos “lujos”.

La antigua Éfeso era una gran ciudad comercial, que fue fundada por colonos griegos allá por el siglo XI a.c. antes de pasar a formar parte del Imperio Romano. Como capital de la provincia romana de Asia  vivió su máximo esplendor, como se puede comprobar en lo mucho que queda de la antigua e impresionante Biblioteca de Celso, probablemente el lugar más fotografiado de todas las ruinas. Bajamos por un sendero arbolado hasta dar con la Calle del Puerto, antiguamente pavimentada en mármol y la más grande de toda la ciudad.

Desde la Calle del Puerto se puede ver al fondo el imponente Gran Teatro, excavado en una ladera del monte Pion, así que para allí nos fuimos. Tuvimos la suerte de explorar las gradas del teatro (capaces de albergar hasta 25.000 personas) en total soledad, situación impagable en un núcleo turístico de tales características. Disfrutamos de las vistas de una Calle del Puerto totalmente solitaria y nos hicimos las fotos de rigor cual espectadores de la época sentados en las gradas.

Finalizada la visita al teatro cogimos la antigua Via Sacra – a la derecha de la cual se extendía el ágora – hasta acabar desembocando enfrente de la imponente y bella Biblioteca de Celso, una auténtica joya arqueológica que se mantiene en pie a pesar de los siglos. Sin duda las fotografías no hacen ninguna justicia a su tamaño; cuando estás debajo te das cuenta de porqué tanto bombo. En primer lugar – y como he dicho – por su tamaño y en segundo lugar, y no menos importante, por su espectacular estado de conservación y belleza. Aunque lo del tamaño tiene un  truco (arquitectónico): la base de la fachada es convexa para hacer parecer a los elementos centrales más altos y las columnas y capiteles centrales son más grandes que los de los extremos. Tramposillos…

Fue construida en el s.II y se dice que contenía hasta 12.000 pergaminos ordenados en nichos excavados en las paredes. Es realmente bonita y no paramos de hacerle fotografías hasta que nos vimos invadidos por las hordas de turistas que comenzaban a descender por la Vía de los Cruetes. Demasiado tranquilos habíamos estado… Afortunadamente pudimos disfrutar con casi total soledad de dos de los puntos más fuertes de Éfeso: el teatro y la biblioteca.

Mirando hacia arriba por la Vía de los Cruetes – la avenida por donde debíamos continuar la visita – no se podía ver ni un metro cuadrado de suelo. Japoneses con cámaras más grandes que ellos mismos, ingleses sin camiseta, adolescentes desinteresados…todos dispuestos a arrasar con lo que se les pusiera por delante. A partir de ese momento, nuestra visita comenzaría su propia decadencia. El único consuelo que nos quedaba era el de poder imaginar a la antigua ciudad y sus calles como en la antigüedad, repletas de gente y con bullicio por todas partes. Subimos por la Vía de los Cruetes a los lados de la cual se iban desplegando diferentes lugares de la ciudad tales como el Templo de Adriano (en restauración), las letrinas públicas, las casas adosadas (de pago, no entramos) o la fuente de Trajano.

Dicha calle desemboca en la parte alta de la ciudad (Alto Éfeso) a través de lo que queda de la puerta de Hércules. En esta parte de la ciudad encontramos las últimas sorpresas: Los restos del Templo de Domiciano y el Odeón, un pequeño teatro donde se hacían representaciones musicales y reuniones del Consejo. Una vez allí nos encontramos con la otra taquilla, lo que quería decir que nuestra visita había finalizado, así que deshicimos el camino bajando de nuevo por la Vía de los Cruetes con la imponente Biblioteca de Celso al fondo. Por éste motivo, por el hecho de ir bajando mientras se va descubriendo la biblioteca, recomiendo entrar por la puerta contraria a la que entramos nosotros.

Eran sobre las 12 del mediodía cuando estábamos de nuevo en la zona del parking, con muchos más coches y vida que a las 9 de la mañana. La visita a Éfeso nos había encantado (en gran medida gracias a la Biblioteca de Celso) pero teníamos que seguir nuestro camino y continuar descubriendo nuevos lugares. La primera opción fue la de ir a ver la cercana “casa de María” (Maryemana), lugar donde dicen vivió durante algún tiempo la Virgen María. Pero entre nuestro ateísmo y que nos querían cobrar 1o TL por entrar a verla, descartamos rápidamente la opción. Así que decidimos ir hacia Selçuk – a escasos 5 minutos en coche -,  buscar un restaurante, y recorrer un poco la población.

Encontramos un lugar donde comer con un agradable patio interior donde probamos unos deliciosos meze (algo así como las tapas turcas) antes de disfrutar de un buen plato de pasta, que el cuerpo ya la pedía después de tantos días. Se estaba tan bien en aquella terraza que nos costó despegarnos de la silla para salir a descubrir la ciudad bajo la intensa solana, aunque finalmente lo hicimos.

Selçuk es un lugar mucho menos turístico que su vecina Kusadasi, es una población que a las 3 de la tarde parecía estar totalmente muerta, sin absolutamente nadie más por la calle que algunos niños correteando y jugando con alguna gallina. De aspecto rural y un pelín somnolienta, la verdad es que no le encontramos un gran encanto. Es una población turca de lo más corriente; si gusta bien, y si no, siempre queda Kusadasi para tener el polo opuesto. Visto lo visto abrimos la guía para ver si había algún atractivo por la zona y… voilà!, descubrimos que muy cerca podíamos encontrar una de las 7 Maravillas del Mundo Antiguo, o lo que queda de ella. En concreto se trataba del Templo de Artemisa, que llegó a ser el más grande del mundo, incluso por encima del Partenón de Atenas. Quedaba un poco a las afueras de Selçuk, así que cogimos el coche para dirigirnos hacia allí.

A las Maravillas del Mundo Antiguo no se les llama “antiguas” por nada. Del que en el pasado era el templo más grande del globo tan solo queda hoy en día una sola columna de las 127 que tenía, eso sí, enorme. Difícil imaginar su magnitud en el pasado con tan poco que queda, pero cuanto menos es curioso visitar el lugar donde se erigió un templo que tiempo atrás llegó a ser lo que es hoy para nosotros lugares como Petra o el Coliseo romano, por poner dos ejemplos. La visita, obviamente, duró un suspiro así que montamos de nuevo en el coche para estudiar en la guía que era lo siguiente que podríamos hacer.

La decisión fue fácil: pasaríamos el resto de la tarde en Sirince, un típico pueblo turco perdido entre las colinas cercanas a Selçuk. En concreto se encuentra a tan solo 9 kilómetros, después de recorrer una serpenteante carretera que sube por las colinas. Dejamos el coche en el parking que hay en el exterior de la población, y nos adentramos en él a pie. Aunque bastante turístico, el pueblo no deja de ser bonito. Repleto de típicas casas turcas de piedra con tejados rojos y con multitud de paraditas para los turistas, un paseo por sus calles resulta de lo más agradable, pues son de lo más pintorescas.

Más agradable aún es cuando se huye un poco de la calle principal que atraviesa el pueblo (o circuito turístico), y uno se pierde un poco ascendiendo por las estrechas callejuelas entre casas destartaladas, enredaderas, y gente local que no quiere venderte nada. Finalizamos nuestro recorrido por el pueblo en la Iglesia de San Juan Bautista, al lado de la cual hay una terracita donde tomamos un çay con unas excelentes vistas del pueblo y sus casas típicas. Se acercaba la hora de cenar así que regresamos al coche para hacerlo en Kusadasi, pese a que el pueblo tenía bastantes restaurantes con una pinta muy agradable para disfrutar de una cena. Como resumen de la visita decir que Sirince merece con creces una visita si se está por la zona y se dispone de tiempo; no defraudará.

Volvimos a descender la colina y un cuarto de hora después llegamos a Kusadasi, donde tocó buscar aparcamiento de nuevo. Después de una reconfortante ducha salimos a disfrutar del ambiente nocturno y buscar un lugar donde cenar. Comimos algo de carne adobada acompañada por patatas fritas y, cansados, regresamos al hotel. Otro día había pasado, un día importante donde habíamos disfrutado de uno de los higlights del viaje. Pero el tiempo no da tregua – menos cuando se viaja – y estábamos quemando etapas a velocidad de vértigo; por delante, tan solo quedaban 5 días de viaje.

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nov 03 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 9: Kusadasi: Primera parada en el mar Egeo

 

Martes 14/09/2010

Una vez llegados a la otogar de Izmir,  recogimos nuestro equipaje del autobús y nos adentramos en el caos de la estación de autocares buscando un lugar donde poder desayunar algo. Mientras cargábamos fuerzas, planteamos un poco la manera de llegar hasta el centro de Izmir, desde donde debíamos recoger esa misma mañana nuestro segundo coche de alquiler. Una vez al volante de éste, pondríamos rumbo hacia Kusadasi, la que sería nuestra base de operaciones en los 3 primeros días por la costa Egea.

Finalmente decidimos coger de nuevo un taxi, la forma más rápida de llegar al centro desde la alejada otogar. Nos salió a unas 25 TL – a repartir entre 5 – que el taxista nos dejara justo en frente de la oficina de alquiler. Realizamos la gestión de recogida del vehículo y nos pusimos a mirar el mapa para averiguar como salir del laberinto de la gran ciudad y poner dirección Kusadasi. Sorteando como pudimos el caos circulatorio logramos alejarnos a las afueras de Izmir, cogiendo la autopista que en poco más de una hora nos dejó en la población costera.

Kusadasi es una población a orillas del Mar Egeo, conocida entre los turistas españoles como la “Benidorm” turca por su gran afluencia turística y su gran ambiente nocturno. Probablemente – y debido a estos factores – no sea el mejor lugar por el que pasamos en nuestro viaje ni ningún referente de la cultura turca, pero la verdad es que nos sentimos bastante a gusto alojados en este lugar. A lo mejor fue debido a que el hotel estuvo bastante bien, con unas vistas increíbles desde su terraza del mar Egeo y del puerto de Kusadasi, donde amarran diariamente los repletos cruceros turísticos. Gran parte de la culpa de la masificación de Kusadasi la tiene su cercanía a la ciudad antigua de Éfeso, uno de los lugares más visitados de Turquía y que nosotros descubriríamos al día siguiente. Y es que Kusadasi de por sí tiene poco que ofrecer: mucho ambiente, alguna playa, la fortaleza situada en la Isla de la Paloma, y poca cosa más…eso sí, está situada en un lugar privilegiado para visitar la región turca del Egeo.

Después de dejar nuestro coche en un parking de pago y de hacer el check in en nuestro hotel, fuimos a comer algo a un restaurante fast food cercano. Decidimos entonces pasar parte de la tarde en la playa y el tiempo sobrante dedicarlo a descubrir un poco la ciudad. Una vez acabados de comer, cogimos el coche para dirigirnos a la cercana playa de Pamucak, que está situada a unos kilómetros al norte de Kusadasi. Optamos por esta playa porque era la que recomendaba la guía, incluso poniéndola como una de las mejores de la costa egea. En menos de 10 minutos nos plantamos con el coche en la misma arena, cogimos nuestros bártulos playeros, y nos dirigimos hacia la orilla.

No voy a decir que la playa no sea una de las mejores de la costa Egea (puesto que no vi muchas) pero sí tengo que aclarar que tampoco es una gran maravilla. Es una playa enorme de arena, muy ancha, y de aguas más bien turbias; nada que ver con las aguas cristalinas que iba buscando en el Egeo. A su favor hay que decir que está muy poco explotada y que se encontraba casi vacía, contándonos por algunas decenas las personas que estábamos en ella. Algún que otro caballo correteaba por allí montado por algún turista que disfrutaba de la experiencia y, hablando de animales, debo decir que nada más acercarnos a la orilla nos topamos con una serpiente – supongo que sería marina – que iba y venía con las tímidas olas. Me sé de alguno que por este motivo le puso la cruz a la playita… Obviando el detalle de la serpiente nos metimos todos al agua para refrescarnos un poco del calorcito que estaba haciendo por Turquía, ya a casi mediados de septiembre. Pasamos un agradable rato playero esa tarde, culminándolo con un buen refresco en el único chiringuito que había por allí, justo a la entrada de la playa.

De nuevo cogimos el coche para regresar a Kusadasi, recorriendo las peligrosas curvas (por el estado de la carretera) que hay que cubrir hasta llegar a la población costera. Una vez allí tocó buscar aparcamiento y dirigirnos hacia el hotel para pegarnos una ducha y quitarnos el salitre playero.

Lo primero que hicimos al salir de nuevo a la calle fue caminar hacia la fortaleza de Kusadasi, situada en un islote (Isla de la Paloma) comunicado con tierra por una especie de espigón. Desde ella se pueden tener unas bonitas vistas de la población y del mar Egeo, sobretodo si coincide con el atardecer como fue nuestro caso. Simplemente dimos un agradable paseo por los ajardinados senderos y disfrutamos de nuevo de una puesta de sol desde un lugar de privilegio. Volvimos a cruzar el paso elevado hacia tierra firme – donde hay diversas embarcaciones amarradas destinadas a los turistas – y nos encaminamos hacia el centro de la ciudad.

Nos adentramos en la zona del bazar y la parte peatonal de la población, ambos totalmente enfocados al turismo con multitud de restaurantes, pubs británicos, fast food y joyerías por todas partes. No es precisamente el paraíso turco, pero para pasar un rato paseando y comprando algún que otro souvenir ya nos vino bien. El carácter de esta zona de Kusadasi es totalmente impersonal, sin mucho rastro de la cultura turca por ningún lado exceptuando a los omnipresentes ojos turcos, que están hasta en la sopa y no se si se les puede considerar cultura. Kusadasi está tomado por ingleses y alemanes, situación fácilmente apreciable paseando por la zona y viendo las repletas terrazas de los pubs y los litros de Efes Pilsen que corren por éstas. No quisimos ser menos y nos dejamos llevar por esta costumbre tan occidental, así que hicimos un poco de tiempo hasta la hora de cenar en una de las terrazas mencionadas y disfrutando de la suave cerveza turca. Por cierto, la clavada fue interesante, ya se sabe que hay que ir con cuidado en las zonas muy turísticas…

Para cenar e ir despidiendo el día optamos por el establecimiento más cutre y a la vez turco y autóctono que encontramos: un mugriento puesto de kebabs donde – como no podía ser de otra manera – degustamos uno de los mejores dürum del viaje. A veces la fórmula de “establecimiento cutre”  igual a  “buena comida”, funciona. Después de la cena nos despedimos del simpático camarero, que no paró de bromear con nosotros en toda la velada, y nos dirigimos hacia el hotel. Era bastante pronto, pero no hay que olvidar que la noche anterior la habíamos pasado en un traqueteante e incómodo asiento de autobús, así que nos teníamos bien merecido un prematuro descanso. Kusadasi tampoco tenía más que ofrecernos de noche que pasear por sus cada vez más animadas calles, así que decidimos dejarlo para otra noche de las tres que pasaríamos en la ciudad. Además, a la mañana siguiente tocaba visitar Éfeso, motivo más que suficiente para hacer bondad y descansar ante una jornada que se presentaba – como de costumbre – apasionante.

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oct 26 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 8: Despidiéndonos de Capadocia

 

Lunes 13/09/2010

Un amanecer como el de la fotografía que precede a este texto era la imagen con que queríamos quedarnos en el día que deberíamos abandonar la Capadocia para poner rumbo hacia nuevos horizontes: la costa del Mar Egeo. Esa misma tarde, sobre las 7 y media, partiría un autobús que nos dejaría a la mañana siguiente en la ciudad de Izmir, lo que quería decir que tan sólo nos quedaban las horas de la mañana y algo de la tarde para acabar de disfrutar de la zona.

Nos habían informado en días anteriores que el sol venía saliendo sobre las 6 de la mañana, así que sobre las 5 y media todos estábamos ya en pie. Nos pusimos algo de manga larga y salimos del hotel, cruzándonos con una expedición que a esas horas se dirigían a hacer la excursión en globo. Cogimos nuestro coche y conducimos hasta la entrada del Valle Zemi, al que penetramos ya a pie. En la excursión que hicimos dos días atrás por este mismo valle nos habíamos fijado en un lugar medianamente elevado que podía estar bien para ver un amanecer, así que para allí que nos fuimos. La espera se hizo bastante larga ya que al sol, escondido tras una meseta más elevada, le costaba bastante dejarse ver pese a que ya hacía tiempo que debería haber aparecido. Quizá el lugar no fuera el mejor finalmente…pero sí lo suficiente como para poder presenciar los primeros rayos de sol abriéndose paso en la mañana. Repito, no fue el mejor amanecer de la historia  – también coincidió que por un motivo que desconocemos no volaron globos esa mañana – porque el lugar escogido no fue el mejor, pero me conformo con esos primeros rayos de luz iluminándolo todo como imagen de despedida de nuestros días por Capadocia.

Después de la espera y del frío que pasamos, llegamos al hotel con ganas de un buen desayuno. Dimos cuenta de él, y con el estómago ya lleno nos aseamos y preparamos las mochilas, pues era hora de hacer el check out. Antes de partir nos despedimos de Bekir y su familia dándoles las gracias por el agradable trato que nos habían ofrecido durante nuestra estancia en Anatoliacave Pension. Nos montamos en el coche y pusimos dirección a Mustafapasa, la última población capadocia que queríamos visitar antes de dirigirnos a Kayseri, lugar desde donde salía nuestro autobús.

Mustafapasa, antigua Sinasos, es una población que durante el periodo del Imperio Otomano era de mayoría griega, como muchas otras ciudades turcas; por este motivo uno de sus principales atractivos – según las guías - son las viviendas de este estilo que se pueden encontrar por sus calles. Desde mi punto de vista, el mayor atractivo de este pueblo es el de poder disfrutar de una población rural de Capadocia sin las aglomeraciones turísticas de Göreme o Ürgüp, que ya es mucho. Llegamos al pueblo, tranquilo como todos los de Capadocia, y dejamos el coche en el primer lugar que encontramos para aparcar. No teníamos ni idea de que visitar así que nos limitamos a pasear por las adoquinadas calles y contemplar el día a día de la gente del pueblo sentados en una terraza tomando un refresco. Así transcurrió gran parte de la mañana, dejándonos arrastrar por el ambiente tranquilo de la población, jugando a cartas y, simplemente, dejando pasar el tiempo en una mañana que nos habíamos planteado de relax esperando a la paliza de autobús que nos tocaría sufrir esa misma noche. De esta manera, poco antes de la hora de comer nos despedimos de Mustafapasa y en general de Capadocia ya que empezamos a conducir en dirección a Kayseri, ciudad a la que queríamos hacer una corta visita antes de dirigirnos a su otogar.

Kayseri nada tiene que ver con las poblaciones de Capadocia. Es grande, bulliciosa, y caótica, lo que convirtió los pocos minutos que conduje por ella en un auténtico suplicio. Tenía unas ganas locas de devolver ya el coche cuando me adentré en la marabunta de sus calles, atestadas de temerarios conductores con un total desconocimiento de lo que es la educación vial. Pitidos, frenazos bruscos o el nulo uso del intermitente, son algunos ejemplos del porqué quería dar cuanto antes con un aparcamiento y devolverle las llaves al responsable de la oficina Budget. Finalmente y con algo de suerte, conseguimos aparcar bastante cerca de la oficina, así que dejamos las mochilas en el maletero y nos dispusimos a descubrir la ciudad o como mínimo algún lugar decente donde comer.

Dicen de Kayseri que es una de las ciudades más religiosas y conservadoras de Turquía. Por lo que pudimos ver nosotros, nos pareció una ciudad bastante moderna que a mí en particular me recordó – en una especie de déjà vu – a ciudades chinas como Xi’an o Shenzhen, que había visitado unos meses atrás. Pensándolo fríamente seguro que tienen poco que ver la una con las otras, pero el ambiente de ciudad de grandes dimensiones, con gente por todas partes, bullicio, caos, bloques de edificios, y un colorido más bien tirando al gris, me hizo venir a la memoria a las grandes ciudades chinas carentes de excesivo encanto por sí mismas.

Bajamos hacia el centro de la ciudad por Istasyon Cad, la bulliciosa avenida donde se encuentra la oficina Budget. Caminando y caminando desembocamos en lo que debe ser el centro neurálgico y turístico de la ciudad: Cumhuriyet Meydani, la gran plaza principal donde se encuentran diversos y reconocibles elementos de la ciudad como la ciudadela (kale) con sus murallas ennegrecidas de basalto, la mezquita nueva con sus minaretes en alto, o el Hotel Hilton, que desentona bastante con el escenario general de la ciudad. Nosotros cogimos Sivas Cad, otra gran avenida muy de estilo comunista, por la que estuvimos buscando algún lugar donde comer. Ese día tocó de nuevo kebab, decantándonos por una especie de Mc Donald’s a la turca en el que en vez de grasientas Big Macs, te servían Dürum kebab en modo fast food. La verdad es que acabaron siendo de los más sabrosos que probamos en todo el viaje…

Una vez comidos nos encaminamos de nuevo hasta la plaza principal para internarnos en la ciudadela, que actualmente acoge un pequeño bazar. Teníamos que hacer tiempo hasta las 7 y media de la tarde, así que estuvimos curioseando un poco por las paradas de un bazar más destinado a los propios turcos en el que se podía encontrar de todo; un lugar mucho más auténtico que el Gran Bazar de Estambul, pero en el que no encontramos nada que llevarnos a la mochila. Cuando acabamos de recorrer el amurallado bazar e hicimos alguna que otra fotografía del bonito conjunto de la plaza, comenzamos a ascender por Istasyon Cad para, ahora sí, proceder a la devolución del coche.

Obviando algún cargo extra que el tipo de la oficina nos quiso encasquetar (al final no lo consiguió), devolvimos el coche sin problemas y cogimos un taxi que por 25 TL nos acercó a la alejada otogar. Una vez allí, pasamos el rato como pudimos conectándonos a Internet o tomando çay hasta que llegó la hora de montarnos en el autobús. Cargamos las mochilas y nos acomodamos en nuestros asientos; afortunadamente el autobús parecía más confortable que el anterior e incluso disponía de una pantalla individual por la que se podía disfrutar de programación turca y algún que otro canal musical internacional.

El trayecto de nuevo se demoró en su inicio – haciendo diferentes paradas para recoger gente y llenar el autobús – para después convertirse en monótono, momento en que todos nos empezamos a quedar dormidos. Tan solo nos despertamos en una parada, la de Konya, en la que descendimos del autobús para estirar las piernas, ir al lavabo y buscar algo para comer. Sería el único contacto que tendríamos con esta ciudad, a la que en un principio íbamos a dedicarle más de una tarde. Pasado Konya, el autobús continuó su trayecto con alguna parada más, pero de esas ya no me enteré porque la próxima vez que abrí los ojos ya era de día y estábamos adentrándonos en las afueras de una gran ciudad cuyos suburbios se extendían por unas colinas que desembocaban en el antiguo mar Egeo; habíamos llegado a Izmir.

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oct 22 2010

DIARIO TURQUÍA 2010 – DÍA 7: El valle de Ilhara, Derinkuyu, y la fortaleza de Uçhisar

Domingo 12/09/2010

Nos empezamos a poner en marcha en nuestro séptimo día de viaje sobre las siete y media de la mañana, cuando el sol aún estaba quitándose las legañas. Tocaba madrugar un poco ya que teníamos previsto visitar un lugar que se salía un poco del tono general de Capadocia y por ese motivo quedaba un poco alejado del meollo: el fantástico Valle de Ihlara. Antes de ello, dimos cuenta de un variado desayuno para así coger fuerzas ante una jornada que se presentaba dura para nuestras piernas. No eran aún las 9 de la mañana y ya estábamos todos metidos en el coche preparados para recorrer los escasos 100 kilómetros que nos separaban del mencionado valle. Al volante un servidor, como de costumbre, aunque debo reconocer que me encanta conducir por otros países e ir disfrutando del paisaje, siempre que el trayecto no se haga eterno. Pusimos dirección a Nevsehir, la población más grande de Capadocia, para coger un desvío que nos llevó hacia el sur, atravesando pueblos como Derinkuyu o Kaymakli (famosos por albergar ciudades subterráneas que ese mismo día descubriríamos) y un paisaje tan monótono como árido que no hacía presagiar la exuberancia y verdor que nos encontraríamos dentro del Valle de Ihlara.

En poco más de una hora ya estábamos entrando en el pueblo de Ihlara, que le da nombre al valle y a su vez está situado en una pronunciada depresión del terreno. Pasado el pueblo y siguiendo los carteles marrones que en Turquía indican los lugares turísticos, dimos sin problemas con el aparcamiento del valle. El Valle de Ihlara tiene cuatro accesos diferentes, siendo el del Complejo Turístico del Valle de Ihlara, el que nosotros elegimos, el más frecuentado. Pagamos las 5 TL de la entrada y lo primero que hicimos fue acercarnos a un mirador desde el que se podía apreciar la inmensidad del valle, así como la gran franja verde de vegetación que crece en su interior gracias al paso del río que lo atraviesa.

La excursión al Valle de Ihlara se puede plantear de maneras diferentes. Desde atravesar el valle entero de punta a punta (lo que puede llevar un día entero), hasta recorrer tan solo un tramo, que es lo que hicimos nosotros. Otra opción es llegar hasta la mitad del recorrido, hasta Belisirma, donde se encuentra una de las salidas, así como lugares para comer. Sin tener muy claro que es lo que íbamos a hacer, descendimos los más de 300 escalones que te llevan a lo más profundo del valle adentrándonos en un paraje más propio de los Pirineos que de Capadocia. Un pequeño río cruzaba por el medio del valle dejando a ambos lados los senderos turísticos y las altas y empinadas paredes del cañón.

La idea era tirar dirección a Belisirma, pero primero fuimos un poco en dirección contraria en busca de una de las iglesias excavadas en las paredes del cañón. Caminamos unos diez minutos siguiendo el cauce del río hasta que encontramos la señalización que nos llevó, después de subir un poco por las paredes del valle, hasta la Iglesia del Jacinto (Sümbüllü Kilise). De las iglesias del Valle de Ihlara sorprende bastante más su increíble y curiosa ubicación que el estado de conservación de las mismas, más aún después de haber visitado un día antes la impresionante Iglesia Oscura del Museo al Aire Libre de Göreme.

En ese punto de nuestra caminata nos dimos cuenta de que se nos echaba la mañana encima, así que decidimos volver a cambiar de sentido y empezar a caminar, ahora sí, en dirección a Belisirma por el tramo donde se acumula el mayor número de iglesias. Con el sonido del fluir del agua a nuestro lado y la sombra que nos daba la vegetación, el paseo que dimos fue de lo más agradable, más aún cuando intercalábamos la visita a alguna que otra iglesia durante el recorrido. Cuando llevábamos un rato caminando y estábamos a medio camino (aproximadamente) de Belisirma, nos encontramos con un curioso chiringuito a pie de río donde servían refrescos y elaboraban gözlemes para saciar la sed y hambre de los turistas. Un lugar aquel maravilloso, donde te podías sentar a tomar algo en un entorno fantástico y aprovechar para descansar las piernas. Decidimos tirar un poco más adelante y dar la vuelta pronto, ya que queríamos ir a visitar por la tarde la ciudad subterránea de Derinkuyu. De esta manera caminamos un poco más y paramos a meter los pies en la helada agua del río, antes de emprender el camino de vuelta. Cuando pasamos de nuevo por el chiringuito no pudimos evitar la tentación de picar algo – ya era casi la hora de comer – así que nos sentamos y nos comimos unos gözleme todo lo tranquilamente que pudimos debido al gran número de avispas que había acosándonos.

En aproximadamente una hora recorrimos el camino de vuelta hasta llegar al pie de las interminables escaleras, que subimos para acceder al parking. Nos montamos de nuevo en el coche y pusimos rumbo a Derinkuyu, la ciudad subterránea que habíamos elegido para visitar.

Derinkuyu es una población a unos 35 kilómetros de Göreme que alberga una de las dos ciudades subterráneas más grandes y famosas de Capadocia, al menos de las descubiertas hasta el momento. Estas ciudades, creadas a base de túneles bajo tierra, nacieron en los siglos VI y VII como lugar de refugio por parte de los cristianos de las invasiones persas y árabes. Hay descubiertas un total de 37 ciudades del estilo, pero la de Derinkuyu con cerca de 10.000 habitantes es la más grande. Por este motivo, y porque quizá está un poco menos masificada que su vecina Kaymakli (a tan solo 10 kilómetros), elegimos Derinkuyu.

Llegados al pueblo tan solo tuvimos que seguir las señales marrones que nos llevaron hasta la entrada de la ciudad subterránea. Dejamos el coche bien aparcado y pasamos por taquilla (15 TL) antes de adentrarnos por las escaleras hasta los oscuros y claustrofóbicos pasadizos. Comenzamos a explorar las distintas estancias (dormitorios, despensas…) y a descender pisos – tiene hasta siete bajo tierra – por unos corredores en los que había que ir casi en cuclillas. La verdad es que impresiona el pensar que sus habitantes se pudieran pasar hasta meses ahí abajo, en un ambiente oscuro y húmedo en el que yo a lo sumo aguantaría un puñado de horas. Debo advertir que si se tiene un mínimo atisbo de claustrofobia, no se debería hacer la visita porque la sensación laberíntica y de falta de espacio en ocasiones es grande. Seguimos las señales hasta llegar a un punto en el que ya no pudimos descender más y en el que pudimos comprobar la profundidad a la que estábamos por un respiradero desde el que se podía ver, a lo lejos, la añorada luz del exterior.

Para nuestra fortuna no nos encontramos muchos turistas durante la visita ya que toparte con aglomeraciones como las del museo al aire libre de Göreme hubiera podido ser bastante angustioso. Como curiosidades apuntar que las familias más pudientes eran las que situaban en los pisos superiores (como en el Titanic) y que para taponar las estancias ante posibles intrusiones se utilizaban grandes piedras rodantes (alguna pudimos ver), al más puro estilo Indiana Jones. Nuestra visita duró poco más de media hora, en parte porque ya teníamos ganas de salir al exterior ya que había momentos ahí debajo en que faltaba un poco el aire. Derinkuyu ha sido una de las cosas más curiosas y sorprendentes que he visto en mi vida – sobretodo al hacer un esfuerzo de imaginación sobre como podía vivir la gente ahí – pero debo reconocer que al salir al exterior sentí un cierto alivio por haber dejado atrás un lugar que me produjo una cierta sensación de opresión y claustrofobia. Al salir del húmedo y fresco interior al exterior, nos abofeteó un golpe de calor que nos hizo buscar un lugar en el mismo pueblo donde poder tomar un refresco.

Emprendimos el camino de regreso hacia el núcleo central de Capadocia y pasamos de nuevo por Nevsehir, cuya parte antigua se nos mostró bastante sugerente con su castillo dominando la colina por donde se extiende la parte vieja de la población. No disponíamos de mucho tiempo, así que pasamos de largo para acabar llegando a Uçhisar, población en la que acabaríamos de pasar la tarde.

El mayor atractivo de Uçhisar lo podemos encontramos en su castillo o fortaleza, visible desde casi cualquier punto de Capadocia y que a su misma vez ofrece unas increíbles vistas (probablemente las mejores) de la región. En cuanto al pueblo en sí, es bastante parecido a cualquier otra población de la Capadocia, con un ambiente tranquilo y sosegado. Dejamos el coche en una plaza que creímos que sería más o menos el centro de la población, siempre orientándonos por la inmensa mole de roca en la que se excavó el castillo de Uçhisar. Nos dirigimos hasta la fortaleza, delante de la cual había un montón de paradas de souvenirs y también algunas de un improvisado mercado, donde se vendía cualquier tipo de fruto seco. La imagen de la fortaleza de Uçhisar es de aquellas que sorprenden por lo irreal que parece: un enorme peñón coronando el pueblo y totalmente perforado por túneles hasta convertirlo en una singular fortaleza.

Accedimos a su interior previo pago de 3 TL y comenzamos a subir por su ladera hasta la cumbre, coronada por la omnipresente bandera turca. Una vez arriba, cualquier esfuerzo queda compensado con unas vistas de 360 º que abarcan gran parte de la región y desde la que se pueden distinguir zonas concretas como el Valle Rosa, el Valle Rojo, el Valle de las palomas, o la población de Göreme. Unas vistas increíbles que si vienen complementadas con un atardecer pueden convertir la experiencia en una de las mejores. Nosotros subimos demasiado temprano como para ver la puesta de sol, pero si que pudimos disfrutar de una luz cálida producida por los últimos y débiles rayos de sol del día. Sin lugar a dudas, si se está por Capadocia hay que sacar algo de tiempo para subir allí arriba.

Una vez descendimos el peñón, decidimos dar un paseo por las callejuelas para acabar de rematar la tarde. Durante el paseo vimos un establecimiento que tenía una terraza increíble para tomar algo. Sin dudarlo, fuimos para allá y nos sentamos entre cojines y alfombras saboreando un buen té y disfrutando de unas vistas que tardaríamos tiempo en olvidar bajo el sereno canto del muecín, que a esas horas llamaba a rezo a sus fieles.

Se nos había hecho ya de noche así que nos despedimos de Uçhisar y su castillo y cubrimos los escasos 5 minutos que nos separaban de Göreme y nuestro hotel. Para no perder la costumbre nos dimos una buena ducha antes de cenar y salimos a ver que encontrábamos. Nos decantamos esa noche por la terraza del Mercan Restaurant, en la avenida principal, donde cenamos pide (pizza turca) con el mágico paisaje de fondo de una Göreme con gran parte de sus formaciones rocosas iluminadas.

Acabada la cena, decidimos ir al Flinstones Cave Bar, todo un clásico en Göreme, que es nada menos que un PUB excavado en la roca y ambientado en la famosa serie de dibujos “Los Picapiedra“, muy acertado sí señor… En ese garito estuvimos disfrutando de unas buenas Efes Pilsen y brindando por el viaje, pero sobretodo brindando por un lugar, la Capadocia, que nos había enamorado a todos y que desgraciadamente íbamos a abandonar al día siguiente. Y es que era nuestra última noche en ese – realmente mágico – rincón del mundo y eso nos entristecía; pero el viaje, ya en su ecuador, debía continuar.

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