
Jueves 16/09/2010
Un nuevo día se despertaba mientras desayunábamos tan a gusto en la terraza del Liman Hotel, nuestro alojamiento en Kusadasi. Un día para el que teníamos previsto hacer una ruta en coche por algunos de los atractivos – no tan conocidos – que hay en las cercanías de la costa Egea. En principio el plan iba a consistir en ver algo de naturaleza en la cercana Península de Dilek con sus playas casi vírgenes, un poco de ruinas clásicas visitando algunos de los yacimientos de Priene, Mileto o Dídima y, por último, llegar a una población interior de lo más rural, a orillas de un espectacular lago, el Bafa Gölü. La verdad es que la cosa no pintaba nada mal…
Cogimos nuestras mochilas pequeñas con lo necesario (hoy, bañador incluido) y nos fuimos a buscar nuestro coche para empezar la ruta lo antes posible. Nuestro primer destino era el Parque Nacional de Dilek, situado en una península con el mismo nombre que está casi tocando con la isla griega de Samos. Por este mismo motivo, algunas partes de la península son usadas como base militar, con lo que el acceso a dichas zonas está prohibido y controlado por funcionarios del ejército. En las zonas abiertas al público, las del parque nacional, se pueden practicar diferentes actividades como el senderismo o bañarse en las tranquilas y semi-vírgenes calas.

Al estar situada a tan solo 26 kilómetros de Kusadasi, en unos 20 minutos alcanzamos la puerta de entrada. Abonamos las 10 TL que hay que pagar por vehículo (5 TL por persona si se entra a pie) y nos adentramos por una carretera que serpenteaba siguiendo el perfil de la península y dejando a nuestra derecha un mar Egeo de color turquesa.


Durante el recorrido por la carretera principal te vas encontrando salidas que conducen a las diferentes calas; nosotros nos desviamos a cada una de ellas (hay cuatro en total). La primera a la que accedimos fue Içmeler Koyu, una bonita playa en la que a esas horas de la mañana – aún era bastante temprano – no había absolutamente nadie; bueno, sí, nos encontramos con un gracioso jabalí que se acabó escondiendo entre la maleza cuando nos vio por allí. Como era muy pronto para enfundarse el bañador decidimos tirar más para adelante e ir viendo las otras playas hasta quedarnos en una definitivamente.



De esta manera fuimos recorriendo la carretera parándonos en los miradores con vistas al Egeo y en las mencionadas calas, muy parecidas las unas a las otras. Finalmente llegamos a un punto donde nos encontramos la presencia de dos militares que nos barraban el paso; ahí empezaba la zona militar y no se podía continuar avanzando así que cogimos el desvío hacia la última cala, Karasu Koyou, que estaba en ese mismo punto. Dejamos el coche aparcado y nos adentramos hacia la orilla, formada por guijarros. Nos adueñamos de unas solitarias hamacas de madera y de unas sombrillas muy naturales y nos establecimos durante un rato. La verdad es que la playa era realmente bonita, con un aire de virginidad y unas aguas transparentes en las que daba ganas de bañarse sin esperar un segundo más.




Así que eso mismo hicimos y sin esperar siquiera a tener calor, nos dimos el gustazo de bañarnos en unas aguas transparentes y limpias como pocas. Lástima que por culpa de los guijarros doliesen un poco los pies al caminar. Desgraciadamente, después del baño, un pesado grupo de avispas que por allí rondaba nos hizo abandonar la playa mucho antes de lo que hubiéramos deseado, pues estábamos tan a gusto tomando el sol.
Deshicimos la carretera por la que anteriormente habíamos venido y, nada más salir del Parque Nacional, nos detuvimos ante el cartel de “Zeus Magarasi”. Se trata de una pequeña cueva escondida entre la maleza donde uno se puede dar un refrescante chapuzón. Seguimos el sendero que conducía a ella, un camino ”decorado” con trozos de papel higiénico colgados de las ramas de árboles y arbustos, de muy dudoso gusto. Visitamos la cueva por mera curiosidad, pero Jose y yo acabamos bañándonos en sus congeladas aguas que además de frías parecían estar un poco guarrillas en determinadas zonas. Nos dimos cuenta de este “pequeño detalle”, así que salimos del agua y nos fuimos por donde habíamos venido. Hecha la gracia, y aún empapados, nos metimos de nuevo en el coche para seguir con nuestra ruta.

La siguiente parada iba a ser una de las ciudades clásicas que forman el triángulo Priene – Mileto – Dídima. Escogimos tan sólo la primera por las referencias de la guía y puesto que queríamos llegar ese mismo día hasta el lago Bafa Gölü, un poco más alejado. Tardamos un buen rato en alcanzar Priene, la verdad es que nos desorientamos un poco y un trayecto que debía ser relativamente corto se nos alargó hasta la hora de comer. Comimos justo a los pies de las ruinas, en un chiringuito donde degustamos las köfte kebab (albóndigas turcas), ya que era lo único que tenían para ofrecernos.
Después de comer y bajo un sol de justicia subimos la cuesta que da a la entrada de las ruinas, enclavadas en la ladera del monte Mykale. Dejamos el coche en el parking y pagamos la entrada de 3 TL, mucho más económica que la de Éfeso. Priene fue una ciudad importante allá por el año 300 a.c. que hoy en día conserva restos que son toda una joya, como los del templo de Atenea, con sus impresionantes vistas a la llanura que se extiende debajo. A esas horas de la tarde no había más almas que las nuestras visitando las ruinas, y no había más sonidos que el del viento y el de las incansables chicharras, síntoma de que el señor Lorenzo estaba apretando con fuerza.




Estuvimos paseando por el yacimiento – mucho más abarcable que Éfeso – y centrándonos en los restos mejor conservados y más reconocibles: el del – ya mencionado anteriormente – templo de atenea, y el teatro de la ciudad, con una capacidad para 6.500 espectadores. Permanecimos un rato sentados a la sombra entre restos de columnas jónicas, admirando sobretodo uno de los puntos fuertes de Priene: su evocadora ubicación. A un lado quedaba la cima del monte Mykale y al otro, con unas excelentes vistas, se extendía la llanura por donde transcurre el río Menderes. Entre esto y que estábamos completamente solos descubriendo las ruinas, Priene nos acabó resultando un más que agradable e interesante lugar a visitar, lástima que el sol que azotaba nuestras nucas no nos permitió seguir mucho más tiempo por allí rondando.





Regresamos al parking y nos resguardamos en el aire acondicionado de nuestro coche, dispuestos a seguir nuestro camino. Nuestro siguiente y último punto en el itinerario debía ser Kapikiri, pequeño pueblo a orillas del lago Bafa Gölü, por donde se extienden las ruinas de la antigua Heraclea. Para llegar allí teníamos unos 60 kilómetros (Kapikiri se encuentra en el extremo más alejado del lago, por lo que hay que rodearlo) que tardamos en recorrer casi dos horas debido al mal estado de las carreteras por las que circulamos y a que mucha de ellas estaban en obras (se nota que Turquía está renovando su red de carreteras con vistas a una posible y futura entrada en la U.E.). Por el camino fuimos bordeando el lago, de una extensión considerable, y rodeado de onduladas colinas que le daban un aspecto realmente hermoso. Cogimos el desvío hacia Kapikiri (hay que estar atento al cartel pues está poco señalizado) y finalmente llegamos a la población.

Kapikiri es una población eminentemente rural, donde es más fácil encontrarse un burro o una vaca por las calles (si se les puede llamar así), que un vehículo a motor. Pese a estar bastante alejada de los focos del turismo, al menos por el momento, uno no se puede librar de las insistentes mujeres locales, que intentarán venderte un pañuelo bordado o hacerte de guía por las ruinas, sin aceptar un no por respuesta. Aún así se puede disfrutar de la población, a orillas de un hermoso Bafa Gölü, y con un aire como de lugar anclado en el pasado que impresiona. Con sólo pasear un poco por sus calles pudimos darnos cuenta de la otra cara del país… y es que Kapikiri representa a la Turquía profunda, la atrasada y pobre que las bondades del turismo a veces nos intenta esconder, pero que aún existe en muchos rincones del país.




Estuvimos un rato tomando un refresco en un chiringuito con unas increíbles vistas al lago, lugar donde Laura y Marta se hicieron con los populares pañuelos bordados, hecho que nos sirvió desde ese momento en adelante para rechazar las ofertas de las insistentes mujeres del pueblo, que por otra parte eran de lo más agradables. Más tarde estuvimos paseando entre las callejuelas (algunas sin asfaltar) y explorando un poco por los alrededores hasta que una local nos invitó a seguirla por un camino que nos llevó a unas vistas preciosas del lago. Supongo que esperaba que le comprásemos un pañuelo como recompensa, pero ya había llegado tarde… Contemplamos como caía lentamente el sol desde aquel especial lugar hasta que decidimos regresar al coche ya que no queríamos que se nos hiciera de noche y tener que conducir a oscuras por aquellos lares… Kapikiri no había decepcionado, y nos había ayudado a descubrir la Turquía real, la que aún se resiste a perder sus raíces en pos de la modernidad y la globalización.





El camino de vuelta, como suele pasar, se nos hizo bastante más corto, llegando a Kusadasi ya de noche pero justo a la hora de cenar. Después de un día de tanto coche y calor vino bien una refrescante ducha en el hotel antes de salir al bullicio de la noche en la zona peatonal de la ciudad. Elegir restaurante en Kusadasi es tarea fácil, así que no tardamos mucho tiempo en meternos por un callejón buscando un restaurante que habíamos visto anunciado en un letrero. Tuvimos una agradable cena, a base de brochetas en mi caso, en la terraza del restaurante, donde estuvimos repasando todas las experiencias que habíamos vivido en un día muy completo, un día en el que descubrimos rincones de Turquía poco conocidos por la mayoría, pero no por ello menos espectaculares. Ya en el hotel, nos conectamos a Internet para buscar alojamiento para la noche siguiente; la próxima etapa del viaje transcurriría en la turística y blanca ciudad de Bodrum, unos 150 kilómetros al sur.
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